“Uno envidia a esa gente, la gente que no sonríe. Los demás andamos por el mundo como idiotas, y ellos conservan la dignidad. No sonriamos nunca más”
Llevaba tiempo viendo a Jesse Ball por las redes y me llamaba la atención, pero hasta ahora no había tenido oportunidad de leerlo. Gracias a la editorial Sigilo pude satisfacer mi curiosidad con uno de sus primeros libros, publicado en 2011. La fecha me interesa porque durante la lectura pensé que algunas de las debilidades que encontraba podían pertenecer a un Ball todavía temprano y que quizá con el tiempo haya madurado en su narrativa.
Ball es también poeta y eso se nota inmediatamente. Incluso leyéndolo en la traducción de Carlos Gardini, se percibe en el ritmo de la frase, en el oído para colocar una frase ligeramente desplazada, en las frases breves, los diálogos tensos, las repeticiones medidas, los silencios que explican. La prosa es limpia, sencilla, minimalista.
Es un autor que confía mucho en la elipsis, omite antecedentes, explicaciones psicológicas, historia política, transiciones. Te entrega fragmentos y a partir de ahí tenemos que establecer relaciones. Eso da mucha agilidad a la lectura, pero también genera cierta incertidumbre y la duda sobre hasta qué punto todo lo que Ball deja fuera seguirá sosteniéndose cuando el libro necesite algo más que sugerencia.
Hay además cierta impasibilidad en el tono. Lo absurdo, lo inquietante y lo tierno aparecen tratados con la misma serenidad. Una desaparición, un acertijo o una amenaza policial pueden compartir prácticamente la misma dicción y ahí está buena parte de su rareza. Introduce, además, pequeñas formas dentro del relato (epitafios, acertijos, títeres…) que modifican la manera de contar: cada una traduce la experiencia de forma diferente, y eso genera más resonancia de la que tendría una narración más explicativa.
Ball me parece un autor fresco, diferente y ágil. Pero apareció un problema que acabó pesándome más de lo que hubiera querido: la construcción emocional de los personajes.
La relación entre William y Molly tiene ternura, pero poca aspereza, pocas zonas de desgaste. Louisa funciona mucho mejor como ausencia que como persona y el duelo queda apenas esbozado, formulado quizá con demasiada limpieza. William y Molly están escritos desde una ternura muy protegida. Ball los quiere tanto como personajes (el padre cuidador, la niña muda, esa intimidad compartida bajo amenaza) que apenas deja entrar el cansancio, la irritación, la crueldad involuntaria, la dependencia, el resentimiento o cualquier otra cosa capaz de complicar de verdad esa relación.
Tuve la impresión de que Ball confía demasiado en la delicadeza de esas relaciones, como si eso bastara para darles profundidad. Hasta había cierto tono de fábula sentimental con apariencia de profundidad que me recordó a “El principito”, no porque se parezcan ambos libros, sino por cierta manera de presentar la emoción: frases sencillas, gestos cargados de significado, cierta inocencia grave, personajes que parecen estar ahí para encarnar una idea, sentimientos muy nítidos y limpios de ambivalencias y contradicciones, personajes demasiado depurados… Hay una pureza emocional, casi infantil a veces, que terminó alejándome precisamente cuando el libro quería acercarme más a ellos.
Curiosamente, la misma economía que me resulta insuficiente con los personajes funciona mucho mejor en la parte política. Ball necesita muy poco para que sintamos cómo se mete una dictadura en la vida cotidiana y entendamos el miedo, la presión y la arbitrariedad. Unas prohibiciones, el toque de queda, las desapariciones, ciertos gestos de cautela, la clandestinidad, el miedo aprendido. No necesita explicarnos el funcionamiento del régimen para que entendamos sus efectos.
Esa parte política y social me parece bastante mejor resuelta que la emocional. Ball consigue construir mucho sin grandes digresiones y deja que sean las consecuencias del poder las que expliquen el poder. Con William, Molly y Louisa, la reducción les resta una complejidad que yo necesitaba para terminar de sentirlos como personas y no principalmente como figuras al servicio de la historia.
Por eso terminé “Toque de queda” con una impresión dividida. Me parece un libro de gran inteligencia formal, pero de menos profundidad emocional. Los epitafios, los acertijos, los títeres, la prohibición de la música, la mudez de Molly me parecen grandes aciertos: distintas maneras de organizar, traducir o hacer manejable una experiencia incomprensible, inventar reglas privadas cuando el mundo ha perdido gran parte de su sentido y se ha vuelto absurdo. Ahí Ball me conquistó, pero cuando intenta llevarme al dolor de sus personajes, me tocó menos la patata.
Y, siendo este mi primer Ball, me queda la curiosidad de saber qué hizo después con todo lo que aquí ya sabía hacer y con aquello que, al menos en este libro, todavía me parece más inmaduro.
Gracias, Jesse Ball. Gracias Carlos Gardini (traducción)

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