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lunes, 8 de septiembre de 2025

Para mayores de cuarenta (Willa Cather)


La novela fabricada para entretener a grandes multitudes debe ser considerada exactamente como una sopa barata o como un perfume barato

Willa Cather, con “Para mayores de 40”, nos regala una obra que se mueve entre el ensayo y el relato, una suerte de híbrido literario donde la reflexión sobre la creación y la vida se entrelaza con semblanzas de autores y personajes históricos. El libro está concebido como un espacio de encuentro para quienes han vivido el cambio radical que supuso la Primera Guerra Mundial, ese punto de inflexión que partió el mundo en dos.


Cather, una mujer que, sospecho, tenía más mala leche de la que dejaba ver en sus retratos, nos entrega aquí una colección de sus pensamientos más punzantes y, por qué no decirlo, algo desengañadas. “Para mayores de 40” es un viaje a la mente de una escritora que ya había visto mucho y que no se callaba ni una.


El ensayo más conocido de este libro es "La novela démeublée". ¡Madre mía, qué claridad! Imaginaros a Cather viendo las novelas contemporáneas de su época, llenas de descripciones de cortinas, cubiertos, el color exacto de las baldosas del baño. Pues ella va y les da un buen repaso a esa manía de llenar las novelas de descripciones hasta el último tornillo. Cather dice que hay que "desamueblar" la novela, quitarle lo superfluo, dejar que la imaginación del lector haga su trabajo. Es como si te dijera: "A ver, que no estamos montando un piso piloto, estamos contando una historia". Es una lección magistral de cómo escribir con alma, no con inventario. Y esto es aplicable a la vida misma: a veces hay que desamueblar el alma de tonterías para ver lo que realmente importa.


Otros relatos son semblanzas de mujeres que, para Cather, son auténticas supervivientes: Caroline Grout (la sobrina de Flaubert), la señora Fields (que conoció a Shelley y a los cubistas) y Sarah Orne Jewett (que prefería pasar desapercibida antes que dejar de ser ella misma). No son homenajes, ni estampas, ni semblanzas formales. Son presencias contadas desde el recuerdo, mujeres que dejaron huella no por lo que escribieron, sino por cómo vivieron su escritura. Cather, que nunca fue sentimental, les da un lugar con una ternura que no necesita adjetivos.


Escribir sobre otras es también escribir sobre una misma. Pero aquí la primera persona se retira un paso. No hay exhibición, hay gratitud y en esa gratitud se juega algo más profundo: una forma de genealogía literaria que no depende del canon, sino de la complicidad.


Cather se da cuenta de que el mundo que conocía está cambiando y no precisamente para bien.  Hay una melancolía palpable, una sensación de que los tiempos dorados se fueron y que ahora toca lidiar con una realidad más compleja. Cather defiende el arte como un refugio, como una retirada necesaria de la vulgaridad y la fealdad del mundo. Y no es una huida cobarde, no, es una fuga estratégica para mantener la cordura. Porque, seamos sinceros, ¿quién no necesita escapar un poco de la realidad de vez en cuando? Yo misma lo hago cada vez que leo los periódicos o veo los telediarios.


El estilo de Cather en estos ensayos es, al igual que en su ficción, accesible, elegante, preciso y evocador. El título del libro ya sugiere una madurez en la perspectiva, indicando que las ideas y reflexiones contenidas son el resultado de la experiencia y la sabiduría acumulada a lo largo de la vida, y quizás insinuando que algunas verdades solo son apreciables después de cierta edad. Su prosa es tan elegante que parece escrita con pluma de ganso y un poco de ironía.


Tal vez Cather no buscara lectores, sino interlocutores. No se trataba de escribir para dejar algo, ni para contar su vida, sino porque ciertas cosas solo pueden pensarse al escribirlas. Y cuando esas cosas ya no se prestan al entusiasmo, ni al manifiesto, ni al afán de estilo, lo que queda no es una confesión, ni una teoría, ni un legado: es una manera de resistirse a desaparecer. Pero sobre todo hay una verdad. La literatura no empieza cuando una aprende a escribir, sino cuando decide que asumir el riesgo de no gustar es menos aterrador que seguir escribiendo para parecer interesante.


Gracias, Willa Cather. Gracias, Alejandro Palomas (traductor)


©AnaBlasfuemia




martes, 15 de agosto de 2023

Relatos del mar (VV. AA., comp. de Marta Solís)


"El pesquero parecía suspendido, como por arte de magia, a mitad de camino, en el interior de un embudo de gigantesca circunferencia y prodigiosa profundidad, cuyas paredes completamente lisas habrían parecido de ébano de no ser por la asombrosa rapidez con que giraban y el deslumbrante y fantasmal resplandor que irradiaban, pues los rayos de la luna llena, desde el círculo abierto entre las nubes que he mencionado antes, derramaban su gloria dorada sobre las negras paredes hasta desaparecer en las más recónditas profundidades del abismo" (Edgar Allan Poe, "Un descenso al Maelström")

¿"Relatos de mar"? Allá que voy de cabeza.

Es difícil valorar un libro que, aunque tiene una temática en común, recopila relatos y fragmentos de un total de 45 escritores... y una autora (Emilia Pardo Bazán). Sólo UNA mujer en la recopilación. Y eso que la antología la ha hecho otra mujer (Marta Salís). Vale que en el siglo XIX no habría muchas mujeres que les publicaran, o que escribieran sobre el mar y los rudos y machorros marineros y piratas, pero en la primera mitad del siglo XX ya podría haber caído alguna más. No sé. Que fácil no debe de ser, soy consciente del androcentrismo reinante (también) en la literatura, especialmente en la época que abarca esta antología (1536-1952).

La variedad de relatos (y fragmentos, algo que a mí siempre me echa para atrás, aunque en esta recopilación son minoría) hace difícil tener una sensación unánime y sólida al finalizar las más de 500 páginas de "Relatos del mar" porque ha habido relatos que me han entusiasmado, unos por su calidad literaria, otros por desbloquear en mí los recuerdos de esas lecturas infantiles sobre piratas, naufragios, barcos fantasmas y tráfico de esclavos, y otros por descubrirme autores o textos absolutamente desconocidos para mí. Pero también otros me han sobrado, o me han parecido meramente descriptivos o repetitivos. Así que sí, me han sobrado algunos relatos (más de los que quisiera, pero apenas un puñado en el total) y me han faltado otros.

Por encima de todos ellos tengo que destacar con el que más he disfrutado, "Un descenso al Maelström", de Edgar Allan Poe, un relato potentísimo y muy sugerente sobre la fuerza de la naturaleza. Especial mención también a: Kafka siendo siempre (el gran) Kafka en "El cazador Graco". Hemingway y esa fina descripción de la inutilidad de la victoria en "Después de la tormenta". La sutil complejidad de Henry James en "Un error trágico". Tolstoi, su humanidad y su búsqueda del sentido de la vida en "Los tres eremitas". La fantasía y el terror de Wilhelm Hauff en "La historia del barco fantasma". Nathaniel Hawthorne y sus descripciones líricas en "Huellas a la orilla del mar". El encantador feminismo de Trollope en "El viaje a Panamá". El sorprendente e inevitablemente poético Rilke en "La voz". La rareza fantasiosa de Marcel Schwob en "El mayor Stede Bonnet, pirata por temperamento". Y el relato final "Apuestas", de Roald Dahl, a cuyo protagonista seguramente concederían un Premio Darwin.

En definitiva, tal y como era previsible en una antología tan extensa, que además abarca tantos autores, géneros y épocas, "Relatos del mar" ha sido un vaivén con sus subidas y bajadas, sus cúspides y momentos de esplendor e ilusión pero también su declive, con sensación de chasco y decepción. ¿En conjunto? Me quedo con lo disfrutado, porque estoy muy zen y muy positiva y porque valoro mucho el esfuerzo y el trabajo que hay detrás de esta antología.

"Marchaos, amigos de antaño, y dejadme escuchar el rumor del mar: una voz melancólica, pero menos triste que las vuestras" (Nathaniel Hawthorne, "Huellas a la orilla del mar")

martes, 7 de agosto de 2018

Cuando éramos hermanas (Sheila Kohler)

Título original: Once we were sisters
Traductor: Mariano Antolín Rato
Páginas: 232
Publicación: 2017 
Editorial: Alba
Sinopsis: Cuando éramos hermanas es la historia de Maxine y Sheila Kohler. Mientras crecen en la sociedad elegante y a la vez sofocante de la Sudáfrica de los años 50, ambas esperan tener unas vidas esplendorosas. Maxine va a cumplir 40 años, cuando su marido, un cirujano brillante y respetado, conduce su coche, se sale de la carretera y la mata. La historia está contada en primera persona por su hermana. Una historia verídica que se lee como una novela. Un peculiar y terrible caso de violencia machista. 

Hay historias misteriosas que no cuentan del todo sino que ocultan cuidadosamente de ellas tanto como revelan.
Sheila Kohler escribe Cuando éramos hermanas para vengar la muerte de su hermana. Así lo expresa en varias ocasiones. Sin embargo, la sensación final, al menos la mía, es que escribe esta historia para explicarse a sí misma, para tratar de entender, para plantear infinitas preguntas para las que no siempre tiene respuestas.

Es un libro más complejo de lo que parece y que contiene muchas claves que explican la violencia de género y los hilos invisibles que hay detrás de los silencios que rodean dicha violencia. Y aunque el contexto es muy concreto: la Sudáfrica de los años 50, la época del Apartheid, en una sociedad machista, racista, violenta… sin embargo, el tiempo parece detenido en cuanto a las piezas que forman la piedra angular de lo que hay por debajo de la violencia de género también en la actualidad.
El aspecto es lo más importante; es lo que les ha permitido progresar: la ropa, el tipo, la cara.
Sobre todo, madre duerme.
Y bebe
 
El contexto social, político e histórico es importante, pero (¡ay!) el contexto familiar no lo es menos. Maxine y Sheila Kohler nacen en el seno de una familia blanca, acomodada, y con un peculiar desapego afectivo. No entre las hermanas, al menos cuando eran niñas porque, como todos los niños, nacen y (durante un tiempo) crecen ignorantes y libres. El afecto que no encuentran en sus padres (padre ausente, madre adicta al alcohol y las drogas y más centrada en sus hermanas que en sus hijas) se lo prodigan entre ellas. También muestran un gran apego a la cultura y a los libros.
Con facilidad, mucha facilidad, jóvenes, sanas y fértiles, mi hermana y yo quedamos embarazadas. Nuestros maridos parece que nos prefieren embarazadas. La píldora todavía es controvertida, el ginecólogo de Maxine no la recomienda. Produce varices, dice.
Con los mimbres emocionales que han ido construyendo, en una época, lugar y sociedad claramente misógina, toman decisiones. Su acomodada situación no les libra de las decisiones equivocadas, de los silencios, del miedo, de las injusticias. El dinero no da libertad ni mucho menos lucidez.

Aunque Sheila Kohler critica las normas sociales, racistas y machistas, en las que se educó, no pudo evitar que su vida estuviera marcada por esas propias normas. Al fin y al cabo, ella también calló. Calló cuando su marido le fue infiel. Calló cuando supo que su hermana era víctima de la violencia machista de su marido. Y porque calló, utiliza la única herramienta que siente que es realmente suya para terminar con el silencio: la escritura.
Estamos separadas por el tiempo y por grandes distancias, pero sobre todo por nuestras propias y a menudo secretas preocupaciones.
Nuestras propias preocupaciones nos alejan de las preocupaciones de quienes amamos. El dolor es egoísta. Vale. Es así. Tampoco es malo ser egoísta, a veces es necesario. Pero hay límites para ese egoísmo. Un territorio invisible pero necesario en el que es ineludible dejar de mirar nuestros ombligos, alzar la voz, no consentir. 

En un momento dado Sheila se pregunta qué es lo que les ata a esos hombres (sus maridos) que tanto daño les hacen. No hay una respuesta explícita, pero sí está claramente expuesta y sobreentendida a lo largo de la narración. Los motivos de los silencios, las relaciones materno-filiales (Sheila aconseja a su hermana que vuelva con -por- sus hijos), las presiones silenciosas pero atroces del entorno, de tu propia educación y vivencias…
Aunque dejé que pasase, y no hice nada para pararle excepto ofrecerle mi cuerpo tenso y nada dispuesto, en cierto modo sentía que algo del interior de mí misma había sido profunda e irrevocablemente violado.
Porque una de las razones por las que este libro termina por ser más intrincado de lo que aparenta es esta forma sutil de exponer y relatar. En el párrafo anterior está descrita, de una forma precisa y sencilla, lo que es sentirse violada dentro de una relación consentida. No se detiene ahí, porque la memoria y los recuerdos siempre están en movimiento, aunque en ocasiones se muevan en círculos (más o menos viciosos), así que avanza en esos recuerdos. Pero cuando terminas la última página y dejas reposar lo leído, tomas conciencia de esas perlas envenenadas que Sheila ha ido dejando a través de sus recuerdos. Es por ello que cuando terminas la lectura, te das cuenta de cuántas capas contienen sus páginas, y descubres una estructura mucho más rica de lo que percibías según ibas leyendo.

jueves, 3 de marzo de 2016

En la bahía (Katherine Mansfield)

Título original: At the bay
Traductor: Francesc Parcerisas
Páginas: 96
Publicación: 1922 (2011)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484286028
Sinopsis: Amanece en la bahía de Crescent, en Nueva Zelanda. Vuelve la luz, baña la tierra y el mar, despiertan los animales y los humanos. Todo parece cobrar conciencia: un charco de agua salada, un arbusto, una gata, hasta un bebé de meses. Todo tiene voz. Los habitantes de la colonia veraniega despliegan, o callan, sus menudencias, sus juegos, sus recuerdos, los sueños que no han cumplido y los que algún día cumplirán. Al final del día todo queda en calma.

Es cierto, cuando una está sola y piensa en la vida, siempre siente tristeza.

Después de unas lecturas intensas y agitadas, necesitaba un respiro. Tampoco quería bajar el listón, al menos en cuanto a calidad literaria. Así que acudí a un valor seguro, Katherine Mansfield y su relato En la bahía.

Y ha sido como despertarse una madrugada, sentir frío por dentro y al instante notar que un rayo de sol, discreto pero decidido, atraviesa la ventana. Saco un pie de debajo de las sábanas y busco el contacto con ese rayo provocador y generoso que inmediatamente empieza a darme calorcito. Lo verdadero siempre es cálido y pocas cosas son más verdad que los primeros rayos de luz de un amanecer.

De Katherine Mansfield decía Virginia Woolf que era la única autora a la que envidiaba su estilo. Mansfield y Woolf, una amistad improbable (exuberante la una, tímida la otra) que pese a la brevedad de la misma (Mansfield falleció dolorosamente joven, con 35 años) dejó una huella profunda en ambas.

¿Y cuál es el estilo de Mansfield? Un estilo pulcro, tenue, brillante, refinado, sin fisuras. Con el mar de fondo, como una marea que marca el ritmo de las emociones de los personajes, en el relato En la bahía nos vamos a encontrar con la descripción de un solo día en la vida de la familia Burnell. Con una estructura mucho más compleja de lo que pueda parecer, dado que los personajes que aparecen son numerosos, la bahía y especialmente el mar es un personaje más y aparentemente no sucede nada, sin embargo hay una serenidad inquietante de fondo. ¿Serenidad inquietante? Ah, pues sí. Que me molan los contrarios y tiene su lógica. Todo transcurre sin altibajos, como si el día se fuera meciendo suavemente al son de las olas. Y sin embargo, desde esa placidez aparente de un día de verano en la idílica bahía de Crescent, algo se mueve por debajo que provoca esa inquietud que comento. Lo que transcurre en la superficie, lo que se estremece por dentro.

Escribía Mansfield en una de sus cartas: “No veo ninguna posibilidad de salvación si no aprendemos a vivir también con nuestras emociones y nuestros instintos, manteniéndolos en equilibrio”. Pues justamente ese es el trasfondo de En la bahía. La invisible lucha diaria buscando un equilibrio entre emociones e instinto. No necesita que suceda nada, simplemente un día transcurriendo, unos personajes viviendo un día de verano, que toman el sol, conversan, miran, se bañan, juegan, interactúan entre ellos, van, vienen. Nada de otro mundo. Suficiente.

Ningún día sucede en vano en nuestras vidas. Lo más banal puede provocar imperceptibles cambios en nuestra marea interior. A Mansfield le basta un solo día y menos de cien páginas para abordar temas como la maternidad, la responsabilidad, el despertar sexual, el matrimonio, la familia, la libertad… No hay nada insustancial en nuestro transcurrir cotidiano, por mucho que sobrevolemos por encima de nosotros mismos intentando simplemente deslizarnos. Un día más. Otro día más. Otro. Otro.

Todos los personajes anhelan vivir, estar tranquilos y felices, y a todos les parece faltar algo. ¿En qué momento se frustra una esperanza? Posiblemente en instantes de apariencia intranscendente, pequeñas decisiones que marcan un antes y un después. La invisible nimiedad que puede cambiar una vida pesa sobre cada personaje como algo ineludible y tan difícil de asir como la propia naturaleza, que con sus luces, sus ritmos, sus vibraciones, sus sonidos, marca los ciclos de la vida.

Hay un contraste evidente entre la naturaleza (vital, fuerte, potente, dominadora) y las personas (insatisfechas, en lucha constante, fracturadas). Solo los niños, no podría ser de otra forma, permanecen aislados de ese poso amargo de los adultos, porque poseen la inocencia y la imaginación necesarias como para formar parte de la naturaleza que les rodea y vivir en el único ciclo vital posible: el aquí y ahora.

Y todo esto, y más, en menos de cien páginas y sin despeinarse. ¡Pues claro que es envidiable el estilo de Mansfield! Leer En la bahía ha sido un bálsamo, un remanso, un respiro, poner mis cicatrices al sol y dejar que los rayos de luz detengan la hemorragia.

Había que tomarse las cosas con tranquilidad, dejarse llevar por la corriente y los meandros de la vida sin oponer resistencia: eso era lo que había que hacer. Aquella tensión constante era perjudicial. ¡Vivir, vivir! Y la mañana perfecta, lozana, hermosa, tostándose al sol, como si se riese de su propia belleza, pareció susurrarle. “¿Y por qué no?”
¿Y por qué no?

martes, 16 de septiembre de 2014

En el lado de Canaán (Sebastian Barry)


Título original: On Canaan's side
Traductora: Laura Vidal
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2013)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484288541
Sinopsis: Cuando Lilly Bere empieza a contar su historia tiene ochenta y nueve años y Bill, su nieto, acaba de morir. Su memoria vuelve a su juventud cuando, hija de un policía leal a la Corona inglesa, tuvo que huir con su novio desde Dublín hacia los Estados Unidos del final de la Primera Guerra Mundial porque ambos estaban amenazados de muerte por el Ejército Republicano Irlandés. La novela trata por una parte de la relación de Lilly con los hombres de su vida y su destino a ratos terrible y a ratos sorprendente, y por otra, de la violencia y la inseguridad del siglo XX y de cada una de sus grandes guerras: las dos guerras mundiales, la de Vietnam y la del Golfo y cómo esos conflictos pesan sobre la vida particular de una mujer sencilla y valiente.
Premio Walter Scott de novela histórica 2012
Finalista del Man Booker Prize 2011
Bill se ha ido.
¿Cómo sonará un corazón de ochenta y nueve años al romperse? Es posible que casi no suene, y desde luego será un ruido pequeño, leve.
Qué libro más bonito, qué libro más bonito (bis). Y el caso es que cuando empecé a leerlo, las primeras hojas, tuve la sensación, tenue pero real, de que quizás esta lectura no me iba a llegar lo suficiente. Y que había muchas palabras. No muchas páginas, no que hubiera párrafos innecesarios. Que había muchas palabras, no sé explicarlo de otra forma. Y sin embargo… qué libro más bonito.

A esta lectura llegué por una curiosa coincidencia de portadas. En la Feria del Libro de este año lo vi y, zas, a la mochila. Quería saber si la mujer de la portada va o viene. Quería conocer a Lilly Bere. Y ha merecido la pena.
Y pensar, recordar. O intentarlo. Cosas difíciles y oscuras, historias ocultadas como calcetines viejos en viejas fundas de almohada. Sin estar ya muy segura de cuánto tienen de verdad. Y cosas que he dejado estar mucho tiempo, por el bien de mi felicidad, o al menos de la serenidad diaria de la que un tiempo, creo, fui dueña.
Lilly Bere, 89 años. Su nieto acaba de fallecer. Desde el dolor de perder un nieto, a su edad, decide recordarlo todo para dejar de recordar. Ha tomado una decisión (dos, en realidad): escribir todos los recuerdos porque necesita explicar su desesperanza. Recordar para que los recuerdos dejen de doler, desandar el camino de la memoria para comprender porqué Lilly, una mujer que siempre supo dar pasos hacia delante, decide detenerse. Porque hay muchas maneras de enfrentarse al dolor, y recordar es una de ellas.

Recordar no es un proceso fácil. Nos pasamos tanto tiempo intentando olvidar, sujetando recuerdos, dulcificando otros, casi disfrazándolos. Cuestión de equilibrio. Pero Lilly tiene una edad y unas vivencias que la sitúan en el oportuno momento de hacer recuento de todos esos recuerdos. Ya es libre.
Existen muchas formas de libertad y ésta es una de ellas, ser tan vieja que puedo enorgullecerme de aquellos a quienes amé sin que inconscientemente mi mente trate de justificar, borrar, ocultar.
Cierto, ya no necesita ocultar, justificar ni borrar. Porque Lilly es una persona vital, buena y valerosa, cuya suerte ha decidido mostrarle las dos caras: la buena y la mala. Y la suerte (azar, destino, póngale el nombre que quieran) no se anda con chiquitas con ella, nada de medias tintas. Cuando decide golpearla lo hace con la palma de la mano bien abierta.
Quizás en aquel momento, cuando Irlanda se agitaba como una enorme criatura marina y cambiaba de posición, deberían habernos cogido a todos y pegarnos un tiro, en un gesto de amabilidad, de eficacia.
En ese recorrido por la vida de Lilly, atravesamos el siglo XX y varias guerras. Y dos sociedades convulsas: la irlandesa y la estadounidense. Barry no entra en los detalles de los acontecimientos históricos, pero nos muestra sus consecuencias, esa mano alargada de las guerras y sociedades estremecidas por las mismas que agarra a las personas que no las causan ni las provocan ni las buscan, pero las sufren. Victimas silenciosas y anónimas a las que Barry da voz.

Conoceremos a las personas que forman la red emocional de Lilly a lo largo de su (larga) vida: Tadg, la señora Wolohan, Cassie, Joe Kinderman, el señor Dollinger, el señor Nolan, Mike Scapello… Todos ellos, cada uno a su manera, son una cara u otra de la suerte o el destino de Lilly.

Tras esas páginas iniciales (fueron poquitas) la lectura empezó a fluir hasta llegar a ese punto en que el libro no se te despega de los dedos, buscar tiempo para volver a él, no desear que termine, disfrutar de la lectura y leerlo casi del tirón. Porque más allá de la historia de Lilly, Sebastian Barry escribe cabal y precioso, la forma en que se envuelve lo que nos cuenta es encantadora y delicada, dulce sin empalagar, dura sin dramatizar, imprevisible sin sacarse trucos de la chistera y sin dejar flecos sueltos. Una prosa poética en el sentido más bello y conmovedor de la poesía. Me ha llamado poderosamente la atención que se pudiera escribir de una forma tan poética usando palabras sencillas, no recargadas, pero combinadas de forma tal que consiguen un efecto impactante. Los momentos álgidos de la historia de Lilly (que son varios) tienen un tempo maravilloso, intenso, perfecto, que te hace casi alzarte del asiento. Será inevitable que cada vez que vea un autorretrato de van Gogh me acuerde de Tadg… 


Un libro que puedo recomendar, que debo de recomendar, sin matices ni dudas. Con la certeza que se disfrutará del talento de Barry para narrar, de forma incluso que en los momentos de mayor dramatismo mantiene al lector a la distancia adecuada, ni muy lejos ni muy cerca.
Recordar produce en ocasiones gran dolor pero, una vez se ha recordado, lo que viene después es una curiosa sensación de paz. Porque ya has logrado plantar la bandera en la cima de tu dolor. Has llegado a la cumbre.

lunes, 30 de junio de 2014

Ritos funerarios (Hannah Kent)


Título original: Burial Rites
Traductora: Laura Vidal
Páginas: 384
Publicación: 2011 (2014)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484289715
Sinopsis: Basada en la historia real de la última mujer decapitada en Islandia, acusada del brutal asesinato de dos hombres, Ritos funerarios es una novela de suspense y de pasiones íntimas con el trasfondo del paisaje helado de la Islandia del siglo XIX. Agnes, mientras espera la hora de su ejecución, es confinada en la granja de un matrimonio y de sus dos hijas. Horrorizada, la familia ni siquiera quiere hablar con ella. Tan solo el joven ayudante de un pastor intenta comprenderla y salvar su alma. A medida que sus conversaciones progresan y el invierno deja su huella, el dilema se afianza: ¿fue Agnes culpable o no de los terribles hechos de que la acusan?

Dicen que debo morir. Dicen que le robé el aliento a unos hombres y que ahora ellos deben robarme el mío.
Editorial, portada, sinopsis. Verlo y quererlo. Por eso me hice con el libro. Leerlo por una provocación, aceptando un reto: buscar una frase. Resolución del reto: caliente, caliente, aunque no llegué a quemarme…

Aceptamos hechos reales: Agnes, sí o sí, ha sido la última mujer decapitada en Islandia. No hay trampa ni cartón en este hecho. Así que la primera incógnita que se nos presenta en todo libro, cuál será su final, ya la tenemos despejada desde el principio. No hay sorpresa posible ahí. Conocer ya cómo termina centra nuestra atención en otros aspectos, en la historia que nos cuenta Hannah Kent y no tanto en su resolución. No busca sorprender ni asombrar, sino recrear una posibilidad. Podemos elegir cuál será nuestro interés, aquel que hace que leamos y leamos, quizás conocer qué pasó la noche de los asesinatos o quizás, como fue mi caso, conocer a Agnes, su vida, y, especialmente, cómo vive sus últimos meses sabiendo que va a ser ejecutada.

Sabemos cuáles fueron los hechos reales: dos hombres muertos, un hombre y una mujer condenados y ejecutados, otra mujer (una niña) a la que se conmuta la pena. Se nos muestran cartas y documentos oficiales reales sobre el caso. No hay duda, Hannah Kent se ha documentado y lo ha hecho bien. Nos crea la atmósfera y el ambiente y yo he sentido hasta el gélido clima islandés, en muchos momentos he leído sintiendo mis dedos ateridos de frío, e incluso he sido capaz de olfatear el olor de la pobreza, de la tremenda pobreza y miseria de la sociedad islandesa de aquella época. Punto a favor de Hannah Kent: un lenguaje muy sensorial, que llega a la nariz, a la boca, al tacto…

Estructura, ritmo, tiempos… sorprendentemente para una escritora joven en su primera novela, están muy bien manejados y equilibrados, no sólo facilita la lectura, es que tiene un efecto atrapante y envolvente que me ha resultado muy agradable.

Me gustan los libros que me cuentan una historia, y Hannah Kent, a partir de unos hechos reales, crea una posibilidad, una ficción de qué pudo haber sucedido para llegar a ese final desvelado: Agnes será decapitada. Y, oigan, no me cuenta mal la historia. Es más: me la creo, me resulta verosímil. Anotemos otro punto más a favor de Hannah Kent: no cae en el sentimentalismo, no edulcora, tampoco hace sangría. Mantiene el punto justo, el equilibrio esperado, ni demasiado distante ni demasiado cercano. El lenguaje utilizado es muy lirico en algunos momentos, con exceso de cuervos si acaso, no es recargado, sí muy descriptivo, cautivador y evocador.

Podemos restarle un puntín, que no desmejora el resultado final: Hannah Kent se centra en el perfil de Agnes, en su historia personal, y se quedan desdibujados otros personajes, como los de los componentes de la familia que acoge (a la fuerza ahorcan…) a Agnes en los meses anteriores a la decapitación. Hubiera agradecido, la historia me lo pedía, conocer más a esa familia, especialmente a la madre de familia, Margrét. Creo que esa relación entre los distintos miembros de la familia y Agnes merecía más profundidad, pero a Hannah Kent le urge más el personaje de Agnes sin atender tanto a secundarios o al desarrollo en profundidad de las relaciones que se establecen.

Es verdad que lo que nos cuenta no resulta novedoso ni rompe ningún esquema esperado, no hay riesgo en ese sentido. Pero si aun así, sin sorpresas en el horizonte, ha conseguido mantenerme en la lectura, es por mérito de la autora y su forma de contar una historia.

En este caso cierro el libro y puedo decir que me ha gustado, y mucho. No pasará a la sección joyas, pero es un libro que contiene una solidez y una ambientación que provoca que seguramente conserve en mi memoria más tiempo del que hubiera pensado… Es un recomendable primer libro de una autora a la que habrá que seguir la pista.
(©AnaBlasfuemia)

Foto original de un escrito de Pétur Bjarnasson (reverendo de Undirfell) a Bjorn Blondall. En ella se puede leer: La rea Agnes Magnúsdóttir nació en Flaga, en la parroquia de Undirfell en 1795. Recibió la confirmación en 1809, edad a la cual se escribió de ella que tenía “un excelente intelecto; y un conocimiento y una comprensión del cristianismo sólidos”. Así consta en el libro parroquial de Undirfell.

Aquí podemos ver una badstofa, muy mencionada en el libro. Sirva para hacerse una idea de cómo dormían unos cerca de otros y más de uno en la misma cama.

Esto es lo que se conserva del taller de Natan en Illugastadir

El lugar en el que se ejecutó a Agnes y la placa en la que se la recuerda.

Una vivienda similar a la que podría ser la de la familia Jónsdóttir

lunes, 2 de junio de 2014

Mi impresionante carrera (Miles Franklin)

Título original: My Brilliant Career
Traductores: Amado Diéguez y Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Páginas: 400
Publicación: 1901 (2014)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484289630
Sinopsis: Sybylla Melvin es una heroína que «con su conmovedor encanto, su carácter impetuoso, su falta de decoro, está al nivel de las grandes figuras románticas del siglo XIX» (The Times). Desde que su familia decide trasladarse a una granja y cae abrupta pero irremisiblemente en la ruina, su destino parece condenado al duro trabajo y a «una vida estéril y monótona», una perspectiva durísima para una muchacha con su «temperamento» y sus «aspiraciones». Una temporada en la gran mansión de su abuela, donde el ambiente es musical y leído y donde la corteja un joven y apuesto terrateniente, es para ella un oasis en el desierto. Pero un nuevo revés la obliga a aceptar un puesto como institutriz en casa de una familia insensible y con unos niños salvajes. Para ella, la naturaleza y la cultura no se oponen… pero no tarda en descubrir que, en el mundo que asiste a su formación, nunca dejará de ser un bicho raro.


Llegué a este libro porque lo vi en la colección Rara Avis de la editorial Alba. Y la sinopsis contenía dos palabras: bicho y raro. Ya está, de bicho raro a bicho raro: te vienes conmigo. Desde que adquiero un libro hasta que lo leo puede pasar mucho tiempo, días, meses o incluso años. Ya sabéis cómo somos los ávidos lectores: una vez que tienes el libro deseado las ansias se alivian y a partir de ahí el destino, los mismos libros, el azar, el compartir lectura, un comentario que lees o te hacen o a saber qué, van decidiendo el cuándo. En este caso ha pasado poco tiempo, algo no habitual en mí pero que tiene mucho que ver con ese momento lector extraño que he tenido (ya superadísimo), así que cuando empecé a ver la luz quise mantenerla encendida a toda costa. El porqué elegí este libro y no otro, qué importa, aquí está y de su lectura os vengo a hablar.

Así que un poco a ciegas, comienzo leyendo en contraportada que Miles Franklin escribió esta novela, autobiográfica, con 21 años. Quién los pillara. Fue publicada en 1901 y se nos cuenta, también en contraportada, que contó sus años de adolescencia de una forma tan fidedigna y que tanta gente se sintió dolida, que la propia Miles Franklin, pese al éxito obtenido con su publicación, prohibió que se reeditara hasta después de su muerte. El libro comienza con un brevísimo prólogo de Henry Lawson, que posibilitó aquella primera edición de 1901, y que nos advierte que cuando empezó a leer el manuscrito que le envió Miles Franklin, ya notó a las tres páginas que estaba escrita por una persona muy joven. Y a continuación una brevísima Nota Especial (¿de la autora? ¿de la protagonista?) que es toda una declaración de intenciones. Y con estos mimbres previos, comencé la lectura.

¡Australianos todos, queridos compatriotas!
Tan solo unas breves líneas para deciros que esta historia trata de mí, solo de mí, y que por ningún otro motivo la escribo.
Soy muy egocéntrica y no pienso disculparme. En este aspecto al menos, aspiro a superar otras autobiografías. Otras autobiografías la cansan a una con tanta excusa por tanto egocentrismo. ¿A vosotros que más os da si soy egocéntrica? ¿Qué más os da si es importante o no que yo sea egocéntrica?
Y, vaya, Henry Lawson tenía razón, no a las tres páginas, es que nada más empezar ya te das cuenta que es muy joven e impulsiva (el libro lo empezó a escribir con 16 años). A lo largo del libro sí se nota cierta inmadurez, pero no llega a suponer un lastre insalvable. Una forma de escribir llana, directa, impulsiva a veces, machacona otras, un reflejo (probablemente) de la persona que lo escribe y el momento y la edad en que lo escribe.

Y a la hora de tener que escribir mis sensaciones respecto a esta lectura debo confesar que tengo un minibloqueo. Necesito ser precisa en lo que quiero transmitir y no sé si estará en mi mano. Voy a intentarlo, porque quiero ser justa, de eso doy fe y palabra.

El libro ha tenido, para mí, un ritmo de arriba-abajo-arriba. Y así iban mis sensaciones lectoras: arriba-abajo-arriba.

Arriba. El comienzo impetuoso de esta lectura me hizo sonreír. Sybylla (la protagonista o, lo que es lo mismo, Miles Franklin) es un personaje con mucho empuje y se nos presenta peculiar, vehemente, aunque luego en algunos tramos se atempera. En esta primera parte (de mis tres sensaciones) se nos describe, en primera persona y siempre de la mano de Sybylla, una amena y precisa descripción de la Australia de aquella época y las condiciones de vida, precarias y duras, de muchos trabajadores de esas tierras que sufrieron sequías, especulaciones y corrupciones varias con efectos devastadores.

Yo soy una pieza de maquinaria a la que, como no la entiende, mi madre da cuerda al revés; con lo cual todos mis engranajes chirrían y desentonan.
Y sí, Sybylla es un bicho raro. Como yo también lo soy no me queda menos que reconocer a una igual. Y además se ve a sí misma fea. Pero es una mujer brava. Le gusta la música, el arte ¡¡y hasta lee!! Y además, qué loca, quiere escribir. ¿A quién se le ocurre? ¡a finales del siglo XIX y en la Australia más ganadera, campestre y rural!. Su familia era una familia medio acomodada, y en principio podía tener opciones de desarrollar esas inquietudes que hacen a Sybylla sentirse diferente (libros, arte, música…). Pero una mala decisión paterna hará caer a toda la familia a una situación de pobreza absoluta. Y llevará a nuestra protagonista de adorar y venerar a su padre como si fuera Dios a convertirse, a partir de los diez años de edad, en atea declarada.
He sido maldecida con la facultad del pensamiento.
Lugares en el mundo. Sybylla, como todo bicho raro que se precie, no encuentra su lugar en el mundo. Ya sabéis, ese lugar en el que eres tú misma al cien por cien, y puedes desarrollar y mostrar todo lo que creemos que tenemos dentro y para lo que crees haber nacido. No tienen que ser necesariamente grandes pretensiones. Basta con que, en ese lugar del mundo, puedas SER (tú misma) sin concesiones ni miedos ni camuflajes ni renuncias. Y que no te miren como un bicho raro, claro. Tu lugar en el mundo. Justo ese.

Y Sybylla, bicho raro con pretensiones de ser ella misma en un mundo y en una época que no está preparada para una mujer (una jovencita) como ella, pues sufre. Porque no encuentra su lugar en el mundo. En esta parte hay reflexiones que me han llegado y me han parecido inteligentes y muy realistas, aún a fecha de hoy. Un buen análisis de ella misma y su situación. Y luchará, porque no quiere renunciar. Aunque también se lamentará, una y otra vez (Yo era demasiado para mí misma). Y tú te lamentas con ella, claro.

Sybylla rebelde, desbocada, fuerte y con desparpajo. Entrañable, natural y verdadera. Cuestionándolo todo.

Debo de tener el órgano de venerar más plano que una torta de harina, porque nunca me he inclinado ante nadie simplemente por su posición y nunca lo haré.
Pero también alguien que necesita encontrar un alma gemela, un igual, alguien que la comprenda (Alguien en quien poder perderme, alguien en quien poder hallarme). Muy humano, muy realista.

Abajo. Una vuelta a la tortilla. Gracias a su abuela y a su tía, Sybylla encuentra por fin, no su lugar en el mundo, pero sí un lugar trampolín, que le da un entorno más propicio a sus aspiraciones y deseos. E incluso le surgen varios pretendientes (mírala, a la fea…). Pero sólo uno de ellos pondrá a prueba a Sybylla. Pero hete aquí que nuestro bicho raro tiene muy claras sus ideas sobre el matrimonio:

El matrimonio me parecía la forma de existencia más horriblemente atada, dependiente e injusta para las mujeres. Podía ser de pasable a regular si había amor, pero me reía de la idea del amor, y había tomado la determinación de no casarme nunca, nunca y nunca.
En la mitad del libro noto cierto estancamiento. Lo achaco a mi cansancio físico. Dejo la lectura, no quiero que el cansancio perturbe la lectura ni las sensaciones. Lo retomo al día siguiente. Sigo leyendo y la sensación de estancamiento sigue ahí. Curiosamente en una situación más favorecedora para Sybylla percibo que la lectura no me está dando lo esperado. Se me viene Jane Austen a la cabeza, muy buena si es ella, pero que no quiero que se me encaje y entremezcle aquí. Sybylla entra en bucle, a veces me parece una niña caprichosa y enrabietada, regodeándose en los obstáculos, lamentándose una y otra vez. No, ¡esa no es Sybylla! ¿qué está pasando?.

Lo que está pasando es que Miles Franklin escribió este libro muy joven. ¿Resta eso algo al libro? No y sí. No, porque esa juventud hizo que lo escribiera de una forma muy fresca, directa, muy… sana e indómita, rebelde y apasionada. Franca. Y sí, porque literariamente no mide tiempos ni ritmos, no deshecha partes que podrían ser prescindibles ni recrea o evoluciona en partes más necesarias. O se repite, se repite, se repite.

Esta parte de abajo me preocupó. Tenía expectativas sobre esta lectura ¿iba a equivocarme?. Vale, las expectativas y sus malas jugadas, su exigencia implícita que no nos deja a veces disfrutar lo que deberíamos.

Arriba. ¡Aleluya! Miles Franklin recupera el pulso, y yo recupero el latido. Vuelve ese personaje peculiar, descarado, maleable, contradictoria, algo borde incluso,  pero con gran profundidad y calado. Afilada. Lista. Sybylla no te deja margen para que sientas ternura por ella, pero sí simpatía y a ratos mucha empatía. Entrañable, más que tierna. Identificable. Realista. Luchadora.

Y al final aparece con una de las virtudes que más admiro en una persona: coherencia. Lo que viene siendo honestidad (la honestidad de ser coherente). Respiro, aliviada. Puedo cerrar el libro con satisfacción.

Miles Franklin fue una escritora peculiar y, sobre todo, muy audaz. No pierdo de vista en ningún momento que fue escrito a finales del siglo XIX y que me ha aportado originalidad. ¿Le hubiera exigido más? Seguramente sí, pero el resultado es muy grato. No puedo negar el mérito de su autora, su juventud, la época en que escribió y el atrevimiento. Es una autora necesaria de conocer. Diferente. Un libro que podría haberme dado más, pero que igualmente me ha dado mucho, lo suficiente como para recomendarlo (¡lo siento!). 

(©AnaBlasfuemia)
1894: La familia Franklin. Miles Franklin es la de la izquierda


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Mi enemigo mortal (Willa Cather)

Título original: My mortal enemy
Traductor: Gema Moral Bartolomé
Páginas: 128
Publicación: 1926 (2012)
Editorial: Alba
Categoría: Narrativa
ISBN: 9788484287438
Sinopsis: Myra Driscoll renunció a la fortuna de su tío y a una comodidad de princesa para ser fiel a sus sentimientos y casarse con Oswald Henshawe. Pero la obra mostrará el haz y el envés de aquella valentía ideal. A través de la exquisita mirada de la joven Nellie asistimos a la rememoración de dos momentos clave para el retrato de Myra: la vida del matrimonio en Nueva York, llena de glamour y de amistades artísticas, y su final empobrecido en una ciudad junto al Pacífico.



Los árboles y los arbustos parecían acicalados y sociables, como personas encantadoras… Estuve un buen rato junto a la fuente intermitente Su rítmico chapoteo era como la voz de aquel lugar. Descendía y se alzaba cual una respiración agitada y feliz, y el sonido era musical, parecía surgido de la garganta de la primavera… Tuve la sensación de que allí el invierno no llevaba consigo la desolación, estaba domesticado, como un oso polar que una hermosa dama paseara con correa.

Ha vuelto a suceder: escojo un libro de pocas páginas, una lectura con vocación de tránsito, y me estalla en las manos. Vuelvo a encontrar una joya y la sorpresa me pilla desprevenida (no podía ser menos, vaya birria de sorpresa si no fuera así). Tan desprevenida estaba que incluso me pilla indefensa, desarmada y sin barreras emocionales que me protejan de la belleza y la emotividad consecuente. Pero qué importa, estas sorpresas a mano armada, a libro abierto, son una de las razones por las que cada día, abro un libro y leo.


No necesita mucho Willa Cather para contar la historia de Myra Driscoll y mostrarnos su profunda y compleja personalidad. Lo hará a través de los ojos de Nellie, una quinceañera inteligente, observadora y perspicaz que nos conducirá de forma soberbia a través de esta historia aparentemente intranscendente y superficial. Si tuviera que decir qué es lo que se cuenta en “Mi enemigo mortal”, cuál es la trama, no sabría decirlo. Podría decir que es, sobre todo, la historia del matrimonio de Myra Driscoll, o la historia de Myra Driscoll, contada en dos partes muy diferenciadas: en la primera asistimos al esplendor social, cultural y económico de Myra y Oswald (una época de mucha pompa y glamour) y la segunda nos muestra su ruina social, económica y hasta de salud. La decadencia.


Pero detrás de ese simple argumento transcurren muchas cosas que Willa Cather nos insinúa (más que mostrarnos) con delicadeza muy sutil, pero con mano firme (casi como si de la propia Myra se tratase): las decisiones que tomamos y la factura que pasan (¿factura o fractura?), la búsqueda del culpable por las consecuencias de esas decisiones (¿yo, por decidirme? ¿tú, que me ilusionaste?, ¿yo, que soñé? ¿tú, que me hiciste creer?,..). ¿Quién es el enemigo mortal? (¿el marido, ella misma, quien observa, las ilusiones desgastadas, el tiempo -“el implacable, el que pasó...”-?). ¿Quién engaña y quién es el engañado? ¿o es la vida la que nos engaña? ¿o tal vez las ilusiones?.. Hay que buscar en los pequeños gestos, en los detalles (que es donde se esconden los grandes dramas, las pasiones más encendidas, los sueños más elevados, las ilusiones desmedidas, el amor más entusiasta. Ahí, donde conviven generosidad y egoísmo sin contradecirse).


La grandeza de este libro está en que habrá quién lo lea y diga… “¿y…?”. Pero habrá quién lo lea, cerrará el libro y necesitará un tiempo antes de tomar una decisión simple: levantarse, encender un cigarro, hablar con alguien…. A eso se llama saborear un libro… y masticar sus consecuencias.


Hay lecturas que dosificas página a página, que son ese pequeño rincón del día en el que buscas aislarte y te concentras en ese gesto íntimo que supone la lectura.


Hay libros que más que leerlos te acurrucas en ellos, instalándote en un espacio confortable en el que te dejas llevar y casi hasta acariciar, acomodada entre palabras, insinuaciones y descripciones.


Hay libros que te acogen, y luego te zarandean con tanta astucia que terminas de leerlos y dices: “gracias”.


Este ha sido uno de esos libros.

 (©AnaBlasfuemia)
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