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martes, 22 de noviembre de 2016

El amor del revés (Luisgé Martín)


Páginas: 280
Publicación: 2016
Editorial: Anagrama
Sinopsis: El amor del revés es la autobiografía sentimental de un muchacho que, al llegar a la adolescencia, descubre que su corazón está podrido por una enfermedad maligna: la homosexualidad. El autor cuenta su propia vida con una sinceridad a veces hiriente: el descubrimiento de su condición sexual, los primeros amores juveniles, los problemas psicológicos derivados de su inadaptación, la terapia conductual que realizó para cambiar sus inclinaciones enfermas, la exploración del sexo, las primeras relaciones afectivas, los contactos con el mundo gay y el descubrimiento progresivo y tardío de la felicidad, «el valor exacto de la ternura».


A veces parece que leo del revés. Creo que cuando empecé a leer este libro no había en internet una crítica negativa sobre él. Y no voy a ser yo quien la haga, pero tampoco ha sido la lectura que esperaba que fuera. La que iba a ser la lectura que me reconciliara con Luisgé, ha resultado ser la que me mantiene sumergida en un océano de dudas.

Luisgé es un buen escritor que conoce a la perfección el rango en el que se mueve y maneja sus recursos maravillosamente. Cuando comienzo a leer percibo sobriedad y hermetismo de sentimientos. Hasta la mitad del libro, la que recorre la infancia del autor, el descubrimiento de su condición sexual, su juventud, leo con fluidez. Tomo conciencia de que Luisgé está mostrando un escenario absolutamente real de una época, una represión, una mentalidad. Y que, una vez más, la (mala) educación católica ha hecho un gran daño en muchos corazones. La culpa. La puta culpa. La parte en la que describe el tratamiento psicológico para “curar” su homosexualidad (conductismo puro y duro, aunque he de decir que el psicoanálisis también ha causado sus estragos) me pareció tremenda.

Pero a partir de ahí siento que Luisgé no avanza y yo me estanco con él. Entra en un bucle del que no consigue salir aunque en las últimas páginas, presurosas, parezca hacernos creer que ha llegado a algún sitio menos amargo, más amable. Y que a mí no me convence. 
Comprendí que no estaba enfermo, pero no dejé nunca de sentir que lo estaba.
Luisgé vive su homosexualidad como una enfermedad. Hasta el punto de llegar a tener él mismo sentimientos homófobos. Esto, que puedo entenderlo, y lo explica bien en esa primera mitad, luego no tengo la sensación de que realmente esté superado, que haya dado la vuelta a todo el sufrimiento vivido. Es verdad que se han conseguido muchos avances, que la homofobia hoy en día no es la misma que hace 40 años, aunque ahora estemos en una época de involución en todos los sentidos. Pero me ha costado entender el sufrimiento permanente con el que Luisgé vive su homosexualidad. Como una enfermedad, como un castigo, como una condena. Casi constantemente y a lo largo de su vida. Hay una barrera que claramente construye la sociedad, pero hay otra que nace desde el interior del propio Luisgé. Cierto que cada persona es un mundo, un universo y hasta un cosmos, y que cada cual vive las mismas experiencias de forma diferente. Eso es respetable y comprensible. Es sólo que en las casi 300 páginas del libro no consigo digerir tanto sufrimiento permanente y casi que hasta machacón. 

Creo que si el libro hubiera terminado en su primera mitad, estaría haciéndole la ola a Luisgé. Pero el libro sigue, y ese bucle en el que cae, ese relamerse continuo me termina por inquietar e incomodar. El exceso de citas largas me atasca. Llega hasta citarse a él mismo de un tirón más de cuatro páginas de su libro Los amores confiados… Lo cual me parece una sobrada innecesaria para el lector (posiblemente no para el autor, para sí mismo). Hay momentos en los que Luisgé analiza con una lucidez muy inteligente y aguda su comportamiento, sus reacciones, sus sentimientos. Pero cuando eso mismo se repite de forma constante sin que ese análisis te lleve a ningún lado, a mí termina por hacérseme oscuro y se me hace bola.

Sin duda es un libro que dará que hablar y mucho, y no me arrepiento de haberlo leído, porque desde luego indiferente no me ha dejado. Incluso puedo decir que es un libro necesario. Pero aunque hay partes que duelen como bofetada a mano vuelta, Luisgé no consigue crear imágenes que me ericen la piel o me atraviesen la boca del estómago. Creo que hay un exceso de dramatismo que, como comentaba, tiene más que ver con el propio autor que con su homosexualidad. Y lo dice él mismo:
La propensión al exceso y a la prestidigitación que hay en todos mis libros tiene que ver, sin duda, con mi propio carácter.
Es probable que se roce muchas veces el exhibicionismo. De hecho Luisgé llega a decirlo, que hace alarde de su secreto, que se muestra casi con exhibicionismo en cualquier ámbito y se refiere a este libro como “memorias sodomitas”. En cualquier caso, escribir siempre es exhibirse, en cualquiera de sus acepciones, y no tiene por qué implicar una connotación negativa. También a su favor, que Luisgé no pretende moralizar ni convencer, sólo mostrar. Contar. Purgar.

En una entrevista Luisgé dice que El amor del revés es “un gran libro de amor”. Yo diría que es un libro de búsqueda del amor. De soledad. De tortura constante. De inventar el amor. Pero no de amor.

Veamos, el libro es feroz. Cruel. Porque Luisgé es cruel consigo mismo. Muy valiente, cierto, porque hay que ser muy valiente para mostrarse así, proponiéndonos una excursión por todos los laberintos de su alma. Valiente o imprudente. No sé cuál de las dos cosas ha sido exactamente Luisgé, pero no hay pudor en ninguna de las casi 300 páginas de este libro. Ni, sospecho, concesiones a la galería. Por valentía, por exhibicionismo, por reparar(se), por lo que sea, pero Luisgé hace un striptease integral carente de sensualidad y desprovisto de sutilezas.

El puño de Luisgé traza una línea directa desde las entrañas a la mandíbula. A su propia mandíbula. Si yo como lectora esperaba recibir algún golpe, no ha sido así. He visto un combate de Luisgé contra sí mismo y contra el mundo, un combate brutal, fiero, sin tregua. Pero no me ha salpicado. He visto el sudor, la sangre, he olido el miedo, la desolación, la culpa. Pero el exceso ha impedido que me atravesara.

Sí, tal vez he leído este libro del revés. Es lo que hacemos los raros y sé que eso lo entiende Luisgé muy bien.
Hay tantas cosas que quiero decirte y tantas formas diferentes de decirlas.

sábado, 7 de diciembre de 2013

La misma ciudad (Luisgé Martín)



Páginas­: 136
Publicación: 2013
Editorial: Anagrama
Categoría: Narrativa
ISBN: 9788433997630
Sinopsis: El día 10 de septiembre de 2001, Brandon Moy se encontró en Nueva York con un antiguo amigo que le hizo recordar todos aquellos sueños que habían compartido en la juventud y que él nunca había cumplido. Moy tenía una esposa a la que amaba, un hijo ejemplar, un apartamento envidiable en Manhattan y un trabajo de éxito, pero al recordar todo lo que había querido hacer en la vida sintió que había fracasado. A la mañana siguiente de ese encuentro, mientras él iba camino de su trabajo en las Torres Gemelas, los aviones de Al Qaeda las derribaron. Brandon Moy creyó que el destino le ofrecía una segunda oportunidad.
Leer un fragmento del libro AQUÍ



"Cualquier persona puede recordar qué estaba haciendo cuando se enteró de que las Torres Gemelas de Nueva York habían sido atacadas."

Recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo el 11 de septiembre de 2001. Recuerdo haber llegado a casa del trabajo y sentada delante del televisor ver cómo un segundo avión atravesaba como una daga una de las Torres Gemelas. Recuerdo perfectamente cada emoción que sentí ese día, cada conversación que tuve, y tuve muchas porque en determinadas situaciones necesitamos ser más que nunca seres sociales. Recuerdo las imágenes. Y recuerdo que una de las más impactantes era la gente tirándose desde las ventanas. Eligiendo su forma de morir. No trataban de huir de una muerte segura, no se trataba de un desesperado intento por sobrevivir. No. Elegían su muerte.

Cuando vi la imagen (The Falling Man de Richard Drew)  de la portada de este libro no supe muy bien cómo reaccionar. No porque la imagen fuera excesivamente impactante (y real), sino porque no sabía cuál era el papel de esa imagen en la historia que contenía el libro. Después de leerlo creo que no era necesaria, porque si de segundas oportunidades hablamos, está claro que la persona de la imagen no tuvo una segunda oportunidad. Si es para reflejar el impacto de lo vivido aquel 11 de septiembre y cómo afectó a Brandon Moy (el protagonista de esta historia)… pues tampoco creo que fuera necesario. Ahora si es para llamar la atención, objetivo cumplido. Pero se la podría haber evitado.

No sé cómo plantear mis sensaciones respecto a esta lectura. Comienza el libro con el protagonista, Brandon Moy, mostrando su malestar con la vida que lleva. Y no, la vida que lleva no tiene nada que ver con la tuya ni con la mía: vive en Nueva York, clase alta, mujer guapa, hijo estupendo, buen trabajo, buen piso, además segunda casa de fin de semana y verano en Long Island… Y sospecho que un sueldo ante el cual el mío se partiría de la risa y le diría “¡exagerao!”. Pero Brandon Moy está pitopausico a los 40 años, así que se cuestiona si la vida que vive es la que hubiera querido vivir. Y la respuesta, claro, es NO. Más o menos como todo el mundo. Lo que soñamos con vivir y lo que vivimos pocas veces se dan la mano. Y cuando hacemos las comparaciones correspondientes acabamos acumulando mucho barro en los pies y se nos hace más pesado andar y andar. La crisis de los 40. Que es la crisis de todo cambio de decenio, los 30, los 40, los 50, los 60 y así cada diez años. Previsibles que somos, y de qué poco nos sirve ser tan previsibles.

Me costó arrancar con este libro, quizás porque venía del de Zambra, en el que al menos el cómo cuenta las cosas hacía que disfrutara de lo que me contaba, aunque lo que me contara fuera innecesario (que en el caso de Zambra no lo es). Pero en este libro tampoco la forma de contarlo me hacía quedarme pegada a la lectura, que se me hacía espesa. Pero tengo que decir que luego consigue remontar, engancha levemente, te metes en la lectura y avanzas a buen ritmo. También es verdad que hay un momento en que, aunque hayas hecho la vista gorda, ya todo te resulta definitivamente inverosímil: esa facilidad con que Brandon Moy encuentra sus trabajos, y no sé si decir el punto machista que refleja la facilidad con que las mujeres acogen a Brandon, que parece ser lo suficientemente atractivo como para que las mujeres no sólo caigan rendidas a sus pies, sino que además le cedan cama, casa, parte del presupuesto y lo que haga falta.

Que además Brando Moy aprenda idiomas con facilidad, acabe por ser un portentoso (y breve) escritor, consiga vivir todos los extraños deseos que le harían ser feliz (volar en globo, tener una experiencia homosexual, probar drogas alucinógenas, …)  en fin, todo ello confiere a la historia un punto de “qué lástima” o “lo que pudo haber sido y no fue”. Y el caso es que la idea es interesante. Y probablemente incluso real en su punto de partida (el momento en que el protagonista decide darse una segunda oportunidad). Pero finalmente ni la forma de contarlo ni cómo se desarrolla la historia me convencen.

Los recursos de verosimilitud que Luisgé utiliza (él mismo es el narrador, menciona a personas reales que aparecen como personajes -secundarios o menos-) no consiguen que se me haga creíble nada, ni siquiera las reflexiones, manidas muchas de ellas, que se deslizan a lo largo de las páginas. Que no es que me importe que una historia sea inverosímil si es coherente, pero es que en este caso apunta a vendérmelo como una narración realista. Y entonces por ahí no cuela.

He llegado a pensar que no entendía la psicología del protagonista porque era hombre. Y no, tampoco es eso, que una ya lleva años leyendo y es la primera vez que me pasaría. Es simplemente que no está bien construida la personalidad del protagonista. Es algo que he detectado en otros libros: el autor quiere contarnos algo, y a veces es tal el empeño en contarlo que los personajes son meras herramientas para hacerlo, pero se quedan anodinos y desnaturalizados por la urgencia de lo que se quiere contar.

He mirado otras reseñas antes de terminar de escribir mis sensaciones. Y me ha pasado una cosa curiosísima: que algunas reseñas que recomiendan el libro lo hacen de tal forma que yo hubiera jurado que en realidad tampoco les ha encantado el libro. Pero sin embargo acaban concluyendo que han disfrutado de la lectura y no he terminado de ver de forma clara el porqué. En general es una lectura que ha gustado, así que no me vayáis a hacer mucho caso, si es que alguno me hacéis. Seré la raruna a la que este libro no le ha terminado de convencer, pero es lo que hay. Tampoco me ha desagradado tanto como para enviarlo a la ONG del blog, pero sí como para dejarlo en el limbo de los libros que ni fú, ni fá ni todo lo contrario.
 (©AnaBlasfuemia)