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viernes, 29 de mayo de 2026

Las llanuras (Gerald Murnane)

Cuanto más me esforzara en representar un paisaje característico […], más me perdería en los múltiples vericuetos de unas palabras tras la que no había ninguna llanura concreta


Este libro pertenece a una estirpe extraña: la estirpe de libros que se resisten con una tenaz obstinación. Parece que no quieren ser leídos, no por cualquier lector, al menos. No es un libro que se abra, que ofrezca un punto de encuentro que convierta la lectura en experiencia compartida. Como soy terca y confiada, cuanto más se empeñaba el libro en dejarme fuera de su alcance, más intentaba yo avanzar.


Mi expectativa es legítima: he intentado encontrar algún tipo de anclaje (no me refiero a una historia convencional o una emoción clara, pero sí a algo que me permitiera cierta fluidez) pero lo que encontré son unas llanuras que no me dejaban habitarlas, una lejanía que parecía proceder de una frecuencia ligeramente desplazada de la mía.


Las llanuras” arranca con un joven cineasta que llega a una ciudad del interior australiano para filmar la película definitiva sobre un territorio vasto, casi mítico, y aparentemente infinito. Hasta aquí, todo suena a premisa narrativa convencional. Pero Murnane no está interesado en contar una historia, sino en desmontar la idea misma de narración.


Todo parece girar en torno a hombres que observan, clasifican, discuten, archivan, teorizan; hombres que hablan de tradiciones que nadie termina de definir, que construyen sistemas para explicar un territorio que nunca acaba de entregarse. Son hombres que parecen compartir un mundo común (las llanuras), pero tampoco: cada uno parece hablar desde su propia versión, su propio vocabulario, como si las palabras mismas no fueran un territorio compartido sino un uso particular, casi privado. No hay acuerdo, no hay base común, no hay un “aquí” desde el que mirar juntos.


Murnane prioriza la percepción sobre la acción, trabaja con espacios que son más mentales que físicos y rechaza construir un mundo reconocible, tangible. No es un mundo que pueda habitar por reconocimiento (como cuando lees sobre un lugar desconocido pero narrativamente sólido), sino algo que se me resistió, por metafísico y simbólico.


El autor prescinde de nombres propios, diálogos extensos y eventos cronológicos para elaborar una prosa que opera como un paisaje en sí misma, con párrafos largos y sinuosos que imitan la extensión infinita de las llanuras. El protagonista interactúa con figuras arquetípicas en conversaciones que derivan en disquisiciones sobre el fracaso del arte para capturar lo inefable. Es un libro en el que cada imagen reverbera con significados múltiples, y te invita (por no decir que te obliga) a releer para desentrañar sus capas.


Las llanuras más que un lugar físico es un constructo mental donde cada observador impone su visión (para uno, un mar de hierba poética; para otro, una nada amenazante). Es una forma de exponer que toda representación es una traición, un espejismo que nunca abarca la totalidad. Temas como la memoria fragmentada, la rivalidad cultural entre colonos y lo autóctono, y la soledad ontológica del creador resuenan, pero filtrados por la aridez australiana.


Algunos libros cuentan historias y otros cuentan obsesiones. “Las llanuras” pertenece a la segunda categoría. Gerald Murnane escribe como quien examina un vidrio durante horas, convencido de que lo importante no es lo que se ve a través de él, sino las distorsiones, los reflejos, las sombras que se quedan atrapadas en la superficie. No es un libro convencional, sino un largo monólogo sobre la percepción, la memoria y la imposibilidad de representar un paisaje sin deformarlo.


Puede leerse como una novela de paisaje, como un ensayo disfrazado o como una parábola sobre el artista que no consigue realizar su obra. En cualquiera de esos niveles, produce la extraña impresión de que se está leyendo algo que ya se sabía, pero que nadie había formulado con esa precisión elusiva: la experiencia de mirar largamente un lugar hasta que deja de ser evidente y se convierte en un enigma. Murnane nos deja en medio de ese enigma y se retira, confiando en que el lector acepte que, a veces, el núcleo de sentido de un libro no está en el desenlace, sino en el modo en que se nos obliga a seguir mirando. Como si nos dijera que la obra perfecta es la que nunca se realiza.


Gracias, Gerald Murnane. Gracias, Carles Andreu (traducción)


©AnaBlasfuemia

 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Los países (Marie Hélène Lafon)

"País abandonado, abandonado como repudiamos a alguien, como desertamos. Para hacer la propia vida


No siempre hace falta cruzar fronteras para irse. A veces basta con alejarse lo suficiente (que siempre será insuficiente), sabiendo que hacer y vivir tu propia vida incluye también arrastrar con la ajena. En “Los países”, Lafon cuenta cómo se vive entre dos formas de estar: la que arrastras sin querer y la que elegiste sin saber. Ese desplazamiento de quien cambia de paisaje sin cambiar del todo de piel. 


Los territorios vitales de Claire (la protagonista) no están del todo separados, no son parcelas rotas, ni estaciones abandonadas. Son islas, pero unidas por algo más hondo que el mar: una raíz común, una savia que pasa de una a otra sin ser vista. Lo que vivió en un lugar deja huella en el otro por eso lo rural no se borra en París: permanece en el cuerpo, en los gestos, en la forma de mirar. Las lenguas, los silencios, incluso los nombres propios, se arrastran de un país al siguiente como hilos subterráneos. Algo persiste y se transmite, como si el cuerpo entero (ese cuerpo que es también memoria) fuera el verdadero país que conecta todas las islas.


Somos países en plural, pero a veces nos replegamos en islas. No por elección, sino para sostener algo que de otro modo se disolvería. No por soberbia, sino por necesidad. Cuando la pertenencia se vuelve incierta, cuando nada encaja del todo, nos replegamos, y es en ese titubeo entre el deseo de pertenecer y el miedo a desaparecer, donde nos volvemos tierra de nadie.


Lafon reconcilia y dibuja un archipiélago íntimo donde cada espacio vibra si otro se toca. Como si las campanas no doblaran solo por alguien, sino también por lo que fuimos, lo que somos y lo que aún no dejamos de ser.


Lo que aquí se narra no es superfluo pero tiene el pálpito de lo reconocible, todo sucede a una altura que no levanta polvo ni eleva el tono. Por eso el peso lo lleva la forma y Lafon escribe como quien escudriña lo cotidiano: sin buscar lo raro, pero con una inteligencia que revela lo que suele pasar desapercibido. Su prosa no fluye, es más como un martillo que le ha cogido cariño a un clavo, pero sin ensañarse. Cada frase parece dicha con la medida justa, no busca brillar pero deja claro lo que mira. Y sabe mirar.


Claire no se transforma de golpe: se desplaza apenas, por roce y por estar allí, cediendo un poco cada día. No son los hechos los que la deforman, es la repetición del vivir: un desgaste sutil que perfila otra silueta. Sucede en silencio, sin nada que lo anuncie. Se aferra a los libros no solo por sed intelectual, sino para mantenerse impermeable y porque la sostienen en pie, la aíslan sin romperla. Funcionan como un dique contra la sensación de ser intrusa permanente.


El final del libro no cierra, sino que transmite un recorrido. Claire, su sobrino y su padre comparten un paseo por el Louvre, un lugar que para ella no es un museo sino un continente habitable: no unívoco ni solemne, sino lleno de recorridos posibles, de barrios interiores, de extravíos que no exigen mapas. Claire lo nombra así (“el continente Louvre”) porque en ese lugar puede desplazarse entre fragmentos sin pedir raíces, moverse sin fijar pertenencia, dejar que el conocimiento se construya como se camina una ciudad: paso a paso.


El padre no entiende ese continente, pero no lo rechaza ni lo desacredita. Camina por él sin interrogarlo ni descifrarlo, solo observa y dice: “Qué bonitos son esos suelos, qué bonitos” Es la forma que tiene de decir: estoy aquí, contigo, aunque no comprenda del todo dónde estoy ni cómo habitas tú este lugar. Es su forma de reconocer sin apropiarse.


Y es en esa frase final donde hay un momento compartido en el que ninguno impone su lenguaje al otro. Lo que hay es un paso dado en común sobre un suelo que, en realidad, no pertenece a ninguno de los dos. Como si el libro entero hubiese caminado hasta aquí solo para decir que a veces no hace falta fundirse, ni explicarse, ni volver atrás, sino que basta con pisar el mismo suelo durante un rato. Y eso es lo importante. Porque este libro no nos facilita coordenadas, pero deja bajo los pies algo que a veces se parece a un país.


Gracias, Marie-Hélène Lafon. Gracias, Lluis María Todó (traductor)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 28 de junio de 2023

La muerte del adversario (Hans Keilson)


"Los nobles sentimientos de los que tanto nos jactamos no pretenden sino ocultar el temor no confesado a no ser capaces de soportar una pérdida. Inseguridad por los cuatro costados"

"La muerte del adversario" es un libro tremendamente sutil. De entrada no sé ni siquiera cómo catalogarlo ¿novela? ¿ensayo? Diría que es un ensayo que se ha puesto el traje de novela para conseguir hacerse más accesible al lector. Un juego literario para mostrar un brutal y desasosegante duelo identitario entre el adversario y su victima.

Voy a poner un poco de ubicaína: Hans Keilson (escritor y psicoanalista germanoneerlandes y de origen judío) comenzó a escribir "La muerte del adversario" en 1942, en plena IIGM. Tuvo que enterrar su manuscrito hasta que pudo retomarlo finalizada la IIGM. Así que, aunque no lo menciona ni una sola vez, podemos imaginar quién es el "adversario". Con estos mimbres Keilson profundiza sobre la naturaleza del odio. He de decir que leí este libro al mismo tiempo que voy releyendo a poquitos "Masa y poder", de Elías Canetti, y ambos libros se hermanaron con una espontaneidad a la que no me pude (ni quise) resistir.

A lo largo de mi vida me he sentido excluida muchas veces, me han hecho sentir que no era "de los suyos". Me costó reconocer que quien (o lo que) me hacía sentir así eran "mis adversarios", que me causaban daño e impotencia pero también me proporcionaban una fuerza que he tardado mucho en atrapar y gestionar, en comprender que esa rabia, ese rencor, terminaría por ayudarme ("Por poco que ames tu vida, vas a transformar el odio que hay en ti; justo allí donde tú eres tu propio enemigo y adversario")

El protagonista de "La muerte del adversario" adopta inicialmente una actitud contemplativa, de inacción, incluso comprensiva. Ponerse en el lugar de su adversario forma parte de la autorreflexión, del aprendizaje. El suyo, inicialmente, es "un odio tímido, blando e infame", es un odio fruto del miedo, de no saber darle la importancia que tiene aquello a lo que tememos. Es un odio pequeñito, hijo de la condescendencia con el autoengaño. Pero hay situaciones en las que hay que poner una línea roja a esa complacencia con uno mismo: hay que aprender a odiar al adversario. El sufrimiento que te causa tu rival no puede convertirse en una trampa que te estigmatice y rompa el mundo y sus valores, su decencia, su humanidad. Si la esperanza es insensata, desesperada, entonces odiemos sin miedo a confrontarnos con nosotros mismos y con el "adversario". Un odio transformador.

Keilson analiza a su adversario tanto de forma individual como de forma colectiva, es decir, el otro como una estructura, una organización. Pese a esa visión empática, de ver al adversario como un ser humano con conductas y pensamientos que son reconocibles, Keilson es consciente de que hay una toma de decisiones ineludible: hay que elegir lo correcto. Siempre. Y para elegir lo correcto debes conocer lo incorrecto, para elegir la bondad has de comprender la maldad, el mal que algunas personas son capaces de hacer. Para elegir no puedes seguir mirando hacia otro lado, hay que acudir a esa batalla:

"Las montañas de sentimientos enfriados que uno mismo se coloca sobre los hombros son más fáciles de sobrellevar que los destellos de un peligro que invita a la batalla"

Hans Keilson no es capaz de odiar, su inquebrantable honestidad le lleva a una incapacidad de enfrentarse a una realidad a la que no se atreve a nombrar. Pero esa misma honestidad le lleva también a mostrarnos cómo la bondad, la sensibilidad, la inteligencia, pueden convivir perfectamente en una misma persona con el autoengaño y la necedad.

"La muerte del adversario" es un libro incómodo para los tiempos que corren. El porqué de esta perturbación queda resumida en una frase del libro:

"Esto es, nosotros somos. Y el simple hecho de que seamos le basta para sentirse agredido"

Un libro mayúsculo de la editorial Minúscula.

lunes, 1 de febrero de 2021

Piedras en el vientre (Jon Bauer)


Antes le contaba a la gente que era un niño de acogida, aunque en realidad era el único en casa al que no habían acogido. Y ahora que se supone que soy adulto, todo sobre mí es de acogida: mi país y también la historia que le cuento a la gente

No debería de perseguirnos la verdad, sino que deberíamos de ser nosotros quienes la persiguiéramos. Pero si estás huyendo de ella seguramente sea porque esa verdad esconde unos cuantos secretos que prefieres que sigan así: ocultos.

Hay varios temas que son recurrentes en mis lecturas: las relaciones familiares, el mal (de dónde vine, cómo se construye). Y eso está en este libro y de eso va: de piedras en el vientre. Un libro incómodo, de esos que se mueven entre la ternura y el escalofrío. Bauer maneja los hilos con criterio, nos lleva donde y como quiere, pero a la vez necesita también de nuestra comprensión, de nuestra mirada atenta. Las piedras no son fáciles de masticar, tenemos que poner de nuestra parte: machacarlas, digerirlas. El premio es la coherencia narrativa, los filamentos psicológicos que sujetan la historia.

Bauer recurre a diversificar y combinar una misma voz, la del protagonista con ocho años y el mismo protagonista con 28. Un niño tierno y un hombre perturbador que son la misma persona. Esa voz escindida es sin duda un acierto, especialmente porque la voz del niño es totalmente convincente y creíble, algo que no siempre es fácil de encontrar en personajes de niños.

El manejo emocional de la trama y el equilibrio entre todos los ingredientes hacen que sea una lectura fluida pero perturbadora, muy impactante.

No sé si el mal queda justificado. No sé si se puede justificar el mal. No sé si el mal nace o se hace. Tal vez el mal ya estaba ahí, lo mismo que la desesperada búsqueda de cariño y atención. Es complicado, ¿hay un mal absoluto que está ahí desde que naces, como una bomba buscando que alguien o algo la detone?, ¿pueden convivir el mal y la bondad en la misma persona?

Quizás un libro que nos genere tantas preguntas pueda resultar molesto, más aún cuando surgen en el contexto de las relaciones familiares, porque tendemos a buscar culpabilidad en lugar de responsabilidad.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Escalada (Ludwig Hohl)


Cuando cualquier perspectiva y posibilidad de acción ulterior fallan, la obligación de dedicarse a cuestiones inmediatas y corrientes, tan banales y cercanas que hasta ese momento casi siempre se han pasado por alto, propicia descubrimientos inusitados

Hay libros que son como gotas. No una gota cualquiera, sino como una gota de oxígeno en la profundidad del mar o una gota de agua en la inmensidad del desierto. Se mantienen en un improbable escenario para su existencia esperando que alguien les dé su sentido primigenio. La editorial Minúscula es especialista en este tipo de goteo. Libros de tamaño pequeño pero de calidad imperecedera.

“Escalada” admite una doble lectura: como un texto sobre la aventura de dos escaladores (con personalidades muy diferentes) que afrontan el ascenso a una dura cima, o dotar a la narración de un simbolismo que Hohl no utiliza de forma explícita pero que nos conduce inevitablemente a toda la simbología de la montaña y al símil con la vida a través de las poéticas y precisas descripciones de la escalada del glaciar: sacrificar una cuerda, descender para intentar ascender por un tramo más favorable, repartir la fuerza en innumerables lugares, descartar la fuerza bruta para elegir el movimiento preciso, no correr riesgos en solitario, afrontar dificultades no enfrentándose a ellas sino esquivándolas, rodear o retroceder para evitar los abismos, ser sensato y tenaz, abandonar o insistir, decidir…

Las interpretaciones son más profundas de lo que la apariencia del texto nos da. Un escalador decidido, temerario y flexible, otro indeciso, pusilánime y melancólico. Ambos han de afrontar la cima, el miedo. La parábola es inevitable. El escenario de la montaña alpina provoca que, pese al lenguaje realista y diáfano de Hohl, la narración se interprete no sólo como un drama en la montaña, sino como un dilema existencial que Hohl dilucida optando por la inevitabilidad del destino.

Hay una respuesta muy certera a la pregunta sobre qué impele a las personas a escalar montañas. La respuesta a la pregunta esencial (“¿Por qué escaláis montañas?”) es de una clarividencia que redondea esta lectura hasta convertirla en una de esas delicadas joyas condensadas en pocas páginas.

lunes, 15 de octubre de 2018

Verde agua (Marisa Madieri)

Título original: Verde Acqua
Traductora: Valeria Bergalli
Páginas: 203
Publicación: 1987 (2000)
Editorial: Minúscula
Sinopsis: Este relato-diario ha sido definido por la crítica italiana como un pequeño clásico contemporáneo. El hilo conductor de la narración es el éxodo de los italianos de Fiume, ciudad que en 1947 pasó a Croacia, dentro de la antigua Yugoslavia. Marisa Madieri vuelve a encontrar en la memoria los episodios trágicos y cómicos que marcaron su infancia, las personas con las que creció —como la inolvidable abuela Quarantotto— y el ambiente del Silos de Trieste, «un paisaje vagamente dantesco, un nocturno y humeante purgatorio», en el que vivió junto con otros refugiados hasta hacerse adulta.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa; cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente
No se me ocurre mejor manera de definir de qué trata este libro que con la cita anterior. Decía Proust que no hay nada ingrato ni desagradable en el pasado, puesto que el tiempo redime los hechos vividos, por muy trágicos que hayan sido, ya que los recuerdos (especialmente los de la infancia) se adornan con un brillo que los embellece. Abordar los recuerdos con esa conquista del presente, de la vida viviéndose en el aquí y ahora, es el fulgor con que Madieri afronta sus recuerdos

Según iba leyendo Verde agua sentía que tenía entre las manos algo bello y poderoso y, al mismo tiempo, delicado y tierno como un pájaro pequeño al que siento palpitar entre mis dedos y que tengo que cuidar, no quebrar, alimentar y dejar volar, agradeciendo el recuerdo imborrable que dejará en mí.

Marisa Madieri, en forma de diario, alterna una mirada hacia atrás, a través de unos recuerdos personales e históricos, con los sentimientos y reflexiones de su presente. Mientras que a través de los recuerdos evoca hechos, acontecimientos, lugares, personas, sin embargo cuando cuenta en su presente aparecen sobre todo sensaciones y reflexiones, yo diría que aprendizajes, la realidad del alma después de un tiempo vivido.

El exilio sufrido por Madieri y su familia no deja de ser una metáfora de los exilios internos del alma, expulsados de nosotros mismos o de los otros, de lo que nos rodea, destierros silenciosos, los vacíos de quienes se van, de quienes nos desalojan de ellos mismos, la expulsión de paraísos inexistentes, las fronteras invisibles y delimitantes. El exilio como una parábola de la vida humana.
En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de los otros, hay algo precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible.
En un momento dado de su vida, con la enfermedad que acabaría con su vida ya presente, y con la perspectiva que aporta una edad, Madieri evoca su vida desde la reflexión, el sosiego, la claridad. Una forma de corresponder y quedar en paz con una misma y con la vida, atender el pasado, ponerle orden, limpiarlo. Agradecerlo. Para alguien que vivió el exilio, recordar es una forma de encontrar un espacio al que pertenecer. Y ese espacio será el presente, el cual habitará gracias a esa mirada consciente, honesta, tranquila, al pasado.

Con la misma mirada, concordia y precisión con que describe personas, objetos, paisajes, el mar y las islas, Madieri va dando forma a su pasado, como si lo dibujara para hacerlo nítido, adquiriendo una forma reconocible, o al menos una forma con la que reconciliarse sin descuidar ninguna línea, nudo, arabesco, decoración, todos los trazos están ahí, con los colores que aportan la memoria y los años.

Quizás uno de los aciertos de Madieri a la hora de transitar por el paisaje de sus recuerdos es no ocultar nada (el carácter de su abuela materna y el de su propio padre, la violación de su tío a su mujer y sus hijas, la pobreza, el exilio…) pero tampoco juzgarlo. Ni siquiera esconde cómo la naturalidad y espontaneidad de la infancia le hace inconsciente y ajena a la guerra y la miseria que le rodea, la inocencia infantil como protección contra la brutalidad de un mundo cruel. Será el paso a la adolescencia lo que sitúe el dolor y la extrañeza en el centro de la vida misma.
Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la “persuasión”, porque sé que no me espera nada más hermoso que el presente que vivo.
Sucinta, lacónica incluso, pero contundente en su estilo preciso, descriptivo y elegante, Madieri busca en sus raíces para anclarse al presente, cuando el paso del tiempo necesita definir los perfiles de la memoria y de lo actual, el aquí y ahora, constatar su tamaño, entender sus fronteras, construir una cartografía amable en la que encontrarse, como una  brújula que esquive un futuro impreciso, ligeramente temido por voluble y transformador. 

Fraguando el pasado, dándole consistencia cuando aún está caliente en la memoria, para que pierda su plasticidad y su olvido, Marisa Madieri consigue construir un relato directo, íntimo, alcanzando lo universal desde lo personal. Y, así, Verde agua va adquiriendo una corporeidad delicada y liviana, etérea, con toda la fuerza y belleza vital de quien ha conseguido conquistar su presente.

En pocas páginas Madieri condensa una vida entera, una parte de la historia de Europa, y nos la ofrece con una agudeza descriptiva entrañable. Al igual que Maya Angelou (que convirtió su dramática historia en coraje y supervivencia desde la inocencia, la bondad y la ternura) Marisa Madieri supo reconvertir el sufrimiento y las sombras en bondad, generosidad y agradecimiento y ofrecérnoslo como un regalo tan inesperado como hermoso y afable en forma de esta pequeña joya, que no puede tener mejor broche que el posfacio (inteligente y sensible) escrito por su marido, Claudio Magris, en el año 2000, ya viudo.

Libros que te reconcilian con las personas.
Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí.

lunes, 16 de julio de 2018

Siempre hemos vivido en el castillo (Shirley Jackson)


Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.
Sin duda, el inicio de Siempre hemos vivido en el castillo es uno de los más espectaculares que conozco. Y cuando terminas su lectura, más conciencia tomas de este primer párrafo. Como si todo el libro estuviera contenido ahí. Que lo está. Ese primer párrafo en sí mismo es todo un microrrelato, a la altura del tan conocido de Augusto Monterroso (Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí)

Y Mary Katherine Blackwood, Merricat, es uno de esos personajes literarios que no se van a olvidar fácilmente, si es que se olvidan. Y si algo hace de forma magistral Shirley Jackson es construir la psicología de sus personajes. Personajes peculiares. Son varios los que aparecen en este libro, pero la palma se la llevan los tres habitantes del “castillo”: Merricat, Constance y el tío Julian. Quizás podríamos incluir también al gato Jonas. 
Nunca fuimos una familia muy dada a la agitación ni al movimiento.
Contextualizo sin spoiler. Tenemos a los personajes antes mencionados viviendo un aparentemente voluntario encierro, aislados del resto de habitantes del pueblo. Pero tal encierro no implica, aparentemente, una claustrofobia oscura. Al contrario, todo parece bastante idílico y luminoso, como un cuento feliz. Poco a poco, gracias al tío Julian, iremos conociendo las razones de tal encierro.

Los días transcurren con placidez casi bucólica, como si vivieran en un edén. El espacio de seguridad está definido y transcurre en un terreno establecido, claramente delimitado. Cada día tiene su quehacer, cada quehacer tiene su día. Se respira paz, amor y armonía dentro de la casa (hogar, nido). Pero los paraísos no existen, lo sabemos. Así que Shirley Jackson hace lo más grande: sin decirlo, sin explicitarlo, algo en el ambiente nos hace zozobrar, la inquietud empieza a ser un estado permanente.
Deseé que estuvieran todos muertos, tirados por el suelo.
Shirley Jackson no da puntada sin hilo, y de eso nos daremos cuenta al terminar la lectura. Sutil pero espléndida, va dejando miguitas que nos llevaran a visualizar la imagen completa, ese paisaje complejo, enrevesado y perverso que transcurre dentro de las cuatro paredes del “castillo”. O, más exactamente, en la enmarañada y a la vez atractiva imaginación de Merricat.

Siempre hemos vivido en el castillo tiene la apariencia de una historia sencilla, gracias a la inteligente construcción narrativa de Shirley Jackson, pero la profunda y compleja psicología que contiene es realmente abrumadora y asombrosa.
No puedo evitarlo cuando veo que la gente está asustada; siempre me entran ganas de asustarla aún más.
Uno de los aciertos memorables de este libro es cómo Shirley Jackson dosifica esa información. Cómo juega con el lector, con una malicia propia de la misma Merricat. La autora no sólo mide la información y la reparte con una inteligencia tan ingrávida como eficaz, sino que también juega con lo que es relevante y lo que no. El hecho más relevante, la razón por la que estas personas están viviendo recluidos, lo acontecido seis años antes del momento que se nos narra, siendo un hecho clave, permanece en el pasado, aunque se respira en cada página. Pero es irrelevante. Lo es. Lo que suceda a partir de que cierras el libro con los personajes, también es secundario. Lo esencial es lo que hay dentro de las 208 páginas. Todo está ahí.
Hoy va a venir mi caballo alado y te voy a llevar a la Luna y allí comeremos pétalos de rosa.
Merricat, Merricat… Cómo no dejarse seducir por ella, por su cándida inocencia, por su magia simpática, por su imaginación protectora y fértil, por su amor inocente y blanco… Turbadora y fascinante Merricat. Cómo se burla de nosotros, porque no sabemos, pero ella sabe, se sabe.

Inteligente Merricat, sabe cómo cuidar de las personas, cómo protegerlas. Sabe que es necesario que nada cambie, que nadie ni nada desestabilice la zona de confort, el espacio confiable y sólido creado, el fortín protector, el mundo inventado, la realidad diseñada por y para ella. Desconfía de los adultos y de los habitantes de un pueblo que no miran con buenos ojos a su familia, y Merricat construye una campana de cristal en torno a sus seres queridos, una campana protectora, a la que llena de rutinas amorosas, disfraza de magia amable y reviste de pequeños gestos que rozan la brujería, pero una brujería agradable, simpática, original, creativa, entrañable incluso.
Me di cuenta que era la tercera vez que se tocaba el tema en un mismo día, y tres veces lo convierten en una realidad.
Para Merricat la única realidad es la suya. Los únicos mundos posibles son los suyos. La única tierra que existe es su Luna, esa Luna donde no existen los fantasmas pero sí caballos alados que bailan. Las únicas reglas que existen son las suyas, las únicas normas también las suyas.

La locura de Merricat es una locura tan bella que da miedo, su perversidad está tan endiabladamente revestida de encanto que resulta terrorífico. Y ese es un mérito enorme de Shirley Jackson: nos hace dudar, retuerce nuestro juicio. ¿Dónde está el bien¿ ¿dónde está el mal? ¿pueden convivir ambos, extremados, en la misma persona? ¿La perversidad en un ser inocente o la inocencia en un ser perverso? Pueden, vaya si pueden…

Constance, suave, amable, bondadosa… sometida al poder y la posesión de su hermana Merricat, anulada su personalidad y voluntad, un títere en manos de Merricat (Merricat, tontuela).

Siempre hemos vivido en el castillo es un libro retorcido, pero tan espantosamente probable…
Decidí escoger tres palabras poderosas, tres palabras que me protegieran; mientras esas grandes palabras no se pronunciaran en voz alta no se produciría ningún cambio.
(He escogido mis tres palabras, poderosas, para que haya cambios, para que me protejan del mal. ¿Has escogido tú las tuyas?)

martes, 12 de mayo de 2015

Un altar para la madre (Ferdinando Camon)

Título original: Un altare per la madre
Traductor: Miquel Izquierdo
Páginas: 132
Publicación: 1978 (2014)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788494145711
Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama "bondad". No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno.»


Cada libro que traigo aquí tiene su historia. No siempre la cuento, pero es así. Este libro tiene tres historias. Una, hace tiempo que sigo a Sofía en A cubierta libros y ya iba siendo hora de traer aquí algún libro de los que le he “robado” allí. Dos, tenía que haber sido una lectura conjunta con alguien que estoy (estamos) deseando leer algo a la vez. Pero mis despistes ponen inevitablemente a prueba a la buena gente y a los buenos amigos. No perdí una amistad, es evidente, porque entre otras cosas es muy sólida. Pero sí la ocasión de compartir la lectura de este hermoso relato.

La tercera historia es que en realidad no elegí yo la lectura. Una mano, digamos inocente, me fue guiando por las estanterías y libros que las habitan: izquierda, 8, izquierda, 33. Y ahí estaba el altar. Bien, después de la intensidad de Anaïs Nin parecía una lectura más sosegada, pero a la vez no alejada de aquello que me toca la fibra.

Frente a la iglesia se había formado una pequeña multitud, muchachos, mujeres y  hombres de todas las edades, que se iban agrupando según el grado de parentesco o por casualidad: bastaba con que uno dijera una palabra y otro respondiera para que se hicieran compañía. Yo me encontré solo, y el último.

Así comienza, con el autor acompañando el ataúd de su madre. Y podemos pensar que nos enfrentamos a unas páginas llenas de dramatismo y dolor. Y no. Más bien estamos ante el homenaje de un hijo a su madre. Pero no sólo a ella, también a la familia, a las tradiciones, a las buenas gentes del campo, a la cultura de lo rural… A la esencia de lo que somos y que se va perdiendo según nos alejamos más y más de la tierra y lo que ella nos da mientras deambulamos como fantasmas por el asfalto, lleno de luces, móviles, ruidos, apariencia, hipocresía…

No hay fotografías de su madre. Sí de la mujer que fue antes de ser madre. Pero no de la madre. Por eso, Ferdinando la devuelve a la vida a través de las palabras, la rescata, al igual que su padre lo hace construyendo de forma casi agónica un altar para la mujer que tuvo a su lado y cuya presencia fue soslayada hasta que se transmutó en ausencia. Un altar que, como el propio autor menciona, es un puente, es una cercanía.

Hay mucha sensibilidad en este libro. No me refiero a una sensibilidad lacrimógena, impostada. No. Es una sensibilidad delicada y tierna, profunda como las raíces del ser humano.

De crío oí a un niño que le decía a su madre: “Lávame pero no me mojes”
Un hombre estaba a punto de matar a un perro y su hijo le rogó: “Mátalo pero no le hagas daño”. Hay algo aquí que debo aprender.
Un niño jugaba con otros al escondite. Cerraba los ojos y así creía que no lo veían. Ahí hay algo que debo evitar.

Uauuu… Qué párrafo más esclarecedor… Me gusta mirar así las historias que nos cuentan algunos libros y cómo las cuentan. Sin cerrar los ojos. Viendo. Exactamente igual que a las personas. La vida es más, el miedo debería de ser menos.

El caso es que yo vivía sabiendo que ella estaba, ahora debo cambiar de vida. En algún momento he pensado que temía quedar expuesto: como si la presencia de la generación anterior, la que me parió, fuera una garantía para mí y toda mi generación interpuesta, que  nos esconde, la muerte no nos ve, nosotros no podemos morir todavía.

La muerte, claro, reflexiones en torno a ella. Reflexiones sin dramatismo, más bien al contrario, un acercamiento a la misma desde la conciliación. Sin temor, un acontecimiento que nos iguala a todos pero sobre todo que nos congenia con la vida, aportándole el prisma adecuado para dotarla de su auténtica valía, esa que se nos pasa desapercibida con las prisas, las rutinas, la dichosa zona de confort, los miedos, las renuncias con tal de proteger la red que nos proporcione tranquilidad…

Es una equivocación cómo nacemos, cómo bautizamos, cómo nos casamos, cómo trabajamos, cómo tenemos hijos, cómo se va al hospital, cómo se hace la guerra, cómo se muere: todo está equivocado por ese error que es la falsedad

Ferdinando Camon reescribió varias veces este relato, hasta 19. Tal vez no fuera lo suficientemente objetivo, o justo, consigo mismo y con lo que había escrito y le costó darse cuenta de que es un relato que ensambla, hermana, y sobre todo recupera la bondad natural, la sencilla, la esencial de tantas personas anónimas que son inmortales porque desde esa bondad salvan y se salvan.

Libros pequeños que contienen mucho. Qué bello es leer. Así.

lunes, 13 de octubre de 2014

La isla (Giani Stuparich)

Título original: L'isola
Traductor: José Ángel González Sáinz
Páginas: 123
Publicación: 1942 (2008)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788495587398
Sinopsis: Un hombre enfermo pide a su hijo que abandone por unos días las montañas en las que pasa el verano y le acompañe, quizá por última vez, a la isla adriática en la que nació. El reencuentro en ese paisaje luminoso, teñido de recuerdos, resulta decisivo para ambos. Uno descubrirá lo que significa dejar descendencia; el otro afrontará el sentido de la pérdida. 


 
La editorial Minúscula poco a poco va ocupando un espacio nada minúsculo en mis estanterías. Especializada en rescatar libros pequeños en tamaño pero gigantes en contenido, joyas que pasarían desapercibidas y que envuelven en cuidadas y minúsculas ediciones.

Hace tiempo que La isla estaba en la antesala y detrás también alguien que esperaba saber cómo me llegaba esta lectura. Aunque remoloneo mucho, no olvido que en mi caótico itinerario de lecturas hay algunos libros que son ineludibles, y que contienen una silenciosa promesa de ofrecerme argumentos para que la literatura siga siendo una parte (muy) importante en mi vida.

La historia es engañosamente sencilla, con esa sencillez profunda de las grandes cosas de la vida: Un hijo y su padre, con una enfermedad en fase terminal, hacen un último viaje a una isla del mar Adriático, lugar que vio nacer al padre. En el momento en el que el hijo recibe la petición para hacer este viaje, es consciente de que su padre se está muriendo. Pero con esa consciencia que tenemos en un primer momento de este tipo de situaciones: alejando lo inmediato de la conciencia, aceptando la muerte pero rechazando la cercanía, con ese silencio recalcitrante que anestesia nuestras emociones. El sol brilla, los días son luminosos, la muerte está, pero está lejos... Y acepta, cómo no, la invitación. Al fin y al cabo, aunque ahora vive en la montaña, el Adriático fue también su mar, su refugio y su amigo.

Desde las primeras páginas somos conscientes de que en este encuentro predominará el silencio, pero también la memoria y la añoranza. Veremos cómo un hijo se dará cuenta de aquello que debe al padre pero también de lo que el padre debe al hijo. Ese padre que durante la adolescencia era un dios, un conquistador seguro, poderoso y fuerte. Un faro protector y firme que ayudó al hijo a caminar lejos de acantilados, marejadas y abismos.

Al hijo los recuerdos le devuelven un padre vigoroso y vital. Al padre, esos mismos recuerdos le devuelven un niño con mirada asustada y suplicante. Este encuentro se antoja necesario para fusionar ambos recuerdos con la situación actual, como si pasado y presente ofrecieran imágenes invertidas de ambos y fuera necesario unificarlos para afrontar lo ineludible, devolviendo a ambos la fuerza necesaria para ello.

El padre como una raíz que nutre la propia vida del hijo. Pero si la raíz se pudre ¿dejará de nutrir la propia existencia del hijo? Ahora aquel dios titánico y sólido está teñido por la resignación y la tristeza, y su frágil y cansado cuerpo sólo es sostenido por la voluntad del resistente, pese al frío en las venas, pese a ceder terreno al inevitable fin. La voluntad es clara, volver a la isla es una necesidad sentimental, al igual que hacerlo con su hijo, que le sacó de su indiferencia en las relaciones familiares. Una mirada de su hijo, siendo niño, les conectó de forma indeleble con un cordón umbilical tan invisible como inquebrantable.

Y un día se dio cuenta de que entre los ojos asustados y suplicantes de aquel niño y el fondo mismo de su alma había una corriente que ya no podía ignorar ni mucho menos cortar sin envilecer su más íntima esencia.

Un padre, un hijo, tres voces. Stuparich alterna el punto de vista del hijo con el del padre, pero añade una voz que no nos va a ser ajena: la de la propia isla, su mar y su gente.

No nos va a dulcificar nada Sutparich, la muerte es una realidad ineludible. Tampoco busca el sentimentalismo ni el dolor gratuito. No hay fraude emocional ni tampoco dramas innecesarios, sólo la más absoluta realidad, radiografiada certeramente. Por mucho que el hijo ame al padre no podrá evitar su muerte, no hay falsas esperanzas al respecto. Es ese momento, ese exacto momento en que ambos deben asumir la muerte. Es tanto el encuentro entre ambos como el encuentro con la otra cara de la vida: la muerte. Si el padre debe de asumir lo inevitable, y lo hará desde el lado de la generosidad, el hijo debe de asumir y comprender que la muerte del padre no implica su propia muerte. No es necesario aniquilar las propias emociones ni invisibilizar el propio infierno personal, aislándolo de la realidad.

Leo no sólo para encontrarme, también para vivir más. Para comprender, descifrar, resolver. No me conformo con poco porque la vida da mucho. Por eso no eludo lecturas que nos ayudan a enfrentarnos al mayor de nuestros temores, la enfermedad y la muerte. Stuparich despliega una prosa tan poética como humana condensando en pocas páginas lo que, siendo una situación dolorosa, termina por ser un canto a la propia vida. Un libro que emociona pero que lo hace desde la calma y la serenidad, y que también te prepara para nuestro inevitable destino.

Vila-Matas considera que La isla es una obra magistral y no seré yo quien lo desdiga. Una lectura exquisita.

Ahora te toca a ti

jueves, 3 de abril de 2014

Reseñas Express (5)




El hombre que plantaba árboles (Jean Giono)

Se trata de un pequeño texto que ahora se puede encontrar ilustrado gracias a la editorial Duomo. Y digo texto porque es tremendamente corto, 62 páginas en esta edición que os comento, que es ilustrada, así que ya imaginaréis que el texto es pues la mitad más o menos. El mérito está en contar con gran sensibilidad cómo un hombre decide dedicarse a una cosa: plantar árboles. Esa será su felicidad. Cada día plantar semillas. Algo aparentemente anodino e inútil, pero sólo aparentemente, porque no es necesario que os cuente la necesidad de reforestar montes y terrenos desérticos. Y esto es lo que nos cuenta Jean Giono, el encuentro del protagonista con Elzéard Bouffier, un personaje de ficción, pero necesario en la vida real. El texto se puede encontrar fácilmente por Internet. Y fácilmente es leído. Me gustó el personaje, Elzéard Bouffier, pero me supo a poco, muy a poco. Ahora si lo concibo como un cuento, un cuento para que los adultos compartamos con los niños, entonces ahí, sí.

El librero (Régis de Sá Moreira)


Este es un libro raro. Puede ser que yo sea rara. Deberíamos haber congeniado, que entre raros debería de haber afinidad, pero no. Tenía todos los ingredientes para que conectáramos. Un librero que abre los siete días a la semana porque le angustia que un cliente busque desesperadamente un libro y se encuentre la puerta cerrada. Un librero que no vende libros basura. Un librero que cuando en sus lecturas algo le recuerda a alguno de sus hermanos arranca la hoja y se la envía (aunque duele eso de arrancarle hojas a un libro ¿no es precioso saber qué libro y qué párrafo provoca que alguien se acuerde de ti, y que ese alguien te lo envíe?). Pues no hubo forma, el libro lo terminé, pero estuve a punto de abandonar la lectura varias veces. Está escrito de forma sencilla, casi diría infantil. Pero he tenido la sensación que era un microrrelato detrás de otro protagonizados todos ellos por el librero. Y no todos los microrrelatos me convencieron.

Maus. Relato de un superviviente (Art Spiegelman)

Esto ya son palabras mayores. Que yo le dedique un comentario breve no significa que no ocupe un lugar privilegiado de mi estantería, sección joya. De hecho es una obra maestra del género y la primera novela gráfica ganadora de un Pulitzer en 1992. Una autobiografía en la que el autor nos cuenta la experiencia de sus padres durante la II Guerra Mundial. No vamos a encontrarnos nada nuevo en el aspecto de las vivencias y sufrimiento de sus padres. Todos sabemos lo que ha sido el Holocausto y aquí está reflejado desde la experiencia directa de los padres de Spiegelman. Lo novedoso está, además de convertirlo en novela gráfica, en presentarnos a los personajes como animales. Literalmente, cada raza es un animal: ratones los judíos, gatos los alemanes, cerdos los polacos no judíos… etc. Una técnica tan alegórica como contundente. Otro aspecto llamativo y valioso es que asistimos al proceso creador de la propia novela, porque se alternan tanto los recuerdos del padre de Spiegelman con los momentos en que el autor se reúne con su padre para que le facilite la información de lo que será Maus, así como la relación entre ambos. Y esto último es lo que a mí especialmente me ha gustado: la relación de Spiegelman con su padre. No porque la relación fuera precisamente buena, sino porque es una radiografía muy atinada de la relación padres-hijos, con toda su complejidad, sus matices y su influencia. Con el matiz añadido de que sus padres han sobrevivido al Holocausto. Lo dicho, obra maestra. Recomendable.

Ver a una mujer (Annemarie Schwarzenbach)

Estamos ante otro texto corto, un manuscrito de 1929 recuperado del Archivo Suizo de Literatura en 2007 y que el sobrino nieto de Annemarie recompuso como pudo (las páginas del manuscrito no estaban numeradas). El valor de este libro es notable, escrito cuando la autora tenía 21 años, nos cuenta con una osadía impropia de aquella época, el encuentro entre dos mujeres. Un encuentro fortuito pero que genera en la protagonista la pasión de quien, con sólo una mirada, es capaz de activar toda la emoción de la exaltación desbocada e intensa del amor. No es un relato al uso, es una  mirada al interior de ese momento, el momento en que la protagonista acepta su destino y su pasión por otra mujer. Una lectura curiosa que me ha permitido acercarme a esta autora atípica (desconocida para mí) y buscar más obras suyas.

Aquí (Wislawa Szymborska)

Este libro no es una joya: es directamente la joya de la corona. Sí, poesía. Maravillosa, cercana. Se me caían lagrimones leyéndolo. No, no es poesía triste, al contrario, hay poemas muy divertidos e irónicos. Todos ellos lúcidos, soberbios y grandiosos. Si se me caían las lágrimas era de la emoción, de la belleza, de la conexión, de su sensibilidad (de la mía). Por eso, porque ha sido algo tan íntimo, es porque le dedico tan poco espacio aquí a este libro tan grande y a una inmensa Wislawa Szymboska, porque me lo quedo para mí, aunque comparta con vosotros la recomendación. De Wislawa lo leo todo, porque la quiero a ella ¿quién no va a querer a Wislawa después de leerla?.

Cuando me fui de vacaciones por Navidad, os dejé un poema de Wislawa Szymborska. El poema se llama Posibilidades y podéis verlo AQUÍEntre otros poemas, escribió este sobre la memoria (con 83 años)

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidos,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo ser peor.

Quiere que viva ya sola con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
Pues sabe que para mí también sería una condena.