Publicación: 2016
Editorial: Lumen
Sinopsis: Un viejo caballito de plástico blanco y azul espera a las dos hermanas cuando entran en casa del padre, un hombre solo que murió hace un año, dejando tras de sí pocos recuerdos y algunas manchas de café en el mantel. Sofía y Rita han venido al pueblo para recoger lo poco que queda de aquellos años en que eran niñas y pasaban los veranos allí, en el sur, cerca de la playa.
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Quiero detenerme en la imagen de la portada, de la fotógrafa Bia Ferrer, porque me parece un gran acierto, especialmente después de terminar la lectura. De entrada es una imagen inquietante, muy turbadora. Todo en ella sugiere apnea, tensión, la imposibilidad de moverse para no dar un paso en falso. Parálisis del cuerpo y del espíritu. Cualquier gesto será una cisura.
Cegada la mirada, autocegada, lo que no se ve no existe, si no ves te escondes mejor, si no ves no te ven… Pero ligeramente relajados los dedos, dejando un resquicio, tal vez una grieta, una mirada que atisba para ver el peligro, para prevenir, para protegerse, para saber el movimiento que sucede fuera. Ahí fuera. No se miran. Las mentiras se camuflan mal en la lona de la confrontación de miradas (mirada con mirada).
En silencio. Están alertas. Tensas como el león antes de saltar, poderoso, formidable, vertiginoso, al cuello de su víctima. Tensas como la gacela un segundo antes de sentir que las zarpas le desgarran el cuello, lejos ya el instante anterior, apenas un segundo, en el que pastaba con la placidez de la inocencia. Tensión. Distensión. Un segundo, la vida deja de ser lo que era. Esa tensión previa.
Unidas, no pueden estar de otra forma. Como las relaciones fraternales, unidas por la sangre, sangre compartida, no hay divorcio posible, podemos dejar de ser amiga de, compañera de, pareja de, pero nunca podemos renunciar a los lazos familiares, a ser hija de, hermana de, madre de.
Las manos juntas, la tirantez, la resistencia, el pulso sostenido, manteniendo un único eslabón, la trenza fraterna, hecha con los mimbres de la convivencia, los recuerdos, la infancia, las huidas, los encuentros, reencuentros y desencuentros, la familia, los silencios, las entrañas…
Bien podría Lara Moreno haber escrito la historia de Sofía y Rita a partir de esa imagen. En cualquier caso, mi enhorabuena a quien la seleccionó. Esa imagen refleja todo lo que contiene el libro de una forma espléndida; todos los detalles, todo, está ahí, en la portada.
Tenía miedo del espíritu santo, por ejemplo, una paloma tétrica de pico sucio y garras afiladas que entraba volando en un oscuro pajar, aleteando a traición, robándote algo muy valioso que había dentro de ti, algo irrecuperable. Era más que un misterio, era una amenaza. También sentía un vértigo que me revolvía las tripas cuando pensaba en el infinito […] porque detrás de todo eso inabarcable estaba dios, la única teoría, la única incógnita, una razón que me apretaba hasta el insomnio.
No solo estamos hechos de historias. También de miedos. La cita anterior describe a la perfección algunos de mis (muchos) miedos infantiles: el miedo al espíritu santo, a dios, al infinito. Curioso cómo la educación católica en vez de aportarme sosiego me generó temor casi desde que tengo uso de razón. Encontrar esos miedos definidos tan certeramente en la primera página me ganó para la causa de Lara Moreno desde el minuto cero.
La casa del amor y del veneno. La casa donde fuimos infancia y donde siempre lo seremos, a pesar de todo. En el fondo la casa eran los adultos, esos ojos cargados que eran nuestros ojos, que velaban por nosotros, casi siempre sin vernos.
Sofía vuelve. Vuelve a la casa donde transcurrió su infancia y sus veranos. La casa que pretende ser despedida y se convierte en refugio, la meta de su huida, el vientre en el que renacer y donde deshacer los abandonos. La abandona su marido, su madre, su hermana. Hay tantas fórmulas para el abandono, tantas formas de abandonar, de abandonarse, de que nos abandonen. La alquimia del abandono. Pero su hermana, Rita, también retorna a la casa. Y ambas se agarran fieramente a esa trenza, hecha de ambas, que las mantiene (des)unidas.
Pero Sofía no solo es abandonada, también abandona. A su hijo, madre desnaturalizada, quién sabe. La maternidad puede ser un lugar inseguro, borroso, un territorio en el que todo encaja y a la vez todo se desmorona. Sofía también renuncia a sí misma, sobre todo a sí misma. El dolor es egoísta. ¿Por qué se duele Sofía? Quizás porque de repente se ha detenido, algo vibra dentro, y las huidas y los silencios buscan su lugar, son piezas que hay que encajar, necesitan salir a la luz, brillar, gritar su mensaje. Tienen un recado para Sofía.
Porque no importa al final quien clavó la bandera en qué levantamiento del terreno, quién apretó el cuchillo en la carne con ese movimiento final de valentía, quién dio la vuelta a la carta que llevaba posada media vida sobre la mesa, oscura como una promesa, un tesoro vacío: la verdad. Eso qué importa cuando durante años has arrastrado tu vida con suspicacia, sin él suficiente empeño, no basta con abrir las ventanas y ventilar cada mañana la casa donde te asfixias.
Sofía, que sentía que algo la separaba del mundo, y señala a todo el mundo, se señala a sí misma. Siente que los demás no la han dejado ser ni sufrir, que ahora es su momento, el momento de sentir, de ser, de sufrir. ¿Pero cómo hacerlo si aún sin moverse sigue huyendo?
Nada interrumpe la colisión entre dos personas cuando sucede.
Las colisiones son ineludibles, el impacto visible, el instante previo inadvertible. Sofía y Rita tienen que chocar, que chocarse. Es inevitable y lo sabemos desde el principio. Que ahí está el núcleo. La portada me lo dice, cada línea me lo indica.
Por las venas de este libro corren los silencios. Los silencios en las relaciones familiares, en todas las relaciones. Tanto silencio, tantas conversaciones que nunca se producen terminan por ser cuchillas voladoras a las que más tarde o temprano tienes que domesticar. Ordenar el caos. Coger las piezas del puzle, encajarlas.
Con qué lisura convierte el verdugo a la víctima en cómplice.
Me ha gustado mucho la voz de Lara Moreno, su lenguaje descriptivo de lo invisible, lo íntimo, su musicalidad introspectiva, su cadencia en el lenguaje. Sin excesos pero plagado de matices, que a su vez se pliegan y superponen.
Es una voz joven todavía, se está haciendo, afinando como si fuera la cuerda de un violín. No cuenta ninguna historia que no esté ya contada (¿hay algo nuevo que contar?), pero ha encontrado el tono, su tono. A veces sentí que estaba leyendo un libro de relatos con los mismos personajes como protagonistas. Le faltó quizás esa cohesión a la historia, a la trama, aunque no fue obstáculo porque estaba fascinada por la voz de Lara, a la que sin duda no pienso perder de vista.
… qué tonta eres, me dice, eres muy tonta, y yo le digo por qué no me has llamado, y ella me responde, dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar.
(Qué tonta eres, qué tonta fuiste…
qué tonta soy, qué tonta fui…
dejé la puerta abierta...)
dejé la puerta abierta...)

