domingo, 13 de septiembre de 2026
Deja que te cuente (Shirley Jackson)
De Ana Blasfuemia
"Lo mejor de ser escritora es que puedes permitirte disfrutar hasta el infinito de la extrañeza"
Shirley Jackson tenía un humor muy particular, muy suyo. ¿Sabéis esa risa extraña que se parece mucho a un silencio incómodo? Pues esa. Porque cuando entra en modo satírico no necesitaba tirar de la exageración ni que el humor se diera importancia. Al contrario, Jackson baja el tono hasta que lo incómodo forma parte del mobiliario. Crees estar leyendo una inofensiva escena cotidiana… hasta que de pronto sientes que llevas demasiado tiempo conteniendo la respiración.
Jackson puede coger a una madre, un niño, una visita inesperada, una receta fallida, una frase pasivo-agresiva dicha con una sonrisa perfectamente amable. Mezcla todos esos elementos sin pestañear ni alterar el tono emocional. La protagonista no se indigna y continúa a lo suyo como quien sigue fregando los platos mientras se inunda la cocina. O sea, no hace nada raro. Y precisamente eso es lo raro.
Hay algo que Jackson utiliza de una forma muy precisa: la literalidad como trampa. Lo extraño no se presenta como extraño ni se acompaña de luces de alarma. Simplemente aparece como quien no quiere la cosa, como si llevara toda la vida ahí. Y no lo detectas hasta que ya está dentro. Normalmente lo inquietante está más en el modo en que pasa que en lo que pasa: no hay señales de advertencia y, aun así, algo se desajusta. Jackson no necesita señalar el momento exacto en que debemos empezar a desconfiar o a extrañarnos porque le basta con acumular pequeños desfases, detalles que no coinciden o quedan sin explicación. Y cuando quieres darte cuenta ya no hay vuelta atrás porque lo raro no aparece de pronto… ya estaba ahí desde el principio.
“Deja que te cuente” nos permite ver (y disfrutar) a Jackson manejando todos los registros, puesto que es una recopilación póstuma de relatos inéditos o dispersos, textos tempranos, ensayos, piezas de humor familiar y reflexiones sobre la escritura.
Uno de los recursos más desestabilizantes y divertidos en sus relatos es el modo en que invierte la lógica social y familiar, contemplando después las consecuencias con absoluta seriedad. En “De boca de los niños”, lo que parece una conversación trivial entre adolescentes se desliza hacia lo inquietante gracias a uno de los grandes peligros de la maternidad: que tus hijos sean unos charlatanes capaces de transmitir a terceros cualquier asunto familiar que hayan escuchado, preferiblemente el que nunca debiera de salir de casa. En “Cómo disfrutar de una discusión familiar”, un conflicto doméstico se expone como si fuera un ritual, con instrucciones y pasos, como si la familia hubiera desarrollado un reglamente interno para discutir con eficacia.
Hay una forma de ironía en Shirley Jackson que me fascina porque carece de crueldad, no es nada humillante y aun así descoloca con suavidad, sin tregua ni justificación. En “Mi verdadero yo”, por ejemplo, la narradora enumera aspectos de su vida que podrían considerarse extravagantes (hay un fantasma en el desván, mandrágoras en el jardín, recetas que incluyen alas de murciélago) y los presenta con la misma naturalidad con la que otra persona contaría que ha comprado pan o que ha limpiado el baño. El tono permanece intacto mientras el contenido se vuelve cada vez más improbable. La ironía aparece justo en ese leve movimiento entre lo que se dice y cómo se dice (con una absoluta tranquilidad)
Me han gustado especialmente los textos en los que Shirley Jackon habla de la escritura, porque permiten entender mejor esa extrañeza que ella reivindicaba. Nos explica procedimientos, recuerdos, asociaciones y pequeños trucos del oficio. En “Preguntas que desearía no haber hecho nunca” nos enumera momentos incómodos provocados por torpeza o candidez social (comentarios inapropiados, respuestas inoportunas, silencios mal entendidos), pero no lo hace para justificarse ni para embellecer su torpeza. Ella se equivoca, pero con estilo. Pierde autoridad pero no dignidad. Se ríe de sí misma pero sin reírse demasiado.
La imaginación de esta autora parecía trabajar mientras fregaba platos, observaba a sus hijos, recordaba una casa o decidía que determinados detalles insignificantes merecen ser atendidos. No cabe duda de que la literatura empieza bastante antes de sentarse a escribir.
Puedo decir que leer a Shirley Jackson es lo más parecido que conozco a que te acaricien con una lija fina. Recomiendo leerla con la lavadora centrifugando de fondo y con el lavavajillas haciendo lo suyo (o lo tuyo).
Gracias, Shirley Jackson. Gracias, Paula Kufler (traductora)
viernes, 29 de mayo de 2026
Las llanuras (Gerald Murnane)
De Ana Blasfuemia
“Cuanto más me esforzara en representar un paisaje característico […], más me perdería en los múltiples vericuetos de unas palabras tras la que no había ninguna llanura concreta”
Este libro pertenece a una estirpe extraña: la estirpe de libros que se resisten con una tenaz obstinación. Parece que no quieren ser leídos, no por cualquier lector, al menos. No es un libro que se abra, que ofrezca un punto de encuentro que convierta la lectura en experiencia compartida. Como soy terca y confiada, cuanto más se empeñaba el libro en dejarme fuera de su alcance, más intentaba yo avanzar.
Mi expectativa es legítima: he intentado encontrar algún tipo de anclaje (no me refiero a una historia convencional o una emoción clara, pero sí a algo que me permitiera cierta fluidez) pero lo que encontré son unas llanuras que no me dejaban habitarlas, una lejanía que parecía proceder de una frecuencia ligeramente desplazada de la mía.
“Las llanuras” arranca con un joven cineasta que llega a una ciudad del interior australiano para filmar la película definitiva sobre un territorio vasto, casi mítico, y aparentemente infinito. Hasta aquí, todo suena a premisa narrativa convencional. Pero Murnane no está interesado en contar una historia, sino en desmontar la idea misma de narración.
Todo parece girar en torno a hombres que observan, clasifican, discuten, archivan, teorizan; hombres que hablan de tradiciones que nadie termina de definir, que construyen sistemas para explicar un territorio que nunca acaba de entregarse. Son hombres que parecen compartir un mundo común (las llanuras), pero tampoco: cada uno parece hablar desde su propia versión, su propio vocabulario, como si las palabras mismas no fueran un territorio compartido sino un uso particular, casi privado. No hay acuerdo, no hay base común, no hay un “aquí” desde el que mirar juntos.
Murnane prioriza la percepción sobre la acción, trabaja con espacios que son más mentales que físicos y rechaza construir un mundo reconocible, tangible. No es un mundo que pueda habitar por reconocimiento (como cuando lees sobre un lugar desconocido pero narrativamente sólido), sino algo que se me resistió, por metafísico y simbólico.
El autor prescinde de nombres propios, diálogos extensos y eventos cronológicos para elaborar una prosa que opera como un paisaje en sí misma, con párrafos largos y sinuosos que imitan la extensión infinita de las llanuras. El protagonista interactúa con figuras arquetípicas en conversaciones que derivan en disquisiciones sobre el fracaso del arte para capturar lo inefable. Es un libro en el que cada imagen reverbera con significados múltiples, y te invita (por no decir que te obliga) a releer para desentrañar sus capas.
Las llanuras más que un lugar físico es un constructo mental donde cada observador impone su visión (para uno, un mar de hierba poética; para otro, una nada amenazante). Es una forma de exponer que toda representación es una traición, un espejismo que nunca abarca la totalidad. Temas como la memoria fragmentada, la rivalidad cultural entre colonos y lo autóctono, y la soledad ontológica del creador resuenan, pero filtrados por la aridez australiana.
Algunos libros cuentan historias y otros cuentan obsesiones. “Las llanuras” pertenece a la segunda categoría. Gerald Murnane escribe como quien examina un vidrio durante horas, convencido de que lo importante no es lo que se ve a través de él, sino las distorsiones, los reflejos, las sombras que se quedan atrapadas en la superficie. No es un libro convencional, sino un largo monólogo sobre la percepción, la memoria y la imposibilidad de representar un paisaje sin deformarlo.
Puede leerse como una novela de paisaje, como un ensayo disfrazado o como una parábola sobre el artista que no consigue realizar su obra. En cualquiera de esos niveles, produce la extraña impresión de que se está leyendo algo que ya se sabía, pero que nadie había formulado con esa precisión elusiva: la experiencia de mirar largamente un lugar hasta que deja de ser evidente y se convierte en un enigma. Murnane nos deja en medio de ese enigma y se retira, confiando en que el lector acepte que, a veces, el núcleo de sentido de un libro no está en el desenlace, sino en el modo en que se nos obliga a seguir mirando. Como si nos dijera que la obra perfecta es la que nunca se realiza.
Gracias, Gerald Murnane. Gracias, Carles Andreu (traducción)
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Los países (Marie Hélène Lafon)
De Ana Blasfuemia
"País abandonado, abandonado como repudiamos a alguien, como desertamos. Para hacer la propia vida”
No siempre hace falta cruzar fronteras para irse. A veces basta con alejarse lo suficiente (que siempre será insuficiente), sabiendo que hacer y vivir tu propia vida incluye también arrastrar con la ajena. En “Los países”, Lafon cuenta cómo se vive entre dos formas de estar: la que arrastras sin querer y la que elegiste sin saber. Ese desplazamiento de quien cambia de paisaje sin cambiar del todo de piel.
Los territorios vitales de Claire (la protagonista) no están del todo separados, no son parcelas rotas, ni estaciones abandonadas. Son islas, pero unidas por algo más hondo que el mar: una raíz común, una savia que pasa de una a otra sin ser vista. Lo que vivió en un lugar deja huella en el otro por eso lo rural no se borra en París: permanece en el cuerpo, en los gestos, en la forma de mirar. Las lenguas, los silencios, incluso los nombres propios, se arrastran de un país al siguiente como hilos subterráneos. Algo persiste y se transmite, como si el cuerpo entero (ese cuerpo que es también memoria) fuera el verdadero país que conecta todas las islas.
Somos países en plural, pero a veces nos replegamos en islas. No por elección, sino para sostener algo que de otro modo se disolvería. No por soberbia, sino por necesidad. Cuando la pertenencia se vuelve incierta, cuando nada encaja del todo, nos replegamos, y es en ese titubeo entre el deseo de pertenecer y el miedo a desaparecer, donde nos volvemos tierra de nadie.
Lafon reconcilia y dibuja un archipiélago íntimo donde cada espacio vibra si otro se toca. Como si las campanas no doblaran solo por alguien, sino también por lo que fuimos, lo que somos y lo que aún no dejamos de ser.
Lo que aquí se narra no es superfluo pero tiene el pálpito de lo reconocible, todo sucede a una altura que no levanta polvo ni eleva el tono. Por eso el peso lo lleva la forma y Lafon escribe como quien escudriña lo cotidiano: sin buscar lo raro, pero con una inteligencia que revela lo que suele pasar desapercibido. Su prosa no fluye, es más como un martillo que le ha cogido cariño a un clavo, pero sin ensañarse. Cada frase parece dicha con la medida justa, no busca brillar pero deja claro lo que mira. Y sabe mirar.
Claire no se transforma de golpe: se desplaza apenas, por roce y por estar allí, cediendo un poco cada día. No son los hechos los que la deforman, es la repetición del vivir: un desgaste sutil que perfila otra silueta. Sucede en silencio, sin nada que lo anuncie. Se aferra a los libros no solo por sed intelectual, sino para mantenerse impermeable y porque la sostienen en pie, la aíslan sin romperla. Funcionan como un dique contra la sensación de ser intrusa permanente.
El final del libro no cierra, sino que transmite un recorrido. Claire, su sobrino y su padre comparten un paseo por el Louvre, un lugar que para ella no es un museo sino un continente habitable: no unívoco ni solemne, sino lleno de recorridos posibles, de barrios interiores, de extravíos que no exigen mapas. Claire lo nombra así (“el continente Louvre”) porque en ese lugar puede desplazarse entre fragmentos sin pedir raíces, moverse sin fijar pertenencia, dejar que el conocimiento se construya como se camina una ciudad: paso a paso.
El padre no entiende ese continente, pero no lo rechaza ni lo desacredita. Camina por él sin interrogarlo ni descifrarlo, solo observa y dice: “Qué bonitos son esos suelos, qué bonitos” Es la forma que tiene de decir: estoy aquí, contigo, aunque no comprenda del todo dónde estoy ni cómo habitas tú este lugar. Es su forma de reconocer sin apropiarse.
Y es en esa frase final donde hay un momento compartido en el que ninguno impone su lenguaje al otro. Lo que hay es un paso dado en común sobre un suelo que, en realidad, no pertenece a ninguno de los dos. Como si el libro entero hubiese caminado hasta aquí solo para decir que a veces no hace falta fundirse, ni explicarse, ni volver atrás, sino que basta con pisar el mismo suelo durante un rato. Y eso es lo importante. Porque este libro no nos facilita coordenadas, pero deja bajo los pies algo que a veces se parece a un país.
Gracias, Marie-Hélène Lafon. Gracias, Lluis María Todó (traductor)
miércoles, 28 de junio de 2023
La muerte del adversario (Hans Keilson)
De Ana Blasfuemia
lunes, 1 de febrero de 2021
Piedras en el vientre (Jon Bauer)
De Ana Blasfuemia
domingo, 24 de noviembre de 2019
Escalada (Ludwig Hohl)
De Ana Blasfuemia
lunes, 15 de octubre de 2018
Verde agua (Marisa Madieri)
De Ana Blasfuemia
La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa; cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente
En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de los otros, hay algo precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible.
Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la “persuasión”, porque sé que no me espera nada más hermoso que el presente que vivo.
Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí.
lunes, 16 de julio de 2018
Siempre hemos vivido en el castillo (Shirley Jackson)
De Ana Blasfuemia
Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.
Nunca fuimos una familia muy dada a la agitación ni al movimiento.
Deseé que estuvieran todos muertos, tirados por el suelo.
No puedo evitarlo cuando veo que la gente está asustada; siempre me entran ganas de asustarla aún más.
Hoy va a venir mi caballo alado y te voy a llevar a la Luna y allí comeremos pétalos de rosa.
Me di cuenta que era la tercera vez que se tocaba el tema en un mismo día, y tres veces lo convierten en una realidad.
Decidí escoger tres palabras poderosas, tres palabras que me protegieran; mientras esas grandes palabras no se pronunciaran en voz alta no se produciría ningún cambio.
martes, 12 de mayo de 2015
Un altar para la madre (Ferdinando Camon)
De Ana Blasfuemia
Traductor: Miquel Izquierdo
Páginas: 132
Publicación: 1978 (2014)
Editorial: Minúscula
ISBN: 9788494145711
Sinopsis: «Una persona buena -afirma Ferdinando Camon en el prefacio-, por más que sea miserable, inculta, analfabeta, malhablada, vaya mal vestida y descalza, sea casi anónima, alguien a quien nadie fotografió, escuchó, ni agradeció nada, puede merecer la inmortalidad más que caudillos, banqueros, políticos, aventureros. No es la fuerza lo que salva a la humanidad, sino esa particular forma de amor que se llama "bondad". No me cabe ninguna duda de que el personaje que describo aquí se haya salvado, merezca el recuerdo y esté en la gloria. No sé cuántos personajes de la gran historia oficial, los plutócratas, los superganadores, los amos del mundo, se han salvado y merecen el recuerdo. Quizá ninguno.»
Cada libro que traigo aquí tiene su historia. No siempre la cuento, pero es así. Este libro tiene tres historias. Una, hace tiempo que sigo a Sofía en A cubierta libros y ya iba siendo hora de traer aquí algún libro de los que le he “robado” allí. Dos, tenía que haber sido una lectura conjunta con alguien que estoy (estamos) deseando leer algo a la vez. Pero mis despistes ponen inevitablemente a prueba a la buena gente y a los buenos amigos. No perdí una amistad, es evidente, porque entre otras cosas es muy sólida. Pero sí la ocasión de compartir la lectura de este hermoso relato.
La tercera historia es que en realidad no elegí yo la lectura. Una mano, digamos inocente, me fue guiando por las estanterías y libros que las habitan: izquierda, 8, izquierda, 33. Y ahí estaba el altar. Bien, después de la intensidad de Anaïs Nin parecía una lectura más sosegada, pero a la vez no alejada de aquello que me toca la fibra.
Frente a la iglesia se había formado una pequeña multitud, muchachos, mujeres y hombres de todas las edades, que se iban agrupando según el grado de parentesco o por casualidad: bastaba con que uno dijera una palabra y otro respondiera para que se hicieran compañía. Yo me encontré solo, y el último.
Así comienza, con el autor acompañando el ataúd de su madre. Y podemos pensar que nos enfrentamos a unas páginas llenas de dramatismo y dolor. Y no. Más bien estamos ante el homenaje de un hijo a su madre. Pero no sólo a ella, también a la familia, a las tradiciones, a las buenas gentes del campo, a la cultura de lo rural… A la esencia de lo que somos y que se va perdiendo según nos alejamos más y más de la tierra y lo que ella nos da mientras deambulamos como fantasmas por el asfalto, lleno de luces, móviles, ruidos, apariencia, hipocresía…
No hay fotografías de su madre. Sí de la mujer que fue antes de ser madre. Pero no de la madre. Por eso, Ferdinando la devuelve a la vida a través de las palabras, la rescata, al igual que su padre lo hace construyendo de forma casi agónica un altar para la mujer que tuvo a su lado y cuya presencia fue soslayada hasta que se transmutó en ausencia. Un altar que, como el propio autor menciona, es un puente, es una cercanía.
Hay mucha sensibilidad en este libro. No me refiero a una sensibilidad lacrimógena, impostada. No. Es una sensibilidad delicada y tierna, profunda como las raíces del ser humano.
De crío oí a un niño que le decía a su madre: “Lávame pero no me mojes”
Un hombre estaba a punto de matar a un perro y su hijo le rogó: “Mátalo pero no le hagas daño”. Hay algo aquí que debo aprender.
Un niño jugaba con otros al escondite. Cerraba los ojos y así creía que no lo veían. Ahí hay algo que debo evitar.
Uauuu… Qué párrafo más esclarecedor… Me gusta mirar así las historias que nos cuentan algunos libros y cómo las cuentan. Sin cerrar los ojos. Viendo. Exactamente igual que a las personas. La vida es más, el miedo debería de ser menos.
El caso es que yo vivía sabiendo que ella estaba, ahora debo cambiar de vida. En algún momento he pensado que temía quedar expuesto: como si la presencia de la generación anterior, la que me parió, fuera una garantía para mí y toda mi generación interpuesta, que nos esconde, la muerte no nos ve, nosotros no podemos morir todavía.
La muerte, claro, reflexiones en torno a ella. Reflexiones sin dramatismo, más bien al contrario, un acercamiento a la misma desde la conciliación. Sin temor, un acontecimiento que nos iguala a todos pero sobre todo que nos congenia con la vida, aportándole el prisma adecuado para dotarla de su auténtica valía, esa que se nos pasa desapercibida con las prisas, las rutinas, la dichosa zona de confort, los miedos, las renuncias con tal de proteger la red que nos proporcione tranquilidad…
Es una equivocación cómo nacemos, cómo bautizamos, cómo nos casamos, cómo trabajamos, cómo tenemos hijos, cómo se va al hospital, cómo se hace la guerra, cómo se muere: todo está equivocado por ese error que es la falsedad
Ferdinando Camon reescribió varias veces este relato, hasta 19. Tal vez no fuera lo suficientemente objetivo, o justo, consigo mismo y con lo que había escrito y le costó darse cuenta de que es un relato que ensambla, hermana, y sobre todo recupera la bondad natural, la sencilla, la esencial de tantas personas anónimas que son inmortales porque desde esa bondad salvan y se salvan.
Libros pequeños que contienen mucho. Qué bello es leer. Así.