miércoles, 29 de julio de 2026

En el paraíso (Peter Matthiessen)



La única forma de entender toda esa maldad es reimaginarla […] No se la puede retratar de forma realista


No es este el mejor libro de Matthiessen ni el más reconocible ni el más logrado en lo narrativo. Desconcierta un poco: sin brillo estilístico, sin personajes que se asienten, sin una construcción firme. Pero ¡ojo! es un libro que obliga a detenerse. Fue escrito sabiendo que no habría otro. Y la elección de este tema, en ese momento, parece no tanto una decisión literaria como un gesto diferente, íntimo. Más que leerlo, me descubro intentando entender por qué existe.


La pregunta no es solo qué cuenta, sino por qué lo cuenta. No parece un libro nacido del deseo de narrar, sino del deber de exponerse: durante años, Matthiessen evitó escribir sobre el Holocausto. Afirmaba no sentirse autorizado, ya que no era judío ni vivió esa experiencia y creía que la no ficción no le ofrecía un espacio legítimo para hacerlo. Solo al final, ya enfermo, decidió intentarlo desde la ficción, que le permitía explorar lo que llamó “la gran extrañeza” de su experiencia. No la del exterminio, sino la incomodidad de estar allí, de cómo nombrar esa incomodidad misma. Esa renuncia previa no justifica el libro, pero explica su tono: lo escribe porque ya no puede no hacerlo.


La trayectoria de Matthiessen siempre osciló entre la escritura como búsqueda y la experiencia como testimonio: fue activista y practicante de budismo zen, viajó mucho. Su literatura nacía de la presencia, de haber estado allí, de escuchar, de convivir. “En el paraíso” supone una ruptura, por primera vez escribe sobre un territorio del que está completamente excluido. Y justamente por eso, al final, decide no seguir callando. Lo hace con una voz que vacila, consciente de que llega tarde y sin respuestas.


Matthiessen escribió este libro con 86 años, enfermo de leucemia. Murió tres días antes de su publicación. No hizo de su muerte un tema, pero dejó dicho que probablemente fuera su último libro. No había voluntad de legado ni cierre, sino una urgencia serena: algo que no había escrito, y que ya no podía esperar. Esa premura condiciona la escritura: no buscaba construir ni perdurar, sino cumplir, saldar.


La crítica lo recibió con respeto, pero sin entusiasmo. No sabían bien cómo leerlo: no encajaba como testimonio ni como ficción espiritual. Algunos elogiaron su rareza; otros señalaron su falta de resolución. Más que rechazo, lo que se percibe es desconcierto. Como si el libro no buscara ser juzgado, sino acompañar, sin atajos, una incomodidad persistente.


Esa incomodidad también está dentro del libro. Aunque presentado como ficción, “En el paraíso” se ancla a lo real: lugares auténticos, datos históricos, menciona a Borowski, Singer, Appelfeld… El tono se vuelve a veces ensayístico, como si la narración se viera interrumpida por una necesidad de precisión. No hay voluntad de invención, sino fidelidad a los hechos. La ficción avanza con cautela: cada frase parece preguntarse si tiene derecho a existir.


Esa tensión se manifiesta en Olin, el protagonista. No es guía moral ni testigo privilegiado: es un hombre que llega tarde, que no sabe si está autorizado a estar allí. Ni siquiera sus emociones le resultan fiables. Matthiessen no le da asideros claros, apenas lo acompaña en su inseguridad, como si él mismo representara la dificultad de mirar sin apropiarse, de recordar sin intervenir. El problema no es solo narrar lo irrepresentable, sino asumir lo inapropiable.


No todo es ajeno: el escenario es otro, pero reaparecen sus obsesiones: el sufrimiento colectivo, la escucha de lo incomprensible, la espiritualidad que no consuela, sino que despierta a la conciencia. Todo eso está pero lo que antes era búsqueda, aquí es límite.


No hay una respuesta definitiva al porqué de este libro. “En el paraíso” no se defiende ni se explica, pero deja ver un gesto necesario: decir algo, no como herencia ni como cierre, sino como tentativa. 


A veces los libros no llegan como deberían, sino como pueden. Este, torpe y honesto, llegó tarde, pero no en vano. No quiso imponerse, solo dejar constancia (en voz baja) de que también el silencio pesa. Y que escribir, incluso sin tener del todo el derecho, puede ser una forma de no apartarse.


Gracias, Peter Matthiessen. Gracias, Javier Calvo (traductor)


©AnaBlasfuemia




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