Traductores: Martín Lendínez y Francesc Roca
Páginas: 224
Publicación: 1953 (1997)
Sinopsis: Burroughs aún no era el autor de El almuerzo desnudo, ni se había constituido en el gran visionario de nuestra época, que ha inspirado a escritores, a músicos, a pintores y a cineastas, pero en esta descarnada, deslumbrante crónica de una adicción los vagabundeos en busca de droga, la avidez por el chute, la peculiar sexualidad y las no menos extrañas relaciones nacidas en la comunión de la droga estaba ya el fundamento de toda su obra posterior.
Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es un adicto.
A veces releo libros para contrastar lo que el paso del tiempo hace, no solo con los libros, sino conmigo o con mis propias sensaciones. Una forma de re-situarme, o incluso de comprenderme a mí misma. Para recordar también porqué me impactó en su momento ese libro, si sigue manteniendo la misma fuerza que en su momento me noqueó.
La droga, la droga, la puta de la droga… Años ha, mi primer acercamiento a Burroughs fue con este libro, que ahora quise releer y saber si las sensaciones de aquella primera lectura seguían vigentes. Y si bien es verdad que con los años, las experiencias y el conocimiento demasiado cercano del mundo de la droga, pierde parte de su impacto y se queda incluso corto, aun así y tomando la perspectiva de los años en que fue escrito sigue siendo igualmente impresionante y brutal. Porque la droga lo es. Lo sigue siendo y lo seguirá siendo.
Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer.
Burroughs sabe bien de qué habla, ya que no solo la novela (su primera novela) es autobiográfica, es que fue un adicto hasta el fin de sus días, dependiente de la metadona. Y es que el adicto, a lo que sea, lo será toda su vida.
Aunque Burroughs fue narrativamente un innovador, en Yonqui el tono es estrictamente realista, casi de reportaje periodístico: directo, descriptivo, no hay emociones ni sentimientos ni siquiera juicios de valor, solo brutalidad, dureza, suciedad… La atrocidad de la droga sin ningún tipo de filtro, desapasionado.
Todos creemos al principio que podremos controlarlo. Luego ya dejamos de querer controlarlo.
Ni siquiera podemos alcanzar a saber qué lleva a alguien a la droga. Ocurre. ¿Falta de motivación? ¿Intensidad mal dirigida? ¿Búsqueda de experiencias? ¿Inercia? ¿Dejarse llevar? En cualquier caso, una vez que empiezas, ya no paras, no hay punto de retorno. Hay adicción, desenganche, reenganche, droga, alcohol, miseria.
Para alguien que criticaba duramente la alineación social, no deja de ser paradójico el hecho de que negara la naturaleza de su propia adicción, cuando pocas cosas alinean más que las adicciones, sean del tipo que sean.
Bien es verdad que el relato, descarnado, sucio, esperpéntico en ocasiones, resulta ser finalmente un alegato antidroga porque hay que estar muy loco para meterse en un mundo así después de leer Yonqui. Ni siquiera había hecho su aparición el SIDA. El puto, malparido, SIDA.
Pero tal vez ese sea, siga siendo, el mérito de este libro: Burroughs no hace juicios, describe sin pasión, sin reflexiones que te lleven a una u otra dirección. Muestra la brutalidad descarnada de la droga, y lo hace con la mirada del drogadicto. No pide comprensión, justificación ni compasión.
He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir.
Es un libro molesto, porque la droga lo es. Más molesto aún es la idealización de la droga. La droga es un modo de morir, no una manera de vivir. No sólo es un libro molesto, es perverso también, puesto que el protagonista consigue dejar la droga alguna vez, pero siempre recae ¿por qué? Porque la alternativa de la heroína le parece mejor que la alternativa de vivir sin ella. Y eso es atroz… da mucho que pensar.