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martes, 7 de octubre de 2025

Autorretrato en el estudio (Giorgio Agamben)

Si pienso en los amigos y en las personas a las que he amado, me parece que todas tienen algo en común que sólo podría expresar con estas palabras: lo indestructible en ellas era su fragilidad, su infinita capacidad de ser destruidas. Y quizá sea esta la más justa definición de lo humano


Giorgio Agamben escribió “Autorretrato en el estudio como quien se detiene a mirar los objetos que han estado a su lado mientras pensaba. Como Sócrates en su última hora, Agamben se presenta como alguien que ha hecho de su estudio un campo de batalla contra el tiempo. No es una autobiografía sino una suerte de instantáneas de los espacios que ha habitado, de los libros, imágenes, objetos y personas que le han acompañado. Un autorretrato, sí, pero sin figura central.


El protagonista aquí no es el “yo”, sino el umbral entre el pensamiento y las cosas, entre la vida y su forma. Agamben convierte estos espacios (que son refugio, laboratorio, trinchera y santuario a la vez) en un espejo oblicuo de su forma de estar en el mundo. Cada objeto nombrado, cada estante, cada fragmento convocado, actúa como un disparador que enlaza lo cotidiano con lo conceptual, sin necesidad de argumentar nada. Simplemente mostrando, como si el pensamiento pudiera dejarse ver mejor cuando no se dice directamente. Porque si algo ha rechazado siempre Agamben es la espectacularización del pensamiento y ese gesto es el signo de una ética: la ética de la retirada (sin huir, pero sin exhibirse).


El libro se organiza como un atlas interior, dispuesto más por afinidades secretas que por lógica discursiva. Agamben lo ha dicho de muchas formas, y en este libro lo reitera sin subrayarlo: un filósofo no es alguien que impone su voz, sino alguien que escucha. Alguien que trabaja con palabras ajenas, con imágenes prestadas, con conceptos que ha heredado y a los que intenta, apenas, dar forma. Para él la filosofía es escribir entre la lengua y el silencio, entre la palabra y aquello que la excede.


"Autorretrato en el estudio" podría leerse como una forma bartlebyana de narrarse: rehusando a la narración misma, prefiriendo no contar, pero dejando que las cosas hablen por él. El libro no se abre fácilmente: hay que entrar en él como quien cruza el umbral de una habitación en penumbra, sin saber muy bien qué se busca. Esa opacidad puede resultar excluyente, también lo digo.


Es evidente el tono contenido, elegíaco, sin desgarro: Agamben despliega una erudición vastísima (una constelación erudita que recorre siglos, disciplinas, lenguas, nombres), pero evita el quiebre emocional. No hay confesión ni sentimentalismo, sino que elige la gravedad serena, la evocación y afinidad, frente a la intimidad desgarrada. Esa sujeción es parte de su compromiso con el pensamiento y el lenguaje.


Es una escritura que se mueve entre la memoria intelectual y el gesto litúrgico, pero que rara vez baja a lo afectivo o a lo íntimo como desbordamiento. Agamben convoca a sus muertos, pero no los llora; los nombra con la gravedad de quien prolonga una voz, no con la fragilidad de quien se derrumba ante la pérdida. Incluso sus elogios más intensos están medidos, casi ceremoniales. No cede nunca a la sentimentalidad exhibicionista. Es una manera de mantener la dignidad del pensamiento, de oponerle al flujo emocional constante una forma de gravedad antigua, casi monástica.


En este autorretrato melancólico, un mundo cultural desaparecido vuelve a hablar y al hacerlo deja al descubierto la intemperie de nuestro presente. Así, a través de un lenguaje literario y filosófico, Agamben consigue dos cosas: retratar una comunidad en extinción y, al mismo tiempo, lanzar una crítica poética a la pobreza espiritual de la época actual. Leer este libro exige atención, paciencia,  la voluntad de quedarse en lo no evidente. No es una lectura que se ofrezca, hay que ir a su encuentro. Y la pobreza humanística y cultural de nuestros tiempos requiere (urge) ir a ese encuentro.


Gracias, Giorgio Agamben. Gracias, Rodrigo Molina-Zavalia y Mª Teresa D’Meza (traductores)


©AnaBlasfuemia

martes, 10 de diciembre de 2019

Clarice Lispector


El universo de Lispector es exacerbado, profundo e intensamente inquisitivo. Un universo en el que escribir era un pozo al que arrojarse, una cúpula sin límites y desordenada que requiere explorar y combinar rompiendo las reglas. El lenguaje para ella era como un nacimiento al que puedes traicionar para dar sentido a un nuevo idioma, el sentido lispectoriano de la vida y el universo. Lispector apostató del lenguaje común y normativo porque sabía que la vida es irreductible.

Estruendosa hasta en los saltos de línea, los silencios y los márgenes, Lispector tenía el poder de una diosa que se precipita a la escritura cavando abismos hacia los que luego se arroja como quien tira una piedra a la superficie del agua para solidificarla o como quien dispara rayos al firmamento para que en su desgarro alguna nube rompa a llorar o a suplicar un cielo que sea germen y colofón de su existencia.

Lispector era como el Agua viva que fluye muy Cerca del corazón salvaje, surcando los espacios intersticiales que hay entre latido y latido, el lugar Donde se enseñará a ser feliz Para no olvidar que La ciudad sitiada puede ser un encuentro tan revelador como devastador con una cucaracha o tal vez con La araña que teje en Silencio El libro de los placeres y Todos los cuentos a los que las almas inquietas acudimos buscando la Revelación de un mundo que nos aporte Un soplo de vida, una respiración más, necesaria para no olvidar los Descubrimientos que nos precipitan hacia el frío de la madrugada.

Porque, Queridas mías, siempre estamos Aprendiendo a vivir, y la vida es una búsqueda de La lámpara que ilumine La manzana en la oscuridad para poder morderla con el ansia de quien sabe que ya es La hora de la estrella. Clarice es como una religión para la cual no necesito más fe que la de acudir a sus páginas para que me salve dándome el misterio de la vida: el Por qué este mundo.

Hoy Clarice Lispector cumpliría 99 años.