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lunes, 13 de octubre de 2014

La isla (Giani Stuparich)

Título original: L'isola
Traductor: José Ángel González Sáinz
Páginas: 123
Publicación: 1942 (2008)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788495587398
Sinopsis: Un hombre enfermo pide a su hijo que abandone por unos días las montañas en las que pasa el verano y le acompañe, quizá por última vez, a la isla adriática en la que nació. El reencuentro en ese paisaje luminoso, teñido de recuerdos, resulta decisivo para ambos. Uno descubrirá lo que significa dejar descendencia; el otro afrontará el sentido de la pérdida. 


 
La editorial Minúscula poco a poco va ocupando un espacio nada minúsculo en mis estanterías. Especializada en rescatar libros pequeños en tamaño pero gigantes en contenido, joyas que pasarían desapercibidas y que envuelven en cuidadas y minúsculas ediciones.

Hace tiempo que La isla estaba en la antesala y detrás también alguien que esperaba saber cómo me llegaba esta lectura. Aunque remoloneo mucho, no olvido que en mi caótico itinerario de lecturas hay algunos libros que son ineludibles, y que contienen una silenciosa promesa de ofrecerme argumentos para que la literatura siga siendo una parte (muy) importante en mi vida.

La historia es engañosamente sencilla, con esa sencillez profunda de las grandes cosas de la vida: Un hijo y su padre, con una enfermedad en fase terminal, hacen un último viaje a una isla del mar Adriático, lugar que vio nacer al padre. En el momento en el que el hijo recibe la petición para hacer este viaje, es consciente de que su padre se está muriendo. Pero con esa consciencia que tenemos en un primer momento de este tipo de situaciones: alejando lo inmediato de la conciencia, aceptando la muerte pero rechazando la cercanía, con ese silencio recalcitrante que anestesia nuestras emociones. El sol brilla, los días son luminosos, la muerte está, pero está lejos... Y acepta, cómo no, la invitación. Al fin y al cabo, aunque ahora vive en la montaña, el Adriático fue también su mar, su refugio y su amigo.

Desde las primeras páginas somos conscientes de que en este encuentro predominará el silencio, pero también la memoria y la añoranza. Veremos cómo un hijo se dará cuenta de aquello que debe al padre pero también de lo que el padre debe al hijo. Ese padre que durante la adolescencia era un dios, un conquistador seguro, poderoso y fuerte. Un faro protector y firme que ayudó al hijo a caminar lejos de acantilados, marejadas y abismos.

Al hijo los recuerdos le devuelven un padre vigoroso y vital. Al padre, esos mismos recuerdos le devuelven un niño con mirada asustada y suplicante. Este encuentro se antoja necesario para fusionar ambos recuerdos con la situación actual, como si pasado y presente ofrecieran imágenes invertidas de ambos y fuera necesario unificarlos para afrontar lo ineludible, devolviendo a ambos la fuerza necesaria para ello.

El padre como una raíz que nutre la propia vida del hijo. Pero si la raíz se pudre ¿dejará de nutrir la propia existencia del hijo? Ahora aquel dios titánico y sólido está teñido por la resignación y la tristeza, y su frágil y cansado cuerpo sólo es sostenido por la voluntad del resistente, pese al frío en las venas, pese a ceder terreno al inevitable fin. La voluntad es clara, volver a la isla es una necesidad sentimental, al igual que hacerlo con su hijo, que le sacó de su indiferencia en las relaciones familiares. Una mirada de su hijo, siendo niño, les conectó de forma indeleble con un cordón umbilical tan invisible como inquebrantable.

Y un día se dio cuenta de que entre los ojos asustados y suplicantes de aquel niño y el fondo mismo de su alma había una corriente que ya no podía ignorar ni mucho menos cortar sin envilecer su más íntima esencia.

Un padre, un hijo, tres voces. Stuparich alterna el punto de vista del hijo con el del padre, pero añade una voz que no nos va a ser ajena: la de la propia isla, su mar y su gente.

No nos va a dulcificar nada Sutparich, la muerte es una realidad ineludible. Tampoco busca el sentimentalismo ni el dolor gratuito. No hay fraude emocional ni tampoco dramas innecesarios, sólo la más absoluta realidad, radiografiada certeramente. Por mucho que el hijo ame al padre no podrá evitar su muerte, no hay falsas esperanzas al respecto. Es ese momento, ese exacto momento en que ambos deben asumir la muerte. Es tanto el encuentro entre ambos como el encuentro con la otra cara de la vida: la muerte. Si el padre debe de asumir lo inevitable, y lo hará desde el lado de la generosidad, el hijo debe de asumir y comprender que la muerte del padre no implica su propia muerte. No es necesario aniquilar las propias emociones ni invisibilizar el propio infierno personal, aislándolo de la realidad.

Leo no sólo para encontrarme, también para vivir más. Para comprender, descifrar, resolver. No me conformo con poco porque la vida da mucho. Por eso no eludo lecturas que nos ayudan a enfrentarnos al mayor de nuestros temores, la enfermedad y la muerte. Stuparich despliega una prosa tan poética como humana condensando en pocas páginas lo que, siendo una situación dolorosa, termina por ser un canto a la propia vida. Un libro que emociona pero que lo hace desde la calma y la serenidad, y que también te prepara para nuestro inevitable destino.

Vila-Matas considera que La isla es una obra magistral y no seré yo quien lo desdiga. Una lectura exquisita.

Ahora te toca a ti