Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Barba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Barba. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de junio de 2014

Agosto, Octubre (Andrés Barba)


Páginas: 152
Publicación: 2010
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433972163
Sinopsis: La tensión de la adolescencia de Tomás llega a un punto de no retorno cuando viaja con su familia al pequeño pueblo de veraneo en el que suelen pasar las vacaciones. Todo empieza a suceder de pronto como en un encadenamiento inaplazable: el descubrimiento del sexo y de la violencia, la muerte, la transgresión… Tomás se descubre a fogonazos, como si no pudiera evitar que su inteligencia fuese un paso por detrás de sus acciones, hasta que la dinámica de las cosas le lleva a par­ticipar en un acto que no puede perdonarse a sí mismo. Es entonces cuando se siente obligado a sentarse frente a la única persona que le puede juzgar y perdonar.


La excitación se parecía más a una molestia que a un placer.
La adolescencia… ese período de nuestras vidas tan extraordinario como desconcertante, en el que cuerpo, mente y desarrollo se desajustan y descompasan. Por alguna razón, la adolescencia y el verano van muy unidos, al menos en el recuerdo. Y también el despertar al sexo, igualmente confuso y sin formas definidas, ese ardor interior cuya salida es abrupta, torpe, casi violenta. Como estar hambriento de forma desesperada, tener la comida y no saber dónde está exactamente la boca. Y en esas está Tomás.

Y como parece inevitable, esa transformación obligada que es la adolescencia, viene de la mano de la desmitificación de los padres, a los que de repente ve con los ojos de la desilusión: pánfilos, conformistas, vulgares… Ya no son esos padres con superpoderes que iluminan, orientan, expanden, protegen. Parece necesario esa ruptura, ese deshacerse del vínculo con los padres, para seguir adelante. Ahora el rey es… el cuerpo, el físico (lo que vienen siendo las hormonas, vaya). Llevarlo al límite, ponerlo a prueba. Y el sexo, claro, papel protagonista y estelar durante la adolescencia.
Caminó hacia la ría porque no se debía caminar hacia la ría.
Porque en eso consiste también atravesar la adolescencia: todo aquello que hasta ahora era un “no” tiene que ser explorado, investigado, experimentado… Como si la vida tuviera que ponerse a prueba. En el fondo la adolescencia es un volver a los primeros años de nuestra vida, cuando con nuestros torpes pasos, recién estrenados, vamos poniendo todo lo que nos rodea a prueba, comprobando qué está bien y qué está mal: metes los dedos en los enchufes, te llevas a la boca todos los objetos pequeños que encuentres por el suelo, introduces la cabeza en sitios de los que luego no puedes sacarla, te metes en todos los charcos… Pues trasladamos eso a la adolescencia y, ahí está, explorando y probando todo como si diéramos los primeros pasos, torpemente pero sin miedo ni conciencia del peligro. Metiendo los dedos en el enchufe o la cabeza en una verja… y luego no poder sacarla.

Esa travesía, esa etapa-bisagra que es la adolescencia, donde se cierran algunas puertas con brusquedad y se abren otras con temor, es la que va a hacer Tomás, el protagonista de Agosto, Octubre. Una travesía introspectiva, privada, a la que asistimos como espectadores, casi con pudor. Los cambios, las transformaciones, siempre son dolorosas, algo se queda atrás, algo que no volverá. Quizás como forma de suavizar ese abandono, miramos aquello que dejamos atrás con cierto desdén: lo que antes era algo sólido e inamovible en el proceso de cambio lo vemos como endeble e innecesario. Quizás sea necesario desdeñar aquello que dejamos atrás para poder seguir hacia adelante.

Cuando la adolescencia estalla, lo hace dentro de una caja de resonancia. Deja secuelas. Es una travesía turbulenta que luego recordamos matizada, ligeramente embellecida con cierta autocondescendencia. Pero a veces hay que rendir cuentas de algunos actos que hacemos bajo el cobijo (y la excusa) de la adolescencia.

Andrés Barba escribe bien, muy bien, incluso en algunos momentos pensé que todo el libro estaba al servicio de esa facilidad para establecer símiles y crear sensaciones con las palabras, y en ese recrearse a veces se le va un poco la mano. Pero especialmente hubo un par de cosas que me impidieron disfrutar del todo de la lectura. Una de ellas es una reiteración constante en el uso del “como si” y “como un(a)”. Un recurso literario que, excesivamente utilizado por Andrés Barba, martilleaba mi cabeza impidiendo que mantuviera un ritmo plácido en la lectura. Un ejemplo:
Página 138: “Y ella lo repite, más que como una recomendación de higiene, como anuncio apocalíptico y asustado…”
“… un poco tontamente emocionado, es como todos esos chicos y chicas….”
“… sus respiraciones se vuelven un poco gruñidos a veces, como si se deslizara…”
“… siempre le ha interesado, como si algo íntimo se pusiera de manifiesto”
Todo eso en una sola página de apenas 27 líneas. Pero es un recurso que aparece con (excesiva) frecuencia en el libro. Puede parecer una tontería, pero a mí esa abundancia de “como” y “como si” me sacaba de la intimidad de Tomás y su historia y me hacía verla desde más distancia de la que quería. Una mosca cojonera, vaya.

La segunda cosa es algo personal. Pero referirse a una persona como “subnormal” aunque sea usándolo como descripción de una condición intelectual es algo que me enerva. Y es un libro publicado en 2010. Para mí es una palabra en desuso. Y encontrarla, tal como se utiliza en el libro, me dio otro empujón hacia fuera. Es una palabra que me golpea y molesta.

Pese a estas objeciones, que son demasiado personales como para que las tengáis en cuenta, me ha gustado mucho descubrir a este autor, cómo construye la narración, cómo escribe, cómo indaga en la sensibilidad y psicología del protagonista, cómo condensa en pocas páginas todas esas complejas, intensas y confusas redes de la adolescencia. Me ha parecido un buen libro al que, por manías de esas que tengo, no le he sacado todo el rendimiento que seguramente se merezca. 
(©AnaBlasfuemia)