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jueves, 15 de mayo de 2014

Las nieves azules (Piotr Bednarski)



Título original: Błękitne śniegi
Traductora: Amelia Serraller
Páginas: 144
Publicación: 1996 (2014)
Editorial: Malpaso
ISBN: 9788415996224
Sinopsis: En las entrañas del sistema represivo soviético, en la gélida Siberia de los gulags, un niño trata de serlo conservando el entusiasmo por la vida que la vida le niega. Porque la muerte triunfa en torno a él. A pesar de ello, a despecho de cárceles y desapariciones, el joven Petia, condenado a la madurez antes de cumplir diez años, logrará espantar el miedo o desarmar el espanto apoyado en una fe inquebrantable y, sobre todo, en la fuerza cálida de la poesía. El recuerdo de una época feroz irrumpe así en la novela menos ficticia. Y la desborda. Y la ennoblece. Porque la ficción logra a veces reflejar todas las aristas de la barbarie si también consigue recortarlas contra el fondo de lo indeleblemente humano. Entonces nos redime.

Le decía estos días a una amiga que lo que une a los lectores no es leer, sino cómo leemos; hay muchas personas que leen, y mucho, pero con las que no se produce esa conjunción de espíritus lectores, y hay otras que son auténticas almas gemelas, hermanadas incluso cuando discrepan. Empatía lectora. Porque no es leer, es el cómo se lee. El cómo lee quien aquí escribe creo que es evidente: con el corazón, con las entrañas, con la piel, con el alma y las tripas. Cuando leo, no me importa llorar hasta la extenuación, reírme hasta despanzurrarme, enfadarme hasta no reconocerme, entusiasmarme hasta alcanzar alguna cumbre imposible, emocionarme hasta las trancas, despeñarme precipicio abajo hasta conocidos avernos, trepar hasta el lado misterioso de la luna, inquietarme hasta acelerar los latidos del corazón... No me importa porque lo que quiero es vivir (es una obsesión que tengo y que aquí repito mucho: vivir). Y si cuando leo lloro, me parto de la risa, me cabreo, me emociono, tropiezo, me levanto, me inquiero, me cuestiono o cuestiono... entonces es que estoy viva. Agotador, sí. Pero me agota más el aburrimiento o pasar por la vida de puntillas.

Este libro llegó a mí a través de dos miradas que se miran, alzan las cejas como preguntando ¿sí? y se responden... ¡sí!. Podría decir que sin necesidad de palabras, pero, en el contexto, eran necesarias. En el recuerdo no hicieron falta ni palabras. Malpaso, que en su día me trajo al entrañable Jamie, hizo el resto, gesto que desde aquí agradezco.

Y como leo de la forma que ya he dicho, lo puse todo. Y como fue una lectura fruto de compatibilidades y almas lectoras gemelas, puse aún más.

Hasta donde alcanza mi conocimiento de los Gulags (lo que viene siendo Dirección General de Campos de Trabajo), son sinónimo de barbarie. Vidas destruidas, familias aniquiladas, destierros brutales, represión, aniquilación, masacres. Inhumanidad. Conocemos mucho del Holocausto nazi pero ¿cuánto de las atrocidades de Stalin? Un ser ambicioso, violento y cruel que hizo de los Campos de Trabajo uno de los sistemas más mortales de la historia.

Situados en la Taiga, un bosque de Siberia, los gulags encontraban en las gélidas temperaturas, que podían alcanzar los -40º, una autentica muralla insalvable para quienes intentaban escapar. Y es ahí, en Siberia, donde nos vamos a encontrar a Pietia, un niño de diez años, y a su madre, Bella. Judíos polacos deportados en un campo de trabajo en el que el ochenta por ciento eran hijos de enemigos del pueblo trabajador (todo un aforismo sentencioso) y sobre los que continuamente pesaba la amenaza de ser enviados a los gulags, mientras esperaban el regreso de los suyos: padres, abuelos, hermanos, hijos... La mayoría no volvieron.

Pietia nos llevará de la mano en su día a día. Conoceremos a varios personajes, cada capítulo es una microhistoria del transcurrir en el inhóspito lugar al que le han deportado. Personas, personajes, hechos, brutalidad, traiciones, denuncias y amor van pasando a un ritmo y a una cadencia en ocasiones de la misma temperatura gélida del lugar en que todo sucede. Aunque es un libro fácil de leer, no me ha resultado fácil meterme dentro, sentirme y sentir. No ha sido una lectura en la que las distancias se desmenuzan hasta desaparecer, te dejas abrazar y hay cercanías. No.

Desde el principio me encontré con un problema: Pietia tiene diez años, pero voz de adulto. Criiiii. Problema. Ya estamos con la consabida dificultad de las voces infantiles: o se expresa, piensa, siente y razona como un niño o, si no es así, el trecho entre el libro y yo se convierte en una brecha.

Según consta en la información sobre el autor que nos ofrece la propia editorial Malpaso: Horeszkowce, la ciudad polaca donde Piotr Bednarski nació en 1934, fue ocupada por el Ejército Rojo en septiembre de 1939. Deportado a Siberia con su familia, sólo él consiguió sobrevivir a la brutalidad de los gulags. Pietia es Piotr. Pero quien escribe es el Piotr adulto dándole voz al Pietia niño. Y ahí, habemus brecha.

No ha sido una lectura fácil. Esa voz infantil que no lo es, la religiosidad, las referencias bíblicas, numerosas expresiones que no conocía o de las que no tenía referencia y que tenía que buscar su significado (NKVD, fufaika, Kolymá, circasiano, isba…), esa belleza de la madre que deslumbra incluso a quienes no tienen corazón hasta el punto de conseguir hacerse respetar mínimamente (algo que no he terminado de entender)… Todo eso no terminaba de derretir el hielo.

Durante bastantes páginas, pensé que había tropezado con este libro. Pero cuando estaba casi en el suelo, resignada al batacazo… Pietia (Piotr) me recogió delicadamente, con dulzura, y me hizo recuperar una posición mucho más cómoda y cercana. Como una arcilla que vas moldeando, la lectura va adquiriendo forma, consistencia y textura. Pietia se va convirtiendo en el niño que es, y alcanzo a sentir su dolor, su rabia, su impotencia, pero también su entusiasmo por vivir, su necesidad de vivir. El frío azul de la nieve y el hielo se transforma en un cálido añil, probablemente del color de mis propias lágrimas. Lágrimas azules en ojos verdes.

No me resultó fácil entender esas historias que se suceden de capítulo en capítulo, sin dejar espacio a que sientas rabia, lástima, emoción, dolor, ternura… Pero al final, comprendí que Piotr no quiere regodearse en tanto dolor. Cuenta una historia, cierra capítulo, cuenta otra historia, cierra capítulo, otra vivencia, siguiente capítulo… No puedes detenerte en el sufrimiento porque hay que seguir sobreviviendo, por eso no deja tampoco ese margen al lector. En condiciones tan brutales, donde la vida del ser humano vale nada, y el día a día es un mendrugo de pan y sobrevivir, no hay espacio para compadecerse, sentir lástima, llorar... Sólo seguir y subsistir. Y en cierta forma, aun comprendiendo el sentido de narrar así, debo reconocer que tardé mucho en engancharme a esta lectura, porque todo sucedía como con distancia… y frío… Al final consigo encontrarme con la emoción, con la brutalidad de algunas imágenes. Y después de unos días, el libro reposado, ha dejado algún rescoldo que me permite rescatar esta lectura y cerrar la brecha.
Estábamos bien porque no conocíamos el bienestar.
Banda sonora de la lectura

sábado, 11 de enero de 2014

El hombre en el olvido (Christina McKenna)





Título original: The Misremembered Man
Traductor: Paula Sanz Cifuentes
Páginas: 306

Publicación: 2013 (2013)
Editorial: Malpaso
Categoría: Narrativa Contemporánea
ISBN: 9788415996019
Sinopsis: Dijo un sabio ignoto que la memoria es un delicado mecanismo para la administración del olvido porque en caso contrario los recuerdos nos abrumarían. Jamie McCloone vive abrumado por las ferocidades de su pretérito imperfecto entre los muros de un siniestro orfanato. Es un alma de Dios acosada por el espectro de una infancia inclemente: el niño que nunca fue lo persigue con obstinación y sin piedad. Ahora necesita el calor de otro ser humano, pero lo buscará en un lugar insospechado.


He escogido la sinopsis que viene en el libro, porque la que encuentras en la editorial da demasiada información y te chafa algo la lectura.

Marilú CuEnTaLiBrOs recomendó este libro pese a alguna cosilla que le había chafado ligeramente la lectura. Aun con ese “pero”, y conociéndola (un poco), me transmitió lo suficiente del libro y de sus sensaciones como para que pasara a formar parte de los libros que quiero leer. La editorial Malpaso, muy amables, me facilitaron un ejemplar (¡gracias!) y aquí estoy ahora para contar todo lo que me ha parecido este libro, que es bastante (tanto que voy a tener que recortarme a mí misma, acorde con los –infames- tiempos que corren).

Hay un dicho que dice algo así como “En todas las familias cuecen habas y en la mía a calderadas”. Pues si cambiamos “familia” por “país” nos viene como anillo al dedo: en todos los países cuecen habas y en el mío a calderadas. En este nuestro país tenemos un poco de todo y una desmemoria histórica muy nuestra, que vamos arrastrando y agrandando como barro en los pies o bola de nieve rodando por la montaña. Pero como en todos los sitios cuecen habas… ¿qué podemos decir, por ejemplo, de Irlanda? Mucha tela que cortar también. Quizá uno de los temas que arrastran más vergonzantes, sobre el que muchos preferirían pasar de puntillas y con muchos culpables que se van yendo de rositas es el de los orfanatos católicos en Irlanda.

Tema espinoso donde los haya, los testimonios de abusos sexuales, físicos y psicológicos cometidos sobre miles de niños en nombre de la iglesia católica se han ido conociendo a ritmo de goteo hospitalario (lento pero constante) a lo largo del tiempo. Pero si en un país estos abusos han sido más estremecedores ha sido en Irlanda: entre los años 50 y 80 unos 30.000 niños recibieron torturas físicas, psíquicas y sexuales en los reformatorios y asilos católicos.

Había visto alguna película sobre este tema, por ejemplo Los niños de San Judas o Las hermanas de la Magdalena, y había leído algún libro, aunque no ambientado en Irlanda (Mystic River, de Dennis Lehane). Así que sabiendo el tema que abordaba este libro y viendo la portada pues una parece que tendría que afrontar la lectura con el estómago encogido, e incluso habrá quien diga “uy, no me acerco a este libro ni de coña, que la vida ya está llena de tristezas”. Pues ya estamos en las mismas: ¡¡ERROR!!.

Porque este libro tiene dos genialidades, y una de ellas es precisamente que la autora toca un tema tan dramático con un estilo muy peculiar: desde la comedia. Vale, digamos más bien que combina ambos géneros, comedia y drama, pero lo hace con una originalidad muy especial: ambos con gran intensidad, es decir, que cuando te ríes, te ríes mucho (y no soy de risa fácil en la lectura), y cuando sufres, pues se te encoge el alma como si se hubiera liofilizado. Pero esa combinación está tan estupendamente hilvanada, con un ritmo tan bien armonizado y acompasado, que el retrato final es conmovedoramente dulce y entrañable.

Así pues, esta forma de contar algo tan terrible combinándolo con situaciones tan simpáticas, tan entrañablemente divertidas, constituye sin duda una de las grandezas de este libro.

¿Y cuál es la segunda genialidad? Sin duda alguna los personajes, que suponen también otro de los puntos fuertes (muy fuerte) de este libro. Muchas veces hablamos de la empatía con los personajes principales como un elemento que nos predispone a disfrutar de la lectura. Pues con este libro la empatía se produce hasta con los secundarios, muchos de ellos entrañables y maravillosos (Rose y Paddy, Doris, Daphne, el doctor Brewster...) y que sigues recordando tiempo después de la lectura, cautivada y conmovida por su sencillez y a la vez por su fuerza (fuerza que radica en su lealtad, entre otras cosas). Podría escribir mucho sobre los personajes, sobre valores que me han transmitido, sobre afectos, amistades, lealtades, emociones y ternuras varias, esto en cuanto a los personajes amables de la historia, claro; porque luego están los otros personajes, sobre los que también se podría hablar largo y tendido e incluso en vertical. Pero sé que no gustan mucho las reseñas largas, aunque aquí es marca de la casa, y no quiero prolongarme mucho, que para esas disquisiciones ya están los comentarios.

El hombre en el olvido tiene sus defectillos, por ejemplo y es algo a tener en cuenta (especialmente para lectores impacientes) es un libro que va de menos a más, las primeras páginas pueden desconcertar (en parte porque la portada creo que no está bien elegida) y cierta peculiaridad del protagonista puede hasta poner ligeramente de los nervios, pero mientras vas pensando si eso te convence y qué es lo que nos está contando y quiere contar Christina McKenna, sigues leyendo y de repente ya no puedes dejar de hacerlo, empiezas a reír, a estremecerte, a visualizar lo que estás leyendo, a adorar a algunos personajes, a odiar a otros… ya estás dentro y no puedes (ni quieres) salir.

En definitiva ha sido una lectura que me ha dejado muy buen sabor de boca, con esa mezcla justa de inquietud y de ternura que hace que sigas, tiempo después recordando escenas y personajes y valorando más la lectura. Recomendable. Y sin miedo, que un poco ya os conozco…


Aquello sí que tenía que ser una experiencia: manos que en lugar de pegar, acarician

Os dejo las dos portadas con las que este libro ha salido en España y con las que ha salido fuera: