Traductora: Amelia Serraller
Páginas: 144
Publicación: 1996 (2014)
Editorial: Malpaso
ISBN: 9788415996224
Sinopsis: En las entrañas del sistema represivo soviético, en la gélida Siberia de los gulags, un niño trata de serlo conservando el entusiasmo por la vida que la vida le niega. Porque la muerte triunfa en torno a él. A pesar de ello, a despecho de cárceles y desapariciones, el joven Petia, condenado a la madurez antes de cumplir diez años, logrará espantar el miedo o desarmar el espanto apoyado en una fe inquebrantable y, sobre todo, en la fuerza cálida de la poesía. El recuerdo de una época feroz irrumpe así en la novela menos ficticia. Y la desborda. Y la ennoblece. Porque la ficción logra a veces reflejar todas las aristas de la barbarie si también consigue recortarlas contra el fondo de lo indeleblemente humano. Entonces nos redime.
Le decía estos días a una amiga que lo que une a los lectores no es leer, sino cómo leemos; hay muchas personas que leen, y mucho, pero con las que no se produce esa conjunción de espíritus lectores, y hay otras que son auténticas almas gemelas, hermanadas incluso cuando discrepan. Empatía lectora. Porque no es leer, es el cómo se lee. El cómo lee quien aquí escribe creo que es evidente: con el corazón, con las entrañas, con la piel, con el alma y las tripas. Cuando leo, no me importa llorar hasta la extenuación, reírme hasta despanzurrarme, enfadarme hasta no reconocerme, entusiasmarme hasta alcanzar alguna cumbre imposible, emocionarme hasta las trancas, despeñarme precipicio abajo hasta conocidos avernos, trepar hasta el lado misterioso de la luna, inquietarme hasta acelerar los latidos del corazón... No me importa porque lo que quiero es vivir (es una obsesión que tengo y que aquí repito mucho: vivir). Y si cuando leo lloro, me parto de la risa, me cabreo, me emociono, tropiezo, me levanto, me inquiero, me cuestiono o cuestiono... entonces es que estoy viva. Agotador, sí. Pero me agota más el aburrimiento o pasar por la vida de puntillas.
Este libro llegó a mí a través de dos miradas que se miran, alzan las cejas como preguntando ¿sí? y se responden... ¡sí!. Podría decir que sin necesidad de palabras, pero, en el contexto, eran necesarias. En el recuerdo no hicieron falta ni palabras. Malpaso, que en su día me trajo al entrañable Jamie, hizo el resto, gesto que desde aquí agradezco.
Y como leo de la forma que ya he dicho, lo puse todo. Y como fue una lectura fruto de compatibilidades y almas lectoras gemelas, puse aún más.
Hasta donde alcanza mi conocimiento de los Gulags (lo que viene siendo Dirección General de Campos de Trabajo), son sinónimo de barbarie. Vidas destruidas, familias aniquiladas, destierros brutales, represión, aniquilación, masacres. Inhumanidad. Conocemos mucho del Holocausto nazi pero ¿cuánto de las atrocidades de Stalin? Un ser ambicioso, violento y cruel que hizo de los Campos de Trabajo uno de los sistemas más mortales de la historia.
Situados en la Taiga, un bosque de Siberia, los gulags encontraban en las gélidas temperaturas, que podían alcanzar los -40º, una autentica muralla insalvable para quienes intentaban escapar. Y es ahí, en Siberia, donde nos vamos a encontrar a Pietia, un niño de diez años, y a su madre, Bella. Judíos polacos deportados en un campo de trabajo en el que el ochenta por ciento eran hijos de enemigos del pueblo trabajador (todo un aforismo sentencioso) y sobre los que continuamente pesaba la amenaza de ser enviados a los gulags, mientras esperaban el regreso de los suyos: padres, abuelos, hermanos, hijos... La mayoría no volvieron.
Pietia nos llevará de la mano en su día a día. Conoceremos a varios personajes, cada capítulo es una microhistoria del transcurrir en el inhóspito lugar al que le han deportado. Personas, personajes, hechos, brutalidad, traiciones, denuncias y amor van pasando a un ritmo y a una cadencia en ocasiones de la misma temperatura gélida del lugar en que todo sucede. Aunque es un libro fácil de leer, no me ha resultado fácil meterme dentro, sentirme y sentir. No ha sido una lectura en la que las distancias se desmenuzan hasta desaparecer, te dejas abrazar y hay cercanías. No.
Desde el principio me encontré con un problema: Pietia tiene diez años, pero voz de adulto. Criiiii. Problema. Ya estamos con la consabida dificultad de las voces infantiles: o se expresa, piensa, siente y razona como un niño o, si no es así, el trecho entre el libro y yo se convierte en una brecha.
Según consta en la información sobre el autor que nos ofrece la propia editorial Malpaso: Horeszkowce, la ciudad polaca donde Piotr Bednarski nació en 1934, fue ocupada por el Ejército Rojo en septiembre de 1939. Deportado a Siberia con su familia, sólo él consiguió sobrevivir a la brutalidad de los gulags. Pietia es Piotr. Pero quien escribe es el Piotr adulto dándole voz al Pietia niño. Y ahí, habemus brecha.
No ha sido una lectura fácil. Esa voz infantil que no lo es, la religiosidad, las referencias bíblicas, numerosas expresiones que no conocía o de las que no tenía referencia y que tenía que buscar su significado (NKVD, fufaika, Kolymá, circasiano, isba…), esa belleza de la madre que deslumbra incluso a quienes no tienen corazón hasta el punto de conseguir hacerse respetar mínimamente (algo que no he terminado de entender)… Todo eso no terminaba de derretir el hielo.
Durante bastantes páginas, pensé que había tropezado con este libro. Pero cuando estaba casi en el suelo, resignada al batacazo… Pietia (Piotr) me recogió delicadamente, con dulzura, y me hizo recuperar una posición mucho más cómoda y cercana. Como una arcilla que vas moldeando, la lectura va adquiriendo forma, consistencia y textura. Pietia se va convirtiendo en el niño que es, y alcanzo a sentir su dolor, su rabia, su impotencia, pero también su entusiasmo por vivir, su necesidad de vivir. El frío azul de la nieve y el hielo se transforma en un cálido añil, probablemente del color de mis propias lágrimas. Lágrimas azules en ojos verdes.
No me resultó fácil entender esas historias que se suceden de capítulo en capítulo, sin dejar espacio a que sientas rabia, lástima, emoción, dolor, ternura… Pero al final, comprendí que Piotr no quiere regodearse en tanto dolor. Cuenta una historia, cierra capítulo, cuenta otra historia, cierra capítulo, otra vivencia, siguiente capítulo… No puedes detenerte en el sufrimiento porque hay que seguir sobreviviendo, por eso no deja tampoco ese margen al lector. En condiciones tan brutales, donde la vida del ser humano vale nada, y el día a día es un mendrugo de pan y sobrevivir, no hay espacio para compadecerse, sentir lástima, llorar... Sólo seguir y subsistir. Y en cierta forma, aun comprendiendo el sentido de narrar así, debo reconocer que tardé mucho en engancharme a esta lectura, porque todo sucedía como con distancia… y frío… Al final consigo encontrarme con la emoción, con la brutalidad de algunas imágenes. Y después de unos días, el libro reposado, ha dejado algún rescoldo que me permite rescatar esta lectura y cerrar la brecha.
Estábamos bien porque no conocíamos el bienestar.