Publicación: 1975 (2008)
Editorial: Planeta
ISBN: 9788408081333
Sinopsis: En Mortal y rosa el poeta Francisco Umbral gira y gira en la trituradora de una impotencia y de una pena descabelladas: está mirando la lenta muerte de su hijo. El escritor, el poeta, tambaleándose en los territorios de la calamidad, rebotando contra los paredones de un destino completamente despiadado, descifrando con los ojos desamparados el abecedario de lo absolutamente indescifrable, habitante ya para siempre en el abismo al que abrazó cuando resolvió convertir en palabras su humillación y su pena de nacido en este planeta desalmado, le dice a la ausencia de un niño: "... quién eras, quién eres, a quién hablo, qué escribo...". Estaba tan aturdido de dolor que no se daba cuenta de que escribía un monumento a la literatura.
A este libro llegué primero por una reseña de U-topia. Confío en ella y en su mirada lectora, así que pese a la antipatía que me despertaba Paco Umbral, lo anoté. Y anotado se quedó. Quién sabe cuánto tiempo hubiera permanecido ahí, en esa lista tan larga de lecturas probables que todos tenemos. Necesitaba un empujón. Y me lo dio alguien que hasta cuando te empuja lo hace con un abrazo. Sé que siempre podré contar con esos empujones y sus abrazos. Y más.
A veces confundes obra y autor. Piensas que son lo mismo. Que hay quien no puede captar y transmitir belleza y ternura porque no forma parte de ellas, al menos en tu cabeza no forma parte de ellas. Si me hubieran dicho que iba a leer a Paco Umbral, que iba hasta llorar leyendo tanta belleza, tanto dolor, su alma desnuda, poética e intensa, no me lo hubiera creído. Me encanta saber que tengo mucho que aprender, mucho que reaprender, y que podré rectificar no con rencor, sino con alegría y admiración.
Si no hay transparencia no hay escritura.Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído.
Nunca dudé de la prosa de Umbral. Pero la tirria que le tenía nunca me dejó valorarle como escritor, no me encontraba con él, no me sentía cómoda en sus libros, casi hasta me irritaba, aunque admiraba su sabiduría, su manejo de las palabras. Y qué magnífica lección he aprendido. Quién diría que fuera Umbral el que me la iba a dar.
Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.
Así empieza este Mortal y rosa. Y, caray, no puedo estar más de acuerdo con él. Hace mucho (y muchas veces) que he mandado a la mierda a Freud. Y no hace menos que he dejado de interesarme por los sueños, los sueños del dormir (bueno, algunos sí me interesan…). Los otros, los sueños del vivir son irreductibles y los necesito como el respirar. Soñarlos y convertirlos en realidad, como quien da forma al barro, despacio, con paciencia, con mimo y delicadeza. Y así, desde el primer párrafo, Umbral me ganó, y consiguiendo sortear las esquinas laberínticas en las que siempre está esa mirada obsesiva de Umbral por el sexo, la mujer y el erotismo, encuentro una mirada sobre su dolor, su dolor como padre, que converge con la mía (que no soy madre).
Un niño es una lámpara de vida. Un niño es un aceite inextinguible.
Umbral, en este libro, se nos muestra como un hombre desnudo. Un padre desnudo. Deja atrás al egoísta lírico y nos enseña sus cicatrices, esas imborrables que dejan la muerte de un hijo. De su hijo. Resigue con palabras el camino trazado por el amor, la vida, la enfermedad, la pérdida y el dolor. Lo hace con una honestidad brutal y sin concesiones, digna de quitarse el sombrero, con el impudor que le caracterizaba, desgarrador y tierno a la vez. Un Umbral transparente, bello (sí ¡bello!), con una mirada valiente hacia sí mismo justo cuando su epicentro es el desgarro.
Qué torpe para lo sencillo, qué hábil para lo inesperado. Crueldad y ternura son en él una misma cosa, y destripa el mundo porque lo ama.
Y así, Umbral se destripa a sí mismo porque amaba a su hijo. Nos ofrece sus tripas y el lector, donde hay entrañas, ve la belleza de ese ofrecimiento. Él se reencuentra con su hijo a través de este libro y nosotros nos reencontramos con el escritor, con el hombre, con el padre. No hay atajos, no hay caminos cortos, todos son sinuosos, los paisajes cambian, pero igualmente haces el recorrido con él.
Estoy oyendo crecer a mi hijo.
A lo largo de las páginas, Umbral entra y sale, va y viene, porque el dolor, la muerte, necesita de rodeos para mirar a la cara, la muerte como ausencia irreparable y desgarradora tiene pocos caminos que se transiten en línea recta. Y nos cuenta todo, no sólo la enfermedad y la muerte del hijo. Y yo, que estoy en un momento en el que tengo todos los sentidos a mil (hasta el olfato se esfuerza, encomiable, en estar a la altura), entro y salgo con Umbral, le sigo sin rechistar, oyendo como él mismo crece palabra a palabra. Viendo cómo mis propios ojos han cambiado su mirada reconociendo un espejo que parecía imposible a priori.
La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros. La imaginación es la sinestesia, el olfato que quiere ser tacto, el tacto que quiere ser mirada.No basta con mirar. Hay que sobremirar, sobrever.
No basta con mirar, no. Sobremirar, sobrever, sobreleer, sobrevolar, es así como se alcanza a ver dentro, adentro… Este libro es de una belleza inusitada, inesperable de encontrar en un espacio de dolor y derrumbe. Enferma el hijo y enferma el padre. No es una novela, no es un ensayo, es un poema íntimo, un desgarro hacia fuera, no hay dramatismo, es la desnudez de Umbral, su raíz, su tronco y sus ramas en el otoño de su vida. ¿Un monólogo intimo? Eso dicen… Yo lo veo como un diálogo, fluido y desordenado (como lo son todos los diálogos del alma), de Umbral con él mismo, con su hijo, con la vida, con cada cosa que le rodea, con lo vivido, con lo sentido, con lo amado, con lo cotidiano…. Y no pude hacer otra cosa que escucharle y darle las gracias por su desgarradora y sensible pureza.
La risa de mi hijo. He perdido la risa de mi hijo.
Ya, lo sé... ¿Duele leerlo? Sí. Rotundamente sí. Duele. Pero dolería más no leerlo. No voy a hacer un debate sobre los libros que duelen y qué hacer con ellos. Cada cuál sabrá cuándo y si transitar por este libro. Cada cuál sabe cómo enfrentarse y cómo aprender del dolor. Es una lectura que deja huella, conmueve, te rasga, te desgarra, pero también te ilumina. Yo lo he leído y lo he contado, que es lo único que sé hacer. Contar. A mi manera.
Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú
Gracias por el empujón. Y por el abrazo. Y por existir(se). Y por todo.
