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martes, 16 de septiembre de 2014

En el lado de Canaán (Sebastian Barry)


Título original: On Canaan's side
Traductora: Laura Vidal
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2013)
Editorial: Alba
ISBN: 9788484288541
Sinopsis: Cuando Lilly Bere empieza a contar su historia tiene ochenta y nueve años y Bill, su nieto, acaba de morir. Su memoria vuelve a su juventud cuando, hija de un policía leal a la Corona inglesa, tuvo que huir con su novio desde Dublín hacia los Estados Unidos del final de la Primera Guerra Mundial porque ambos estaban amenazados de muerte por el Ejército Republicano Irlandés. La novela trata por una parte de la relación de Lilly con los hombres de su vida y su destino a ratos terrible y a ratos sorprendente, y por otra, de la violencia y la inseguridad del siglo XX y de cada una de sus grandes guerras: las dos guerras mundiales, la de Vietnam y la del Golfo y cómo esos conflictos pesan sobre la vida particular de una mujer sencilla y valiente.
Premio Walter Scott de novela histórica 2012
Finalista del Man Booker Prize 2011
Bill se ha ido.
¿Cómo sonará un corazón de ochenta y nueve años al romperse? Es posible que casi no suene, y desde luego será un ruido pequeño, leve.
Qué libro más bonito, qué libro más bonito (bis). Y el caso es que cuando empecé a leerlo, las primeras hojas, tuve la sensación, tenue pero real, de que quizás esta lectura no me iba a llegar lo suficiente. Y que había muchas palabras. No muchas páginas, no que hubiera párrafos innecesarios. Que había muchas palabras, no sé explicarlo de otra forma. Y sin embargo… qué libro más bonito.

A esta lectura llegué por una curiosa coincidencia de portadas. En la Feria del Libro de este año lo vi y, zas, a la mochila. Quería saber si la mujer de la portada va o viene. Quería conocer a Lilly Bere. Y ha merecido la pena.
Y pensar, recordar. O intentarlo. Cosas difíciles y oscuras, historias ocultadas como calcetines viejos en viejas fundas de almohada. Sin estar ya muy segura de cuánto tienen de verdad. Y cosas que he dejado estar mucho tiempo, por el bien de mi felicidad, o al menos de la serenidad diaria de la que un tiempo, creo, fui dueña.
Lilly Bere, 89 años. Su nieto acaba de fallecer. Desde el dolor de perder un nieto, a su edad, decide recordarlo todo para dejar de recordar. Ha tomado una decisión (dos, en realidad): escribir todos los recuerdos porque necesita explicar su desesperanza. Recordar para que los recuerdos dejen de doler, desandar el camino de la memoria para comprender porqué Lilly, una mujer que siempre supo dar pasos hacia delante, decide detenerse. Porque hay muchas maneras de enfrentarse al dolor, y recordar es una de ellas.

Recordar no es un proceso fácil. Nos pasamos tanto tiempo intentando olvidar, sujetando recuerdos, dulcificando otros, casi disfrazándolos. Cuestión de equilibrio. Pero Lilly tiene una edad y unas vivencias que la sitúan en el oportuno momento de hacer recuento de todos esos recuerdos. Ya es libre.
Existen muchas formas de libertad y ésta es una de ellas, ser tan vieja que puedo enorgullecerme de aquellos a quienes amé sin que inconscientemente mi mente trate de justificar, borrar, ocultar.
Cierto, ya no necesita ocultar, justificar ni borrar. Porque Lilly es una persona vital, buena y valerosa, cuya suerte ha decidido mostrarle las dos caras: la buena y la mala. Y la suerte (azar, destino, póngale el nombre que quieran) no se anda con chiquitas con ella, nada de medias tintas. Cuando decide golpearla lo hace con la palma de la mano bien abierta.
Quizás en aquel momento, cuando Irlanda se agitaba como una enorme criatura marina y cambiaba de posición, deberían habernos cogido a todos y pegarnos un tiro, en un gesto de amabilidad, de eficacia.
En ese recorrido por la vida de Lilly, atravesamos el siglo XX y varias guerras. Y dos sociedades convulsas: la irlandesa y la estadounidense. Barry no entra en los detalles de los acontecimientos históricos, pero nos muestra sus consecuencias, esa mano alargada de las guerras y sociedades estremecidas por las mismas que agarra a las personas que no las causan ni las provocan ni las buscan, pero las sufren. Victimas silenciosas y anónimas a las que Barry da voz.

Conoceremos a las personas que forman la red emocional de Lilly a lo largo de su (larga) vida: Tadg, la señora Wolohan, Cassie, Joe Kinderman, el señor Dollinger, el señor Nolan, Mike Scapello… Todos ellos, cada uno a su manera, son una cara u otra de la suerte o el destino de Lilly.

Tras esas páginas iniciales (fueron poquitas) la lectura empezó a fluir hasta llegar a ese punto en que el libro no se te despega de los dedos, buscar tiempo para volver a él, no desear que termine, disfrutar de la lectura y leerlo casi del tirón. Porque más allá de la historia de Lilly, Sebastian Barry escribe cabal y precioso, la forma en que se envuelve lo que nos cuenta es encantadora y delicada, dulce sin empalagar, dura sin dramatizar, imprevisible sin sacarse trucos de la chistera y sin dejar flecos sueltos. Una prosa poética en el sentido más bello y conmovedor de la poesía. Me ha llamado poderosamente la atención que se pudiera escribir de una forma tan poética usando palabras sencillas, no recargadas, pero combinadas de forma tal que consiguen un efecto impactante. Los momentos álgidos de la historia de Lilly (que son varios) tienen un tempo maravilloso, intenso, perfecto, que te hace casi alzarte del asiento. Será inevitable que cada vez que vea un autorretrato de van Gogh me acuerde de Tadg… 


Un libro que puedo recomendar, que debo de recomendar, sin matices ni dudas. Con la certeza que se disfrutará del talento de Barry para narrar, de forma incluso que en los momentos de mayor dramatismo mantiene al lector a la distancia adecuada, ni muy lejos ni muy cerca.
Recordar produce en ocasiones gran dolor pero, una vez se ha recordado, lo que viene después es una curiosa sensación de paz. Porque ya has logrado plantar la bandera en la cima de tu dolor. Has llegado a la cumbre.