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domingo, 1 de septiembre de 2019

Ecce Homo (Friedrich Nietzsche)


Yo vengo de alturas que ningún ave ha sobrevolado jamás, yo conozco abismos en los que todavía no se ha extraviado pie ninguno

Leer a Nietzsche nunca ha sido fácil para mí. Me exige detenimiento, pausa, interpretar y reinterpretar, exprimir mi linda neurona. No es fácil entenderle, de hecho ha sido poco comprendido (“¿Se me ha comprendido?” pregunta en la última línea del libro) y por eso me gusta. No se puede dudar de la grandiosidad de Nietzsche.

Nietzsche terminó de escribir “Ecce Homo” justo dos meses antes de que se adentrara en la locura y perdiera sus facultades mentales. Por si el propio autor no fuera motivo suficiente, ahí estaba ese dato escalofriante para ponerme con una de las obras que tenía pendientes de este autor.

“Ecce Homo” es un libro extraño e inquietante, con un Nietzsche férvido, vanidoso, megalómano, intensísimo y asumiendo lo trágico como modelo existencial. Hay una comprensión delirante de la implicación de la finitud, del ser experimentando al ser que llega a ser lo que es y asumiendo la incertidumbre de decidir qué es significativo y qué no. Ya no hay una disociación entre el cuerpo y la muerte. Ama el destino.

Un Nietzsche entregado con desmesura a lo dionisiaco, dejándose llevar por una embriaguez creadora. Exaltación pura y dura, “Ecce Homo” es una apología delirante y enardecida de lo dionisiaco, un ditirambo frenético.

Cierto que Nietzsche fue todo ego, contradicción y furia pero también muchas más cosas (que no son "cosas") y no puedo evitar sentir ternura y admiración por este hombre fascinante que anticipó una realidad retorcida y mantuvo una lucha interna brutal.

"¿Se me ha comprendido?"