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sábado, 9 de agosto de 2025

El señor peludo (May Sarton)

 

La casa, en su ausencia, no era exactamente un hogar


Lo de Nabokov y Vera cuidando a Tom Jones no es solo una anécdota excéntrica que aparece en el prólogo de la propia May Sarton: que esa historia la cuente con un tono tan despreocupado (como quien dice “y un día lo dejamos con los vecinos”) da una pista del tipo de mundo afectivo en el que vivía: uno donde la literatura, la amistad, la casa, el cuidado y el arte no estaban separados.


Bien es cierto que parece más bien una ficción delicadamente implícita, una especie de broma privada entre Sarton y el lector, donde el guiño no está en la veracidad, sino en la complicidad. Es una invención plausible y es parte del pacto de lectura que Sarton establece desde el prólogo, una especie de guiño mayéutico: “no me creas, pero créeme igual”. Creo entender el tipo de gesto que esa mención encierra: como si dijera “mi gato es digno de Nabokov”.


El señor peludo” empieza con un gato callejero, sin nombre, sin collar y con más independencia que un adolescente en verano, que un día decide que ya está bien de dormir en contenedores y que igual, solo igual, no está tan mal eso de tener una casa… siempre que la casa esté a la altura, claro. Así nace esta historia: con una elección.


El gato comienza a buscar un hogar. Prueba con una anciana amable, pero ya tiene gato. Lo intenta con una mujer que lo llena de besos, pero no respeta sus tiempos. Hasta que encuentra una casa silenciosa, con dos mujeres que lo dejan comer sin mirarlo y no le apretujan con abrazos no solicitados. El gato ha ido tanteando humanos y no se entrega por hambre, se entrega por criterio.


En el momento en que Voz Brusca propone “Tom Jones” como nombre, el gato se queda muy complacido al escucharlo. Y eso marca un gesto precioso: la dignidad no viene de recibir un nombre, sino de reconocerlo como propio. Y el hecho de que el nombre provenga del libertino literario de Fielding es un chiste culto y, al mismo tiempo, una señal de pertenencia: es un gato con historia, con linaje literario, con una mezcla de descaro y estilo. 


Y, así, Tom Jones se convierte, poco a poco, en el señor peludo. No porque alguien lo domestique, sino porque empieza a querer esa casa, esas voces, esa forma nueva de estar en el mundo. Sarton lo cuenta como si lo desmenuzara para un gato curioso: con lo justo, sin envolver y directo al plato. Al señor peludo le da pensamiento, dignidad y tiempo. Y es que Sarton tenía un máster en gatología. Y ojo, que tiene su punto de mala leche, su ironía fina. El tono un tanto brusco de Sarton evita que el libro caiga a veces en lo sacarino o infantil, lo cual es de agradecer. Porque un gato demasiado dulce es sospechoso.  


Convivir con un felino es una sucesión de negociaciones en las que siempre pierdes tú. ¿Quieres leer? Cleo y/o Cuquín se tumban en el libro. ¿Quieres dormir? Deciden que es hora de la carrera nocturna o que ya toca levantarse (aunque sean las seis de la mañana). ¿Quieres privacidad en el baño? Ambos opinan que mejor en compañía. ¿Quieres escribir en el ordenador? Cuquín decide que el teclado es un buen lugar para echarse una siesta y Cleo confunde el cursor con una mosca.


Amar no basta si no sabes cómo se deja amar el otro.


Post-scriptum gatuno:


Soñamos con tejados que no existen. No porque no podamos subir, sino porque ya no hay mundo arriba. Nacimos en la versión editada del caos: mantitas dobladas, platos que se llenan sin cazar. Pero algo nos repta por el lomo cada vez que leemos a un gato que sí conoció el abismo sin traducción.


Sabemos cuándo un lugar deja de ser territorio y empieza a ser tregua. No por el calor (aunque se agradece) ni por el cuenco lleno. Es otra cosa, es que te mires con alguien sin tener que justificarte. Que nadie te quite la silla aunque no tenga nombre. Que te dejen pasar el día en modo estatua sin acusarte de tristeza. Que un dedo se acerque, pero sin invadir. Que haya más juegos y juguetes que en una guardería. Tom encontró algo así. No diremos “hogar”. Diremos: espacio ganado.


No lo celebramos. Somos gatos. Pero alguien nos vio pestañear al mismo tiempo y eso es lo más cerca que vamos a estar de una ovación.


Cleo (con una uña fuera, pero solo una)

Cuquín (tumbado, pero procesando)


Gracias, May Sarton. Gracias, Blanca Gago (traductora)


©AnaBlasfuemia

sábado, 12 de agosto de 2023

Aniara (Harry Martinson)


Yo me preguntaba, pero olvidaba responder. Me soñé una vida, pero me olvidé de ser. Viajé alrededor del todo, pero me olvidé de partir: pues preso estaba aquí, en Aniara

Nunca hasta ahora había leído nada igual a este libro. A esta joya hay que acercarse con delicadeza, tiempo, dedicación y respeto. Y, a ser posible, sabiendo qué tienes entre manos. No siempre la literatura de calidad, excepcional, ha de ser enigmática, compleja, hermética. Pero a veces lo es. Y aun así sabes que es de una belleza única, que entre sus páginas hay un brillo genuino, señero.

¿Cómo describir “Aniara”? Es ciencia ficción, es distopía, es poesía, es épica, es alegoría. Una parábola que sigue inquietando con el paso de los años. Una nave espacial que resulta perturbadora no sólo por su temática catastrofista (en realidad la catástrofe no es el desenlace sino el inicio de las reflexiones) sino porque ponernos en el epicentro de lo inimaginable (pero posible) siempre es angustioso.

Su narrativa, su lírica, es de un simbolismo críptico difícil de encasillar y de traducir a una estética narrativa reconocible. Inevitable que al trasladar este poema épico a otro idioma que no sea el original se pierda parte de su brillo y de ello tiene conciencia su traductora (Carmen Montes Cano) que decidió poner en prosa este poema llamado “Aniara”. Una decisión acertada, he de decir. Martinson crea un lenguaje pleno de significado, lo regenera, aunque con un barniz opaco y espinoso que, sin embargo, no hace más que dotar a “Aniara” de contundencia y de personalidad propia.

El lector de “Aniara”, al igual que la nave espacial eternamente perdida en el espacio, ha de encontrar su propio camino para transitar entre sus páginas y aceptar que hay dificultades intrincadas, casi irresolubles, cuando formas parte del problema.

Qué ínfima y pequeña se vuelve la perspectiva humana ante la infinidad del espacio.

Efímera es la dicha: un premio fortuito y pasajero en días soleados. Lejos de la estupidez y la crueldad, brilla en los prados estivales la estrella del verano del amor, la flor del solsticio de verano. ¿No era esa la mejor razón para ser felices y buenos?

martes, 25 de agosto de 2020

Del caminar sobre hielo (Werner Herzog)


La Eisnerin no puede morir, no morirá, no lo permitiré. No morirá, no lo hará. Ahora no, no puedo. No, no morirá ahora porque no morirá. No puede. No lo hará. Si llego a París, vivirá. Así será, porque no puede ser de otra manera. No puede morir. Quizá más adelante, cuando lo permitamos

A finales de 1974, Werner Herzog es informado de que su amiga Lotte Eisner (una de las primeras mujeres críticas de cine, a la que Herzog consideraba “la conciencia del Nuevo cine alemán”) estaba enferma de gravedad y que probablemente moriría. Herzog creyó que si iba a verla caminando, desde Múnich hasta París, la “Eisnerin” (apodo que le puso Bertolt Brecht) seguiría viva. E inició su camino, un paso y otro y otro. Solo.

Cuando caminas mucho, muchísimo, tu cabeza estalla, brama y arde y los pies aúllan de dolor. Con un frío que no es capaz de expresar, Herzog siente a las personas irreales y busca la emoción en el trayecto: el olor de los campos, la sombra del día, la rabia silvestre, el endrino y los cipreses, los resquicios de las nubes. Ya no camina: vaga.

Lluvia, tormenta, nieve, frío, frío, mucho frío. Durmiendo a la intemperie, asaltando casas vacías, caminando cada día hasta perder la razón y deseando que le crezcan unas alas. Sintiendo una soledad tan profunda como el intenso dolor de pies y de todo el cuerpo, Herzog vuela para que no se note que su cuerpo está destrozado. Las piernas caminan, él vuela con la mirada atraída por las formas vacías y lo desechado, embriagándose de una soledad que ya no tiene que ver con lo terrenal, la sintonía brutal con uno mismo, una soledad que te vacía del habla, voz sin sonido, palabras sin vínculo.

Herzog llegó a París y las primeras palabras que le dijo a Eisner fueron: “Abra la ventana, desde hace unos días puedo volar”. Eisner sobrevivió. El epílogo, las palabras que Herzog le dedicó ocho años después, en 1982, cuando le entregaron a Eisner el premio Helmunt Käutner, es brillante, emotivo e intenso, un cierre precioso. Con una prosa sencilla y emocionada Herzog la exime de vivir para siempre. Lotte Eisner, la Eisnerin, fallecería un año después.

Todos deberíamos caminar

miércoles, 6 de agosto de 2014

Kallocaína (Karin Boye)

 
Título original: Kallokain

Traductora: Carmen Montes Cano

Páginas: 219

Publicación: 1940 (2012)

Editorial: Gallo Nero

ISBN: 9788493856885

Sinopsis: Kallocaína es el nombre del suero de la verdad que el científico Leo Kall ha inventado para garantizar al Estado seguridad y estabilidad, pero la verdad se escapa a la instrumentalización y sus efectos son demoledores: el protagonista asiste horrorizado al surgir gradual de una conciencia individual y autónoma con la que intenta luchar.

A este libro llegué por su fantástica portada. Como además tampoco frecuento mucho ni ciencia ficción ni distopías, me pareció una buena opción para acercarme a un tipo de lectura diferente. Hace tiempo que tenía el libro, y hace unos días lo cogí para contemplar de nuevo la portada y quise saber más de Karin Boye (Suecia, 1900-1941). Karin Boye era, fundamentalmente, poetisa. Sólo escribió cinco novelas. Pacifista y comprometida social y políticamente, se suicidó tomando unos somníferos. La encontraron recostada sobre una roca (la que podéis ver en la foto) orientada a la ciudad y el valle de Alingsàs


¿Qué nos vamos a encontrar en esta distopía? Lo habitual en el género: una mirada pesimista de una sociedad dominada por el totalitarismo y el pensamiento único. ¿Qué hace diferente a Kallocaína?. Pues que fue escrita por una mujer en 1940, es decir, antes al célebre 1984 de George Orwell, o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y sólo 8 años después que Un mundo feliz de Aldous Huxley. Pero si bien seguro que conocéis estos libros que acabo de mencionar ¿cuántos conocíais Kallocaína? ¿Tiene menos calidad que cualquiera de ellos?. No, rotundamente no.

Algo que me gustó especialmente, además de estar bien escrito y ser un libro muy sólido, es que no nos vamos a encontrar con la típica lucha entre un individuo y un sistema totalitario, sino que más bien vamos a asistir a cómo un individuo totalmente absorbido por el sistema, entregado a él y su deshumanización, empieza a cuestionarse los principios dominantes y absolutamente dictatoriales de los que era un fiel seguidor y defensor.

Un libro que ha envejecido muy bien y en el que podemos encontrar temas que nos dejan un poso inquietante: ese ojo que todo lo ve, vigilancia absoluta de la vida de los individuos, la ausencia total de afectos y sentimientos (y todo aquello que nos humaniza), el control de la información, todo por y para el Estado (y nada para el individuo), el riesgo de que los líderes adquieran demasiado poder...

Que está escrito por una mujer es algo que termina por reflejarse, cuando Karin Boye da voz, a través del suero de la verdad de su marido Kall, a Linda. Y es que no hay dictadura ni sociedad represiva que pueda manipular ni desnaturalizar la maternidad de las mujeres

Quizás le falta a este libro un pelín de intensidad emocional, de proximidad con los personajes, pero lo cierto es que la evolución de Kall está descrita con coherencia y bastante firmeza.

Como he comentado, no es una lectura que sorprenda, salvo si recordamos que está escrita en 1940 y que lo escribió una mujer, que además era fundamentalmente poetisa. Sus reflexiones prenden de una manera especial en el lector, al igual que la esperanza que se palpa en la lectura, esa fe inamovible en las personas, en las individualidades que nunca se dejarán arrasar por manipulaciones mediáticas. Jamás se conseguirá aniquilar el afán de libertad. Se podrá aborregar a mayorías, pero siempre habrá minorías que sigan soñando y luchando por la libertad de poder escuchar susurrar al viento. Y esas minorías, a veces, crecen en número, se van haciendo fuertes. ¿A qué me suena esto?

Sin duda una lectura recomendable y curiosa, que resiste muy bien el paso del tiempo. Si no a la altura de 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451…, sí que está muy cerca. Una lectura ligera que deja un poso profundo. Por cierto, magnífica traducción de Carmen Montes, no en vano se llevó el Premio a la Mejor Traducción 2013 por este trabajo.