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jueves, 1 de junio de 2017

Apegos feroces (Vivian Gornick)

Título original: Fierce Attachments: A Memoir
Traductor: Daniel Ramos Sánchez
Páginas: 196
Publicación: 1987 (2017)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: “¿No podría limitarme a decir que hay que leer Apegos feroces, de Vivian Gornick? ¿Que estoy aquí´ para insistir en que este libro debe convertirse en bandera en el mundo entero, como es bandera en mi mente, una detrás de la cual marcho? Y aun así´, sosteniendo esta edición antigua, reparo en que hay ocho criticas positivas, todas bastante elocuentes, todas escritas por mujeres; ¿podría ocurrir que fuera el primer hombre que declara a favor de este libro?” (Jonathan Lethem)

La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención.
Apegos feroces. Fue ver el título de este libro y sentir que algo me taladraba. Noté un vacío que reventaba en algún lugar debajo de mis pechos. Miles de demonios se desataron dentro de mí. Oí incluso el estruendo. Investigué algo más. Relación madre-hija. Hija luchando por encontrar su lugar en el mundo. Un mundo de mujeres. Zas. 

No. Zas no. No fue un zas. Fue un cataclismo. 

Tenía que leerlo. Y contarlo.

No conocía a la escritora y activista Vivian Gornick. Surge de la nada. Absolutamente desconocida. No es ningún obstáculo. Al contrario, lo desconocido me interesa. Voy a por este libro sin pensarlo. La cita anterior me la encuentro a las pocas páginas. Y ese espacio debajo de mis pechos, en el centro de ellos, se extiende hasta mi entrepierna y hacia los costados. Y estalla.
Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia. Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente.
Madre e hija pasean. Caminan juntas. En ese paseo todo sucede: los recuerdos, la reconciliación, momentos de equilibrio, la rabia, los reproches, las sorpresas, la historia de sus vidas. Todos los cimientos que forjaron, confundieron y repararon a Vivian Gornick se reproducen en esos paseos. Como las manecillas de un reloj, de esos que te perforan los oídos: tac, tac, tac. Tac.
Me quedo sin palabras. No sólo callada, sino sin palabras.
Voy a rescatar una palabra: honestidad. Vivian Gornick es tremendamente honesta. Ferozmente honesta. Pocas cosas aprecio más en esta galaxia que la honestidad. Es lo único que puede salvarnos. Quiero a Gornick. No es solo que hable, lúcida y consciente, de la peliaguda relación madre/hija. Es que me encuentro de nuevo con uno de mis temas preferidos: la identidad. En este caso la identidad como mujer.
Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer.
Estamos hechos de muchas historias, pero también de muchas personas que han compartido nuestra vida en algún momento. Vivian Gornick creció en medio de dos estándares de mujer: para su madre el amor es lo más importante en la vida de una mujer (por encima de sí misma incluso). Para Nettie, la vida es seducir, satisfacer sus deseos, visibilizar su atractivo sexual, y todo ello por encima de la maternidad y también de sí misma.

¿Y Vivian? Vivian está atrapada entre dos modelos de ser mujer que no se corresponde con quien ella siente que es. Y eso le produce un desgarro continuo, un enfrentamiento consigo misma, con los hombres, con el trabajo, con su madre…, un enfrentamiento del que no es capaz de desprenderse a lo largo de su vida. No del todo. 
Eso es el amor. Sólo un concepto.
Vivian intelectualiza (al igual que hacía Susan Sontag) sus emociones, las analiza, las rastrea. Intenta conciliarse con ella misma, con su madre, con los hombres, con el trabajo. Intenta encontrar su identidad como mujer. Siente la rabia acumulada de que su madre (principalmente) no la vea, no la deje ser ella misma. Y describe con una clarividencia e inteligencia apabullantes cómo basta tan poco, un sutil ninguneo, para que la grieta que te atraviesa se agrande. Especialmente cuando ese invisibilizar tu propia esencia es un dardo lanzado por parte de personas hacia las que sientes un apego… feroz.

Apegos feroces es un libro profundo, impactante, bello. Y lo es de una manera peculiar: escrito con una claridad e inteligencia apabullante y un ritmo que te lleva de la mano, sin embargo contiene también numerosos filos, cuchillas que diseccionan la intricada raíz de la que estamos hechos, los nudos que conforman esa raíz. De forma magistral Gornick deshace esos nudos para mostrarnos de qué están hechos.
Ese espacio. Comienza en el centro de mi frente y termina en el centro de mis ingles. Varía de tamaño; unas veces es tan ancho como mi cuerpo y otras, tan estrecho como una rendija en el muro de una fortaleza. En los días en los que el pensamiento fluye libremente o, mejor aún, se esclarece con esfuerzo, se expande magníficamente. En los días en los que la angustia y la autocompasión lo anegan, se encoge, ¡qué rápido se encoge! Cuando el espacio es amplio y lo ocupo plenamente, degusto el aire, siento la luz, mi respiración se acompasa y se vuelve más pausada. Me siento en paz y emocionada, fuera del alcance de influencias o amenazas. Nada puede tocarme. Estoy a salvo. Soy libre. Pienso.
¿Qué es un apego feroz? Que Vivian con 48 años, su madre con 80, sigan paseando juntas, buscando una tregua que nunca llega, un punto de encuentro que desate la ira contenida, una puerta de salida que libere a la una de la otra. Su madre y Nettie convierten a Vivian en la mujer que es. Pero la incapacidad de separarse, los miedos, convierten inevitablemente a Vivian en quien no quiso ser: su propia madre.
De pronto, su vida ejerce presión sobre mi corazón.
Deslumbrada por la brillantez de este libro, no puedo hacer otra cosa que lo que hace Jonathan Lethem: amarlo.