Imaginemos una ciudad que no solo existe en el mapa, sino en la fisura entre un acorde de Chopin y el chirrido de un tren, donde las botellas de cerveza vacías se convierten en lápidas y un beso puede flotar como un espectro sobre las calles. Ese es el Chicago de Dybek en este libro de relatos que no se leen como historias, sino como recuerdos que alguien te susurra en un bar al borde de la medianoche, cuando la ciudad parece a punto de confesarte un secreto. Un Chicago que es casi una estructura gramatical.
El epígrafe del libro, tomado del poeta Antonio Machado (“De toda la memoria, solo vale el don preclaro de evocar los sueños”) establece el tono. Dybek no se limita a describir Chicago sino que lo reimagina como un espacio donde los límites entre lo real y lo soñado se desdibujan.
No es extraño (aunque en mi caso no tan frecuente) que una lectura te decepcione. Cierto que tengo paladar exigente, aunque abierto a sabores distintos, pero “La costa de Chicago” es un libro que venía precedido de buena fama en algunos círculos literarios. En fin, la decepción en la lectura no deja de ser una emoción compleja que tampoco voy a intentar desentrañar. “La costa de Chicago” ha sido como una canción fallida de jazz, con gran riqueza rítmica y estructural pero poco sorprendente en la improvisación, con notas que duelen, otras que te hacen querer bailar y otras que no percibes ni siquiera como sonido de fondo.
No es un mal libro, eh. Los relatos de Dybek tienen imágenes sensoriales muy atractivas, juega con las emociones (que parecen flotar en una niebla etérea y nostálgica), hay lirismo en su prosa, los relatos tienen un enfoque melancólico, casi cinematográfico. La materia prima de estos relatos es la memoria en un barrio étnico, con su mitología de calles, bares, voces y música. Es curioso, y me llamó la atención, que esa mitología de barrio, urbana, esté revestida en ocasiones de realismo mágico, con apariciones de lo extraño, lo fantástico, lo visionario, que en verdad tampoco descolocan mucho, no es un realismo mágico que provoque conflicto.
Pienso que mi incomodidad con esta lectura puede venir del choque entre lo que en teoría debería atraerme (lirismo, fragmentación, atmósfera) y cómo lo concreta Dybek: un lirismo impresionista y con gran sinestesia, una fragmentación evocadora pero no arriesgada, una nostalgia que se repite y una fantasía que roza la superficie. Y a mí me interesa la prosa lírica cuando abre espacios, tensiona el sentido o roza lo poético sin impostarse. Pero Dybek es, sobre todo, atmosférico. Claro que su lenguaje tiene musicalidad y belleza de imagen, pero quizá no percibí que llegara a tocar fondo en lo existencial ni en lo emocional.
Posiblemente también, pese a lo atractivo de la pérdida y la añoranza, no haya conseguido conectar afectivamente con el paisaje o con el trasfondo cultural (en algunos relatos he sentido que dependían demasiado de una atmósfera local que me era ajena). He sentido una falta de conexión con Chicago como paisaje emocional, un Chicago al que le faltaba intensidad ontológica, vibración con verdades detrás de cada rincón. Si tenía que sentir añoranza por un lugar que no he vivido, no ha sido el caso.
Las tramas planteadas son variaciones de temas conocidos (ningún problema con esto), pero así como en otros libros de relatos siento que éstos me invitan a completarlos con mi propia imaginación, en este caso en la mayoría (si bien no en todos) me quedaba con pocas ganas de completar nada.
Así que esta lectura ha sido una relación amorosa fallida. No supimos encontrarnos y terminamos mirándonos de lejos, cada cual refugiado en nostalgias distintas aunque con un lenguaje común. Tal vez fue un fracaso de afinidad o de momentos, pero no conseguí cruzar el puente que me llevara hasta su costa.
Tal vez el calor tenga mi imaginación achicharrada y por eso sólo oía un canto de grillos en mi cabeza.
Gracias, Stuart Dybek. Gracias, José Luis Amores
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