miércoles, 6 de mayo de 2026

Dura una eternidad y en un instante se acaba (Anne de Marcken)


Es la tristeza. No tristeza, sino la tristeza. En su totalidad. La historia completa de la tristeza”.

Tenía dudas. Muchas. Pero siempre que veo un libro traducido por Ce Santiago, sé que terminaré leyéndolo. Me costó entrar, pero no por lo que leía, sino por esa imagen prefabricada que tenemos cuando aparece la palabra zombi: el cuerpo torpe, el gruñido, cerebro sin pensamiento, masa pero no sujetos… Así que me propuse un truco de lectura: dejar de pelearme con mi imaginario de zombies.


Porque aquí el zombi funciona al revés: no es “el otro” inhumano, sino una conciencia deteriorada. Y ahí la clave no es tanto que hablen (que también), sino que conserven una interioridad, aunque sea irregular, agujereada, a ratos casi mecánica.


En cuanto hice ese pequeño gesto mental (cambiar el chip, arrancarle al zombi la máscara de cliché) la lectura se volvió sorprendentemente fluida, incluso adictiva, como si el texto por fin encontrara el canal por el que quería hablarme.


Una carretera atravesando un mundo raro y al mismo tiempo reconocible, una narradora que avanza hacia el oeste como quien avanza hacia un sitio donde todavía queda la huella de lo perdido. En apariencia hay viaje, paisaje, estaciones, encuentros; por debajo, lo que hay es duelo. No sólo la pérdida de una pareja, sino también la pérdida de identidad y de sentido, la experiencia de seguir moviéndose cuando la vida (tal como la conocías) se ha dinamitado por dentro. El duelo aparece como si fuera geografía: se camina por él, se atraviesa, se lo habita con un cuerpo que ya no garantiza nada, ni memoria, ni continuidad, ni siquiera pertenencia.


Una de las decisiones formales más inteligentes de Marcken es que la prosa cambia de textura según el lugar desde el que habla la narradora. Cuando piensa, la escritura se fragmenta. No como capricho estilístico, sino como consecuencia orgánica de una mente en modo supervivencia, una mente que se ha quedado sin frases largas, o sin paciencia, o sin energía para sostener el hilo. El pensamiento aparece a golpes, en astillas, como si el lenguaje también estuviera desnutrido. En cambio, cuando mira el mundo (paisajes, lugares, desplazamientos, objetos) la frase se hace más continua, más descriptiva, más “normal”. Esa alternancia no es un truco: es una respiración. Interior quebrado, exterior más estable. Y lo notas casi físicamente: cuando el texto se corta, algo dentro se contrae; cuando el paisaje se despliega, el libro te deja un poco de aire.


De Marcken arriesga, y arriesga en serio: sostiene una voz que está a un paso del absurdo (una muerta viviente que piensa, que recuerda, que siente) sin convertirla en caricatura; coquetea con lo lírico sin ponerse solemne; se mueve entre lo material y lo abstracto sin que la historia se vuelva vaporosa. Maneja muy bien esos estados liminares entre la vigilia y el sueño, esa franja donde no sabes si está recordando, alucinando o simplemente sobreviviendo con lo justo. Y ese “no saber” no es confusión barata: es el clima adecuado para una historia donde la frontera principal (vida/muerte) ya ha sido violada desde la primera página.


Y aparece el cuervo, en una escena desconcertante, como una presencia que se instala. Un acompañante incrustado, incómodo, insistente: algo que entra y, desde ese momento, cambia el modo en que la narradora está dentro de sí misma. El cuervo no necesita explicarse, se entiende por efecto. A partir de él, el pecho deja de ser sólo un sitio anatómico y se vuelve un lugar ocupado. Es decir: el duelo no como idea ni como estado de ánimo, sino como cuerpo extraño alojado: algo que llevas dentro aunque no lo convoques, un huésped, una compañía rara, un peso, que opina o estorba o acompaña sin pedir permiso. 


Lo admirable es que todo esto funciona. Es original, es fresco, sorprende, engancha. Y no porque esté buscando la rareza como fin, sino porque está encontrando una forma adecuada para contar lo que cuenta: esa tristeza total, esa soledad cuando todo estalla, ese avanzar por un mundo en ruinas llevando dentro una ruina más íntima y más difícil de describir. No nos pide creer en zombies como en un mundo coherente; nos pide reconocer algo de verdad en esa conciencia rota. Y cuando se lo concedes, el libro se sostiene solo, con una extraña naturalidad.


No, esta no es una historia de zombies, es una historia de duelo contada desde el lado más brutal del duelo: ese en el que sigues respirando, sigues caminando, sigues yendo a ninguna parte y aun así algo dentro insiste en buscar el lugar donde una vez fuiste alguien para alguien. Y el título es una frase perfecta para lo que describe. Porque el duelo (y el amor, y la memoria, y la enfermedad) tiene esa textura: por dentro dura siglos, por fuera pasa en un pestañeo. A la gente le parece que “ya pasó”. A ti te sigue durando. Y de repente un día ocurre lo contrario: llevabas meses pensando que no se iba a mover nada, y pum, algo cambia en un instante (no necesariamente para bien: a veces es una recaída, a veces es un recuerdo que vuelve, a veces es la constatación de que ya no recuerdas algo que antes era sagrado). Eternidad e instante: dos escalas incompatibles conviviendo en la misma cabeza.


Quizá ese final, el final que ves cuando ya es demasiado tarde, quizá ese final sea lo que hace que un principio sea lo que es. ¿Qué es un principio sino el final de otra cosa?


Gracias, Anne de Marcken. Gracias, Ce Santiago (traducción)


©AnaBlasfuemia



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