martes, 7 de julio de 2026
Las ciénagas (Tina Makereti)
De Ana Blasfuemia
“No se fueron de su patria hasta que no les quedó más remedio. Le extraña que ese acto de supervivencia los haya señalado como delincuentes a los ojos de muchos; hacer uso de todas las destrezas y habilidades que posee para escapar del peligro es el más humano de los actos ¿no?”
Esta cita no es una denuncia abstracta, es una irritación muy concreta: alguien que no entiende en qué momento salvar la vida se convierte en algo sospechoso. No está teorizando, está señalando una incoherencia brutal: lo que a unos se les reconoce como instinto, a otros se les castiga como amenaza. Hay vidas que tienen que justificarse incluso cuando lo único que han hecho es seguir vivas. Y eso en “Las ciénagas” no es etéreo, es algo que está metido en las relaciones, en la convivencia, en cómo se miran unos a otros en ese espacio compartido que no termina de ser refugio ni de ser hogar.
El libro no trata la emigración como un tema separado: cuando entramos en la la lectura el desplazamiento ya ha ocurrido; lo que vemos son sus consecuencias y las consecuencias suelen ser que la precariedad persiste, se mantiene la inestabilidad material, la dependencia, la vulnerabilidad.…
Keri, Sera, Janet, Wairere, Conor. No conviven bajo el mismo techo, pero sí dentro de un mismo perímetro físico y social donde todo se ve y todo pesa. Esa proximidad (no elegida, no resuelta) es clave. Nadie está aislado del todo, pero nadie está a salvo de la mirada de los otros. Y ahí el libro es muy concreto.
En Janet no hay ambigüedad: su relación con las otras está atravesada por racismo, desconfianza y una sensación de pérdida que se convierte en hostilidad. No es un discurso, es una forma de estar. Y eso tiene consecuencias, no solo en cómo mira, sino en lo que permite que crezca a su alrededor. En Conor, por ejemplo, donde esa deriva se convierte en algo más articulado: no una rabia difusa, sino una adhesión a ideas que el libro no dramatiza en exceso, pero tampoco suaviza.
Sera aparece en ese mismo espacio desde otro lugar. No como figura simbólica de nada, sino como alguien que ya ha cruzado y ahora tiene que sostenerse. La emigración aquí no se cuenta, se arrastra. No hay relato de llegada ni de integración, hay una vida que se recompone como puede en un entorno que no termina de admitirla.
Y mientras todo eso se despliega, el terreno se impone. No como paisaje, sino como presencia activa. El pantano habla. Se nombra, se sitúa, reconoce a Wairere. Wairere no es una niña “especial” en el sentido convencional; está implicada en ese entorno de una forma que no pasa por la explicación. El libro no traduce esa relación a algo más cómodo. La deja estar, con todas sus consecuencias.
“Las ciénagas” abre varios frentes que no son secundarios, aunque no siempre se nombren en primer plano (cambio climático, desplazamiento, racismo, maternidad, convivencia forzada, la propiedad y el derecho a estar, soledad, desinformación, relaciones entre generaciones…) Al manejar varias líneas (personajes, conflictos, registros), no todas alcanzan el mismo nivel, quedando unas más esbozadas que exploradas en profundidad. Todo lo que pone en juego es potente, pero no todo se desarrolla con la misma intensidad. Como si hubiera faltado insistencia en algunos puntos que parecían pedirla.
Por otro lado, me quedó cierta sensación de que lo que el libro sugiere e incluso pone en tensión, es más potente que su resolución. No porque sea un cierre fallido, sino porque es menos intenso que su planteamiento. Puedo entenderlo como una forma de no cerrar en falso o no simplificar, pero también
“No hay decisión más radical que vivir con esperanza”
Es un libro que piensa bien lo que quiere abordar, que acierta en cómo coloca ciertas incomodidades sin explicarlas, y que al mismo tiempo deja la sensación de que no todo lo que abre encuentra la misma profundidad. Cuando todo tiene espacio, no todo tiene la misma intensidad.
No es un libro vacío ni fallido. Pero tampoco termina de concentrar toda la potencia que contiene. Y esa es, al menos para mí, la incomodidad que me dejó: no tanto lo que cuenta, sino todo lo que deja a medio desarrollar.
Gracias, Tina Makereti. Gracias, Ignacio Gómez Calvo (traducción)
viernes, 19 de diciembre de 2025
Un detalle menor (Adania Shibli)
De Ana Blasfuemia
“Vivimos bajo una ocupación […] Y la situación es esta desde hace mucho, mucho tiempo; tanto que quedan pocas personas con vida que puedan recordar los pequeños detalles relativos al modo de vivir anterior”
Un libro extraño. Desde el principio tuve la sensación de que Shibli me estaba echando: no quería que entrara, se empeñaba en mantenerme a distancia. No se deja querer, pero no por frialdad, sino porque exige otra actitud: más resistencia que entrega, más desconcierto que inmersión. No sabía entonces que iba a quedarme ahí, atrapada en una narración seca, implacable, impecable en su construcción.
Está dividido en dos partes separadas (pero entrelazadas), como si una respirara bajo la piel de la otra. La primera, basada en un hecho real, es seca hasta el límite de lo soportable. Sin personaje con el que aliarse ni voz que guíe, solo una descripción obsesiva del calor, el polvo, los gestos repetidos de un oficial israelí en 1949 y de soldados que se mueven con la misma rutina animal. Se registran los hechos y la violencia sin explicaciones. No sabía bien qué hacer con eso.
Me preguntaba por qué estaba ahí, siguiéndole el paso a ese militar que no pensaba, no sentía, solo caminaba, ordenaba, se aseaba. Me costó avanzar pero resistí en ese exceso de detalle, en la descripción sin tregua en a que todo se ve, pero nada se explica. Esa es la voz dominante de la historia militar: fría, total, sin interrupciones. Y ahí empieza el verdadero tema del libro: no en el crimen, sino en su desaparición y su conversión en un “detalle menor”.
En la segunda parte entramos en la mirada de una mujer palestina actual, frágil, temerosa, dubitativa, que tartamudea en su narrativa, que busca sin saber bien qué, empujada por un dato menor: aquel crimen ocurrió exactamente veinticinco años antes de su nacimiento. Se produce un eco, o más bien un reflejo torcido: el relato opaco del principio adquiere sentido no por lo que decía, sino por lo que silenciaba. La impersonalidad del primer bloque refleja lo que ahora esta mujer vive: obstáculos, desplazamientos imposibles, archivos vedados, controles militares, lugares que ya no existen, mapas inservibles.
En la primera parte todo es nítido, pero monstruoso. En la segunda, todo es borroso, pero lleno de deseo de comprender. Shibli juega con ese contraste: el mundo del poder es limpio, eficiente, observable; el de quien lo sufre, enmarañado, fragmentario y lleno de trabas. Lo que le interesa es llevarnos a una experiencia: la de vivir en un territorio ocupado no solo por fuerzas militares, sino por una historia reescrita por otros. Todo está ocupado y distorsionado: la geografía, el tiempo, las palabras, los nombres, los recuerdos y nada puede decirse con certeza porque todo ha sido desplazado y neutralizado.
Shibli no escribe desde la denuncia directa, sino desde la escritura misma como campo minado. Más que narrar un crimen narra la imposibilidad de escapar de él cuando es estructural y ha modelado las vidas hasta la asfixia. No muestra solo la violencia, sino el borrado posterior, porque lo que se intenta conocer ha sido archivado como irrelevante, desplazado como anecdótico, tachado como inexistente. Así es cuando la historia la escriben los vencedores: los crímenes se relegan a notas a pie de página, a registros marginales, a informes que nadie lee, a cuerpos sin nombre.
Lo que parecía un libro árido, casi hostil, se convierte en una muestra de lo que implica vivir en un espacio ocupado donde nada se puede saber con certeza, el tiempo no avanza, los lugares buscados ya no existen o han sido reemplazados por una ficción ordenada que convierte la violencia en estadística, el crimen en cifra, la muerte en detalle menor. La máquina colonial y su caparazón ideológico impide el conocimiento.
Shibli no teme ni protege al lector porque no escribe contra un crimen concreto, sino contra ese gesto de indiferencia que decide qué merece ser recordado y qué puede relegarse a la invisibilidad. Por eso el enfoque está en quien ejerce el poder y no en la víctima. Lo que hace es dar la vuelta al desprecio: afirmar que lo menor importa porque es lo que nos nombra y lo que nos duele. Y ahí, en esos detalles menores, está toda la historia que otros no quieren contar.
Gracias, Adania Shibli. Gracias, Salvador Peña Martín (traductor)
jueves, 22 de agosto de 2019
Tea Rooms (Luisa Carnés)
De Ana Blasfuemia