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domingo, 17 de septiembre de 2023

Flores extrañas (Donal Ryan)


"..le dice que han tenido suerte de acabar allí, sí, allí, a pesar de sus grandes planes. Después de imaginarnos tantos sitios, lo cierto es que no nos hemos movido"

He comentado varias veces que detrás de un libro siempre hay, mínimo, una historia: la del día que lo compraste, por qué, con quién estabas (o no estabas), dónde... Este libro lo compré hace poco en Madrid. Había quedado en La Central de Callao. Cuál fue mi sorpresa (hacía bastante tiempo que no iba a Madrid) al ver que La Central que conocía estaba cerrada y que se había trasladado justo enfrente.

En la mudanza ha perdido la cafetería, sus rincones, sus escaleras, sus espacios, su esencia. Sorprendida y decepcionada, y ya que tenía que esperar, decidí entrar igualmente. Al menos se estaba fresquito. No sé si por la decepción y la tristeza, porque veía tan chiquita, distante e impostora a esta nueva Central, que me costó mucho encontrar un libro que quisiera llevarme. Estaba enfadada, la verdad. Desconcertada por este cambio ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Al final, apremiada porque estaría al llegar la persona con la que había quedado, agarré este libro. En mi mente lo cogí porque el título me recordaba a otro: "Flores raras y banalísimas", un libro sobre la relación entre Elizabeth Bishop y Lota de Macedo. Nada que ver: la sinopsis de "Flores extrañas" (engañosa, pero no mentirosa) apunta a un thriller o al menos a un misterio.

Estamos en un pueblo irlandés, allá por 1973, donde una joven adolescente desaparece repentinamente. El caso es que en ningún momento tememos por su vida, lo que tememos es por los motivos de su fuga. A partir de esa situación arranca esta historia de historias, de tres generaciones, de la Irlanda rural, familias, costumbres, religión, razas, chismorreos, padres e hijos, parejas, amores y no tan amores, hombres y mujeres, pérdidas... En fin, la vida.

"Flores extrañas" es una novela de personajes, sin duda. De buenas personas (la mayoría de ellas). Y la prosa de Donal Ryan me ha gustado: reposada, descriptiva en la medida justa, poética sin caer en la exuberancia, bastante melodiosa e incluso cinematográfica, una escritura luminosa y amena, con el lirismo justo y una creación de atmósferas que me pareció fascinante.

Me gustaban los personajes y esa radiografía sosegada que Ryan iba haciendo de ellos, componiendo un relato cuya trama me parecía bastante evidente al principio pero que se fue desdibujando a medida que avanzaba la lectura y nuevas voces se iban añadiendo. Eso sí, todo gira en torno a Moll, la adolescente que de buena mañana se subió al bus y abandonó a su familia. Y hay evidentes, y no tan evidentes, referencias bíblicas. Estamos en Irlanda.

Según leía intentaba entender porqué esos personajes que al principio me parecían tan bien dibujados y tan entrañables, tan queribles, sin embargo a medida que se incorporaban nuevas voces (Joshua, Honey) se me iba desconfigurando todo y las nuevas voces se volvían más imprecisas, menos entendibles y menos creíbles. Más superficiales. No, rectifico: no es que fueran superficiales, es que su construcción, la elaboración de estos nuevos personajes, me pareció más superficial e imprecisa, menos sólida.

Y Moll, que a lo mejor es cosa mía, pero no la he terminado de entender. Pero no comprendía, sobre todo, cómo es que el autor parecía haber ido perdiendo su capacidad para desentrañarnos a sus personajes, para que la trama nos importara menos que lo que les sucediera a ellos, o poder seguir en su compañía, en sus emociones y recuerdos, en su día a día. Lo único que se me ocurre es que, no sé si pretendiéndolo o no, Ryan también quiere que veamos cómo la sociedad avanza hacia un perfil más etéreo, menos definido, con valores más frágiles y motivaciones más tupidas. Y eso pasa con "Flores extrañas": que pierde sus formas definidas y acogedoras, su ritmo, aquello que te hacia sentir cómoda en la lectura. No es que suceda algo que te inquiete. Es la narración que cambia, se enmaraña y se dispersa.

Y tengo una sensación extraña, el libro me ha gustado y lo he leído con agrado pero siento que no está bien cohesionado, que se abren muchas ramificaciones que luego son abandonadas o dejadas simplemente ahí, como un esbozo. Pero esa falta de cohesión no sé si es porque no he sabido leerlo o porque era una pretensión del autor. Vamos, que no sé si esa ruptura que hay en "Flores extrañas" es algo intencionado o si simplemente se le fue de las manos y dejó de importarle a dónde quería llegar, o empezó queriendo ir a un lugar y por el camino se perdió. Yo que sé.

Tal vez soy yo la que me perdí en algún giro narrativo o el calor me ha derretido mi linda y única neurona, pero tengo este libro entre las manos y no sé si mirarlo como si fuera una flor extraña o una flor banal. Mientras dejo que el tiempo dictamine qué hacer con esta flor, si plantarla o abandonarla, aquí os lo he (y me lo he) contado.

viernes, 30 de julio de 2021

Lejos del bosque (Chris Offutt)


 “-¿De dónde eres?
-De Kentucky
-¿De qué parte?
-De la parte de la que se va la gente


Este diálogo es el más citado al hablar de “Lejos del bosque” e incluso se recoge en la contraportada del libro. Obvio, porque refleja a la perfección el espíritu de los relatos recogidos en “Lejos del bosque. Pero todo se entiende mejor cuando se acompaña de su complemento, su contrario, el guante que se acopla a la perfección con la mano, como si fuera piel sobre piel, piel que se ajusta a carne y huesos. Este magnífico libro de relatos de Offutt se entiende mejor si a la cita anterior le añadimos esta otra:


Al final, había logrado volver a casa, mientras que yo seguía aquí atrapado, en el mundo


Y, voilà, ya tenemos la panorámica completa, el arco que siguiendo el recorrido de un extremo a otro abarca una realidad extensa y tensa, completa y compleja. Las personas estamos hechas de costuras (y costurones) de las que no somos conscientes. Hasta que un día esas costuras crujen, se descosen, se abren y de ellas mana una nostalgia paradójica: añoramos los lugares de los que hemos huido.

Los sitios que abandonamos, los lugares y paisajes que somos, donde nacimos, la historia de tu familia, la historia de tu tierra y muchas generaciones, una cultura y una forma de ser… nos explican mucho más de lo que pensamos. Son lugares que tienen sus propios códigos, que solo entienden y comprenden quienes allí vivieron. Y huyes de esos códigos, quieres ser el verso suelto, el eslabón que se rompa aspirando a una libertad más imaginada y soñada que real. Eliges.

La escritura y los personajes de Offutt tienen un algo indefinible, un halo que tiene que ver más con la saudade portuguesa que con el orgullo norteamericano. Una morriña que pretende acortar la distancia con lo más primario, con la naturaleza recordada, tal vez imaginada; con las raíces que nos sostienen y su fragilidad y su fortaleza. Porque tal vez no añores un lugar que fue, sino un lugar que quisiste que fuera. Sabes porqué te has ido, pero cuando comprendes porqué quieres volver todo adquiere un sentido que refleja lo absurdo de muchas decisiones y cómo la libertad, al igual que la esperanza, puede ser una trampa endemoniada.

©AnaBlasfuemia

lunes, 22 de abril de 2019

Indigno de ser humano (Osamu Dazai)


Los seres humanos no pueden relacionarse más allá de la rivalidad entre ganar y perder. A pesar de que colocan a sus esfuerzos etiquetas con nombres grandilocuentes, al final su objetivo es exclusivamente individual y, una vez logrado, de nuevo sólo queda el individuo
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Luchar contra la depresión, la desesperanza, la melancolía, sentirse al margen, es una lucha íntima, silenciosa, incomprendida y siempre personal. También solitaria. No se suele hablar de esos vacíos, esas heridas que portamos no con orgullo, pero sí como algo irreparable. Es más fácil luchar contra algo si se puede comprender su funcionamiento.

Osamu Dazai hace un análisis introspectivo y muy revelador sobre un ser solitario, complejo, marginado por su propia naturaleza, incapaz de asumir la cotidiana hipocresía de una sociedad que le aterra.

Es una lectura incómoda, pese a que la prosa de Dazai es nítida, directa, despejada y muy controlada, muy bien medida. Se me hizo necesario transcender más allá de protagonista (Yozo, un alter ego de Dazai) para avanzar en la lectura, puesto que Yozo me fatigaba, como fatiga una jaula sellada o un laberinto sin salida. También de fondo estaba una misoginia que me repelía. Pero no puedo (ni debo) juzgar, he de leer con los ojos de Osamu y además es cierto que la incomprensión de Yozo no solo era respecto a las mujeres, sino respecto a la humanidad en general.

Es de una crudeza y una sinceridad casi inhumana, tal vez por ser la soledad tan humana. No hay final feliz, no hay luchas heroicas, ni un resurgir cual ave fénix, ni una festividad del ser humano. Es un libro descorazonador y, por tanto, necesario.

viernes, 10 de agosto de 2018

Mía es la venganza (Friedrich Torberg)

Título original: Mein ist die Rache
Traductora: Lidia Álvarez Grifoll
Páginas: 114
Publicación: 1943 (2011)
Editorial: Sajalin
Sinopsis: En una brumosa mañana de noviembre de 1940, un hombre espera en el muelle de Nueva Jersey la llegada de unos amigos procedentes de Europa. En más de una ocasión su mirada se detiene en la figura frágil y encorvada de un extranjero que arrastra inquieto su pierna izquierda por la sala de espera y el muelle. Cuando el hombre le pregunta a quién espera, el extranjero le responde que son muchos, exactamente setenta y cinco, aquellos que deberían llegar. Y sin embargo, nunca llega nadie. Luego, en una larga conversación, el extranjero evoca con todo detalle el estremecedor recuerdo de lo sucedido años atrás en el campo de concentración de Heidenburg, cerca de la frontera holandesa, y el dilema planteado entre los judíos allí encerrados: Abandonar toda resistencia y conceder la venganza a Dios, o morir ejecutando al verdugo.
… y aquella miserable búsqueda convulsiva de algo que pareciera un punto luminoso… ¡y qué no parecería una luz en esa oscuridad!
Dentro de la literatura sobre la IIGM, busco especialmente la de aquellos que la vivieron, que la sufrieron. Porque siempre tienen algo nuevo que añadir, porque necesito desmontar explicaciones simplistas y monolíticas que den una falsa sensación de seguridad, de creencia de que lo que ocurrió es pasado, que no hay que removerlo y que no volverá a suceder. Extraer las raíces de lo sucedido, identificar cada serpiente que crece entre los rizos de Medusa.

Mía es la venganza fue escrito por Torberg en 1943, y es uno de los primeros textos antinazis conocidos. Torberg, perseguido por los nazis, huyó primero a Francia y luego a EEUU, a donde llegó gracias a PEN Club Internacional (una asociación mundial de escritores), que le consideraba uno de los diez eminentes escritores antinazis. Finalizada la guerra, volvería a Austria. Será en EEUU donde, en 1943, escribiera Mía es a venganza.
Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo el pie de ellos resbalará, porque el día de su calamidad está cerca, ya se apresura lo que les está preparado. (Deuteronomio 32:35)
Una de las cosas que más llamaron mi atención es cómo, ya en 1943, Torberg tenía una visión tan lúcida y profunda de lo que sucedía en los campos de concentración. El campo de concentración, ficticio, en el que se desarrolla Mía es la venganza, es un campo considerado “no tan malo” (incluso en el infierno, cuando uno está dentro, hay categorías). Pero solo será así hasta que llega a él el jefe de la SS Hermann Wagenseil.

El sádico e inhumano Wagenseil promoverá terribles e insidiosas torturas a los judíos hasta llevarlos al suicidio, robándoles la dignidad, el consuelo y toda posibilidad de esperanza sin necesidad de hacerlos pasar por una cámara de gas o un pelotón de ejecución. Incluso les arrebata el “nosotros” al pulverizar todo sentimiento de solidaridad. Wagenseil consigue inocular el miedo, las dudas, el terror entre los prisioneros.

Ojo, este libro no va sobre la masacre y el exterminio… va sobre las raíces del mal y la barbarie, y también es una reflexión profunda y lúcida sobre la venganza, los conflictos internos y las decisiones. Pero también muestra cómo llevar a un ser humano a sus propios límites, dejarle sin fortaleza física y a partir de ahí destrozar los cimientos mentales que nos sostienen. Quienes se hayan preguntado el porqué muchos judíos no lucharon, no se rebelaron, aquí encontrarán respuestas.
Mientras alguien aún tenga la esperanza de que les tocará a todos, pero a él no; mientras tanto, nos seguirá tocando a todos.
En las primeras páginas, Torberg, en boca del hombre que espera en el muelle, un día y otro, a 65 personas (qué imagen más brutal y simbólica, una vez terminado el relato) ya nos advierte: No es una historia que se explica para pasar el rato y se escucha para pasar el rato. Y así es, aunque te puedes quedar ahí, como con todas las lecturas, pasando el rato. Pero es innegable el afán reflexivo y de resistencia de Mía es la esperanza, un libro despiadado, duro, que justifica la no violencia en un sorprendente final.

El libro contiene también otro relato corto, El regreso del Golem, que aborda el mismo tema (¿cómo luchar contra la barbarie: usando la violencia o confiando en la venganza del Señor?), y aunque lastrado por el magistral relato que da título al libro, lo complementa añadiendo argumentos a la reflexión de fondo.
Es nuestra venganza y nos vengamos constantemente: porque existimos y todavía seguimos existiendo.
No es tan sólo conociendo la historia como podemos evitar tropezar de nuevo en la misma piedra. Es sobre todo conociendo sus raíces, aquello que provocó sucesos que deberían avergonzar a los seres humanos de por vida. Y la única forma es desmenuzar el alma humana, tan compleja, hecha de mimbres personales, sociales, religiosos, miedos, creencias, verdades y mentiras. Tantas cosas.

En definitiva, muy impactante cómo Torberg construye dos relatos (especialmente Mía es la venganza) en los que no sólo ahonda en las raíces del nazismo, sino también en cómo enfrentarse a ellas: existiendo (y  no se refiere tanto al existir personal como al existir de algunos valores).