“Lees raro”.
Me hizo gracia. No había en la frase juicio, desdén ni superioridad; apenas una constatación desconcertada, como si acabara de descubrir una costumbre mía de la que nunca le había hablado. Durante unos segundos pensé que ellos miraban mis lecturas como quien contempla un paisaje del que desconocen hasta los nombres de los árboles, mientras yo los miraba a ellos intentando comprender qué tenía de extraño aquel territorio en el que llevo años moviéndome con absoluta naturalidad.
Porque para mí esos libros ni son raros ni recuerdo haber decidido un día que iba a leer libros extraños. Nunca me levanté pensando: “A partir de ahora solo leeré novelas islandesas sobre la culpa traducidas del alemán por un poeta esloveno”. Son los libros a los que he llegado siguiendo una ruta que nunca planeé. Un autor me llevó a otro, una nota en una reseña abrió una puerta, un traductor me presentó a un autor, un ensayo me empujó hacia un libro… Mi biblioteca se ha ido formando así, por afinidades, obsesiones, curiosidades y desvíos, hasta parecerse bastante a la persona que soy y a las preguntas que me acompañan.
Mis amigos leen de otra manera. Buscan otros asuntos, otros ritmos, otras formas de compañía. A veces necesitan que un libro les ofrezca descanso. Y comprendo perfectamente esa necesidad. Vivimos en una época que deja a mucha gente exhausta antes de que llegue la noche, de modo que la lectura puede ser una zona de confort, un lugar donde bajar la guardia y permanecer durante unas horas lejos de todo aquello que exige, aprieta o desborda. Sería absurdo despreciar ese refugio. Yo misma también necesito, según el momento, libros que no me obliguen a bajar a ningún sótano.
Lo que sentí aquella tarde fue una pequeña tristeza de otra clase. Pensé en todas las conversaciones que probablemente no tendríamos, en los libros que me han acompañado durante meses y que quizá nunca entrarían en nuestras sobremesas, en ciertos autores que han modificado mi manera de mirar el mundo y cuyos nombres para ellos apenas eran una sucesión de letras en una pantalla. No porque yo leyera mejor ni porque ellos leyeran peor. Esa jerarquía me resulta tan pobre como falsa. La tristeza nacía del deseo de compartir algo que para mí importa y de comprobar que, a veces, aquello que una persona querría ofrecer no despierta en los demás la misma llamada.
También comprendí que el desconcierto circulaba en las dos direcciones. Ellos se preguntaban por qué leía esos libros, y yo me preguntaba por qué no los leían. Ellos no reconocían mi territorio lector; yo echaba de menos que alguna vez entraran en él. Entre ambas perplejidades había cariño, curiosidad y una distancia pequeña, aunque imposible de negar. Quizá toda amistad convive con esas habitaciones a las que los otros nunca entran, incluso cuando saben que existen y se asoman un momento desde la puerta.
Por eso la frase terminó gustándome: “Lees raro”.
Podía haberla escuchado como una etiqueta y habría sido fácil responder con una defensa de mis gustos, una reivindicación de la dificultad o cualquier otra solemnidad lectora. Preferí pensar que, dicha de aquella manera, contenía una pregunta todavía sin formular. Tal vez no conduzca a ninguna parte. Tal vez ninguno de ellos llegue a leer jamás esos libros que les resultan tan ajenos. Aun así, el desconcierto es un comienzo decente para la curiosidad. Y la curiosidad, cuando aparece entre amigos, ya abre una puerta.
No necesito que lean lo que yo ni que lean como yo. Me bastaría con que alguna vez paseáramos juntos por el mismo libro, aunque después cada cual regresara, felizmente, a su propio camino.
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