viernes, 19 de diciembre de 2025

Un detalle menor (Adania Shibli)

 

Vivimos bajo una ocupación […] Y la situación es esta desde hace mucho, mucho tiempo; tanto que quedan pocas personas con vida que puedan recordar los pequeños detalles relativos al modo de vivir anterior


Un libro extraño. Desde el principio tuve la sensación de que Shibli me estaba echando: no quería que entrara, se empeñaba en mantenerme a distancia. No se deja querer, pero no por frialdad, sino porque exige otra actitud: más resistencia que entrega, más desconcierto que inmersión. No sabía entonces que iba a quedarme ahí, atrapada en una narración seca, implacable, impecable en su construcción.


Está dividido en dos partes separadas (pero entrelazadas), como si una respirara bajo la piel de la otra. La primera, basada en un hecho real, es seca hasta el límite de lo soportable. Sin personaje con el que aliarse ni voz que guíe, solo una descripción obsesiva del calor, el polvo, los gestos repetidos de un oficial israelí en 1949 y de soldados que se mueven con la misma rutina animal. Se registran los hechos y la violencia sin explicaciones. No sabía bien qué hacer con eso.


Me preguntaba por qué estaba ahí, siguiéndole el paso a ese militar que no pensaba, no sentía, solo caminaba, ordenaba, se aseaba. Me costó avanzar pero resistí en ese exceso de detalle, en la descripción sin tregua en a que todo se ve, pero nada se explica. Esa es la voz dominante de la historia militar: fría, total, sin interrupciones. Y ahí empieza el verdadero tema del libro: no en el crimen, sino en su desaparición y su conversión en un “detalle menor”.


En la segunda parte entramos en la mirada de una mujer palestina actual, frágil, temerosa, dubitativa, que tartamudea en su narrativa, que busca sin saber bien qué, empujada por un dato menor: aquel crimen ocurrió exactamente veinticinco años antes de su nacimiento. Se produce un eco, o más bien un reflejo torcido: el relato opaco del principio adquiere sentido no por lo que decía, sino por lo que silenciaba. La impersonalidad del primer bloque refleja lo que ahora esta mujer vive: obstáculos, desplazamientos imposibles, archivos vedados, controles militares, lugares que ya no existen, mapas inservibles.


En la primera parte todo es nítido, pero monstruoso. En la segunda, todo es borroso, pero lleno de deseo de comprender. Shibli juega con ese contraste: el mundo del poder es limpio, eficiente, observable; el de quien lo sufre, enmarañado, fragmentario y lleno de trabas. Lo que le interesa es llevarnos a una experiencia: la de vivir en un territorio ocupado no solo por fuerzas militares, sino por una historia reescrita por otros. Todo está ocupado y distorsionado: la geografía, el tiempo, las palabras, los nombres, los recuerdos y nada puede decirse con certeza porque todo ha sido desplazado y neutralizado.


Shibli no escribe desde la denuncia directa, sino desde la escritura misma como campo minado. Más que narrar un crimen narra la imposibilidad de escapar de él cuando es estructural y ha modelado las vidas hasta la asfixia. No muestra solo la violencia, sino el borrado posterior, porque lo que se intenta conocer ha sido archivado como irrelevante, desplazado como anecdótico, tachado como inexistente. Así es cuando la historia la escriben los vencedores: los crímenes se relegan a notas a pie de página, a registros marginales, a informes que nadie lee, a cuerpos sin nombre.


Lo que parecía un libro árido, casi hostil, se convierte en una muestra de lo que implica vivir en un espacio ocupado donde nada se puede saber con certeza, el tiempo no avanza, los lugares buscados ya no existen o han sido reemplazados por una ficción ordenada que convierte la violencia en estadística, el crimen en cifra, la muerte en detalle menor. La máquina colonial y su caparazón ideológico impide el conocimiento.


Shibli no teme ni protege al lector porque no escribe contra un crimen concreto, sino contra ese gesto de indiferencia que decide qué merece ser recordado y qué puede relegarse a la invisibilidad. Por eso el enfoque está en quien ejerce el poder y no en la víctima. Lo que hace es dar la vuelta al desprecio: afirmar que lo menor importa porque es lo que nos nombra y lo que nos duele. Y ahí, en esos detalles menores, está toda la historia que otros no quieren contar.


Gracias, Adania Shibli. Gracias, Salvador Peña Martín (traductor)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 10 de diciembre de 2025

Los países (Marie Hélène Lafon)

"País abandonado, abandonado como repudiamos a alguien, como desertamos. Para hacer la propia vida


No siempre hace falta cruzar fronteras para irse. A veces basta con alejarse lo suficiente (que siempre será insuficiente), sabiendo que hacer y vivir tu propia vida incluye también arrastrar con la ajena. En “Los países”, Lafon cuenta cómo se vive entre dos formas de estar: la que arrastras sin querer y la que elegiste sin saber. Ese desplazamiento de quien cambia de paisaje sin cambiar del todo de piel. 


Los territorios vitales de Claire (la protagonista) no están del todo separados, no son parcelas rotas, ni estaciones abandonadas. Son islas, pero unidas por algo más hondo que el mar: una raíz común, una savia que pasa de una a otra sin ser vista. Lo que vivió en un lugar deja huella en el otro por eso lo rural no se borra en París: permanece en el cuerpo, en los gestos, en la forma de mirar. Las lenguas, los silencios, incluso los nombres propios, se arrastran de un país al siguiente como hilos subterráneos. Algo persiste y se transmite, como si el cuerpo entero (ese cuerpo que es también memoria) fuera el verdadero país que conecta todas las islas.


Somos países en plural, pero a veces nos replegamos en islas. No por elección, sino para sostener algo que de otro modo se disolvería. No por soberbia, sino por necesidad. Cuando la pertenencia se vuelve incierta, cuando nada encaja del todo, nos replegamos, y es en ese titubeo entre el deseo de pertenecer y el miedo a desaparecer, donde nos volvemos tierra de nadie.


Lafon reconcilia y dibuja un archipiélago íntimo donde cada espacio vibra si otro se toca. Como si las campanas no doblaran solo por alguien, sino también por lo que fuimos, lo que somos y lo que aún no dejamos de ser.


Lo que aquí se narra no es superfluo pero tiene el pálpito de lo reconocible, todo sucede a una altura que no levanta polvo ni eleva el tono. Por eso el peso lo lleva la forma y Lafon escribe como quien escudriña lo cotidiano: sin buscar lo raro, pero con una inteligencia que revela lo que suele pasar desapercibido. Su prosa no fluye, es más como un martillo que le ha cogido cariño a un clavo, pero sin ensañarse. Cada frase parece dicha con la medida justa, no busca brillar pero deja claro lo que mira. Y sabe mirar.


Claire no se transforma de golpe: se desplaza apenas, por roce y por estar allí, cediendo un poco cada día. No son los hechos los que la deforman, es la repetición del vivir: un desgaste sutil que perfila otra silueta. Sucede en silencio, sin nada que lo anuncie. Se aferra a los libros no solo por sed intelectual, sino para mantenerse impermeable y porque la sostienen en pie, la aíslan sin romperla. Funcionan como un dique contra la sensación de ser intrusa permanente.


El final del libro no cierra, sino que transmite un recorrido. Claire, su sobrino y su padre comparten un paseo por el Louvre, un lugar que para ella no es un museo sino un continente habitable: no unívoco ni solemne, sino lleno de recorridos posibles, de barrios interiores, de extravíos que no exigen mapas. Claire lo nombra así (“el continente Louvre”) porque en ese lugar puede desplazarse entre fragmentos sin pedir raíces, moverse sin fijar pertenencia, dejar que el conocimiento se construya como se camina una ciudad: paso a paso.


El padre no entiende ese continente, pero no lo rechaza ni lo desacredita. Camina por él sin interrogarlo ni descifrarlo, solo observa y dice: “Qué bonitos son esos suelos, qué bonitos” Es la forma que tiene de decir: estoy aquí, contigo, aunque no comprenda del todo dónde estoy ni cómo habitas tú este lugar. Es su forma de reconocer sin apropiarse.


Y es en esa frase final donde hay un momento compartido en el que ninguno impone su lenguaje al otro. Lo que hay es un paso dado en común sobre un suelo que, en realidad, no pertenece a ninguno de los dos. Como si el libro entero hubiese caminado hasta aquí solo para decir que a veces no hace falta fundirse, ni explicarse, ni volver atrás, sino que basta con pisar el mismo suelo durante un rato. Y eso es lo importante. Porque este libro no nos facilita coordenadas, pero deja bajo los pies algo que a veces se parece a un país.


Gracias, Marie-Hélène Lafon. Gracias, Lluis María Todó (traductor)


©AnaBlasfuemia




martes, 2 de diciembre de 2025

Extravíos (Emil Cioran)

 La única esperanza del hombre es encontrar la esperanza


Cioran es un autor poco leído, pero al que se le cita muchísimo. Lo entiendo, no es precisamente la alegría de la huerta; lo suyo es más bien un pozo de lucidez malsana y extrema que produce un tipo de alivio que no es exactamente felicidad, pero sí una especie de complicidad con la condición humana. Está en mi naturaleza, esa que no puedo evitar, dejarme arrastrar a ese tipo de pozos.


Extravíos” es un libro breve de aforismos y fragmentos, en el que la desolación es una condición natural del pensamiento. Un pensamiento con fogonazos de pesimismo, intuiciones corrosivas, a veces casi crueles, y otras de una belleza devastada.


Se diría que el hombre sólo sobrevive porque se adiestra en dudar de todo lo que toca, como quien frota con desinfectante cada objeto de la conciencia para no contagiarse de sus propias ilusiones. Si bajara la guardia un instante, si dejara de ponerle mordazas al fervor y a la credulidad, bastaría el primer gesto ingenuo para que la furia del mundo le arrastrara como aluvión. Por eso inventamos diques: formas, hábitos, ese pudor extraño de sostener la compostura incluso cuando nos despeñamos. Llamamos elegancia a la capacidad de sostener el gesto mientras se incendia la casa. 


Por eso Cioran formula un programa de supervivencia mental: sin la disciplina del escepticismo y la ironía, el mundo (por su mezcla de injusticia y estupidez) nos desbordaría hasta la furia. La respuesta no es el consuelo, sino el dominio de sí y el decoro: conservar “el viso discreto” incluso en la aflicción. O damos forma a la vida (“hacer un soneto”), o nos despeñamos (“ahorcarnos”). Es una regla práctica para no anegarse.


Lo cierto es que la vida no tiene ningún sentido, pero aún más cierto es que nosotros vivimos como si tuviera uno


Para Cioran la tonalidad de la existencia es una mezcla inseparable de vodevil y réquiem. Lo cómico y lo fúnebre no se alternan, se mezclan en una melodía imposible. La naturaleza misma se convierte en anomalía: cuando el asco hacia los otros se enquista, es como si el calendario aboliera las estaciones y dejara al cuerpo sin ciclos de renovación. Y en medio de ese clima enfermo, lo único continuo es la marea de la desesperación, porque las esperanzas, como islas, se forman y se hunden, mientras el mar de fondo permanece incólume.


Del tedio absoluto no nos rescata la razón ni la costumbre, sino la irrupción sin causa, la anomalía que no tiene explicación y que, para incomodidad de los ateos más severos, solemos llamar milagro. Pero un milagro sin liturgia, sin incienso, más bien un cortocircuito que apaga por un segundo la maquinaria del vacío. Es entonces cuando entendemos que la vida no es pertenencia sino malentendido, prejuicio transmitido de generación en generación, y que una no pisa la tierra por derecho, sino por imposibilidad de no pisarla.


Y así, entre el hastío y la ironía, se aprende a vivir de costado: por encima de las verdades, más allá de las convicciones, con la conciencia mirando su propio espectáculo desde la última fila, riéndose con discreción de su empeño en parecer seria. Cioran empuja la filosofía hasta la frontera de la ineficacia y del ridículo, como quien hincha un globo sólo para verlo explotar. Y una termina entendiendo que el secreto no está en salvarse ni en perderse, sino en saber caerse con estilo.


En definitiva, “Extravíos” es un laboratorio de formas de resistencia: unas veces el escepticismo, otras la ironía, otras la forma poética, otras el humor negro. El resultado es un estilo de supervivencia. No es un libro que se lea buscando “qué piensa Cioran”, sino cómo hace para no ahogarse en lo que piensa. 


Amar la ceniza, cual un ave fénix que despreciara la resurrección…”


Gracias, Emil Cioran. Gracias, Christian Santacroce (traductor)


©AnaBlasfuemia