Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de julio de 2026

Esta mañana. Montevideanos (Mario Benedetti)

Uno tiene en las manos el color de su día: rutina o estallido


Elijo esta frase como quien abre una ventana en un día gris. Me consta que es una forma de estar en el mundo que no siempre está a mi alcance. Y es también una forma de leer a Mario Benedetti, que escribía como quien observa la calle desde un segundo piso sin dejar de sospechar que en la acera (esa conversación aparentemente intrascendente, ese café, ese gesto apenas torcido) se esconde algo más: un estallido o la certeza de seguir vivos.


Volver a Benedetti es volver a alguien que nunca se ha ido del todo. Alguien que me acompañó cuando leía buscando respuestas y una comprensión de aquello que me rodeaba. Leí a Benedetti muy joven, cuando lo cursi sonaba hasta necesario.


La edición de Alfaguara, que reúne “Esta mañana” (1949) y “Montevideanos” (1959), propone un recorrido por los extremos de una evolución estilística.


Esta mañana” fue su primer libro de cuentos y se nota, no porque haya torpeza literaria, lo que hay es una búsqueda. Se transparentan en Benedetti las influencias y también un deseo de observar sin fingir sabiduría, como si cada relato tanteara un contorno aún sin nombre. Hay en esos cuentos iniciales un pudor narrativo que me conmueve, hay ironía y pequeñas dosis de crítica social, pero aún sin esa respiración clara que llegará después. Es una escritura que tantea y que duda y que, por eso mismo, resulta honesta.


Aquí nos encontramos un Benedetti más críptico, simbólico y en ocasiones enrevesado (en contraste con la voz más directa, lúcida y accesible que recuerdo de su obra posterior). Es claramente un territorio de ensayo narrativo.


Entre los cuentos hay pequeñas joyas como “Idilio”, donde dos monólogos interiores se entrecruzan en una pareja que ha olvidado cómo hablarse. Ni puntos, ni comas, ni signos de interrogación o exclamación. Es uno de los cuentos más formales y experimentalmente audaces del primer Benedetti (y probablemente uno de los más olvidados también).


En “Montevideanos” hay un paso firme que ya no duda, ya Benedetti ha encontrado su tono y su lugar, su voz propia y afinada. Ahí está su modo de dar cuerpo a las cosas pequeñas y convertirlas en literatura sin necesidad de elevar la voz. Benedetti ya ha alcanzado aquí ese punto de madurez narrativa donde puede hablar de lo insoportable en voz bajita y mostrar cómo convertir lo habitual en signo de una fractura emocional duradera. Y sin necesidad de recurrir al dramatismo.


Hay tres relatos (Los pocillos, El presupuesto y La guerra y la paz) que condensan el paso firme de Benedetti hacia una voz que observa sin juzgar, que se permite ironía sin perder compasión y que pone la mirada en los márgenes sin necesidad de retórica.


Y me he acordado de Mafalda. Sí, Mafalda. No como metáfora forzada (ni como guiño simpático), sino como reconocimiento real. Porque si hay una figura en la cultura hispanoamericana que ha sabido, como Benedetti, combinar ternura y lucidez, humor y crítica, ironía y empatía, esa es Mafalda. La niña que pone en cuestión la sopa y el orden mundial con la misma seriedad doméstica. La que se angustia por la paz desde el comedor de su casa. La que no se resigna ni se calla. La que piensa y siente a la vez.


Benedetti y Mafalda son, para mí, dos voces que han sabido nombrar lo ordinario sin hacerlo banal. Que han entendido que la rutina no está vacía sino cargada de significados. Que la vida privada (los afectos, las contradicciones, los miedos) es también una forma de historia. Y que reírse de una misma es una resistencia revolucionaria.


Por eso esta relectura ha sido también un reencuentro con una parte mía que, incluso en los días más lúcidos, sigue necesitando compañía. Que busca en los libros un espejo imperfecto pero humano. Que agradece la claridad sin aspavientos y que todavía quiere creer (como quien cree en los pequeños milagros) que tiene en las manos el color de su día. Rutina o estallido. Y a veces, gracias a la lectura lenta (ese acto íntimo que nos devuelve otra vez a quienes fuimos), ese color es diferente y, aunque no lo elija yo, la luz es otra.


Gracias, Mario Benedetti.


©AnaBlasfuemia



 

viernes, 13 de febrero de 2026

Juventud sin Dios (Ödön von Horváth)

Cuando ya no se tolera el carácter, sino tan solo la obediencia, la verdad se va y llega la mentira


Juventud sin Dios” es uno de esos libros que nos recuerdan que la degradación moral de una sociedad no ocurre cuando aparecen los uniformes ni los dictadores, sino mucho antes, en los gestos aparentemente inocuos: la frase racista que un alumno repite sin comprender, el silencio incómodo del profesor que corrige pero no combate, la docilidad colectiva con la que un grupo de muchachos acepta consignas pensadas para vaciarles la cabeza mientras creen que les están dando identidad…


El narrador es un profesor que aún conserva restos de ética, pero no de valentía; no es un héroe ni un villano, sino un hombre que reconoce el mal cuando lo escucha y aun así se esconde detrás de la corrección profesional, como si su oficio pudiera blindarlo de la responsabilidad. Ese es el gran movimiento que atraviesa el libro: el tránsito desde la cobardía discreta hasta la verdad que estalla, tarde y con consecuencias irreversibles.


Horváth coloca al maestro en el centro mismo de la contradicción: sabe lo que está mal, pero teme nombrarlo; entiende que el silencio lo convierte en cómplice, pero se aferra a la ilusión de que puede permanecer neutral. Su confesión en el tribunal no es heroica, no busca salvar a nadie: es un acto tardío de dignidad, un ajuste de cuentas consigo mismo, una aceptación de las consecuencias que lleva años esquivando.


Horváth escribe con una sobriedad brutal, consciente de que la historia que cuenta no necesita gritos ni piruetas dramáticas para resultar devastadora. En el aula, los alumnos ya están colonizados por el pensamiento único; en el campamento, la estructura militarizada convierte la obediencia en virtud y el pensamiento crítico en traición; en el tribunal, la justicia se reduce a un engranaje burocrático donde la verdad humana importa menos que la necesidad institucional de cerrar un expediente.


Horváth sabía que la literatura no puede redimir una época enferma, pero puede decir la verdad de esa enfermedad con una claridad que a veces la política o la filosofía eluden. Y aquí lo logra sin adornos: la violencia ideológica no se impone con tanques, sino con frases infantiles; la justicia no fracasa por falta de leyes, sino por falta de humanidad; la juventud no pierde la inocencia, porque ya les fue robada antes de que pudieran reconocerla.


Eso es lo que hace que “Juventud sin Dios” duela, lo que le da su vigencia feroz: que las atmósferas totalitarias no desaparecen; se reciclan. Y que leer a Horváth hoy no es un viaje al pasado, sino un acto de vigilancia, porque al leerle tienes una sensación de familiaridad moral. No porque el mundo de ahora sea idéntico, sino porque Horváth trabajaba en capas muy profundas sobre cómo se deteriora una sociedad: no bajo la gran explosión, sino bajo la erosión diaria de la verdad, del pensamiento y del vínculo humano.


Esa es la primera relación con los tiempos actuales: la normalización del discurso deshumanizado. El alumno que dice “los negros son cobardes” no está ideologizado por un partido, sino por el aire que respira: una mezcla de prejuicio colectivo, propaganda difusa, ignorancia y necesidad infantil de pertenencia. Si trasladamos eso al presente, sin forzar nada, pensamos en la facilidad con que hoy circulan frases terriblemente simplificadas sobre migración, identidad, género, política, seguridad; frases repetidas con la convicción de quien no ha pensado, solo ha absorbido.


Lo que en el libro aparece como clase, patio, campamento, hoy tiene su equivalente más feroz en las redes sociales. En el campamento bastaba un jefe juvenil para imponer obediencia; hoy basta un trending topic, un influencer prepotente, una frase viral que reduce el mundo a bandos y deja a la complejidad fuera de plano. No estoy comparando redes sociales con un régimen totalitario, pero sí la arquitectura emocional de cómo se fragua una masa: la confortabilidad, casi placentera, de no pensar por cuenta propia.


La segunda relación es la degradación del papel del maestro (o de cualquier figura adulta que represente pensamiento). Horváth convierte al profesor en un hombre que sabe lo que está mal, pero vive acorralado por un entorno que penaliza la claridad. Si lo lees hoy, no puedes evitar pensar en cómo las voces que proponen un pensamiento matizado, crítico, lento, son arrinconadas por discursos binarios. El profesor de Horváth no es cobarde: es alguien que intenta sostener la verdad cuando la verdad ya no es rentable. Y hay mucho de eso en nuestro presente: personas que callan por miedo al linchamiento digital, al señalamiento público, a la pérdida de reputación en ecosistemas donde la opinión rápida vale más que la reflexión lenta. El profesor es, en cierto modo, el precursor del sujeto de hoy atrapado entre la integridad y el coste social de decir algo incómodo.


La tercera relación aparece en el aparato institucional. El tribunal de Horváth, con su lenguaje seco, sus tecnicismos y su necesidad de cerrar el caso sin mirar demasiado, recuerda peligrosamente a ciertas formas actuales de burocracia y política donde el procedimiento se convierte en sustituto de la justicia. No es necesaria una dictadura para generar instituciones que se vuelven más eficaces que humanas: lo vemos en discursos que minimizan lo complejo porque “no toca”, en debates reducidos a eslóganes, en decisiones públicas que funcionan como administración de daños colaterales. Horváth lo vio antes: una sociedad que empieza a medir su salud por la eficiencia y no por la consciencia está ya en una pendiente peligrosa.


El cuarto punto es la gestión del miedo. En la novela, nadie quiere ser el raro, el frágil, el que piensa diferente. Ese miedo silencioso (el miedo a quedar fuera de la manada) es idéntico al que mueve buena parte de los comportamientos sociales actuales. No hablo del terror, hablo del miedo civilizado: miedo a disentir, miedo a incomodar, miedo a “equivocarte” en público. El chico T, el pez, ese que parece callado pero absorbe la violencia ambiental, es la metáfora perfecta del joven de hoy expuesto a discursos extremos, a paquetes ideológicos cerrados, a microclimas sociales donde la pertenencia se compra con sumisión emocional.


Horváth sitúa el libre albedrío en un espacio donde no hay libertad plena, pero tampoco determinismo absoluto. Las decisiones de los personajes están condicionadas, pero no anuladas: todos viven en un sistema que estrecha el margen de decisión. Por eso el libro es tan incómodo, porque no nos permite refugiarnos en “el sistema los obligó” ni en “eran malos”. Están en una zona gris donde el libre albedrío existe, pero es un músculo atrofiado.


Y quizá lo más inquietante es la transformación de la verdad en algo negociable: la verdad es frágil, inestable, fácil de mover con una sola frase. Hoy, que vivimos en sociedades donde la verdad se ha convertido en un objeto de consumo (cada cual compra la suya), el libro se vuelve demasiado actual. No porque prediga nada, sino porque describe nuestra condición básica: un mundo donde la verdad ya no se respeta, sino que se administra.


La juventud no es “sin Dios” porque no rece; es “sin Dios” porque no tiene criterio interno, porque no ha sido educada para decidir qué es bueno y qué es malo más allá de lo que dicta la autoridad. Y esta carencia no solo afecta a los jóvenes: afecta al profesor, que sabe que está obrando mal pero se siente incapaz de resistir la presión de su entorno. Ese vacío compartido (una sociedad que ha perdido su interioridad moral) es, en el fondo, el Dios ausente.


Horváth no denuncia a los jóvenes; denuncia a los adultos que los dejaron sin un norte narrativo, afectivo, moral. Y si miramos alrededor, vemos generaciones enteras perdidas en un paisaje saturado de consignas, imágenes, ruido, exceso de estímulos y falta de sentido. Nada nuevo bajo el sol; solo que ahora es más ruidoso, más rápido, más solitario.


Juventud sin Dios” no es una crónica del fascismo histórico, sino un manual ético sobre la fragilidad de las sociedades: cómo se quiebra una comunidad cuando deja de entrenarse en pensar, cómo se vuelve peligrosa la juventud cuando se educa en consignas, cómo se vuelve culpable el adulto cuando calla, cómo se vuelve inútil la justicia cuando se burocratiza, y cómo la verdad se convierte en un espejismo colectivo. “Juventud sin Dios” nos muestra que el abismo moral no es exclusivo de épocas excepcionales, sino una posibilidad latente allí donde la comodidad y el miedo suplantan a la compasión y al pensamiento


Gracias, Ödön von Horváth. Gracias, Isabel Hernández (traductora)


©AnaBlasfuemia




jueves, 31 de diciembre de 2020

¡vete, vete, 2020! (algunas de mis mejores lecturas de este año infame)

 


Todo lo que pueda decir del 2020 (¡vete, vete!) sería prematuro. El 2020 no se acaba este 31 de diciembre, su sombra va a ser larga. Ha sido un año que, cuanto menos, podemos calificar de intenso, pero también traumático. Y como todo trauma, requiere su tiempo para curar esa ruptura, esa quiebra en la vida que no pedimos pero se nos fue dada. Por eso, para mí, el 2021 será el tiempo de la reflexión, de asentar lo aprendido, de soltar lo desaprendido, de comprender lo vivido, de encajarlo en mí día a día. En sentir que todo esto no ha sido para nada. Y una, que es lenta en procesar, necesita su tiempo para resolver este shock. Eso va a ser el 2121.

El 2020 nos ha atravesado de un lado a otro, de arriba abajo. Decir que todo ha sido negativo, en mi caso, sería mentir. Recuperé la naturaleza, el afán por lo sencillo y lo verdadero, puse a todos mis demonios encima de la mesa. Ahora tengo que fulminarlos. O fumigarlos. Desinfectar.

Sufrí un bloqueo lector brutal que nunca había tenido en mi vida. Miraba los libros y lloraba. Estaban ahí y eran inaccesibles para mí. Qué torpeza la mía. Era yo la inaccesible. Volvieron. Volvieron las lecturas, poco a poco, tan poco a poco que aún arrastro un ritmo lector que no me reconozco. Pero los libros no han fallado. Los que leí me rescataron, por eso hoy rescato al menos 12 que, por distintas razones, son los que hoy quiero traer aquí casi como una epifanía, una manifestación festiva del lugar que ocupa la literatura en mi vida. No voy a contar las razones de por qué estos 12, los recojo aquí y por ahí están comentados todos y cada uno de ellos. Que lleguen a vuestras vidas y sintáis que merecen la pena es algo que no depende de mí.

Si tuviera que desearos algo para este año que empieza sería que fuera el año de los aprendizajes, de aprender y de aprehender, y el año en el que por fin la bondad y la empatía sea un estruendo, si alguna epidemia quiero es esa: la de la generosidad, la de la humanidad, la de cuidar al otro y mirarnos a los ojos. No puede ser tanto dolor para nada. Como poco, leamos. Os vuelvo a desear lo mejor y que lo mejor sea lo correcto.

Y, a mí manera, os estoy dando las gracias. A todas y todos. 

©AnaBlasfuemia

martes, 31 de diciembre de 2019

Algunas de las mejores lecturas de 2019 y las razones


Me ha costado. Hay ausencias que me duelen pero están conmigo. Esta es mi lista de lecturas preferidas del 2019:
Si no, el invierno. Fragmentos de Safo (Anne Carson): Porque siento que es el mejor homenaje a la poesía. Quién, si no Safo de la mano de Carson.
Tres senderos hacia el lago (Ingeborg Bachmann): Porque hay caminos que se hacen sola.
La suerte de Omensetter (William H. Gass): Porque para esto, para esto leo. Demencial obra maestra.
La pasión según G.H. (Clarice Lispector): Porque con Lispector siempre remuero y siempre revivo.
Bartleby, el escribiente (Herman Melville): Por el dolor escondido en la soledad, preferiría no tenerlo.
La compasión difícil (Chantal Maillard): Porque me culpo (no como causa, sino como consecuencia), y porque empiezo a perdonarme con la compasión más difícil.
Física de la tristeza (Gospodínov): Porque temblé al recorrer este laberinto de tristeza.
Cartas a Sandra (Vergilio Ferreira): Porque me partió en mil pedazos y cada pedazo se partió en otros mil.
Voss (Patrick White): Porque una novela de aventuras y amor puede atravesar los desiertos del alma humana.
Un simple vestido de fiesta (Bobin): Porque nunca has sido tú la causa de mi soledad. Y porque Bobin jamás hiere.
Memoria de elefante (António Lobo Antunes): Porque así leo, buscando y encontrando luz donde otros ven tristeza y complejidad. Me ayuda a existir.
Diarios (Eugène Ionesco): Porque me hizo elegir entre pena y remordimiento. Por el asombro de ser(se).
Contar es escuchar (Ursula K. Le Guin): Por la escucha. Me acompañó y me cobijó.
El nombre en la punta de la lengua (Pascal Quignard): Porque leo a Quignard para sobrevivivir y porque la lectura no es una experiencia tranquila.
Tipos de agua (Anne Carson): Porque cada viaje son muchos viajes y yo los estoy viajando todos.

Obras completas (Sarah Kane): Porque “todo acto es un símbolo cuyo peso me aplasta”. Porque a las 4.48 me desperté y me salvé. Una vez más.
Os deseo lo mejor en el 2020 y que lo mejor sea lo correcto.