Traductor: Patricia Orts GarcíaPáginas: 368Publicación: 2010 (2012)Editorial: Suma de LetrasCategoría: Narrativa ContemporáneaISBN: 9788483652787Sinopsis: En 1946, en una Italia marcada por los terrores de la guerra recién terminada, las jóvenes Emma y Marzia entablan una amistad que se acabará transformando en un amor absoluto, pero prohibido por los prejuicios y las convenciones sociales del entorno burgués en el que viven. Juntas descubren el placer del sexo y la ternura de la confidencia. Son conscientes de la inconveniencia de sus sentimientos y tratan de llevar su relación en secreto, al margen de sus familias. Pero cuando todo se descubre, sus padres se oponen, castigándolas con severidad y alejándolas definitivamente. Marzia se va a vivir a Argentina, mientras Emma es enviada a Londres; veinte años después, un giro del destino hará que se reencuentren.
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Mi madre siempre dice que tengo muy buena mala suerte. Y tiene razón (tener razón es un don que los
años van concediendo a las madres). Ahora me doy cuenta que además de tener “muy
buena mala suerte”, tengo también “desaciertos
muy acertados”. Me explico: hace tiempo que vengo diciendo que necesito un
cambio de registro lector: una lectura ligera, incluso superficial. Pero no
acierto, no encuentro ese libro frívolo, intranscendente, que me distraiga sin
más y que olvide después de una lectura rapidísima y adictiva. Y sin embargo
buscando “ligereza lectora”, me he encontrado con, por ejemplo, El ruletista, cuya intensa literatura hizo que luego necesitara urgentemente
algo más “volátil”. Y elegí Las mil bocas
de nuestra sed, y de nuevo no acerté (no es una lectura frívola ni
fácilmente olvidable), pero en el desacierto descubro una lectura que me deja
buen sabor de boca.
Y quién me iba a decir a mí además que iba a leerme una
novela romántica. Sí, romántica, porque lo que hay dentro de este libro es una
historia de amor de tomo y lomo. Una historia exquisita, eso sí. Delicada y diferente. Diferente porque se trata del amor entre dos
personas del mismo sexo (una manzana y una pera, que como bien se sabe, no pueden dar dos manzanas…).
En realidad que se trate de dos mujeres (dos adolescentes)
sólo es una excusa para luego poder provocar el drama (que las separen cuando
las familias se enteren), porque por lo demás lo que Guido Conti quiere
contarnos es un primer amor. Y además en la fase del enamoramiento, que
es la fase más perfecta del amor. Y sí, que se trate de dos mujeres da
lugar a que en determinados pasajes haya extrañeza, desconcierto… Pero es muy
breve y no es el eje central de esta hermosa historia.
La columna vertebral, lo que sostiene este libro es una
descripción preciosa, idílica, pura, con la dosis justa de azúcar, de lo que es
el primer amor. Ese despertar tan lleno de color, mariposas, piel. Y sexo,
claro. Todo pura emoción, todo tan volátil, inocente, puro, intenso, intenso,
intenso… Todo ello descrito con una narrativa poética, placentera y amena que
nos lleva a recordar nuestra primera vez y nos hace suspirar añorando esa
inocencia de la primera vez. Y sobre todo esa intensidad emocional.
La narrativa tan metafórica, poética y descriptiva hace que
a veces tengas la sensación de que la historia está al servicio del estilo
narrativo y no al revés. Pero no importa, como no importa tampoco que el resto
de personajes (aquellos que no son Marzia y Emma, nuestras protagonistas)
queden desdibujados y también al servicio de lo que se quiere contar. No
importa, porque lo que importa son Marzia y Emma, los únicos personajes cuyo
perfil psicológico está más desarrollado y construido. Marzia y Emma, la única
historia que importa. Porque todos la
hemos vivido. Todos hemos amado una primera vez. Y como no nos importa que
nos lo recuerden, pues nos da igual todo, leemos y leemos disfrutando de la forma
tan encantadora que tiene Guido Conti de contarnos esta atractiva historia de
amor.
¿Cómo no recordar esas frases tan del primer amor?: “Tengo
miedo de perderte”, “Nunca he querido a nadie como a ti”, “Me gustaría ser como
tú. Me gustaría ser tú”, “¿Nunca has querido a nadie? -¡No como a ti!”, “Creo
que no voy a poder vivir sin ti”… Un clásico, vaya.
Las descripciones del momento en que Emma y Marzia descubren
no sólo su amor, sino también su cuerpo están llenas de una exquisita ternura,
de una delicadeza elegante y una fuerza adecuada: “…abrazada a ella con la misma intensidad con la que Ulises se aferró
al escollo de la playa de Calipso”.
Algo que me llamó también la atención (y me gustó) es cómo
se refleja otro clásico del primer amor
(y casi que de cualquier amor posterior): nuestro
empeño en ponerlo a prueba, como intentando saber dónde está el truco porque no
puede ser real. Y provocamos celos, enfrentamientos y discusiones varias
para constatar que, ves, ya lo decía yo
que esto no puede ser de verdad… Qué torpes somos. ¡Qué torpes!.
Guido Conti está al borde de muchas cosas, pero no se llega
a producir el temido desbordamiento, con lo que finalmente conseguimos una lectura más que
agradable, bastantes frases para subrayar, una dulce melancolía, unas
cuantas imágenes revoloteando por la memoria, una mirada nostálgica y una
sonrisa bobalicona en la cara. Tampoco está tan mal ¿no?. Una lectura para días
tiernos.
“El
destino es un círculo que acaba cerrándose siempre... No existen días inútiles
en nuestra vida.”
(©AnaBlasfuemia)