Título original: Un altare per la madre
Traductor: Miquel Izquierdo
Páginas: 132
Publicación: 1978 (2014)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788494145711
Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama "bondad". No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno.»
Cada libro que traigo aquí tiene su historia. No siempre la cuento, pero es así. Este libro tiene tres historias. Una, hace tiempo que sigo a Sofía en A cubierta libros y ya iba siendo hora de traer aquí algún libro de los que le he “robado” allí. Dos, tenía que haber sido una lectura conjunta con alguien que estoy (estamos) deseando leer algo a la vez. Pero mis despistes ponen inevitablemente a prueba a la buena gente y a los buenos amigos. No perdí una amistad, es evidente, porque entre otras cosas es muy sólida. Pero sí la ocasión de compartir la lectura de este hermoso relato.
La tercera historia es que en realidad no elegí yo la lectura. Una mano, digamos inocente, me fue guiando por las estanterías y libros que las habitan: izquierda, 8, izquierda, 33. Y ahí estaba el altar. Bien, después de la intensidad de Anaïs Nin parecía una lectura más sosegada, pero a la vez no alejada de aquello que me toca la fibra.
Así comienza, con el autor acompañando el ataúd de su madre. Y podemos pensar que nos enfrentamos a unas páginas llenas de dramatismo y dolor. Y no. Más bien estamos ante el homenaje de un hijo a su madre. Pero no sólo a ella, también a la familia, a las tradiciones, a las buenas gentes del campo, a la cultura de lo rural… A la esencia de lo que somos y que se va perdiendo según nos alejamos más y más de la tierra y lo que ella nos da mientras deambulamos como fantasmas por el asfalto, lleno de luces, móviles, ruidos, apariencia, hipocresía…
No hay fotografías de su madre. Sí de la mujer que fue antes de ser madre. Pero no de la madre. Por eso, Ferdinando la devuelve a la vida a través de las palabras, la rescata, al igual que su padre lo hace construyendo de forma casi agónica un altar para la mujer que tuvo a su lado y cuya presencia fue soslayada hasta que se transmutó en ausencia. Un altar que, como el propio autor menciona, es un puente, es una cercanía.
Hay mucha sensibilidad en este libro. No me refiero a una sensibilidad lacrimógena, impostada. No. Es una sensibilidad delicada y tierna, profunda como las raíces del ser humano.
Uauuu… Qué párrafo más esclarecedor… Me gusta mirar así las historias que nos cuentan algunos libros y cómo las cuentan. Sin cerrar los ojos. Viendo. Exactamente igual que a las personas. La vida es más, el miedo debería de ser menos.
La muerte, claro, reflexiones en torno a ella. Reflexiones sin dramatismo, más bien al contrario, un acercamiento a la misma desde la conciliación. Sin temor, un acontecimiento que nos iguala a todos pero sobre todo que nos congenia con la vida, aportándole el prisma adecuado para dotarla de su auténtica valía, esa que se nos pasa desapercibida con las prisas, las rutinas, la dichosa zona de confort, los miedos, las renuncias con tal de proteger la red que nos proporcione tranquilidad…
Ferdinando Camon reescribió varias veces este relato, hasta 19. Tal vez no fuera lo suficientemente objetivo, o justo, consigo mismo y con lo que había escrito y le costó darse cuenta de que es un relato que ensambla, hermana, y sobre todo recupera la bondad natural, la sencilla, la esencial de tantas personas anónimas que son inmortales porque desde esa bondad salvan y se salvan.
Libros pequeños que contienen mucho. Qué bello es leer. Así.
Traductor: Miquel Izquierdo
Páginas: 132
Publicación: 1978 (2014)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788494145711
Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama "bondad". No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno.»
Cada libro que traigo aquí tiene su historia. No siempre la cuento, pero es así. Este libro tiene tres historias. Una, hace tiempo que sigo a Sofía en A cubierta libros y ya iba siendo hora de traer aquí algún libro de los que le he “robado” allí. Dos, tenía que haber sido una lectura conjunta con alguien que estoy (estamos) deseando leer algo a la vez. Pero mis despistes ponen inevitablemente a prueba a la buena gente y a los buenos amigos. No perdí una amistad, es evidente, porque entre otras cosas es muy sólida. Pero sí la ocasión de compartir la lectura de este hermoso relato.
La tercera historia es que en realidad no elegí yo la lectura. Una mano, digamos inocente, me fue guiando por las estanterías y libros que las habitan: izquierda, 8, izquierda, 33. Y ahí estaba el altar. Bien, después de la intensidad de Anaïs Nin parecía una lectura más sosegada, pero a la vez no alejada de aquello que me toca la fibra.
Frente a la iglesia se había formado una pequeña multitud, muchachos, mujeres y hombres de todas las edades, que se iban agrupando según el grado de parentesco o por casualidad: bastaba con que uno dijera una palabra y otro respondiera para que se hicieran compañía. Yo me encontré solo, y el último.
Así comienza, con el autor acompañando el ataúd de su madre. Y podemos pensar que nos enfrentamos a unas páginas llenas de dramatismo y dolor. Y no. Más bien estamos ante el homenaje de un hijo a su madre. Pero no sólo a ella, también a la familia, a las tradiciones, a las buenas gentes del campo, a la cultura de lo rural… A la esencia de lo que somos y que se va perdiendo según nos alejamos más y más de la tierra y lo que ella nos da mientras deambulamos como fantasmas por el asfalto, lleno de luces, móviles, ruidos, apariencia, hipocresía…
No hay fotografías de su madre. Sí de la mujer que fue antes de ser madre. Pero no de la madre. Por eso, Ferdinando la devuelve a la vida a través de las palabras, la rescata, al igual que su padre lo hace construyendo de forma casi agónica un altar para la mujer que tuvo a su lado y cuya presencia fue soslayada hasta que se transmutó en ausencia. Un altar que, como el propio autor menciona, es un puente, es una cercanía.
Hay mucha sensibilidad en este libro. No me refiero a una sensibilidad lacrimógena, impostada. No. Es una sensibilidad delicada y tierna, profunda como las raíces del ser humano.
De crío oí a un niño que le decía a su madre: “Lávame pero no me mojes”
Un hombre estaba a punto de matar a un perro y su hijo le rogó: “Mátalo pero no le hagas daño”. Hay algo aquí que debo aprender.
Un niño jugaba con otros al escondite. Cerraba los ojos y así creía que no lo veían. Ahí hay algo que debo evitar.
Uauuu… Qué párrafo más esclarecedor… Me gusta mirar así las historias que nos cuentan algunos libros y cómo las cuentan. Sin cerrar los ojos. Viendo. Exactamente igual que a las personas. La vida es más, el miedo debería de ser menos.
El caso es que yo vivía sabiendo que ella estaba, ahora debo cambiar de vida. En algún momento he pensado que temía quedar expuesto: como si la presencia de la generación anterior, la que me parió, fuera una garantía para mí y toda mi generación interpuesta, que nos esconde, la muerte no nos ve, nosotros no podemos morir todavía.
La muerte, claro, reflexiones en torno a ella. Reflexiones sin dramatismo, más bien al contrario, un acercamiento a la misma desde la conciliación. Sin temor, un acontecimiento que nos iguala a todos pero sobre todo que nos congenia con la vida, aportándole el prisma adecuado para dotarla de su auténtica valía, esa que se nos pasa desapercibida con las prisas, las rutinas, la dichosa zona de confort, los miedos, las renuncias con tal de proteger la red que nos proporcione tranquilidad…
Es una equivocación cómo nacemos, cómo bautizamos, cómo nos casamos, cómo trabajamos, cómo tenemos hijos, cómo se va al hospital, cómo se hace la guerra, cómo se muere: todo está equivocado por ese error que es la falsedad
Ferdinando Camon reescribió varias veces este relato, hasta 19. Tal vez no fuera lo suficientemente objetivo, o justo, consigo mismo y con lo que había escrito y le costó darse cuenta de que es un relato que ensambla, hermana, y sobre todo recupera la bondad natural, la sencilla, la esencial de tantas personas anónimas que son inmortales porque desde esa bondad salvan y se salvan.
Libros pequeños que contienen mucho. Qué bello es leer. Así.
