Título original: Notes on Suicide
Traductor: Albert Fuentes Sánchez
Páginas: 112
Publicación: 2015 (2016)
Editorial: Alpha Decay
ISBN: 9788494489624
Sinopsis: “Este libro no es una nota de suicidio.” Así arranca Apuntes sobre el suicidio, un ensayo inteligente, provocador y a su vez de una sensibilidad extraordinaria. Simon Critchley repasa en estas reflexiones sobre el suicidio diferentes fuentes -desde el recuento histórico de suicidas célebres al análisis textual de numerosas notas de suicidio- para llegar al fondo del asunto que le interesa: qué significa estar en posesión del regalo de la vida y en qué consiste la maldición de poder elegir libremente entre vivirla o, por el contrario, optar por la muerte.
Alguien a quien quiero mucho y que me quiere bien me pide insistentemente alegría. Positividad. Soy consciente de lo difícil que es bregar conmigo desde hace mucho (demasiado) tiempo. No hay nadie que pueda desear más que yo misma el poder dar júbilo continuo. Hay personas a las que se lo debo (vale, no es un deber… es un querer). No quiero sentirme culpable de mi momento, ni justificarme ni explicarlo. Hasta hace no mucho tenía una necesidad imperiosa de contarme, de exponer mi vida de arriba abajo. Ya no. Todo para dentro. Las lecturas para fuera. Así que espero que nadie se me enfade por ir a comentar justo ahora un libro como este…
¿Por qué este libro? Quizás una de las palabras más repetidas en este blog sea: VIDA. Pienso mucho en la vida, tengo tantas ganas de vivir… y eso hace inevitable pensar también en la muerte. Un tema del que no gusta hablar ni pensar. Menos aún del suicidio. Pocas situaciones hay más inquietantes que un suicidio. Pero ¿quién no ha pensado alguna vez en este tema? Bien porque lo ha vivido/sufrido de cerca, bien porque de alguna manera más o menos profunda, superficial, meditada o solo atisbada, ha pensado/fantaseado no tal vez en suicidarse pero sí en el suicidio como algo abstracto, posibilidad o descarte, como tanteándonos si seríamos capaces de…
No me asusta decirlo, menos aún en este cuarto propio sin red, igual hasta debo escribirlo: he pensado seriamente en suicidarme. Una posibilidad real. No me lo planteé como una decisión, sino como un intento muy reflexionado de averiguar si yo sería, en este tema, capaz o incapaz. La respuesta la tengo ya muy clara: incapaz. Enfrentarme a este fantasma mirándole a la cara me devuelve al punto de partida: vida. Toca lucharla. Acepto vértigo, mar, búsqueda, faros, montaña, libros, sensación, raíz, ideales, arte, ventanas, intensidad, jugar, mariposas, vorágine, mirada, selva, fuente, deseos, campanas, utopías, delfínes, puertas, jeroglíficos, música, escribir, viento, soñar, creer, laberintos, confiar… Sé lo que necesito. Pero no sé dónde estás, cómo te llamas, quién eres, ni si nos vamos a encontrar (y quiéreme si te atreves).
La imposibilidad de hablar de este tema tan personal con alguien me llevó, justo mientras certificaba mi incapacidad, a leer este libro. También una conversación con dos bellas personas en la que se planteó la necesidad de desmitificar el suicidio, de no estigmatizar a las personas que se suicidan, lo intentan o piensan en ello. No dejarlas fuera. No soslayarlas. No juzgarlas. No esquivarlas. En definitiva, ayudarlas y poner sobre la mesa un tema tabú por el que todo el mundo se desliza y pasa de puntillas, pese a que todos inquieta. Acabo de decir que “la imposibilidad de hablar de este tema tan personal con alguien”… ding-dong… esto ya es sintomático: para alguien que tenga esos pensamientos el mero hecho de plantearse compartirlos ya es un problema: es un tema molesto, como para que encima venga alguien que aprecias queriendo compartir su “preocupación” sobre el tema o a decirte que está en un momento en el que lo contempla como posibilidad… A mí esto, esta dificultad para hablarlo sin que te caigan encima tópicos y sonidos de sirenas y alarmas, ya me parece muy significativo. Y hasta aquí puedo leer…
Comencé a leer este libro en Mallorca, al lado de un faro, sentada en un acantilado con los pies colgando, el mar abajo, el vértigo circulando por mis venas. Decidí no seguir leyendo. Poco después salté un muro y me lesioné la rodilla. Pensé que todo lo que sucede, sucede por algo, nos dice algo. Quizás fue una señal. O dos.
¿Cómo ha sido la lectura? Ligeramente decepcionante. Un inicio prometedor, tratando de comprender, de romper con todo aquello que convierte el suicidio en un tema tabú y polémico, sin tratarlo como un pecado o un trastorno mental, sin juicios morales, sin condenarlo ni prejuzgar… Pero debería de haber tenido más en cuenta el título: Apuntes sobre el suicidio. Pues eso, apuntes, ideas que quedan sin desarrollar. Apunta pero no dispara. No profundiza. Esperaba una confrontación mayor, más arriesgada, más valiente. Y si bien es cierto que es de valorar el intento de poner el punto de mira en un tema sobre el que se pasa de puntillas, la brevedad del texto y cierta mesura del autor terminan por deshacer un inicio espectacular y muy interesante.
Quisiera abrir un espacio para pensar acerca del suicidio como un acto libre que no debería ser objeto de repulsa moral o condenado en voz baja. Es preciso comprender el suicidio y es imperativo entablar una discusión más madura, compasiva y reflexiva acerca del mismo. Con demasiada frecuencia, la rabia domina todo el debate acerca del suicidio. Los deudos de alguien que se ha quitado la vida, ya sean cónyuges, familiares o amigos, reciben cualquier intento de hablar sobre el suicidio con comprensible indignación. Pero debemos atrevernos. Tenemos que hablar.El libro no es un debate en sí, sino más bien una invitación al debate. Como ensayo se queda en las primeras capas. Un punto de partida en el que se aportan datos, información, alguna reflexión, pero tan solo rasca la superficie y no termina de meter el dedo en el núcleo. Y aunque su conclusión final me parece curiosa, no deja de resultarme “buenrollista”: Critchley plantea que si se elige el suicidio, una vez tomada la decisión, ¿por qué no esperar?, ¿para qué las prisas? Que disfrutemos mientras de los pequeños milagros cotidianos, de la belleza efímera, y tendamos la mano en busca de otra persona en un gesto de amor…
Lo siento, pero no, no compro. Cuando llegas a plantearte el suicidio ya antes has pasado por todo eso. En una sociedad en la que parece que todo tiene que ser buen rollo y alegría, vidas maravillosas, muy Mr. Wonderful todo y que viva las puestas de sol y los viernes, y en la que proliferan el coaching y los libros de autoayuda con eslóganes y frasecitas que son verdadera cizaña, no debiéramos meter en un gueto a quien no se niega a mirarse al espejo de tú a tú y asume las contradicciones con las que convivimos, eligiendo el canto de la moneda para poder visualizar cara y cruz al mismo tiempo. No hay más que una respuesta si la idea del suicidio planea en lontananza: Vida. Y pasión.
Y una promesa: no dejar de buscar.
Incapaz (del suicidio) y, por tanto, muy capaz (de jugar a VIVIR).
(©AnaBlasfuemia)
