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lunes, 12 de mayo de 2014

Al envejecer, los hombres lloran (Jean-Luc Seigle)


Título original: En vieillissant les hommes pleurent
Traductor: Adolfo García Ortega
Páginas: 240
Publicación: 2012 (2013)
Editorial: Seix Barral
Categoría: Narrativa Contemporánea
ISBN: 9788432220340
Sinopsis: El 9 de julio de 1961 es un gran día para la familia Chassaing y los habitantes del pequeño pueblo en el que viven: hoy llegará el primer televisor al lugar, y el novedoso aparato les traerá las imágenes del hijo mayor, Henri, destinado a la guerra de Argelia. Todo el mundo está invitado al gran acontecimiento que marcará las vidas de estos recién nacidos telespectadores.
Podéis empezar a leer AQUÍ

Desde el principio este libro tiene un gran valor para mí: me lo he leído en uno de los peores momentos lectores que recuerdo en mi vida, concretamente en su momento álgido, porque en verdad el bloqueo lector lo venía arrastrando hacía tiempo. Coger un libro, leer unas páginas y dejarlo era todo uno. Intentar leer y perderme en divagaciones. Y pasaban días y días y venga a pasar días y, con ellos, libros que empezaba y dejaba. Tenía claro que no era un problema de los libros, que además escogía con mimo. Era un problema mío. Enredada en nadar contracorriente hasta quedarme sin aire, no conseguía encontrar libros que me desatascaran y me hicieran respirar. Y cogí este, y me obligué. Las primeras páginas las he leído al menos tres o cuatro veces. Leía sin ver, tonta de mí, con la mirada perdida y la mente en blanco. No por el libro, no, que empieza sin pausa y situándote rápidamente. Por mí, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Como además de una idiota tengo una obstinada, insistí. Adoro a la idiota, pero valoro mucho también a la obstinada. Qué pedazo de libro. Qué maravilla. Pasen y vean, dejen que Albert se meta hasta el tuétano de vuestra médula. Qué grande, Albert.

Contiene tantas cosas esta historia, que se desarrolla en un solo día, que no sé ni por dónde empezar. Una novela enorme, detrás de una apariencia sencilla, un protagonista épico (Albert), y digo épico tanto en su significado heroico como en el poético. Albert, que se despierta una mañana y llora. Y a mí al principio me da pereza, no entiendo la tristeza. Tonta de mí. Tonta y tonta. Qué admirable Albert, cuánta generosidad, qué visión, qué renuncia, qué hermosura.

¡Hay momentos tan bellos en este libro! por ejemplo cuando Albert lava a su madre. Únicamente por ese capítulo esta lectura ya merecería la pena (pero merece la pena por todo el libro, no confundirse), en esa escena como lectora me sentí como la madre de Albert: desnuda e indefensa. Rendida. Una escena tan delicada y tierna, emotiva, intensa, plena. Maravillosa.
Desnuda, seca, de pie, plantada delante de él, ella hizo un gesto inesperado para autorizarlo a esa indecencia: abrió las palmas de sus manos en el vacío, haciendo, mediante ese signo, una ofrenda de su pobre cuerpo. Albert empezó a vivir ese momento de tremenda intimidad como un privilegio. Se arrodilló de nuevo a sus pies, para no dominarla, metió su mano en la manopla después de haberla escurrido, la enjabonó ampliamente y luego la fue subiendo con suavidad por entre los muslos de su madre.
Voy a intentar poner orden. Tiremos de contexto, que así me centro y os centro. 1961 es el año en el que transcurre el día que nos cuenta Jean-Luc Seigle. Parece un año más, pero no lo es. Es un año, una época bisagra. Europa se recompone de guerras y más guerras, surgen las economías colectivas, se restañan heridas, algunas en falso. Dejen paso a la modernidad, a la sociedad happy y consumista (y de aquellos polvos, estos lodos), las concentraciones parcelarias y otros males. La modernidad arrasando con el pasado, construir destruyendo los restos, no a partir de ellos, sino sobre ellos como si no existieran. Y hay quien abre los brazos al futuro, al moderno y simpático consumismo (como Suzanne), pero hay quien resiste, visionario y lúcido, como Albert.

Albert es un hombre con una bala imaginaria alojada cerca del corazón. Así nos lo dice desde las primeras páginas, y así sabemos hacia qué lado quiere que se mueva la bala. Y este libro es el recorrido del movimiento de esa bala, hasta que nos impacta directamente, como si la bala terminara por apuntarnos e impactar en nosotros.

Albert vive con su mujer, a la que no ama, ni es amado por ella, Suzanne, un personaje con el que no empatizas pero que comprendes (a ratos). Tienen un hijo, Henri, en ese momento combatiendo en la guerra de Argelia, al que Albert no pudo conocer hasta los  cinco años, al estar el propio Albert combatiendo en otra guerra, allá en la Línea Maginot, que le llevaría a estar cinco años preso de los nazis, una experiencia de la que nunca habló ni nadie le preguntó. Henri es un hijo al que apenas siente como tal (Nunca volvió a encontrar el camino hacia ese primer hijo) pero que luego será totalmente decisivo a la hora de mover esa bala imaginaria. Sin embargo, el único hijo para quien Suzanne tiene ojos..
Esos últimos días, Albert había buscado a alguien que pudiera acompañar a su hijo. No buscaba a nadie muy intelectual, sólo a alguien que pudiera ayudarlo mejor que él a sostenerse en la vida con un libro en la mano.
Y está Gilles, el hijo pequeño, diez años. Gilles, el lector, y a través del cual leemos sin leer Eugénie Grandet, de Balzac. Gilles nos aportará su mirada, limpia e intacta, de la familia y su paso a la madurez. También está Madeleine, la madre de Albert, perdida en la memoria, regresada a la fuerza e involuntariamente a la infancia. Y Liliane, la hermana de Albert, quizá el personaje que más me ha desconcertado y que sin embargo también es clave en esta historia. Todos los personajes lo son, absolutamente todos los que aparecen, incluso los más aparentemente secundarios, como Antoine, el maestro jubilado con su casa llena de libros, o la tía Morvandieux, la última de la tribu de las viudas del 14, otro engranaje necesario en la ingeniería narrativa maravillosa que supone esta lectura. ¡Ah, y el cartero!, que como bien sabe todo el mundo, siempre llama dos veces.

Hablo de personajes porque intento posar emociones y conmociones producidas por la lectura. Y en ese intento rescato otro elemento necesario en esta historia: la televisión. Estamos en 1961, la televisión llega por primera vez a la casa de los Chassaing y su pequeño pueblo de apenas setenta habitantes. Hoy en día la televisión se ha convertido en una herramienta adormecedora de conciencias, pensamientos y rebeldías, un instrumento manipulador que nos aleja de la realidad en lugar de acercárnosla. Pero en 1961 era justamente lo contrario: te acercaba a la realidad, a esa que la distancia kilométrica no te permite acercarte. La televisión, otra pieza clave más en el recorrido de esa bala imaginaria.

Por si fuera poco lo que da al lector este libro, resulta que también es un libro reivindicativo, la literatura no puede estar al margen de la historia ni de la verdad. Y Seigle no es ajeno a las mentiras históricas que sustentan la sociedad actual, y desmonta alguna de ellas haciendo literatura, buena literatura, e incluso dejando un capítulo final, un poco al margen de la trama desarrollada, pero dándole también continuidad, para contarnos la verdad sobre la Línea Maginot, esa parte de la historia que está ahí pero muchos desconocen.

Jean-Luc Seigle construye imágenes y emociones con las palabras, narra con sutileza y ternura y nos lleva hasta el desgarro, traza un recorrido, el de la bala imaginaria, y no nos deja fuera. Todo ello lo hace con honestidad, a veces con premura, otras con previsibilidad, incluso con algún cliché (pequeñito). Pero lo hace tan bien, lo construye tan bonito, hace visible cosas tan profundas y verdaderas que hasta esos pequeñitos, insignificantes detalles, inapreciables incluso, se escurren hasta convertirse en irrelevantes.

Una lectura emotiva, muy digna, conmovedora y profunda, con la mirada del noble, íntegro y justo Albert sobre lo que le rodea y sobre lo que lleva a sus espaldas, que nos va iluminando su encrucijada, sus intuiciones, valores y decisiones. Albert, su familia y sus antepasados, las redes familiares, enmarañadas, sutiles, imprevisibles, invisibles pero sin embargo poderosas. Las personas, esos seres complejos (me excluyo, porque yo soy extraterrestre)…

No recomendar este libro sería un sacrilegio. Renunciar a su lectura sería un error. Advertidos estáis. Yo lo meto en la saca de libros que dejarán huella en mí.

Gilles comprendió entonces que cada novela que leyera lo ayudaría a entender la vida, a sí mismo, a los suyos, a los demás, el mundo, el pasado y el presente, una experiencia similar a la de la piel; y cada acontecimiento de su vida le permitiría, asimismo, iluminar cada una de sus lecturas. Al descubrir esta circulación continua entre la vida y los libros, encontró la clave que daba un sentido a la literatura; pero, al mismo tiempo, después de la vivacidad de la conversación, de la avalancha de reproches, del vaivén de situaciones que jamás habría imaginado unos minutos antes, tuvo el presentimiento de que la vida, como los libros, era una fuente infinita de rebotes, de imprevistos, de secretos enterrados bajo las palabras, de que nada era inmutable y de que todo se transformaba sin cesar.
 (©AnaBlasfuemia)

Banda sonora de la lectura: