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domingo, 18 de mayo de 2025

En busca del cielo (Nathalie Léger)


 Avanzamos temblando

Dos palabras. Las dos primeras. Y empiezo la lectura temblando. No con ese temblor que produce el frío, ni el miedo, ni la inseguridad. No, es el temblor de lo vivo, el temblor que late y palpita, ese temblor invisible que provoca la respiración. Ese en el que los pelillos de la piel cimbrean con suavidad, como agitados por una brisa apenas perceptible salvo para quien decide observar meticulosamente, atento al detalle y al movimiento mientras avanza. Porque hay un trayecto que recorrer y lo vamos a hacer así, temblando.


¿Y hacia dónde avanzamos y por qué temblamos? Temblamos porque estamos de duelo. Nathalie Léger lo está. Y nosotros con ella porque inicialmente renuncia al uso del “yo” y se decanta por un “nosotros”, un uso del plural que nos implica pero a la vez desdibuja la emoción. Porque en principio no sabemos dónde vamos a llegar pero sí el lugar del que partimos: los recuerdos. Y si hay que avanzar (o retroceder) en ellos necesitamos calma. Una calma que el “yo” no permite, pero sí el “nosotros”. Ya llegará, de hecho llega pronto, el “yo”. Pero desde algún punto hay que empezar si queremos progresar, iniciar el movimiento y transitar por los recuerdos e inventariar la pérdida.


Hay una herida abierta que queda a merced de lo inconcluso, lo irrealizable. Y hay una súplica por encontrar un lenguaje. Un lenguaje para la muerte de un ser querido (su pareja y su madre en un breve período de tiempo). No quiere Léger repetir la liturgia que se repite cada vez, esos gestos y lamentos repetidos siempre, tantas genealogías en vena, practicando ritos que varían en la forma pero no en el fondo.


Avanzamos. El shock, esa calma que mantienes hacia fuera mientras enloqueces por dentro, porque hay palabras que de pronto te abruman, como si hasta entonces no hubieras comprendido su verdadero significado: nunca, jamás, ya no existes. Y el vacío pesa como un lugar frío, glacial.


He leído un número considerable de libros sobre el duelo. La pérdida de un ser querido y su duelo es universal pero a la vez personal. Cada persona tiene su duelo propio, privado, íntimo, no es intercambiable, apenas comparable con el duelo ajeno. Por eso me gustan este tipo de lecturas. Y es Léger quien me plantea directamente esta pregunta:


¿Qué es lo que puede saberse de la muerte en una vida?


Y, al igual que con las dos primeras palabras de este libro, me detengo, pensativa. Retomo recuerdos, aprendizajes, experiencias. Y atravieso emociones y sensaciones que percibo sólidas en mi interior, pero que no consigo transformar en la palpabilidad de las palabras. Las palabras tranquilizan, convocan, anuncian, ayudan. Pueden deshacer el miedo si son pronunciadas pero si no son dichas entonces traicionan


Y así avanzamos con tiento sobre lo que no se puede, no se sabe, decir. Pero mientras lo hacemos, decimos palabras que se piensan, se sienten, se deslizan, interrogan y a veces hasta se pronuncian o se escriben. Porque no sólo te duele el alma, el cuerpo sufre, sufre porque ya no puede tocar, abrazar, besar. 


Léger avanza ascendiendo y lo hace escribiendo porque las palabras dan forma a lo que ya no está, a lo que ya no es. Y encuentra la puerta y está abierta y entra, entra al cielo, al azul, a la belleza e inmensidad de la vida. No es un cierre del duelo, es un punto, un punto de amor, un trazo nuevo en el mapa vital, una apertura a nuevos itinerarios


En busca del cielo” tiene una densidad emocional abrumadora, explora el duelo pero también hay una búsqueda de sentido en medio de la pérdida. Léger se niega a seguir las convenciones narrativas del duelo literario y plantea un recorrido errático que se asemeja a la realidad emocional de quien sufre la pérdida, que continuamente reescribe la experiencia. Aquí el lenguaje tantea, tiembla, insinúa, traza sombras y luces. El duelo siempre es una emoción incierta y desconcertante, y las palabras no dejan de ser una brújula imperfecta y frágil pero necesaria para atravesarlo. Y es en esa imperfección en donde reside su belleza y supone un desafío para el lector, que precisa de una atención y disposición emocional adecuados.


Ya lo sabía, desde luego, pero ahora mismo lo acepto con una sensación general de gratitud, una dilatación, una adhesión al mundo tal cual es, efervescente, indiferente y alegre


Gracias, Nathalie Léger.


©AnaBlasfuemia

domingo, 12 de noviembre de 2023

¿Hay alguien ahí? (Peter Orner)


"Estaba listo para ir a buscar otro ejemplar a ese agujero negro que constituye el cúmulo de libros que aún no leí. Las posibilidades infinitas me abruman"

De todas las cosas que me abruman (que son más de las que me reconozco a mí misma) la que mejor llevo es la que me provoca la ingente cantidad de libros que tengo en casa sin leer (y los que quiero releer). Me abrumo, claro. Pero me motiva a vivir muchos años (y van a tener que ser muchísimos) para tener tiempo a leer todo lo que quiero leer, a levantarme cada mañana sabiendo que encontraré un momento para coger un libro e introducirme en él . Y las editoriales no paran, no paran, no paran. No se dan cuenta que tenemos una vida limitada, un tiempo concreto, una existencia con fecha de caducidad ¿qué pretenden? En fin, hago lo que puedo, siempre con un libro a cuestas, aprovechando resquicios en el espacio-tiempo, esperas, tiempo libre, poniendo ganas (a veces no las hay, esto pasa), quitando ratitos al sueño y a otras necesidades y autoplaceres.

Peter Orner lo sabe bien, sabe bien de ese agujero negro de los libros sin leer. Qué gran lector, cómo me ha entusiasmado su manera de adentrarse en sus lecturas y conectarlas con sus vivencias. Pero también qué excelente manera de comunicar, de contarnos sus sensaciones lectoras. Y de contarse él. No he podido identificarme más con Orner: contarse a través de lo que lee (la esencia de mi blog: "lo que leo lo cuento y me cuento en lo que leo"). Callos tengo en las palmas de las manos. De aplaudir. Aplaudo desde el acuerdo, desde el reconocimiento, desde el hermanamiento.

"De lejos todas las demencias se parecen. Vistas de cerca se vuelven personales"

Soy de esas personas que se quedan meditando en una especie de limbo catatónico ante una frase desconcertante. El título de este libro ("¿Hay alguien ahí?") me produjo ese estado (una especie de cortocircuito en mi cerebro) que me provocan algunas preguntas a las que me siento impelida a contestar además de a cuestionarme qué hay detrás de esa interpelación. ¿Qué es "ahí"? ¿es una pregunta hecha desde el miedo a que haya alguien o desde la necesidad de que haya alguien, la necesidad de no sentirse solo? Hay preguntas que además de interrogaciones contienen exclamaciones (súplica, deseo). Qué poderoso es el lenguaje y qué poca importancia le damos en el día a día de nuestra comunicación verbal. Sin embargo el lenguaje escrito se resiste a ser menoscabado, a perder su poderío. Creo que esto es así por darse en un contexto íntimo (un mano a mano entre quien lee y el texto) y con una pausa poco habitual en el día a día, como un paréntesis o un oasis. Por eso para mí es necesario leer y encontrarme con buenos libros y grandes escritores cuyo lenguaje y su uso consiguen descifrarme, encaminarme, interrogarme, distraerme y/o tantas otras cosas.

"Padres e hijos. Ellos se ven reflejados en nosotros mientras huimos de esa imagen nuestra que nos devuelven"

"¿Hay alguien ahí?" es un libro muy generoso. Y lo es por partida doble: por un lado, Orner comparte con nosotros recuerdos personales y reflexiones. Por otra parte, es una defensa a ultranza de los relatos y cuentos, de los que tomaremos buena nota si no la habíamos hecho ya: Chéjov, Melville, Frank O'Connor, Gógol, Kafka, Eudora Welty, Virginia Woolf, Cheever, Hemingway, Mavis Gallant, Paul Léautaud, Gina Berriault, Bohumil Hrabal, Walser... Y más, porque Orner lee y lee mucho, en el sótano, en el hospital, en la selva. Y comparte con nosotros esas lecturas y los momentos en los que lee o las recuerda y así va entretejiendo su vida (dónde estaba, con quién, cómo estaba) con las lecturas. Es también la difícil relación de Orner con su padre, un lamento por su pérdida y por su separación matrimonial, un intento de redención. Es, pues, muchas cosas.

Un libro en el que me sentí muy cómplice, de esos que creas espacios de cercanía con el autor y su universo, una especie de conversación secreta y tácita entre Orner y yo porque no siempre cuando lees buscas otros mundos, sino que buscas el mundo en el que sientes que tú vives, que está aquí. Buscas rellenar el silencio con un diálogo y siempre reconforta encontrar habitantes en ese mundo lleno de libros y lecturas y vida vivida, sufrida, desperdiciada, aprovechada. Pura intensidad, la life. A veces pienso que detrás de ciertos lectores hay un vacío lleno de preguntas (sí, acabo de soltar un oxímoron como un piano de cola o una ballena azul de grande). Un vacío lleno de curiosidad.

"Hay libros que nos persiguen. Siempre lo he sabido"

Escribir (bien) es un arte. Pero leer también lo es. El arte de transformar dentro de ti lo que lees, el arte de la búsqueda dentro del texto, de interpretar el contenido del texto, de detectar las intenciones y la propuesta de quien lo ha escrito. Vale, admito que quizás exagero al decir que leer (bien) sea un arte (lo admito pero con la boca muy muy pequeña), pero estaréis conmigo en que al menos es una actividad altamente saludable: la mente cansada encontrará reposo en un libro, la mente inquieta encontrará sosiego, la mente torpe encontrará un detonante que la active, la mente dudosa encontrará alguna instrucción, la mente solitaria encontrará compañía, la mente vacía encontrará eco, la mente solitaria encontrará compañía, la mente curiosa encontrará incentivos, la mente aletargada encontrará intensidad, la mente perversa encontrará argumentos, la mente bondadosa encontrará solidaridad, la mente narcisista encontrará (cómo no) su ego, la mente perdida encontrará cobijo, la mente ansiosa encontrará voracidad... y así hasta el infinito. Cada mente lectora encontrará siempre su libro si lo busca.

Y si no lo encuentra, lea a Peter Orner, seguro que él tiene un libro para usted.