Publicación: 2014
Editorial: Seix Barral
Sinopsis: El final de un matrimonio narrado a través de la muerte del hijo, el relato de una posible infancia de Jesús y el viaje a una isla de una mujer que ha de tomar una decisión trascendental son tres fragmentos de una misma historia que apunta directamente al corazón: la del hecho tan maravilloso como enigmático de que siempre, de un modo u otro, la vida se abre camino.
Aprendió a convivir con la desdicha y su opuesto, que no es la felicidad, sino la falta de acontecimientos. Pues así como lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia, así lo contrario de la desgracia no es la alegría, sino la calma.
Es audaz Menéndez Salmón. En su prosa y en la construcción de este libro. Tres relatos aparentemente inconexos pero que sospechas que están conectados. En el primero, un matrimonio que se deshace a raíz del fallecimiento de su hijo (aunque da la sensación de que el matrimonio no era muy sólido previamente); en el segundo, una genialidad en la que se devuelve a Jesucristo una infancia robada (una idea brillante, aunque la recreación de esa infancia me deja dudas más que razonables); y en el tercero y último, una mujer en una isla, un viaje para aislarse y tomar decisiones pero, inevitable, produciéndose un encuentro que la ayudará a resolver.
Los pronombres fallan, los sustantivos hieren, los verbos esquivan.
Lo que se nos presenta como tres relatos independientes (La herida, La cicatriz, La piel) cuya ligazón sólo debiéramos conocer en el último de los relatos, salta un poco por los aires al observar la dedicatoria del segundo, una pista demasiado evidente de la conexión que se va a producir.
Me explico: creo que una de las bazas de este libro es no saber que los tres relatos son en realidad parte de una misma historia, descubrirlo mientras avanzas en la lectura. Pero ya de entrada en la sinopsis se nos avisa de este hecho, y además el propio autor nos deja una pista evidente, no nos vayamos a perder.
Hay una honestidad abrumadora en respetar los demonios de aquel a quien amamos.
Dicho todo esto, debo decir que me ha gustado Ricardo Menéndez Salmón. Lo que cuenta y cómo cuenta, aunque todo gira demasiado en torno a Antares y el resto de personajes quedan quizás menos explicados, más desdibujados, aunque con una fuerza y una estela evidente en la historia.
El segundo relato, en el que se intenta dar visibilidad a esa faceta de Jesucristo totalmente desconocida, su infancia, me ha parecido brillante como idea y la he disfrutado, especialmente al principio. Luego me he ido dando cuenta que se dotaba al niño de una serie de acontecimientos, pero no percibía de forma clara cómo los vivía, qué huella le dejaba, qué cicatrices… De hecho, ha sido Lavinia quien me ha robado el corazón y la atención, más que el Jesucristo niño, que seguía misteriosamente invisible para mí.
Aunque para mi gusto el libro tiene considerables altibajos, sin embargo el recorrido de las tres historias trazan un trayecto, una aparente línea recta, desde la desesperación hacia la redención, o al menos una especie de restitución que podemos pensar que es una forma de salvarse. Como si la vida finalmente reparara parte del daño causado.
La oscuridad existe, pero la vida continúa.
Y así es, la vida siempre continúa. Cuando estás en el epicentro del dolor la vida no se va a detener, es posible que mientras lames tus heridas te quedes al margen de la propia vida, pero, finalmente, tú continúas también, por inercia, por supervivencia, porque algo te espera en el camino, en una isla, en un tejado, en un cielo estrellado, en un pez. Quién sabe.
No se me escapa el talento de Menéndez Salmón, su escritura pulcra y prolija, sus lustrosas descripciones, el tono fragmentado, la estética del dolor, la variedad de recursos (evidente y desigual en cada uno de los relatos: excesivo y fiero en el primero, brillante y forzado en el segundo, íntimo y elegante en el último) aunque ha primado mucho la sensación de que la prosa utilizada es alambicada, forzosamente rebuscada y en muchos momentos provocaba que me sacara de las páginas y la lectura.
La sutileza y belleza en el lenguaje me fascina, pero especialmente cuando me introduce en la historia, me arrastra por ella con naturalidad y fluidez además de con admiración. En este caso sentí que la entorpecía en algunos momentos, que estaba por encima de la historia. Y ese hándicap hace que finalmente sea una lectura engañosamente embaucadora, desigual, con momentos brillantes y otros agotadoramente decepcionantes. Ha sido un quiero y no puedo, Menéndez Salmón no me dejó. Pero casi. Insistiré.
