“Pero la realidad nunca se aleja mucho de ti, nunca consigues huir de ella más que un momento, vivos y muertos están sometidos a ella y por eso es una cuestión de salud del alma, de cielo o infierno, convertir la realidad en un lugar mejor”
Entre cielo y tierra, el mar. Entre cielo y tierra, quienes la habitan. Entre cielo y tierra, la naturaleza. Entre cielo y tierra, la realidad. La realidad con su hielo y su lava, su blanco y su negro, su frío y su calor, sus múltiples versiones de ella misma. La realidad es una miscelánea poliédrica. Y desconcertante. Pero es el lugar que habitamos. Lo que hay entre cielo y tierra es el espacio en el que nuestro destino se cumple mientras intentamos comprender lo inabarcable: la vida.
Stefansson nos habla de una época y un mundo perdido en el que el sufrimiento, una vez más, ejerce de poderosa metáfora sobre la vida, la muerte y la existencia. Con una prosa robusta y revestida hábilmente de un potente y atractivo tono poético, no esconde la luz ni el consuelo, pero tampoco la oscuridad, las tormentas, el olvido y los silencios.
La búsqueda espiritual requiere de una energía que es absorbida por la necesidad que requiere una realidad más tangible y menos mística: hay que trabajar, comer, tener un techo. No podemos abarcar toda la vida y muchos aspectos ineludibles de la misma pueden ser un doloroso aprendizaje. Doloroso y necesario.
Con una voz coral, colectiva, la voz de quienes ya no están y con una memoria frágil que deambula entre lo olvidado y lo recordado, “Entre cielo y tierra” tiene espacio también para la belleza, la amistad y la compasión, como una flor obstinada que nace en el asfalto y no escatima un ápice de su majestuosidad, rebelde y atractiva en medio de un entorno hostil gritando al mundo con su presencia que “es estupendo existir”.
Por fin, mi reconciliación con la literatura islandesa.
“El infierno es tener brazos y nadie a quien abrazar”
