Título original: My Name Is Lucy Barton
Traductora: Flora Casas
Páginas: 224
Publicación: 2016
Editorial: Duomo
Sinopsis: En una habitación de hospital en pleno centro de Manhattan, delante del iluminado edificio Chrysler, cuyo perfil se recorta al otro lado de la ventana, dos mujeres hablan sin descanso durante cinco días y cinco noches. Hace muchos años que no se ven, pero el flujo de su conversación parece capaz de detener el tiempo y silenciar el ruido ensordecedor de todo lo que no se dice. En esa habitación de hospital, durante cinco días y cinco noches, las dos mujeres son en realidad algo muy antiguo, peligroso e intenso: una madre y una hija que recuerdan lo mucho que se aman.
Traductora: Flora Casas
Páginas: 224
Publicación: 2016
Editorial: Duomo
Sinopsis: En una habitación de hospital en pleno centro de Manhattan, delante del iluminado edificio Chrysler, cuyo perfil se recorta al otro lado de la ventana, dos mujeres hablan sin descanso durante cinco días y cinco noches. Hace muchos años que no se ven, pero el flujo de su conversación parece capaz de detener el tiempo y silenciar el ruido ensordecedor de todo lo que no se dice. En esa habitación de hospital, durante cinco días y cinco noches, las dos mujeres son en realidad algo muy antiguo, peligroso e intenso: una madre y una hija que recuerdan lo mucho que se aman.
Por favor, mamá, cuéntame algo. Cuéntame cualquier cosa.
Necesito poner cronología a esta lectura:
1) Empiezo a leer. Pasan las páginas. Estoy desconcertada. Tenía una deuda pendiente con Strout. ¿No iba a poder saldarla? Sabía que Strout quería contarme algo, y que no lo había conseguido captar en Olive Kitteridge. Me sentía frustrada. Algo se me estaba escapando.
1) Empiezo a leer. Pasan las páginas. Estoy desconcertada. Tenía una deuda pendiente con Strout. ¿No iba a poder saldarla? Sabía que Strout quería contarme algo, y que no lo había conseguido captar en Olive Kitteridge. Me sentía frustrada. Algo se me estaba escapando.
Por otra parte, en ocasiones y sin venir a cuento, mis padres –por lo general mi madre y por lo general en presencia de mi padre- nos pegaban impulsiva y vigorosamente.
2) Y de repente, zas. Leo una frase. No importa cuál (no la vais a ver aquí citada). Para otras personas puede ser otra frase la que provoque el mismo efecto, para mí fue una en concreto. ¿Qué hizo esa frase en mí? Entender. Atrapar. Saber qué me estaba contando y cómo. Se me encogió el alma a la altura del estómago. A partir de ahí yo era Lucy Barton. Hasta ese momento se me estaba atragantando porque me dolía y no quería más dolor. Estaba mirando a otro lado.
3) Seguí leyendo y terminé el libro en una curiosa situación. Necesitaba un lugar que me aportara paz. Tranquilidad. Alguien que me conoce y me quiere bien me lo puso fácil: una iglesia. No soy creyente. No es ese tipo de paz la que me transmiten las iglesias. Así que ahí estoy: un pueblo, una iglesia. El libro en la mochila. Busqué los rincones de esa iglesia que me transmiten cosas, empezando por el exterior y su campanario y continuando por esos rincones interiores que de repente te ponen los pelos como escarpias y la emoción a nivel del lacrimógeno (tan susceptible él). Cuando comienza la ceremonia y aquello se llena de gente que me mira con extrañeza a mí y mis vaqueros rotos y nada emperifollados, me salgo fuera. Estoy hablando de Lucy Barton (también).
3) Seguí leyendo y terminé el libro en una curiosa situación. Necesitaba un lugar que me aportara paz. Tranquilidad. Alguien que me conoce y me quiere bien me lo puso fácil: una iglesia. No soy creyente. No es ese tipo de paz la que me transmiten las iglesias. Así que ahí estoy: un pueblo, una iglesia. El libro en la mochila. Busqué los rincones de esa iglesia que me transmiten cosas, empezando por el exterior y su campanario y continuando por esos rincones interiores que de repente te ponen los pelos como escarpias y la emoción a nivel del lacrimógeno (tan susceptible él). Cuando comienza la ceremonia y aquello se llena de gente que me mira con extrañeza a mí y mis vaqueros rotos y nada emperifollados, me salgo fuera. Estoy hablando de Lucy Barton (también).
Pero no tardé mucho en darme cuenta de una cosa: que sufrir dos veces es una pérdida de tiempo. Lo digo solamente para demostrar cuántas cosas no puede hacer la mente, por mucho empeño que ponga.
4) Hace solecito. Me siento en un banco de piedra, debajo de un árbol pero dejando que el sol me abrace. Saco el libro y lo termino. Muy tocada. Le doy las gracias a Strout. A Lucy Barton. Por el qué y por el cómo.
Pero los libros me aportaban cosas. Eso es lo importante. Hacían que no me sintiera sola. Eso es lo importante para mí.
5) Termina la ceremonia en la iglesia. Nos invitan a un aperitivo que ofrece la hermandad de noséqué. Son las fiestas del pueblo. El aperitivo parece una boda. Hay que sentarse en una de las largas mesas que hay (apretujados, y para alguien que come con la zurda esto es un problema, chocando codo con codo todo el tiempo). Nos ponen unos embutidos (qué rico el queso, el jamón…). Sopa y frituras. No sé cocinar. Desde hace tiempo eso es un problema porque ya no vivo con alguien que sepa. No como sopa desde ya ni recuerdo. Y en esto soy muy poco Mafalda (en muchas cosas soy muy ella). Me encanta la sopa. Así que me la como si fuera pobre. La disfruto con ansias, emoción y como si me la fueran a robar. Como si fuera pobre, repito (no lo soy, en ese sentido). Como si fuera Lucy Barton rebuscando comida entre los contenedores con su primo…
6) Estoy en medio de dos personas en la larga mesa. A mi izquierda, quien bien me quiere y a quien quiero bien y mucho. A mi derecha, un desconocido. Hablan entre sí. Situación: cada vez que me inclino para comer mi cucharadita de sopa, ambas personas tienen que echarse hacia atrás para seguir hablando entre ellas por detrás de mi nuca. Cuando recupero posición entre cucharada y cucharada, ellos se reclinan hacia delante para seguir conversando. El señor de mi derecha hace dos comentarios que me hacen morder la cuchara. El segundo es con el que salto, aunque fue el primero el que más me cabreó. El segundo comentario tiene que ver con que este señor cree que para entender y educar a los niños tienes que ser padre/madre. Salté como un resorte. No soy madre. Trabajo con niños. Me llevo bien con los niños. En cualquier situación en la que haya niños allí estaré yo, pasando de adultos y divirtiéndome con los niños. Siendo niña. (“Me llamo Ana Blasfuemia”). Igual fui brusca. Pero es que venía quemada con su primer comentario.
6) Estoy en medio de dos personas en la larga mesa. A mi izquierda, quien bien me quiere y a quien quiero bien y mucho. A mi derecha, un desconocido. Hablan entre sí. Situación: cada vez que me inclino para comer mi cucharadita de sopa, ambas personas tienen que echarse hacia atrás para seguir hablando entre ellas por detrás de mi nuca. Cuando recupero posición entre cucharada y cucharada, ellos se reclinan hacia delante para seguir conversando. El señor de mi derecha hace dos comentarios que me hacen morder la cuchara. El segundo es con el que salto, aunque fue el primero el que más me cabreó. El segundo comentario tiene que ver con que este señor cree que para entender y educar a los niños tienes que ser padre/madre. Salté como un resorte. No soy madre. Trabajo con niños. Me llevo bien con los niños. En cualquier situación en la que haya niños allí estaré yo, pasando de adultos y divirtiéndome con los niños. Siendo niña. (“Me llamo Ana Blasfuemia”). Igual fui brusca. Pero es que venía quemada con su primer comentario.
Se refería a que yo no entendía que pudiera ser amada, que fuera amable.
7) Comentario que me crujió y callé porque tenía la cuchara en la boca (y porque callamos tantas veces…): El hombre comenta orgulloso que su hija se ha ido a Madrid a empezar la universidad. Hasta aquí todo bien. Es motivo de orgullo y satisfacción. A continuación: me llama 40 veces al día (también con orgullo), porque tengo que explicarle qué tren, metro, autobús, tiene que coger para ir de un sitio a otro. A mi hijo (15 años) le pasa lo mismo: tengo que llevarle todos los días al instituto, que está a cuatro calles de casa. Pero se ha creado esa costumbre. Se acostumbran (con tono sacrificado, condescendiente y sin dejar de sonreír).
No. Alto. Perdona. Tú les acostumbras. No ellos. Tú les has creado esa necesidad. A ambos. Esa dependencia. Tú les das el pescado en lugar de enseñarles a pescar. Porque así se hacen dependientes. Y además les transmites que es porque son unos inhábiles que no son capaces de hacerlo solos.
Hay micromachismos. Muchos y constantemente. Pero hay algo igualmente dañino. O más: los micromataautoestimas. Tan sibilinos. Tan invisibles y sutiles. Tan perniciosos. Tan frecuentes. Tan tremendo. Adiós autoestima.
Pues de esto (y más) habla Me llamo Lucy Barton.
Lo he comentado más veces. Los libros que no son nada explícitos, que se escriben entre líneas. Que el lector tiene que poner, mover, dejarse llevar, leerse a sí mismo por dentro. Amo estas lecturas. Esos escritores que saben moverse ahí como pez en el agua. Es un arte nada fácil y muy valiente. Porque muchos lectores pueden quedarse en las líneas y no entre ellas. Y entonces no verán.
Quizás se espere que se produzca una conversación melodramática entre madre e hija. Que alguna revelación nos sea contada. Y se pensará que no se hace. Pero sí. Ahí, entre líneas, en pequeños gestos, en grandes silencios, en frases (no tan) casuales… Esas cosas (conversación tremenda e impactante entre madre e hija, drama, reconciliación, revelación familiar al descubierto…) solo pasan en los libros y en las películas. En la vida, 999 de cada 1000 veces es como Strout nos lo cuenta. Me llamo Lucy Barton no es un libro. Es la vida. Tal cual.
No. Alto. Perdona. Tú les acostumbras. No ellos. Tú les has creado esa necesidad. A ambos. Esa dependencia. Tú les das el pescado en lugar de enseñarles a pescar. Porque así se hacen dependientes. Y además les transmites que es porque son unos inhábiles que no son capaces de hacerlo solos.
Hay micromachismos. Muchos y constantemente. Pero hay algo igualmente dañino. O más: los micromataautoestimas. Tan sibilinos. Tan invisibles y sutiles. Tan perniciosos. Tan frecuentes. Tan tremendo. Adiós autoestima.
Pues de esto (y más) habla Me llamo Lucy Barton.
Ya lo he dicho: me interesa cómo encontramos maneras de sentirnos superiores a otra persona, a otro grupo de personas. Pasa en todas partes, y todo el tiempo. Le pongamos el nombre que le pongamos, creo que es lo más rastrero que hay en nosotros, esa necesidad de encontrar a alguien a quien rebajar.Este libro ES su título: Me llamo Lucy Barton. Lo pronuncio en voz alta con tono de “soy yo, soy yo, soy yo (I am, I am, I am)”. Ese grito de Sylvia Plath. Ese soy yo, soy yo, soy yo, (soy Lucy Barton) que somos todos. Tú también. Y yo. Muy yo. Reivindicarse.
Lo he comentado más veces. Los libros que no son nada explícitos, que se escriben entre líneas. Que el lector tiene que poner, mover, dejarse llevar, leerse a sí mismo por dentro. Amo estas lecturas. Esos escritores que saben moverse ahí como pez en el agua. Es un arte nada fácil y muy valiente. Porque muchos lectores pueden quedarse en las líneas y no entre ellas. Y entonces no verán.
Quizás se espere que se produzca una conversación melodramática entre madre e hija. Que alguna revelación nos sea contada. Y se pensará que no se hace. Pero sí. Ahí, entre líneas, en pequeños gestos, en grandes silencios, en frases (no tan) casuales… Esas cosas (conversación tremenda e impactante entre madre e hija, drama, reconciliación, revelación familiar al descubierto…) solo pasan en los libros y en las películas. En la vida, 999 de cada 1000 veces es como Strout nos lo cuenta. Me llamo Lucy Barton no es un libro. Es la vida. Tal cual.
Así debe de ser como nos manejamos la mayoría de nosotros en el mundo, medio a sabiendas, medio sin saber, asaltados por recuerdos que no pueden ser ciertos. Pero cuando veo a los demás andando con seguridad por la calle, como si estuvieran completamente libres del terror, me doy cuenta de que no sé cómo son los demás. Hay mucho en la vida que parece pura especulación.
Es muchísimo mejor libro de lo que pueda parecer, incluso de lo que nos parece a los que ya pensamos que es muy muy muy buen libro.
(©AnaBlasfuemia)
(©AnaBlasfuemia)

