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domingo, 18 de octubre de 2026

El pájaro pintado (Jerzy Kosinski)

 

“Me prometí que recordaría todo lo que viera, y si alguien me arrancaba los ojos, conservaría, mientras viviese, la memoria de todo lo que había visto”


Durante años se creyó que este libro era autobiográfico. Kosinski nunca lo afirmó… pero tampoco lo desmintió y esa ambigüedad (rentable para las ventas, problemática para la verdad) acabó volviéndose en su contra. A eso se sumaron acusaciones de plagio y de haber recurrido a “negros literarios”, nunca probadas judicialmente, pero lo bastante persistentes como para erosionar su reputación. En sus últimos años, Kosinski era más conocido por la controversia que por la literatura. Se metió en un jardín, vaya...


Aunque el contexto histórico general en “El pájaro pintado” es reconocible (la Segunda Guerra Mundial, la persecución nazi, la ocupación del este europeo, la llegada del Ejército Rojo), no hay nombres de países, ni fechas, ni coordenadas explícitas. Solo un niño separado de sus padres, arrojado a un paisaje donde todo es violencia, superstición y abandono. Pero lo esencial no es lo que le ocurre (que ya es bastante insoportable), sino cómo se cuenta: desde esa promesa de recordar todo lo que viera.


La estructura es episódica, cada capítulo introduce un nuevo lugar, un nuevo adulto, una nueva variante de la brutalidad. El niño apenas habla. Es golpeado, violado, humillado, convertido en chivo expiatorio por campesinos supersticiosos, soldados, clérigos. Cada encuentro representa una forma del daño: físico, sexual, emocional o simbólico.


La voz narrativa es en primera persona pero no suena nunca del todo “infantil”. Cuanto más cruel el episodio, más se afina la sequedad narrativa. Las escenas más crueles (y hay muchas) se narran con la misma cadencia que se describe una casa, un animal, una costumbre campesina. Esto genera un efecto inquietante porque da la impresión de que el horror se hubiera normalizado y no necesitara adjetivos.


No hay reflexión, el niño observa y actúa, pero no interpreta. Incluso cuando recupera la palabra, no reflexiona sobre lo vivido, sino que reacciona, sobrevive. Es un narrador casi amoral, no por insensibilidad, sino porque ha quedado fuera del sistema emocional que permitiría indignarse o compadecer. Y es que las guerras implican una lucha interna por sostener algo de humanidad en medio del despojo total. La justicia, si existe en ese contexto, solo puede surgir de dentro. Es una decisión solitaria, forzada, animal, pero innegociable.


En uno de los episodios más recordados, un campesino captura un pájaro, lo pinta con colores brillantes y lo suelta de nuevo para que vuelva a su bandada. Pero al verlo distinto, los otros pájaros lo atacan sin piedad, hasta matarlo. Es un gesto cruel en su inocencia, pero el niño lo observa y lo retiene. De ahí toma su nombre el libro. No cuesta ver en esa escena el mensaje: el distinto, el expulsado, el que no puede volver porque ha sido transformado (o estigmatizado) por algo que no eligió.


Años después, Kosinski escribiría un prólogo recuperando esa imagen: “la novela, como el ave, había que expulsarla de la bandada”. Él mismo se aparta y observa cómo el libro provoca sus propios estragos y genera rechazo y ataques que afectan a su vida y la de los suyos. Y aunque no se disculpa, sí parece escribir desde una cierta extrañeza, como si el libro se le hubiera escapado. 


El niño observa la crueldad sin juzgarla y Kosinski observa la reacción al libro sin defenderlo. En ambos casos, la distancia es irrevocable. Una historia que no encaja del todo en ninguna bandada: demasiado brutal para ser aceptada sin resistencia, demasiado elíptica para ser asumida como testimonio puro, demasiado incómoda para ser digerido como ficción convencional. 


Gracias, Jerzy Kosinski. Gracias, Eduardo Goligorski (traductor)


©AnaBlasfuemia





domingo, 13 de septiembre de 2026

Deja que te cuente (Shirley Jackson)


"Lo mejor de ser escritora es que puedes permitirte disfrutar hasta el infinito de la extrañeza"

Shirley Jackson tenía un humor muy particular, muy suyo. ¿Sabéis esa risa extraña que se parece mucho a un silencio incómodo? Pues esa. Porque cuando entra en modo satírico no necesitaba tirar de la exageración ni que el humor se diera importancia. Al contrario, Jackson baja el tono hasta que lo incómodo forma parte del mobiliario. Crees estar leyendo una inofensiva escena cotidiana… hasta que de pronto sientes que llevas demasiado tiempo conteniendo la respiración.


Jackson puede coger a una madre, un niño, una visita inesperada, una receta fallida, una frase pasivo-agresiva dicha con una sonrisa perfectamente amable. Mezcla todos esos elementos sin pestañear ni alterar el tono emocional. La protagonista no se indigna y continúa a lo suyo como quien sigue fregando los platos mientras se inunda la cocina. O sea, no hace nada raro. Y precisamente eso es lo raro.


Hay algo que Jackson utiliza de una forma muy precisa: la literalidad como trampa. Lo extraño no se presenta como extraño ni se acompaña de luces de alarma. Simplemente aparece como quien no quiere la cosa, como si llevara toda la vida ahí. Y no lo detectas hasta que ya está dentro. Normalmente lo inquietante está más en el modo en que pasa que en lo que pasa: no hay señales de advertencia y, aun así, algo se desajusta. Jackson no necesita señalar el momento exacto en que debemos empezar a desconfiar o a extrañarnos porque le basta con acumular pequeños desfases, detalles que no coinciden o quedan sin explicación. Y cuando quieres darte cuenta ya no hay vuelta atrás porque lo raro no aparece de pronto… ya estaba ahí desde el principio.


“Deja que te cuente” nos permite ver (y disfrutar) a Jackson manejando todos los registros, puesto que es una recopilación póstuma de relatos inéditos o dispersos, textos tempranos, ensayos, piezas de humor familiar y reflexiones sobre la escritura.


Uno de los recursos más desestabilizantes y divertidos en sus relatos es el modo en que invierte la lógica social y familiar, contemplando después las consecuencias con absoluta seriedad. En “De boca de los niños”, lo que parece una conversación trivial entre adolescentes se desliza hacia lo inquietante gracias a uno de los grandes peligros de la maternidad: que tus hijos sean unos charlatanes capaces de transmitir a terceros cualquier asunto familiar que hayan escuchado, preferiblemente el que nunca debiera de salir de casa. En “Cómo disfrutar de una discusión familiar”, un conflicto doméstico se expone como si fuera un ritual, con instrucciones y pasos, como si la familia hubiera desarrollado un reglamente interno para discutir con eficacia. 


Hay una forma de ironía en Shirley Jackson que me fascina porque carece de crueldad, no es nada humillante y aun así descoloca con suavidad, sin tregua ni justificación. En “Mi verdadero yo”, por ejemplo, la narradora enumera aspectos de su vida que podrían considerarse extravagantes (hay un fantasma en el desván, mandrágoras en el jardín, recetas que incluyen alas de murciélago) y los presenta con la misma naturalidad con la que otra persona contaría que ha comprado pan o que ha limpiado el baño. El tono permanece intacto mientras el contenido se vuelve cada vez más improbable. La ironía aparece justo en ese leve movimiento entre lo que se dice y cómo se dice (con una absoluta tranquilidad)


Me han gustado especialmente los textos en los que Shirley Jackon habla de la escritura, porque permiten entender mejor esa extrañeza que ella reivindicaba. Nos explica procedimientos, recuerdos, asociaciones y pequeños trucos del oficio. En “Preguntas que desearía no haber hecho nunca” nos enumera momentos incómodos provocados por torpeza o candidez social (comentarios inapropiados, respuestas inoportunas, silencios mal entendidos), pero no lo hace para justificarse ni para embellecer su torpeza. Ella se equivoca, pero con estilo. Pierde autoridad pero no dignidad. Se ríe de sí misma pero sin reírse demasiado.


La imaginación de esta autora parecía trabajar mientras fregaba platos, observaba a sus hijos, recordaba una casa o decidía que determinados detalles insignificantes merecen ser atendidos. No cabe duda de que la literatura empieza bastante antes de sentarse a escribir.


Puedo decir que leer a Shirley Jackson es lo más parecido que conozco a que te acaricien con una lija fina. Recomiendo leerla con la lavadora centrifugando de fondo y con el lavavajillas haciendo lo suyo (o lo tuyo).


Gracias, Shirley Jackson. Gracias, Paula Kufler (traductora)


©AnaBlasfuemia



viernes, 11 de septiembre de 2026

La costa de Chicago (Stuart Dybek)


“Los muertos son tan sentimentales como cualquiera”

Imaginemos una ciudad que no solo existe en el mapa, sino en la fisura entre un acorde de Chopin y el chirrido de un tren, donde las botellas de cerveza vacías se convierten en lápidas y un beso puede flotar como un espectro sobre las calles. Ese es el Chicago de Dybek en este libro de relatos que no se leen como historias, sino como recuerdos que alguien te susurra en un bar al borde de la medianoche, cuando la ciudad parece a punto de confesarte un secreto. Un Chicago que es casi una estructura gramatical.


El epígrafe del libro, tomado del poeta Antonio Machado (“De toda la memoria, solo vale el don preclaro de evocar los sueños”) establece el tono. Dybek no se limita a describir Chicago sino que lo reimagina como un espacio donde los límites entre lo real y lo soñado se desdibujan.


No es extraño (aunque en mi caso no tan frecuente) que una lectura te decepcione. Cierto que tengo paladar exigente, aunque abierto a sabores distintos, pero “La costa de Chicago” es un libro que venía precedido de buena fama en algunos círculos literarios. En fin, la decepción en la lectura no deja de ser una emoción compleja que tampoco voy a intentar desentrañar. “La costa de Chicago” ha sido como una canción fallida de jazz, con gran riqueza rítmica y estructural pero poco sorprendente en la improvisación, con notas que duelen, otras que te hacen querer bailar y otras que no percibes ni siquiera como sonido de fondo.


No es un mal libro, eh. Los relatos de Dybek tienen imágenes sensoriales muy atractivas, juega con las emociones (que parecen flotar en una niebla etérea y nostálgica), hay lirismo en su prosa, los relatos tienen un enfoque melancólico, casi cinematográfico. La materia prima de estos relatos es la memoria en un barrio étnico, con su mitología de calles, bares, voces y música. Es curioso, y me llamó la atención, que esa mitología de barrio, urbana, esté revestida en ocasiones de realismo mágico, con apariciones de lo extraño, lo fantástico, lo visionario, que en verdad tampoco descolocan mucho, no es un realismo mágico que provoque conflicto.


Pienso que mi incomodidad con esta lectura puede venir del choque entre lo que en teoría debería atraerme (lirismo, fragmentación, atmósfera) y cómo lo concreta Dybek: un lirismo impresionista y con gran sinestesia, una fragmentación evocadora pero no arriesgada, una nostalgia que se repite y una fantasía que roza la superficie. Y a mí me interesa la prosa lírica cuando abre espacios, tensiona el sentido o roza lo poético sin impostarse. Pero Dybek es, sobre todo, atmosférico. Claro que su lenguaje tiene musicalidad y belleza de imagen, pero quizá no percibí que llegara a tocar fondo en lo existencial ni en lo emocional. 


Posiblemente también, pese a lo atractivo de la pérdida y la añoranza, no haya conseguido conectar afectivamente con el paisaje o con el trasfondo cultural (en algunos relatos he sentido que dependían demasiado de una atmósfera local que me era ajena). He sentido una falta de conexión con Chicago como paisaje emocional, un Chicago al que le faltaba intensidad ontológica, vibración con verdades detrás de cada rincón. Si tenía que sentir añoranza por un lugar que no he vivido, no ha sido el caso.


Las tramas planteadas son variaciones de temas conocidos (ningún problema con esto), pero así como en otros libros de relatos siento que éstos me invitan a completarlos con mi propia imaginación, en este caso en la mayoría (si bien no en todos) me quedaba con pocas ganas de completar nada.


Así que esta lectura ha sido una relación amorosa fallida. No supimos encontrarnos y terminamos mirándonos de lejos, cada cual refugiado en nostalgias distintas aunque con un lenguaje común. Tal vez fue un fracaso de afinidad o de momentos, pero no conseguí cruzar el puente que me llevara hasta su costa.


Tal vez el calor tenga mi imaginación achicharrada y por eso sólo oía un canto de grillos en mi cabeza.


Gracias, Stuart Dybek. Gracias, José Luis Amores


©AnaBlasfuemia

jueves, 19 de marzo de 2026

Las horas (Michael Cunningham)


“A pesar de todo, desesperadamente, queremos vivir”

He releído “Las horas” con la relectura de “La señora Dalloway” todavía encendida en la memoria, todavía reciente su respiración, su modo de pasar de una conciencia a otra, de una flor a una idea de muerte, del ruido de la ciudad a esa intimidad extraña en la que el pensamiento no se ordena para decirse, sino que pasa, roza, vuelve, insiste, se enreda con el aire del día y con la historia secreta de quien lo atraviesa. Y, ya de paso, he vuelto también a la película de “Las horas”.


Regresar a Michael Cunningham después de Virginia Woolf ha cambiado la luz del libro. Esta vez podía ver mejor sus hilos, sus lealtades, sus desvíos, lo que recoge, lo que transforma, lo que apenas toca y lo que rehúsa repetir, porque homenajear no consiste en ponerse la ropa del otro y salir a escena con ella. Lo que creció no fue solo la admiración, sino la nitidez: la sensación de que el libro dejaba ver mejor su armazón íntimo, su forma de conversar con Woolf sin dejarse absorber por ella.


Cunningham no es Woolf (ni pretende serlo), su prosa es más nítida, más explícita, más terrenal en su forma de narrar, más dispuesta a mostrar la estructura que la sostiene. Y, sin embargo, eso no empequeñece su escritura ni su apuesta. Lo que hace es seguir hablando con ella desde otro siglo, otras mujeres y otras formas de desajuste. Desde otra herida que, en el fondo, no deja de ser la misma.


En algunos pasajes se percibe muy bien hasta qué punto ha escuchado a Woolf y su cadencia. Se nota en algunas transiciones entre lo exterior y lo interior, en ciertas imágenes que cargan de peso una percepción mínima, en ese modo de conceder a los actos corrientes una densidad casi insoportable. Porque si algo comparten ambos libros es la convicción de que en unas pocas horas puede concentrarse una vida entera y que no hace falta ningún acontecimiento desmesurado para que el suelo íntimo se resquebraje.


Por eso “Las horas” no se sostiene solo en su arquitectura de tres mujeres y tres tiempos, aunque esa organización sea admirable. Se sostiene en cómo hace oscilar, de una vida a otra, una misma incomodidad. Virginia Woolf, en 1923, escribiendo bajo presión “La señora Dalloway”, luchando con su fragilidad mental, con la vigilancia amorosa y angustiada de Leonard. Laura Brown, en 1949, ama de casa embarazada, madre, lectora de Woolf, instalada en una vida que debería bastarle y que, sin embargo, se le vuelve ajena como si hubiese entrado por error en una habitación donde todo está en su sitio menos ella. Clarissa Vaughan, a finales del siglo XX, organizando una fiesta para Richard, moviéndose por Nueva York con una libertad que las otras no tuvieron, pero atada también a una forma de identidad hecha de cuidado, de organización, de sostén, de atención a la vida de los otros mientras la propia se le va llenando de memoria y de restos.


No es casual que “Las horas” sea un libro tan atento a las tareas pequeñas. Una tarta no es solo una tarta. Una fiesta no es solo una fiesta. Un ramo de flores no es solo un ramo de flores. Son tentativas de dar forma al mundo, de hacerlo habitable durante unas horas, de producir una superficie bella o al menos ordenada sobre el caos, la tristeza, la culpa o el deseo de fuga. Me gusta mucho que el libro se atreva a tratar esos gestos con la misma seriedad con la que trata la escritura, no porque las equipare de forma ingenua, sino porque entiende que componer una vida, aunque sea de manera provisional, también exige una forma de creación. No salva, no arregla nada del todo, pero a veces permite atravesar el día sin desmoronarse por completo.


Quizá por eso Laura Brown me sigue pareciendo uno de los personajes más dolorosos del libro, porque en ella se vuelve especialmente visible la distancia entre el papel y la vida interior, entre la forma correcta y el yo que no consigue asentarse dentro de ella. Sería fácil leerla como una mujer atrapada en la domesticidad y detenerse ahí, en un diagnóstico sociológico impecable y previsible. Laura es alguien a quien la literatura le abre una hendidura imposible de cerrar, alguien que lee “La señora Dalloway” y esa lectura le abre una fisura imposible de cerrar: la ficción de normalidad en la que vive pierde consistencia. Un libro puede no salvarte, no ofrecerte ninguna salida, no enseñarte siquiera qué hacer con tu vida, y aun así alterar para siempre la relación que mantienes con ella. Después de ciertas páginas ya no se habita del mismo modo tu propia casa.


Clarissa me conmueve de otra manera, más callada y cruel. En ella se concentra el duelo por lo no vivido, por lo que no fue y sin embargo sigue ocupando espacio. Richard no es solo un hombre enfermo, un poeta roto, una amistad amorosa que se prolonga en el tiempo bajo otras formas. Es también la cifra de una vida paralela, de una posibilidad que no llegó a realizarse, de una intensidad pasada que el presente no puede recuperar y de la que, sin embargo, sigue dependiendo una cierta idea de sí. Clarissa vive en el presente, pero con el presente atravesado por otra versión de su vida que no desaparece nunca. Aquí lo que duele no es solo alguien, sino  también una posibilidad de ser.


Virginia, por su parte, corre siempre el riesgo de convertirse en icono cultural, en figura prestigiosa, en imagen administrada por los demás. Cunningham esquiva bastante bien esa trampa. Su Virginia no es un emblema, sino una mujer sometida a una presión interior y exterior difícil de soportar, una mente que trabaja mientras se desgasta, que percibe con una intensidad nada glamurosa. No me interesa leer “Las horas” como un libro sobre la genialidad de Woolf, esa palabra suele traer consigo un cortejo de simplificaciones bastante groseras, sino como un libro sobre el coste de determinada sensibilidad y sobre la escritura no como lujo, sino como necesidad de forma. Woolf escribía porque necesitaba hacerlo, y esa necesidad no embellece su sufrimiento ni le da un sentido tranquilizador; simplemente lo acompaña, lo modula, le ofrece un cauce que tampoco garantiza nada.


En “Las horas” el sufrimiento mental está mezclado con la historia, con la vida doméstica, con el deseo, con el lenguaje, con la imposibilidad de  encajar en las formas disponibles. Y una siente que Cunningham entiende algo decisivo: que a veces la dificultad no consiste en no ver la realidad, sino en verla demasiado bien, en percibir con demasiada nitidez la falsedad de ciertos rituales o la insuficiencia de ciertas estructuras, la estrechez de ciertas vidas, en no poder beneficiarse del pacto colectivo que vuelve la vida más llevadera a costa de no mirar demasiado de cerca. Vivir con esa lucidez no vuelve a nadie superior, lo vuelve más vulnerable.


Tal vez “Las horas” sea un libro triste, melancólico, pero no en el sentido blando, ornamental o sentimental con el que tantas veces se usa ese adjetivo. Es triste porque sabe que vivir implica dejar atrás otras vidas posibles, porque sabe que el cuidado puede ser amor y desgaste al mismo tiempo, porque sabe que el deseo no siempre organiza una existencia, que la maternidad no garantiza sentido, que época más libre no elimina el desajuste íntimo, que la belleza doméstica puede ser una defensa contra el caos y también un modo muy elegante de no tocar el centro del desastre. Pero también es un libro lúcido, que no se limita a envolver a sus personajes en una melancolía nebulosa, sino que mira con precisión la forma concreta de sus días, de sus gestos, de sus huidas y de sus intentos de composición.


“Las horas” no vive de la sombra de Woolf, aunque la necesite; vive de la manera en que esa sombra se transforma en otra cosa al pasar por una sensibilidad distinta. El libro nombra con mucha exactitud esa experiencia tan difícil de formular según la cual una vida puede ser plenamente visible desde fuera y, al mismo tiempo, sentirse por dentro como algo apenas sostenible. Y aun así, a pesar de todo, desesperadamente, queremos vivir. Queremos vivir aunque la forma nos apriete, aunque el día se alargue, aunque la memoria pese, aunque no exista una versión ideal de nuestra historia esperándonos a la vuelta de la esquina. Queremos vivir con lo que hay, contra lo que hay, dentro de lo que hay, y a veces lo único que conseguimos es preparar una fiesta, comprar flores, escribir una frase, hacer una tarta, acompañar a alguien, atravesar la tarde. No parece mucho, pero a veces es casi todo.


Gracias, Michael Cunningham. Gracias, Jaime Zulaika (traducción)


©AnaBlasfuemia



lunes, 2 de febrero de 2026

La parábola del sembrador / La parábola de los talentos (Octavia E. Butler)

 

“Todo aquello que tocáis lo Cambiáis. Todo aquello que Cambiáis os Cambia a vosotros”


“La parábola del sembrador” asusta por visionaria. Olamina camina, anota, funda una comunidad no con dogmas sino con máximas cortas, como si intuyera que en un mundo colapsado solo puede sobrevivir lo que se transmite de forma esencial, transportable y repetible. Earthseed no nace como doctrina, sino como eco de una necesidad: hacer del cambio una divinidad porque lo demás (gobiernos, iglesias, leyes) han dejado de tener verdad.


Esa voz tiene su contrapeso: En “La parábola de los talentos”, Butler introduce una segunda escritura: la de Asha, hija de Olamina, separada de ella en la infancia y que regresa a su relato muchos años después, no como discípula sino como lectora desconfiada. La historia que Olamina dejó escrita ya no se impone como verdad, sino que pasa a ser leída, corregida, erosionada por alguien que no estuvo allí, que no creyó. Asha no hereda la fe: hereda un archivo y una ausencia.


Butler no construye una saga, deja un duelo narrativo. Lo que una planta, la otra lo interroga. No es crueldad, sino que esa es la única forma de leer cuando la herencia llega rota.


“Un nombre más un objetivo equivale a un enfoque”


Earthseed no es religión ni utopía. Es una herramienta de supervivencia inventada por una joven negra que ha perdido familia, barrio, dios, y que se niega a heredar el lenguaje que no le sirvió para salvarse. Busca un rumbo. Para eso necesita palabras nuevas, aunque aún no estén del todo vivas. Earthseed nace así, con esa mezcla de necesidad y testarudez, como si en medio del desastre aún fuera posible inventarse un sentido solo con palabras. No importa si es verdad. Importa si permite avanzar.


“El cambio es parte de la vida, de la existencia, de la sabiduría común. Pero no creo que estemos asimilando todo lo que eso significa. Ni siquiera hemos empezado a asimilarlo”


Butler no anticipa el futuro. Describe un presente que nadie quiere reconocer. Cuando en “La parábola del sembrador” aparece la sequía, el agua privatizada, los muros, las migraciones a pie, no están ahí como advertencia, sino como constatación. No escribe desde el futuro: escribe desde una intensidad del presente que los demás todavía no se permiten ver.


Por eso cuando en “La parábola de los talentos” un presidente proclama que quiere que Estados Unidos vuelva a ser grande, no es un lema profético, sino viejo. No porque Butler adivinara a Trump, sino porque lo que nombró no era nuevo ya entonces. Era más fácil de ignorar. El racismo, la nostalgia imperial, la brutalidad teológica, la conversión de la pobreza en culpa, todo eso ya estaba ahí. Ella lo puso por escrito.


“La parábola del sembrador” no propone un futuro extremo. Propone un presente apenas exagerado. Y eso es lo que incomoda: que no hay distopía, solo una forma más nítida de mirar lo que ya había empezado a suceder.


La prosa de Butler no ofrecía la distancia segura de las fábulas bien armadas. Escribía como si ya fuera demasiado tarde para pensar, como si el pensamiento tuviera que ocurrir mientras se camina, mientras se recoge a alguien herido, mientras se busca agua, mientras se decide si confiar o no en el desconocido que también huye. Eso, narrativamente, desarma. Y en términos editoriales, complica todo. No hay arquetipos ni arquitectura de ideas. Hay cuerpos, decisiones, cansancio.


Su escritura no se plegó a lo que el canon afroamericano esperaba de una autora negra: no buscaba representar ni elevar la identidad. Pero fue la primera mujer (negra) en dejar una huella propia, en el terreno aún blanco de la ciencia ficción especulativa.


No fue ella quien llegó tarde. Fuimos nosotros quienes no abrimos el libro a tiempo. Ya no podemos decir que no está. Y leerla hoy es, por fin, empezar a cambiar. 


Quien no lo sienta así no necesita una metáfora: necesita salir a la calle.


Gracias, Octavia E. Butler. Gracias, Silvia Moreno Parrado (traductora)


©AnaBlasfuemia






miércoles, 22 de octubre de 2025

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (Raymond Carver)

“…y un día se sintió al borde de una suerte de descubrimiento trascendental acerca de sí mismo. Revelación que nunca tuvo lugar”


Yo, buscadora profesional de citas en todo aquello que leo (citas a las que me agarro como si fueran un hueco en el que quedarme pensando) solo he subrayado UNA frase en este libro. ¿Cómo subrayar lo que se calla, lo que se aplaza, lo que pesa más por su ausencia que por su forma? Hay atmósferas, silencios, pausas… ¡y a ver como se subraya eso!.


No, Carver no es un escritor de frases para subrayar ni de citas brillantes. Carver es el escritor de los silencios, de lo ausente, de los gestos apenas esbozados, de las frases que se quedan flotando a medias. Y esa frase subrayada es, quizá, el resumen de todo su universo: la vida como la espera de una revelación que nunca llega, como una pregunta que nadie contesta, como algo que casi comprendemos pero no del todo, como un eco que se desvanece. Sus relatos son aquello que intuimos pero no sucede. Este libro es Carver en estado puro: la vida como un desgarro callado, la comunicación fallida, el deseo que no se cumple, la palabra o el acto que no llega.


Carver retrata a menudo a hombres grises, atrapados en una vida que no entienden; marcados por la pérdida de trabajo (o con trabajos precarios), de propósito y de poder. Son personajes que no saben estar en el mundo: han perdido su lugar, han sido expulsados de la seguridad del trabajo, de la casa, del amor. Y los muestra sin compasión, pero también sin juicio: son hombres que se quedan atrás, no porque no quieran avanzar, sino porque no saben cómo hacerlo. 


Esa mirada de Carver, sin juicio pero profundamente humana, es una de las claves que hace que sus cuentos sigan resonando con tanta fuerza. Lo que sugiere es que esta crisis de masculinidad es también una crisis social y cultural: son hijos de una época en la que el rol masculino se definía por el trabajo y el sustento económico. Y cuando ese pilar se derrumba, ¿qué queda?: nada que puedan reconocer como propio. No tienen herramientas para reconstruirse y la intimidad (frágil, exigente) también se desmorona. El desempleo es el síntoma; la soledad y la desconexión emocional, las consecuencias. El hogar deja de ser refugio y se convierte en frontera.


Las mujeres, en cambio, tienen un papel más complejo. A veces son figuras activas, que toman el timón y que, a menudo, poseen una claridad emocional que les permite reconocer las grietas en sus relaciones y en sus vidas. Pero también están las mujeres que callan, las que se resignan, las que se apartan hacia su lado de la cama o las que quieren hablar y no encuentran con quién. En Carver, las mujeres son a menudo las que cargan con el peso de lo que se silencia, las que sienten antes y mejor que algo se está rompiendo, aunque no siempre tienen el poder o los medios para cambiar su situación, pero su conciencia de la realidad les otorga una forma de resistencia casi afónica.


El estilo de Carver es inconfundible: frases cortas, como si le pesara cada palabra de más. Sus diálogos funcionan más como defensa que como intercambio: se habla, sí, pero para rodear lo esencial, no para nombrarlo. Carver escribe con un oído finísimo para las conversaciones reales, esas en las que lo que se dice parece ir por un carril distinto al de lo que se siente. Usa el minimalismo como herramienta porque no escribe para explicar: escribe para que miremos.


El último relato, que da título a la colección (“¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”), destaca respecto a los demás por su profundidad emocional y su exploración de la fragilidad humana. Sin dramatismos, pero hay una mayor introspección y una reacción emocional más evidente por parte del protagonista. De hecho parece que este relato marcó una evolución en la obra de Carver, empezando a mostrar una mayor profundidad en la caracterización y una exploración más compasiva de sus personajes. 


Carver nos lanza estos relatos como piedras en un lago: las ondas se propagan solas y reverberarán distinto en cada lector. Pueden desconcertar, pero eso es una señal inequívoca de que Carver quiso dejar ese hueco para que nos sintamos interpelados. Escribe como si la vida real fuera suficiente y bastara con mirar con atención.


Leer a Carver es un ejercicio de paciencia, de empatía, de apertura. Te obliga a completar el relato justo donde no hay palabras, sino silencios y gestos. Cada relato es como una pieza de puzzle incompleta: te pide que entres y la completes con tu propia experiencia y por eso su lectura no es cómoda ni cerrada, es un espacio abierto para sentir, para pensar, para ser parte. Carver recurre de forma constante al uso del punto de vista limitado: no nos da toda la información, solo lo que ve un personaje, lo que siente en un momento dado, y esto nos obliga a leer entre líneas, a reconstruir lo que falta, a ser lectores activos. Y eso es un arte al alcance de pocos escritores.


Gracias, Raymond Carver. Gracias, Jesús Zulaika (traductor)


©AnaBlasfuemia