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domingo, 17 de agosto de 2025

A corazón abierto (Elie Wiesel)


Pertenezco a una generación que ha aprendido que, cualquiera que sea la pregunta, la indiferencia y la resignación no constituyen la respuesta

A corazón abierto” no es solo el testimonio de una vida: es un latido de gratitud que no cesa, una pregunta que no tiene respuesta pero que debe seguir formulándose. Es también un acto de amor, una plegaria cargada de dudas, un llamado urgente a no permanecer indiferentes. Wiesel escribió estas páginas después de una cirugía cardíaca de urgencia, a los 82 años, con el cuerpo frágil y el corazón literalmente abierto, pero con la voz y la memoria intactas, encendidas. Y lo que deja en estas pocas páginas es un mensaje que conmueve hasta las lágrimas: una defensa radical de la vida, de la bondad, del otro, incluso en la oscuridad más absoluta.


No negué la existencia de Dios, pero dudé de su justicia absoluta


La relación de Wiesel con Dios es uno de los ejes más profundos y conmovedores del libro. No es la fe de quien repite dogmas ni es una fe pasiva, es una fe herida, marcada por el horror y la pérdida, llena de preguntas y gritos, llena de reproches, y sin embargo, presente. Una fe que no se entrega al consuelo, sino que asume la responsabilidad. Wiesel no niega a Dios, pero lo confronta. Su fe es una batalla: no es una certeza, es una lucha. Duda, pregunta, acusa. Y esa lucha no lo aleja de Dios, sino que lo mantiene en un diálogo abierto, doloroso, profundamente humano.


Wiesel no se refugia en su dolor sino que elige abrir el corazón. Elige el amor y la gratitud. Hay un momento que me desarma, cuando su nieto de cinco años le dice: “Abu, tú sabes que te quiero; y yo sé que te duele mucho. Dime: si te quisiera más, ¿te dolería menos?" Esta frase, tan inocente, es toda la ternura del mundo condensada en una pregunta. Wiesel no responde, pero en su libro está la respuesta: sí, el amor no borra el dolor, pero lo acompaña, lo abraza, lo hace más humano.


Optar por la gratitud no significa olvidar el mal ni negar el sufrimiento. Wiesel no es ingenuo: ha vivido el Holocausto, ha perdido a su familia, ha sufrido en su propia carne el horror. Y aun así (o precisamente por eso) opta por agradecer. Agradecer por estar vivo, por tener a su mujer, a su hijo, a su nieto. Agradecer por la palabra, por la memoria, por la posibilidad de seguir contando.


Creo en el hombre a pesar de los hombres. Creo en el lenguaje, aunque haya sido maltratado, deformado y pervertido por los enemigos de la humanidad. Y sigo aferrándome a las palabras, porque nos corresponde a nosotros transformarlas en instrumentos de comprensión más que de desprecio. Tenemos que escoger si deseamos servirnos de ellas para maldecir o curar, para herir o consolar


Leer esto hoy, cuando predomina el grito, el insulto, el desprecio, la manipulación y el engaño, es un recordatorio urgente: las palabras importan. El amor importa. La bondad importa. La bondad no es instinto: es decisión ética y por eso Wiesel cree en el hombre a pesar de los hombres y cree en las palabras a pesar de su corrupción. Y elige no callar, no resignarse, porque hay urgencia por no permanecer indiferentes.


Hoy, más que nunca, debemos gritar. No podemos entregarnos a la comodidad de la indiferencia. No podemos callar ante la injusticia, la violencia, el odio. Porque callar es traicionar, resignarse es rendirse y cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad de no cerrar los ojos. Wiesel eligió y yo también quiero hacerlo: no callar, no resignarme, no ceder terreno al horror. 


Este libro es una llamada a vivir despiertos, a mirar de frente, a aferrarse a la compasión y la memoria, incluso cuando duela. Nos emplaza a una responsabilidad: importa cómo usamos nuestras palabras. Las palabras pueden ser cuchillos o ser abrazos. Podemos elegir.


Un instante antes de morir, el hombre todavía es inmortal


Mientras hay aliento, hay posibilidad. Incluso al borde de la muerte, somos más que cuerpos: somos memoria, somos palabras, somos amor. Este libro me ha emocionado, no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice: con una bondad que desarma, con una fe que no es ciega, con una ternura que es un bálsamo.


Y sobre todo, me quedo con esto: la gratitud como resistencia. La bondad como un acto revolucionario. La palabra como un instrumento de consuelo. La memoria como un deber. La vida, a pesar de todo, como una ofrenda.


Gracias, Elie Wiesel. Gracias, Mercedes Huarte Luxán (traductora)


©AnaBlasfuemia




domingo, 27 de julio de 2025

Dos vidas (Emanuele Trevi)


Las verdaderas revoluciones son transformaciones: de lo que ya sabemos, de lo que siempre hemos tenido delante. Porque solo es verdadero lo que nos pertenece, aquello de lo que venimos


No llegué a “Dos vidas” buscando a Trevi ni a Rocco. Llegué siguiendo una semilla: la de Pia Pera. Había leído “Aún no se lo he dicho a mí jardín” y quise saber más de ella, como si su jardín me llamara desde lejos. Me había conmovido su manera de mirar la muerte, no como un abismo, sino como una raíz que se hunde en la tierra.


Terminada la lectura, me siento a escribir mientras suena de fondo el Concierto para violín y orquesta en D Major, opus 61, de Beethoven. Es como si cada recuerdo de Rocco, Pia y Trevi se ordenara, se atenuara o se desbordara al compás de ese violín que no impone, pero acompaña. Mientras escribo, la música crea una cámara interior donde las palabras encuentran su tono justo, su latido.


Lo que Trevi escribe no es una biografía doble ni una elegía. Es algo más más íntimo: una forma de presencia. No reconstruye a través de la escritura, sino que da forma a lo que se desvanece. En este caso, dos voces que ya no están: la de Pia Pera y la de Rocco Carbone. Amigos, compañeros de ruta que marcaron una época de la vida de Trevi y que se han ido antes de tiempo.


Hay en “Dos vidasuna meditación íntima sobre la amistad, la escritura y el modo en que habitamos (y somos habitados por) las vidas ajenas. Trevi no pretende reconstruir el pasado, lo que hace es escucharlo, con una atención tan afinada que parece que cada frase ha sido escrita para no romper algo frágil. Porque se habla de dos fallecidos (Pia y Rocco), pero no para clausurar su memoria sino para dejarla vibrando, como una música que sigue sonando aunque no sepamos ya quién la toca.


Trevi no une a Rocco y Pia por sus semejanzas, sino que los contrapone. Pia es la reserva espiritual, la interioridad contemplativa, la que convierte la enfermedad en jardín. Rocco es la energía incandescente, el escritor de estilo puro, casi doloroso, que persigue una autenticidad sin concesiones. Y él, Trevi, se sitúa en medio, intentando comprender sin juzgar. No los convierte en figuras ejemplares: los mantiene humanos, contradictorios, hermosos en su imperfección.


Rocco Carbone irrumpe con una intensidad que no admite término medio. En su retrato hay vértigo, fuerza, una tensión perpetua entre lucidez y precipicio. Trevi no lo idealiza, sino que lo revive, lo examina, lo deja arder. Con Rocco, la relación fue eléctrica porque era brillante pero errático; culto, pero insaciable. Excesivo, contradictorio, desordenado y desarmante, Rocco era exceso y búsqueda, radicalidad, una ética feroz de la literatura. Había en él una incapacidad de fingir lo que no sentía, de negociar con lo mediocre, de tolerar el adormecimiento. Era tensión pura.


Trevi no intenta embellecerlo. Nos lo presenta con sus aristas, con su velocidad, esa mezcla de agresividad intelectual y necesidad de reconocimiento que lo hacía magnético y exasperante. Su muerte no clausura esa intensidad: la cristaliza. Pienso en lo difícil que debió de ser corregir un manuscrito póstumo sin traicionar al amigo. Convertirse, como dice Trevi, en su “prótesis”, su médium involuntario, la mano que sigue escribiendo por él. Es un acto de fidelidad extrema y  honesto: cuidar la voz de quien ya no puede defenderla.


La figura de Pia Pera irradia otro tipo de presencia. No es menos honda, pero sí más callada. La música se ha hecho más lenta ahora, el violín parece retroceder, como si respirara con la tierra. Pia es esa respiración. Su jardín, sus últimos libros, su manera de mirar la vida mientras el cuerpo se debilitaba, son una forma de resistencia sin épica. Pia se volvió jardín, no solo como metáfora, sino como modo de estar. Trevi la mira con la delicadeza de quien ha comprendido que hay verdades que solo florecen en silencio. Escribe sobre ella con una devoción que es también pudor. Hay entre ella y el mundo un acuerdo tácito: no hablar de la enfermedad, seguir cuidando lo vivo. Pia permaneció junto a su jardín hasta el final, no para aferrarse a algo, sino para entregarse con lucidez a lo que aún vivía.


Trevi admira en Pia una integridad que no necesita afirmarse. Una belleza interior que se intensifica a medida que el cuerpo declina. Encuentra en su escritura una forma de poesía que no depende del verso, sino de la mirada. Esa escritura, donde se mezclan jardinería, filosofía, dolor y ternura, es para él una cima, no por su perfección estilística, sino por su verdad. Pia nunca embellece su decadencia y Trevi, al recordarla, no la idealiza: la sigue como quien escucha una música que aún resuena, aunque el instrumento haya callado. Trevi extrae de esa forma de estar en el mundo una lección: hay maneras de desaparecer que son, también, formas de permanecer.


Y está, por supuesto, el propio Trevi. No como narrador, sino como tercera vida: la que escribe, recuerda y duda. El violín se detiene un instante, hay una pausa, luego vuelve con una nota larga, sostenida. Ahí, justo ahí, se instala Trevi. Ya ha vivido más que sus dos amigos, ya los ha perdido, ya ha intentado nombrarlos. Pero lo que queda no es certeza, es pregunta: ¿Existieron de verdad? ¿Qué queda de ellos más allá de sus nombres? ¿Y si lo que creemos recordar no es más que el eco de lo que ya no somos?


La imagen de ir dejando atrás las islas de lo que fuimos, tiene ahora para mí un murmullo distinto. Con la música aún sonando, imagino ese mar lleno de luces tenues, de sombras antiguas. No hay nostalgia, hay una aceptación grave. Para Trevi escribir no es cerrar heridas, sino mantenerlas abiertas sin que sangren, permitir que sigan latiendo. 


El largehtto va muriendo lentamente. Una nota se alarga como si no quisiera desaparecer del todo. Y en ese desvanecerse (sin solemnidad, sin ruido) se cuela también lo que este libro deja en mí. No sé si he entendido mejor a Rocco, a Pia o a Trevi, pero sí sé que, mientras escribía esto, todo seguía latiendo. Que había una música que no era solo de Beethoven. Era la música del recuerdo, de lo que persiste, de lo que ya no está y sin embargo se escribe.


La música marcó el ritmo de mi escritura de la reseña y aparece en el libro como editora emocional, un gesto que es acompañamiento íntimo del pulso narrativo compartido entre autor y memoria de amigos. El violín se apaga. La escritura también.


Gracias, Emanuel Trevi. Gracias, Juan Manuel Salmerón Arjona (traductor)


©AnaBlasfuemia



miércoles, 9 de julio de 2025

Cómo aprendi a leer (Agnès Desarthe)


Aprender a leer ha sido para mí una de las cosas más fáciles y más difíciles. Ocurrió muy rápido, en unas semanas; pero también muy lentamente, a lo largo de varios decenios


Creo que está bastante claro que no aprendemos a leer por encadenar letras, sílabas y palabras escritas. Desciframos lo que parece un enigma: una letra, otra, otra más, se agrupan en sílabas; las sílabas se rozan, se ordenan, se empujan, y al final dan frases. Traducimos signos, reconocemos sonidos, enlazamos un código visual con uno oral. Pero leer es otra cosa. Mucho más. Hay quien se pasa la vida entera sabiendo leer (y hasta presumiendo de ello) sin haber “leído” jamás. No es una acusación, pero sí una duda legítima: hay bibliotecas impecables que no han rozado nunca el nervio, pero sí la apariencia.


Desde que recuerdo (eso me lleva a los tres años, más o menos) me han fascinado las palabras. El lenguaje era un reto en todas sus formas: hablado, escrito, silenciado, cantado, distorsionado. Aprender a leer no tuvo mucho misterio; ya tonteaba con los libros bastante antes de los seis años, y de formas variadas. Pero no me bastaba: intuía que había algo más. Y tenía un mundo de libros a mano, sin que nadie me vetara lecturas tachadas de impropias o inapropiadas para mi edad. Supongo que mi padre, en esos momentos, confiaba en que la moral que me ofrecía mi familia sobreviviera a la  ofrecida por la sintaxis.


Encontrarme con este libro de Desarthe y su honestidad ha sido una delicia rara porque explica con gran discernimiento y lucidez todo el proceso de lo que representa en verdad este aprendizaje. A ella tampoco le supuso ningún esfuerzo el hecho de aprender a leer (en su acepción primigenia).


Aprendo a leer sin darme cuenta. Es tan fácil que no entiendo por qué nos animan, por qué nos felicitan. Es lógico, es sonido, es música


Pero Desarthe tiene un problema con los libros: no le gustan. Le atrae más escribir, no consigue que su imaginación (fértil, dispersa, casi intransigente) se conecte con los libros. Y ahí empieza a atisbarse el enigma que se esconde detrás de esa aversión a los libros y que está en relación directa con la identidad. Porque construir la identidad individual hasta que puede empezar a servirnos de filtro para decodificar diversas situaciones cotidianas (y no tan cotidianas), es algo laborioso y enredado.


Construir la identidad es algo en constante movimiento, así que durante la infancia y la adolescencia se nos plantean muchas situaciones para las que no tenemos (aún) herramientas para comprender ni resolver, aunque actuemos ante ellas (con lo cual también nos ayudan a construir nuestra identidad, es un bucle precioso).


Ese trayecto que va del “no me gustan los libros” a aprender a “leer” es descrito por Desarthe con una lucidez obstinada con la que me he identificado hasta las trancas. Y no menos importante: Desarthe es muy divertida, hasta el punto de hacerme reír a carcajadas. Hay que reivindicar la importancia del humor, especialmente del inteligente, que siempre es una puerta abierta, una mano cómplice.


Y hay que decirlo claro desde el principio: no es que Desarthe no leyera durante todo el tiempo que transcurrió hasta que aprendió a leer de verdad. Leía. Leía avergonzada de que no le gustaran los libros, sobre todo los que se supone que le tendrían que gustar. Leía abochornada de pensar que su imaginación desbordante fuera la causa de su incapacidad para leer… Leía a escondidas de sí misma (“como no me gusta leer nunca comento mis lecturas”)


A Desarthe le fascinan las formas y la sonoridad y teme lo ordinario. Así que, en su intento de convertirse en lectora, lee poesía (¡poesía!). Y llega a ella en el último curso de Primaria, cuando estudian a Jacques Prévert, ninguneado por la crítica como poeta menor, demagógico, un poeta “para niños”. Yo pensé en Gloria Fuertes. El mismo sambenito, el mismo desdén. Pero muchas personas llegamos a la poesía de su mano, con sus fábulas sin domesticar y su ternura subversiva. Nunca se le dará a Gloria el lugar que se merece desde siempre.


Todo lo que dice lo pienso yo también. Todo lo que yo pienso, lo escribe él


Así se siente Desarthe al leer a Prévert. La poesía le sienta bien porque le “permitía permanecer en el solipsismo” No me extiendo más, aunque podría quedarme en este libro un buen rato. Prèvert fue el primero de muchos autores (Duras, Faulkner, Camus, Bashevis Singer, Ozick…) y de unas cuantas sacudidas más que acabaron provocando el click que la llevó al punto exacto en que dejó de ser cierto que no le gustaba leer.


Pero no puedo terminar sin mencionar otra de las claves en su proceso de “curarse” de la enfermedad de que no le gustara leer: la traducción. Y me fastidia no alargarme más, porque es un tema que me interesa y me persigue. Desarthe es escritora, editora y traductora (ha traducido a Virginia Woolf, Alice Munro o Cynthia Ozick) y la última parte del libro está consagrada a ese oficio. Leí esas páginas con una mezcla de respeto, entusiasmo y admiración.


La lectora que soy dice mucho de la persona que soy (y viceversa). Ambas han crecido juntas, sin jerarquías, empujándose, corrigiéndose, mezclando herramientas para entenderme y entender qué hago yo con lo que el mundo me tira. No exagero si digo que este libro de Desarthe, al contar lo suyo, me ha ayudado (también) a darle forma a lo mío.


“…la lectura, que es al mismo tiempo el lugar de la alteridad calmada y el de la resolución, nunca concluida, del enigma que constituye para cada uno su propia historia


Gracias, Agnès Desarthe. Gracias Laura Salas (traductora)


©AnaBlasfuemia


  


jueves, 26 de junio de 2025

Horas de invierno (Mary Oliver)


El ser humano que no conoce la naturaleza, que no camina bajo las hojas como bajo su propio techo, es parcial y está herido

A veces un libro necesita pausa, tiempo calmo, no porque sea intrincado o críptico, sino porque disfrutas de cada paso que das dentro de él. Y no tienes prisa por avanzar, sino deseos de estar, de permanecer en cada página, en cada párrafo, en cada frase e incluso en cada espacio en blanco. Este es uno de esos libros. Lo terminé porque no pude evitarlo, con una sonrisa lumínica, de esas que te llenan de paz, de conciliación, de reconocimiento. Terminé reconfortada.


Horas de invierno”, de Mary Oliver, es mucho más que un conjunto de ensayos, poemas y aforismos, es una declaración de intenciones, una manera de vivir, una meditación lúcida sobre la vida, el arte, la escritura y la espiritualidad, tejida con una prosa melódica y sin estridencias. Todo en este libro es un estado del ser, un estado de ánimo: un tiempo de pausa, calma, observación y admiración. Introspección clarividente.


Sin grandes aspavientos, Oliver nos invita a detenernos, a observar y a dejarnos transformar por el mundo que nos rodea. Para ella lo ordinario es extraordinario, lo normal ya es más que notable. La vida no es una empresa limitada. En cada texto, en cada párrafo, encontramos una mirada que une y convierte lo cotidiano en revelación inesperada. No hay un abuso de la metáfora (pese a que es consciente de que tanto el relato como la vida son metáfora), pero cuando lo hace la utiliza con precisión, dejando que los hechos hablen por sí mismos y se conviertan en un símbolo.


El primer capítulo del libro (dividido en tres secciones) establece el tono de “Horas de invierno”: no se trata de habitar una casa, sino de habitar el acto de construirla, el énfasis está en el proceso y no en el resultado. Esta actitud atraviesa todo el libro, un recordatorio de que cada instante, cada pequeño esfuerzo, es valioso por sí mismo porque alberga algo incalculable: EXISTE.


En los diferentes textos Oliver muestra su capacidad para observar la naturaleza sin interferir, para dejar que el mundo natural sea tal y como es, sin imponerle una narrativa humana. Se muestra coherente y ética, incluso cuando observa la violencia inherente a la vida salvaje. Esta actitud de respeto casi reverencial hacia la vida y la naturaleza es una constante en Oliver.


Somos el destino de los demás


Hay una sección dedicada a cuatro poetas: Edgar Allan Poe, Robert Frost, Gerald Manley Hopkins y Walt Whitman. No parece una elección casual, puesto que los cuatro comparten con ella una sensibilidad hacia el misterio y la profundidad de la vida, una visión de la naturaleza como reflejo de la condición humana, una espiritualidad que se mueve entre la celebración y la melancolía y una honestidad poética que no teme la verdad, por dolorosa que sea.


Otra sección, “Interludio”, es una pausa reflexiva en la que comparte varias “lenguadinas”. Este concepto me encantó, porque diríamos que son aforismos (lo son) y que son gotas de sabiduría, joyas condensadas, pero ella los llama así, “lenguadinas”, que es “un pez pequeño, flacucho, no muy significativo pero bien hecho”. ¿Se puede ser más bonita que Mary Oliver?


Tanto estas “lenguadinas” como el resto de textos de esta sección continuan siendo ventanas que nos permiten acceder a la mente de Oliver, a su permanente esfuerzo por mantener la curiosidad y la humildad, su rechazo a quedarse en lo superficial y su constante búsqueda de significado. Es una visión de la vida como espacio sagrado, donde cada instante tiene su peso.


Una puede engañarse en gran medida a sí misma, pero no puede engañar su alma. La muy sufridora


El último capítulo, que da título al libro, “Horas de invierno”, es una meditación profunda y honesta sobre la vida, la naturaleza y la escritura. Oliver no elude en ningún momento la oscuridad como una presencia en la naturaleza, en la vida, en los acontecimientos y en el alma. No se trata de una oscuridad desesperada, sino una oscuridad que invita a la introspección y a la observación. Es una oscuridad en la que hay espacio para la fe (maleable, cordial, serena y silenciosa) y la esperanza (gritona, peleona, dulce e insolente).


El verdadero corazón de esta último capítulo está en su reflexión sobre la naturaleza. Oliver rechaza verla como un mero adorno o como un recurso, la ve como una presencia sagrada, dotada de alma. Y esta visión no es una metáfora ni una mirada romántica o poética: es una creencia profunda, una convicción absoluta. La espiritualidad de Oliver en ningún momento es dogmática, sino que es una actitud ante la vida, una forma de mirar.


Hay otro concepto, clave para mí, que en cierta forma también atraviesa el libro. Me refiero a la distinción entre conocimiento y descubrimiento. Mientras que el conocimiento es sólido y acumulativo (y dice haberle fallado en ocasiones), el descubrimiento es dinámico, una chispa que surge de la observación, del asombro y el agradecimiento ante la vida. Creo que esta distinción es esencial para entender la poesía, la vida y la ética de Mary Oliver: no se trata solo de saber, sino de estar atenta, de ver, de escuchar, de sentir, tanto al mundo que nos rodea como a nosotros mismos.


Es un libro hermoso y un auténtico testamento vital. Oliver nos recuerda que cada instante puede ser un milagro si sabemos verlo/mirarlo. Lo importante es estar presente. Su prosa, al igual que su vida, está marcada por la pausa, la calma y la observación. Es una prosa aparentemente sencilla pero con cargas de profundidad que no puedes ni quieres eludir. Para Mary Oliver la vida es un regalo y en cada una de sus palabras late la gratitud de quien ha vivido con los ojos (y el alma) abiertos. Leerla sí que es un regalo.


Gracias, Mary Oliver. Gracias, Regina López Muñoz (traductora)


©AnaBlasfuemia