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viernes, 19 de mayo de 2017

Clavícula (Marta Sanz)


Páginas: 208
Publicación: 2017
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Durante un vuelo, a Marta Sanz le duele algo que antes nunca le había dolido. Un mal oscuro o un flato. A partir de ese instante crece el cómico malestar que desencadena Clavícula.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.


Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.
No sé qué es este libro. Sé lo que no es: no es una novela. No es ficción. Vale, es autoficción. Pero es más. No es solo que a Marta Sanz un día, mientras viaja en avión, sienta un dolor en la clavícula y luego reflexione en torno a ese dolor. No es solo que Marta recoja sus fragmentos y escriba sobre lo que le duele. No. Si tengo que decir qué es este libro diría que es un grito desgarrador y sentido, un quejido. Una pena y una queja subterránea, primaria.

A Marta le duele la clavícula mientras viaja sola. Y en ese dolor toma conciencia de los miedos que habitan en ella y de lo indefensa que se siente. El cuerpo tiene algo que decirle y Marta está dispuesta a escucharlo. E inicia entonces un recorrido para ponerle nombre a ese dolor, un trayecto que se inicia rozando la hipocondría y que termina con una reconstrucción, o al menos una purga. Valiente Marta, honesta Marta, va escribiendo sus reflexiones, sus emociones, sus sentimientos… y nos lo cuenta. Sin red. Porque está harta del silencio. De que miremos a otro lado. Estoy segura de que odia tanto a Mr. Wonderful como yo.
No me puedo resistir a los mandatos de mi época. Los reconozco, me resisto, me vencen. Peno.
Hay quien puede pensar que este libro es algo impúdico, con lo que de obsceno tiene la impudicia. Pero en verdad lo obsceno e impúdico es lo que causa el dolor de Marta. ¿Qué le provoca ese dolor? Creo que sobre todo el silencio. No cualquier silencio. Marta está harta de que no se hable, que no se hable sobre la edad, sobre la menopausia, sobre los miedos, sobre cómo nos ahoga una sociedad capitalista a la que le hacemos el juego, sobre la tristeza, la ansiedad, el cuerpo, la enfermedad, la explotación de la mujer, la dependencia del dinero…

No os equivoquéis. No esperéis que Marta le vaya a poner nombre al dolor. Es verdad que se lanza a una búsqueda desesperada de un nombre, de una localización de ese dolor, para extirparlo, para ponerle remedio. Pero finalmente no lo etiqueta. Son demasiados nombres los que puede tener el dolor de Marta, que es también el mío y, quién sabe, tal vez también el tuyo. 

Ya sabemos que hay muchos expertos en descubrir síntomas en los demás. Diría incluso que hay cierta avidez por ofrecernos ayuda. Depresión, ansiedad, fibromialgia, menopausia, angustia, estrés, hipocondría, somatización… Enseguida llueven las etiquetas. Pero ¿es una enfermedad sentirse triste, tener miedo? Ahora dicen que sí…
Quiero domar el dolor como si fuera un animal salvaje.
Hace tiempo podías mirar melancólicamente por la ventana y hasta por la vida; dar un portazo, salir a pasear bajo la lluvia, llorar sin esconderte… sin que por ello tus conocidos se ofrecieran a auxiliarte a base de terapia casera. Hace un tiempo, creo, no éramos tan simples como para creer que todo el mundo debía de dar muestras continuas de estar bien adaptado o, simplemente, bien. Ahora la sociedad entera está cargada de jerga diagnóstica y de expresiones (o sentencias) terapéuticas. Todo el mundo sabe lo que está bien y lo que está mal… Menos yo, que no me aclaro y siento que lo vivo todo del revés. Extraterrestre.

En fin, hace tiempo teníamos el buen gusto de reconocer el desaliento, la desesperanza, incluso el fracaso, como normales: se creía que las disputas eran prácticamente inevitables, que nadie estaba destinado por la suerte o la bioquímica a sentirse siempre contento. Yo hasta estaba (estoy) convencida de que era un signo de cordura la capacidad de entristecerse cuando la realidad, o el cuerpo, así te lo pide.
A mí, sin embargo, me gustan los libros que producen orzuelos. Los que abren estigmas en las palmas de las manos. Los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración.
Por eso he valorado y agradecido intensamente lo que hace Marta en este libro. Ser auténtica. La autenticidad hoy en día es una virtud poco valorada. O mejor dicho: valorada de forma errónea. Se considera que ser auténtico es decirle a un gilipollas que es gilipollas. Decir las verdades del barquero (que a lo mejor tampoco lo son, no nos engañemos) sin pelos en la lengua. Pero no. Marta no es sincera. Tampoco es que mienta. Es que hace un doble salto mortal (sin red, insisto): es auténtica. Tiene la autenticidad de no ocultar su miedo, su dolor, su tristeza, sus preocupaciones, lo aprisionada que se siente en esta sociedad que nos está robotizando, consumiendo y anulando la capacidad de sentir y casi de vivir. A costa de obligarnos a ser felices, trabajar horas y más horas, dormir 8 horas mínimo, comer tal y pascual, padecer enfermedades que antes no lo eran, demonizar la tristeza.

Hace no mucho no se ponía en tela de juicio el derecho de cada uno a sentirse triste, a que te duela el alma. Pero ahora… ahora el desaliento, el desánimo, ya no es tal: es simplemente un “síntoma”. Una derrota ya no es una derrota, es el deseo inconsciente de fracasar, el triunfo de la cobardía o de la indefensión o una autoestima de mierda. Ahora si no eres feliz es porque quieres, faltaría más, de qué te quejas si vivimos en una sociedad perfecta donde, curiosamente, los libros de autoayuda se venden como churros. Y digo yo… si en verdad funcionaran… ¿por qué hay tantos? Los libros de autoayuda crean indefensión, más indefensión todavía. Para mí son un curioso ejemplo de cómo la (presunta) ayuda termina por generar más necesidad de ayuda. 
Somos tantas las locas. Tantas.
Pues así es: el desaliento, la desesperanza, el cansancio, el descuido, la apatía, la hartura, el dolor, el grito, la tristeza, el estrés… no son más que síntomas de alguna enfermedad. No somos nadie. No se me interprete mal, no seré yo quien critique a los profesionales de esto. A esos con título. Tratan de curar a los realmente enfermos. Lo que digo, de lo que me lamento, y de lo que creo se lamenta Marta Sanz también, es sobre la trillada opinión popular de que si uno no se siente eufórico, si uno se siente triste y solitario, si prefieres escuchar a hablar, si te aburres mortalmente, si te agota que nadie quiera ver lo que está sucediendo en esta sociedad enfermiza e hipócrita… es que algo debe de andar mal en tu cabeza. O en tu alma.

Y no, sucede que a veces sentirse triste, tener miedo, es reinventarse, crear de nuevo cada gesto ya añejo, dejarte llevar por emociones que no quieres esconder, bucear en un calidoscopio de sensaciones. A veces el dolor, ese dolor sin etiqueta ni localización, es un punto de partida, un dolor cargado de futuro. No un síntoma, no una enfermedad, no una rareza. Marta, y yo con ella, reclama su derecho a ese dolor, a mostrarnos las razones que lo causan. No renunciar al miedo, a la tristeza, a la angustia, al grito. Porque cualquier día, a este paso, será un delito. Y no hay mayor delito que el silencio que oculta la verdad de lo que nos sucede. No hay mayor delito que la táctica del avestruz.

Marta reivindica un cuarto propio, como ya hizo Virginia Woolf. Un cuarto propio no solo para escribir, sino también para VIVIR.

Gracias, Marta Sanz. Por la rebeldía y por la autenticidad. 
Escribo de lo que me duele.
Ay.