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sábado, 11 de julio de 2026

Las cuatro estaciones (Ana Blandiana)

Lo fantástico no se opone a lo real, es sólo su representación más llena de significados


Si comprendemos el significado de la cita anterior, entraremos de lleno en el mundo de Blandiana. “Las cuatro estaciones” es un libro de relatos fantásticos (también testimoniales) con una intensa carga simbólica, pero también con compromiso ético y político. Surrealistas, poéticos, sensoriales, son relatos en los que habita un constante realismo mágico y una creación permanente de imágenes que profundizan en el tiempo, la memoria y la opresión. 


Por mucho que el libro esté dividido en cuatro estaciones y que cada una tenga su propio catálogo de escenas imborrables, hay una que me ha calado: el padre inclinado sobre la estufa, arrancando las portadas de los libros, leyendo a toda prisa unas líneas antes de ofrecer las páginas al fuego como quien intenta salvar algo que ya sabe perdido. Ahora miro mi biblioteca con un ligero sentimiento de impostora, como si esas filas de lomos tranquilos no fueran del todo mías y bastara un decreto o una mudanza forzada para que acabaran convertidos en humo. Quizá por eso todas las demás imágenes (las mariposas sobre los santos, las flores obscenamente vivas, la ciudad que se derrite, el mar iluminado de noche) giran en torno a ese fuego que quema papel, memoria y cierta idea ingenua de seguridad lectora.


Hay cuatro relatos largos, uno por estación, escritos en la Rumanía comunista por una Blandiana que decidió refugiarse en lo fantástico para poder seguir diciendo algo en mitad del ruido oficial, una voz que recuerda, sueña, observa y registra escenas que la censura consideró “antisociales”. Casi parece una biografía del miedo repartida en cuatro climas distintos, cuatro maneras de convivir con una realidad que aprieta demasiado y que, para colmo, exige que finjas normalidad mientras aprieta.


Las cuatro estaciones son una cronología emocional: el invierno ya no es solo frío y recogimiento, sino un interior invadido por un fenómeno atmosférico que debería estar fuera, una liturgia que se llena de insectos y de nieve hasta volverse un espectáculo casi obsceno. La primavera no renueva nada, sino que hace brotar unas flores que esconden cabezas de niños (como si la vida insistiera en brotar de una tierra que nadie ha dejado en paz) y asienta, encima de un barrio cuadriculado, un cementerio que no pide permiso. El verano no es vacaciones, es una especie de fiebre prolongada en la que la realidad se ablanda y se vuelve ruido; el único lugar respirable está fuera del acuerdo general, en la noche, en el mar, en esa zona que ya roza el sueño o la muerte. El otoño no es melancolía de hojas, es humo de papel, es el momento en que todas las intuiciones anteriores se condensan en un acto concreto: aquí se destruye la memoria, aquí se decide qué libros pueden seguir existiendo como restos y cuáles desaparecerán del todo.


Los relatos avanzan a base de una coreografía de verbos: caminar sin rumbo para respirar un poco, desviarse hacia una iglesia, colarse en un cementerio que no debería estar allí, perderse en una ciudad sobrecalentada, entrar en un sitio donde no se espera nada especial, quedarse mirando demasiado tiempo una escena que todos los demás han aprendido a pasar por alto, regresar a casa con algo que no se puede contar, volver al mismo lugar años después para comprobar que la realidad, en apariencia, ya ha olvidado lo que allí ocurrió. La narradora duda, se corrige, sospecha de su propia percepción, intenta racionalizar lo que está viendo y, cuando no puede, hace lo único que le queda: seguir contando. Ahí, en esa obstinación por poner en palabras lo que no encaja, está toda la resistencia que le dejan.


El contexto político es importante: el libro se publicó en 1977, después de haber sido rechazado por la censura por “tendencias antisociales”; la propia autora ha explicado que estos relatos le sirvieron como forma de autodefensa frente a una realidad política violentísima, y que lo fantástico, en su caso, no era evasión sino una manera de cargar de sentido lo que alrededor se trataba de vaciar. Se nota en cómo el miedo nunca viene de un monstruo externo, sino de las estructuras más normales: una ciudad, una iglesia, un barrio de bloques, una casa familiar. Lo que resulta inquietante no es lo extraño, sino la forma en que lo extraño encaja demasiado bien en lo cotidiano, en cómo se produce un esfuerzo en domesticarlo con explicaciones tranquilizadoras.


Blandiana es una autora exigente, pero da algo que a mí me compensa: una forma de pensar la relación entre cuerpo, miedo y lenguaje que no se conforma con la metáfora fácil. Lo fantástico no es otra cosa que la forma que adopta, en la conciencia, aquello que no sabe por dónde salir cuando la realidad estruja y duele demasiado. Y mientras existan libros así, la historia podrá seguir intentando borrarse a sí misma, pero no tendrá nunca la última palabra del todo.


Gracias, Ana Blandiana. Gracias, Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret (traducción)


©AnaBlasfuemia



miércoles, 5 de noviembre de 2025

Carta sobre el poder de la escritura (Claude-Edmonde Magny)


Nadie puede escribir si no tiene el corazón puro, es decir, si no se ha desprendido suficientemente de sí mismo


Todo empezó con un gesto sencillo y casi doméstico: un joven exiliado, Semprún, perdido entre el dolor de haber dejado atrás su país y el miedo de no saber si la escritura era un camino o una trampa, le confiesa a Magny sus dudas, sus vacilaciones, su atracción casi enfermiza por escribir y, al mismo tiempo, su desconfianza hacia esa pulsión que lo arrastraba siempre hacia la memoria y hacia la muerte.


Magny, que no era solo crítica literaria sino que también conocía de cerca la violencia, el exilio, la clandestinidad, le responde con esta carta. No es una carta complaciente, ni fácil de querer: discute, refuta, se interroga constantemente sobre la utilidad, la capacidad de incidencia, incluso la violencia de la escritura. Esta carta es un mapa difícil, árido, exigente, sobre lo que significa escribir de verdad.


Y ella le escribe para que él comprenda. Para que sepa que escribir no es un ejercicio de estilo, ni un refugio emocional, ni un adorno del alma sensible. Es un trabajo profundo, una ascesis, un despojo. Un acto que compromete no sólo el lenguaje, sino la vida entera.


Semprún, que había guardado la carta como quien guarda una brújula rota pero aún necesaria, acepta escribir un prólogo cuando la editorial Climats decide publicarla en 1993. Un prólogo en el que confiesa que durante años eligió vivir en lugar de escribir y que eligió el olvido antes que la memoria, porque sabía que escribir lo hubiera condenado a revivir el campo, la muerte, la oscuridad. Eligió el silencio como ejercicio de supervivencia. Pero nunca olvidó aquella carta. Y cuando volvió a la escritura, volvió también gracias a ella.


Para Magny escribir no es para impacientes, los que buscan consuelo o para quienes confunden habilidad con verdad. Para ella la literatura exige un trabajo de integración interior, una digestión lenta de lo vivido, una transformación del dolor en conocimiento, del caos en forma. Quien escribe sólo desde la herida abierta corre el riesgo del desbordamiento estéril y quien escribe sólo desde la cabeza cae en la aridez del artificio. Sólo quien ha hecho la travesía por el purgatorio ciego, esa zona oscura donde uno no sabe quién es ni a dónde va, puede después escribir con hondura, con verdad.


Ella opinaba que la prosa exige más que la poesía, puesto que el poema puede nacer de una chispa, de un hallazgo formal, no necesita atajos porque el poeta ya ha hecho el viaje entero. Pero la prosa arrastra consigo la experiencia humana como un lastre que no se puede disimular, no se sostiene en la pura forma. Si no está enraizada en lo humano, si no lleva en sus palabras esa masa pesada de lo vivido, lo sentido, lo sufrido, entonces no es nada.


Pone de ejemplo a Rilke, que escribe con esa naturalidad que engaña: como si su angustia hubiera fluido sola sobre el papel, como si la obra naciera sin trabajo, sin sufrimiento. Pero Magny sabe que no fue así. Que esa “facilidad” es la apariencia que queda cuando alguien ha logrado, a costa de mucho, arrancar de sí mismo el horror, sacarlo fuera, volverlo palabra. Y solo entonces, quizá, puede mirarlo sin que lo devore.


Nos advierte del peligro de la imitación (esa pendiente demasiado fácil por la que solo se deslizan quienes todavía no se conocen bien), del riesgo de escribir sin haberse despojado antes de la vanidad y de las máscaras. Escribir exige lucidez, y eso está reñido con la autocomplacencia. Quien está demasiado ocupado en admirarse a sí mismo, en sostener su imagen, en reafirmar su lugar, no puede mirar con claridad, ni el mundo ni su propia alma.


Lo que me ha gustado de Magny no es su tono solemne (porque no lo tiene), sino su mezcla rara de dureza y ternura intelectual. Escribió sabiendo que no iba a cambiar el mundo, pero que hacerlo le permitía no quedar destrozada por lo vivido. Lo que es evidente es que escribir es una forma de ponerse en riesgo, porque la literatura mide, implacablemente, el grado de realidad espiritual de quien escribe.


Por eso eso he vuelto a esta “Carta sobre el poder de la escritura”  y la he leído con la lentitud y la gratitud que exigen las cosas que duelen y equilibran a la vez. Y lo cuento aquí porque vivir es olvidar, pero escribir es recordar.


Gracias, Claude-Edmonde Magny. Gracias, Jorge Semprún (prologuista). Gracias, María Virginia Jaua (traductora)


©AnaBlasfuemia




miércoles, 9 de julio de 2025

Cómo aprendi a leer (Agnès Desarthe)


Aprender a leer ha sido para mí una de las cosas más fáciles y más difíciles. Ocurrió muy rápido, en unas semanas; pero también muy lentamente, a lo largo de varios decenios


Creo que está bastante claro que no aprendemos a leer por encadenar letras, sílabas y palabras escritas. Desciframos lo que parece un enigma: una letra, otra, otra más, se agrupan en sílabas; las sílabas se rozan, se ordenan, se empujan, y al final dan frases. Traducimos signos, reconocemos sonidos, enlazamos un código visual con uno oral. Pero leer es otra cosa. Mucho más. Hay quien se pasa la vida entera sabiendo leer (y hasta presumiendo de ello) sin haber “leído” jamás. No es una acusación, pero sí una duda legítima: hay bibliotecas impecables que no han rozado nunca el nervio, pero sí la apariencia.


Desde que recuerdo (eso me lleva a los tres años, más o menos) me han fascinado las palabras. El lenguaje era un reto en todas sus formas: hablado, escrito, silenciado, cantado, distorsionado. Aprender a leer no tuvo mucho misterio; ya tonteaba con los libros bastante antes de los seis años, y de formas variadas. Pero no me bastaba: intuía que había algo más. Y tenía un mundo de libros a mano, sin que nadie me vetara lecturas tachadas de impropias o inapropiadas para mi edad. Supongo que mi padre, en esos momentos, confiaba en que la moral que me ofrecía mi familia sobreviviera a la  ofrecida por la sintaxis.


Encontrarme con este libro de Desarthe y su honestidad ha sido una delicia rara porque explica con gran discernimiento y lucidez todo el proceso de lo que representa en verdad este aprendizaje. A ella tampoco le supuso ningún esfuerzo el hecho de aprender a leer (en su acepción primigenia).


Aprendo a leer sin darme cuenta. Es tan fácil que no entiendo por qué nos animan, por qué nos felicitan. Es lógico, es sonido, es música


Pero Desarthe tiene un problema con los libros: no le gustan. Le atrae más escribir, no consigue que su imaginación (fértil, dispersa, casi intransigente) se conecte con los libros. Y ahí empieza a atisbarse el enigma que se esconde detrás de esa aversión a los libros y que está en relación directa con la identidad. Porque construir la identidad individual hasta que puede empezar a servirnos de filtro para decodificar diversas situaciones cotidianas (y no tan cotidianas), es algo laborioso y enredado.


Construir la identidad es algo en constante movimiento, así que durante la infancia y la adolescencia se nos plantean muchas situaciones para las que no tenemos (aún) herramientas para comprender ni resolver, aunque actuemos ante ellas (con lo cual también nos ayudan a construir nuestra identidad, es un bucle precioso).


Ese trayecto que va del “no me gustan los libros” a aprender a “leer” es descrito por Desarthe con una lucidez obstinada con la que me he identificado hasta las trancas. Y no menos importante: Desarthe es muy divertida, hasta el punto de hacerme reír a carcajadas. Hay que reivindicar la importancia del humor, especialmente del inteligente, que siempre es una puerta abierta, una mano cómplice.


Y hay que decirlo claro desde el principio: no es que Desarthe no leyera durante todo el tiempo que transcurrió hasta que aprendió a leer de verdad. Leía. Leía avergonzada de que no le gustaran los libros, sobre todo los que se supone que le tendrían que gustar. Leía abochornada de pensar que su imaginación desbordante fuera la causa de su incapacidad para leer… Leía a escondidas de sí misma (“como no me gusta leer nunca comento mis lecturas”)


A Desarthe le fascinan las formas y la sonoridad y teme lo ordinario. Así que, en su intento de convertirse en lectora, lee poesía (¡poesía!). Y llega a ella en el último curso de Primaria, cuando estudian a Jacques Prévert, ninguneado por la crítica como poeta menor, demagógico, un poeta “para niños”. Yo pensé en Gloria Fuertes. El mismo sambenito, el mismo desdén. Pero muchas personas llegamos a la poesía de su mano, con sus fábulas sin domesticar y su ternura subversiva. Nunca se le dará a Gloria el lugar que se merece desde siempre.


Todo lo que dice lo pienso yo también. Todo lo que yo pienso, lo escribe él


Así se siente Desarthe al leer a Prévert. La poesía le sienta bien porque le “permitía permanecer en el solipsismo” No me extiendo más, aunque podría quedarme en este libro un buen rato. Prèvert fue el primero de muchos autores (Duras, Faulkner, Camus, Bashevis Singer, Ozick…) y de unas cuantas sacudidas más que acabaron provocando el click que la llevó al punto exacto en que dejó de ser cierto que no le gustaba leer.


Pero no puedo terminar sin mencionar otra de las claves en su proceso de “curarse” de la enfermedad de que no le gustara leer: la traducción. Y me fastidia no alargarme más, porque es un tema que me interesa y me persigue. Desarthe es escritora, editora y traductora (ha traducido a Virginia Woolf, Alice Munro o Cynthia Ozick) y la última parte del libro está consagrada a ese oficio. Leí esas páginas con una mezcla de respeto, entusiasmo y admiración.


La lectora que soy dice mucho de la persona que soy (y viceversa). Ambas han crecido juntas, sin jerarquías, empujándose, corrigiéndose, mezclando herramientas para entenderme y entender qué hago yo con lo que el mundo me tira. No exagero si digo que este libro de Desarthe, al contar lo suyo, me ha ayudado (también) a darle forma a lo mío.


“…la lectura, que es al mismo tiempo el lugar de la alteridad calmada y el de la resolución, nunca concluida, del enigma que constituye para cada uno su propia historia


Gracias, Agnès Desarthe. Gracias Laura Salas (traductora)


©AnaBlasfuemia


  


jueves, 2 de noviembre de 2023

La avería (Friedrich Dürrenmatt)

 


"Los destinos transcurren todos de igual manera"

¿Veis este libro? Su tamaño es de la palma de mi mano y fue publicado por la editorial Periférica en 2020. ¿Lo habéis visto mucho en redes sociales? He estado fuera de ellas mucho tiempo y los blogs literarios (al menos el mío) son una especie en peligro de extinción, existen casi para consumo propio. Así que no puedo afirmar que haya sido un libro ignorado, poco "cacareado" por redes, pero tengo esa sensación. Oye, que igual me equivoco, eh, y ha sido un boom y no me he enterado. Que es una realidad que yo voy a lo mío y he decidido ignorar deliberadamente cierta dinámica bookstagramer y la mayoría (que no todos) de los blogs literarios, así que me disculpo de antemano si estoy siendo inexacta.

Pero, por si acaso estoy en lo cierto, ya os lo digo: esta novela breve es una exquisitez. Y lo es porque crees que estás ante una extraña intriga judicial y te encuentras con una crítica impecable sobre la arbitrariedad de la justicia, la (doble) moral, la responsabilidad, la ética, el mal. ¿Somos tan inocentes como presumimos serlo? ¿la violencia sólo lo es si se ve? ¿si eres consciente de tu culpa vas y lo asumes? ¿eres consciente de tu culpa?

"La avería" fue publicada originalmente en 1956 pero sigue siendo de actualidad como lo son todos los temas humanos, especialmente nuestras flaquezas y debilidades. Hay cosas que nunca cambian. Hay épocas en las que esas debilidades son más flagrantes y otras en las que se imponen de forma más sibilina. Por ejemplo, la soberbia. O la banalización del mal (¿os suena?).

Dürrenmatt desarrolla "La avería" de forma inteligente e ingeniosa. La idea de la que parte es original, pero es que además luego la construye y desarrolla de forma muy amena, generando el suficiente contenido para impulsar a la reflexión. De hecho este relato apareció en distintos formatos (televisión, radio, teatro, novela) en los que apenas había variación en la trama, pero no todos tenían el mismo final.

La situación planteada parece absurda, incluso un chiste: una avería de su coche obliga al protagonista a pernoctar en un pequeño pueblo, en donde va a compartir velada con un juez, un abogado, un fiscal y un verdugo (ya retirados) que le van a proponer participar en una representación teatral en la que cada uno representa su antigua profesión. El único papel vacante es obvio, así que nuestro protagonista acepta, entre divertido y curioso, asumir ese papel: ser el acusado. Acusado ¿de qué? ¿por qué? si nuestro protagonista es (según él mismo) pura inocencia. De hecho se siente ABSOLUTAMENTE inocente. Ay, la arrogancia. Y, ay, la culpa. Así te veas a ti mismo, así sentirás (o no) la culpa. Pero la imagen que uno tiene de sí mismo no es inmutable. Ergo, el sentimiento de culpa tampoco.

"Había matado porque para él lo más natural era arrinconar a alguien, proceder con desconsideración pasase lo que pasase"

Normalizar el acoso, la desconsideración, la soberbia, pasar por encima de otros pisoteándolos... En fin, con los tiempos que corren poco más puedo decir, excepto que lean (si les apetece) esta pequeña joya que está considerada como una comedia. Lo acepto, es una comedia, mejor dicho: una parodia, y no voy a negar que las comedias tiene un humor negro que es muy eficaz para llevarnos a la reflexión y transmitirnos mensajes con notable carga de profundidad que no nos van a dejar indiferentes. Todo ello siendo además “La averíauna lectura muy entretenida y ágil.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Hiere, negra espina (Claude Louis-Combet)


La penitencia se revelaba, finalmente, mucho más pesada que el pecado mismo. Y el espíritu, que ama las congruencias, se hallaba desconcertado. Lo verídico de la ficción flaqueaba allí donde imponía, al margen de toda verdad inteligible, la realidad en todo su horror. El poema no podía salvar a su poeta

Ficción verídica o verdad ficcionada, “Hiere, negra espina” es un hermoso homenaje al amor sufriente y afligido, a las relaciones prohibidas, al poeta Georg Trakl y su hermana Gretl y a una relación incestuosa, un amor ilegal que no se juzga, sólo se expone y recrea desde el respeto y la admiración de Combet hacia Trakl.

Algunos libros piden ser leídos a la luz del atardecer, cuando el crepúsculo vespertino proyecta luces y sombras, una magia de colores saturados, iluminación imprecisa y contrastes definidos. Instantes del día que son suaves aleteos de belleza y ensoñación. Lecturas que necesitan, reclaman, una luz espléndida, única, que resplandezca y a la vez se desvanezca.

Cada día tiene su hora de belleza y justo ahí hay que leer “Hiere, negra espina, en la semiconsciencia crepuscular donde espacio y tiempo se confunden y se crea un mundo propio, no atado a lo preestablecido. En el fulgor de un espacio inexplorado, en la ambigüedad de la luz peligrosa en la que algo se desata y se dirige no se sabe si hacia algo luminoso y silvestre o hacia una trampa mortal ávida de carnaza.

No es sólo la historia de la relación entre dos hermanos, es el lenguaje con el que se habla sobre el destino fatal y compartido, como un bello juguete que adquiere una forma tenebrosa una vez que es abandonado, alejado de su objetivo y su razón de ser y que luce sin brillo en una atmosfera de caos y polvo. El irremediable encuentro con el precipicio después de alcanzar la dicha plena, de encontrarse para perderse. Esa fatiga de lo inevitable.

Que no salten las alarmas, no hay juicio moral. No hay vergüenza ni redenciones, solo un destino compartido, secreto e insensato, un devenir hacia el abismo. Y una sensibilidad exquisita en la prosa y la narración de Combet.

Se parecía como una pasión se parece a otra, con su ascensión demoníaca y su caída mortal

jueves, 20 de julio de 2023

Algunas formas de amor (Charlotte Mew)

 


Perdóneme si, habiendo encontrado una voz, hago mal uso de ella. Creo que la vida es muy larga. Si fuese más corta el heroísmo sería posible, pero es larga; sólo podemos ser mártires, y el peor martirio no es el sufrimiento, sino la aniquilación; y la muerte más profunda no es morir, sino sobrevivir a la vida

Posiblemente haya tantas formas de amor como personas. Es más, la misma persona puede amar de distintas maneras según a quien ame. El amor y sus infinitas variables. Pocas cosas hay tan universales como el amor y, sin embargo, pocas admiten tanta variedad.

El amor puede ser silencio, compasión, entrega, egoísmo, imposición, belleza, superficialidad, sexo, pasión, posesión, sufrimiento, gratitud, caos, alegría, violencia, reconocimiento, soledad, multitud… El amor puede ser insoportable y, a la inversa, puede ayudarnos a soportar. Puede ser una cosa y su contraria. Una ecuación que puede ser injusta. El amor no entiende de reglas ni normas, ni siquiera de números: puedes amar a uno o a una, a dos, a tres, a una misma, a esta, a aquel o a aquella, a todos y a nadie. A la vez, a destiempo, por orden o incluso por desorden. Y todo será amor si es verdad. Quizás esa es la única certeza: si es mentira no es amor. Todo lo demás, cabe.

Charlotte Mew nos muestra en este (muy interesante) libro de relatos algunas de las caras de amor, no todas (¿quién puede escribirlas todas?). Y lo hace con la prosa por excelencia del amor: la poética. Una prosa íntima, equilibrada y elegante para hablarnos de algunas formas de amor que atraviesan épocas y siglos porque siempre conectarán con las emociones de quien alguna vez amó.

Si algo está claro es que el amor, en cualquiera de sus múltiples formas, no es una línea recta. Diría que el amor es hasta irresponsable, además de ciego. Y que el amor, como la vida, puede oscilar entre lo breve y lo longevo pero no alcanzar lo eterno.

"Veo dos puertas; una conduce a ti y la otra más allá de ti, pero cuál es la que señala el dedo divino, eso no lo veo"

domingo, 30 de agosto de 2020

Ballena (Paul Gadenne)


Había dejado de oponer la resistencia que opone todo lo que vive; había dejado de alzarse contra el viento, de domeñar las olas y sacar provecho de esa misma resistencia

Cuando, deslumbrada y abrumada, terminé de leer esta maravilla me encontré a mí misma sosteniendo el libro como quien sostiene a un pajarillo caído en el suelo, con ambas manos en forma de cuenco remedando un nido que cobije lo roto, lo frágil… lo puro. Estuve así horas, días, aún os escribo con el libro entre las manos. No sabía dónde depositarlo, qué hacer con esta inmensidad tan quebradiza que contiene todo el universo y su inevitabilidad, toda la verdad, simple y escurridiza, toda la existencia y su sentido, toda nuestra suciedad y también nuestra belleza.

Siento que hay un latido en lo muerto, una corriente de vida en lo inerme, una advertencia que está clamando, silenciosa y coral, en lo que mantengo entre mis manos. Quiero darle un aliento, o tal vez respirar el suyo, aspirar el último suspiro de lo putrefacto, abandonarme al horror para empaparme de lo puro, descifrar los silencios de las ballenas, los códigos de las mareas, el misterio del frío. Romper, destruir, aniquilar la indiferencia. Explotar como un átomo.

Sigo con el libro entre las manos, con esta ballena que se me derrama por la comisura de los ojos, manantial de mar en la mirada.

Ya sé qué hacer con él. Os lo voy a pasar a vosotr@s, con toda la delicadeza de la que soy capaz. Y os voy a pedir que lo sostengáis con ternura y con cuidado, que no dejéis que se rompa, que no se rompa, que no se rompa…Y que luego lo paséis a otras manos que sigan resguardando y protegiendo este vidrio tan quebradizo y frágil. Pasadlo de unas manos a otras y preservar la pureza.

Y entonces podré deshacer este nudo en el corazón que se desliza de arriba hacia abajo y vuelve a ascender por la garganta, como buscando un camino del que me han expulsado. Somos cristal fino, que las lágrimas broten desde la conmoción, “con esa indolente obstinación de las cosas que se hacen sin saber”. Pero que no nos impidan cambiar el mundo.


lunes, 9 de diciembre de 2019

Muerte de un silencio (Clemence Boulouque)


A veces la realidad supera la aflicción

He leído este libro hace tiempo. No sabía qué decir de él, ni bueno ni malo. Pero ahora siento que el libro sigue vivo en mí, que me conmovió más de lo que acepté en su momento. Que su lectura fue más poderosa de lo que pensaba y que necesitaba concretarla escribiendo sobre ella. El tiempo, poniendo las cosas en su sitio. La realidad, superando la aflicción.

Hija de un juez antiterrorista en los 80 (hablamos de Francia), su padre se suicida en 1990, cuando Clemence Boulouque tenía 13 años. Decide alejarse de sus recuerdos, hasta que escribe sobre ellos para matar el silencio.

Entender el miedo, la presión, el gesto final. Rehabilitar la memoria de su padre, reinterpretar el suicidio sustituyendo la idea de abandono y la ira, por el sentimiento de comprensión. Domar el pasado sin hacer juicios, ausentar los reproches, reencontrarse con el padre, acabar con el duelo. Encontrar la paz.

Boulouque consigue conmover sin caer en dramatismos, entrar en lo íntimo encontrando las palabras que le permitan aceptar la ausencia. Más allá del duelo, hay también una mirada a un clima político frenético, al papel de los medios como generadores de opiniones torticeras, la corrupción de los gobiernos, el terrorismo, la independencia judicial… todo ello sumerge a la familia en una situación delirante de rechazos y amenazas que les impedirán vivir en un clima de normalidad.

El suicidio es una muerte silenciosa, una forma de morir condenada al ostracismo y al secreto, a la mirada hacia otro lado, con esa extraña creencia de que aquello de lo que no hablamos no existe. Pero existe y algún día brotará como un dolor oprimido que se derrama con impetuosidad y exceso de la cápsula en la que lo hemos encerrado. Clemence Boulouque decide romper ese silencio con este libro cargado de sensibilidad y exento de grandes pretensiones, para que el dolor no le estalle sin control.

No guardarme el duelo para mí. Matar el silencio. Yo, que no soporto ni el ruido ni la muerte

jueves, 26 de septiembre de 2019

Proyectos de pasado (Ana Blandiana)


La realidad no suele reparar en si la aceptamos o la rechazamos

Si algo me fascina de la literatura rumana es su refutación de la autoridad y de la realidad dictatorial a través de lo onírico y la fantasía. Censurada y perseguida por el régimen de Ceaușescu por ser hija de un “enemigo del pueblo”, Ana Blandiana recurrió a esos elementos fantasiosos y delirantes de lo imaginario para radiografiar y parodiar el totalitarismo. En los 11 relatos que componen “Proyectos del pasado” hace una crítica velada pero nitida, siempre a través de la fantasía, a un período de la historia de Rumanía.

Para Blandiana “imaginar es recordar” y es por ello que los límites entre la fantasía y lo real se desdibujan para mostrar una existencia insoportable y cruel, utilizando la imaginación para poner luz en esos pequeños agujeros negros de la realidad que nos ocultan posibles significados de lo que sucede.

Escenarios reales, personajes improbables (ángeles, fantasmas…), matices inimaginables, todo ello contribuye tanto a construir vías de escape como a mostrar la dictadura comunista de la época, eludiendo la censura y aportando belleza a lo leído (Ana Blandiana es más poeta que prosista, lo que ensalza aún más su narrativa). Maneja de forma soberbia el umbral entre lo real y la fantasía, la realidad y la magia sin trampas ni trucos.

Más allá de esos difusos límites entre realidad e irrealidad, hay un despliegue de elementos simbólicos y descriptivos, insertando también consideraciones filosóficas y críticas políticas y una geografía creativa con capacidad y valores suficientes para construir un universo que se sostiene con una coherencia que viene dada por las incorruptibles y nobles creencias e ideales de Ana Blandiana. La escritura como grito que nos ayuda a descifrar el mundo.

Todo lo que he contado hasta ahora ocurrió realmente. El resto es esperanza

martes, 20 de agosto de 2019

El vestido azul (Michèle Desbordes)


Nadie sabe lo que, en la tristeza de sus hogares y de sus habitaciones, piensan aquellos que ya no tienen nada que perder

Camille y su silla, la épica de la fidelidad y la espera, haciendo y deshaciendo recuerdos, andando y desandando caminos, el amor como un fantasma ingrávido e inalcanzable. Amar y perderse así, atenta al dolor, resignada, con la fatiga de la tristeza como una garra en las entrañas.

La hija rechazada, la amante ninguneada, la hermana traicionada. Repudiada, bella y atormentada. Amor u odio, quién sabe, agitación turbulenta de quien enloquece de exceso, de puro sentir. Exceso de amor, de creación, de vida. La conmoción de quien ama hasta la desesperación, con ebriedad, amor pirético y desasosegado. Amor escondido es amor condenado.

Amar hasta perderse y hacer de la pérdida una espera. Amor con el tiempo medido, el tictac descontando respiraciones con el abandono y el desamparo de lo que ya nunca volverá ni será, quizá nunca fue. Es tan fácil hablar y bailar cuando se desborda felicidad, tan valiente callar y esperar y esperar y esperar y callar, callar y callar cuando el dolor es tan insoportable como irreparable.

Uno la menospreció, otro calló y, quizás, bajó la mirada. Olvidar ira, olvidar reproches y solo amar y respirar, respirar para perdurar, respirar porque nada vuelve pero la esperanza no se va. Te pones un vestido azul y vas al mar. Quizás quieras dejar de respirar allí, en el húmedo azul de las olas, que el mar arrastre tu dolor y tu cansancio una vez que sueltas el lastre de las palabras. La vida como una trinchera en la que hay que concentrarse para provocar un latido. El corazón atado, el olvido por un reencuentro.

La vida es lo único que se reanuda, no se restablece, sino que vuelve a anudarse. Y Camille se repliega en sus vestidos, su silla, sus esperas, sus paseos, su confianza ciega, su amor constante, su fidelidad tozuda. Su silencio y su abismo.

Cuándo, cuándo llegará el sosiego.

©AnaBlasfuemia

lunes, 27 de mayo de 2019

Cárdeno adorno (Katharina Winkler)


A veces camino descalza y me tumbo junto a las ciruelas reventadas. Luciendo mi cárdeno adorno, yazgo entre frutos cárdenos

Cuidar a quienes nos cuidan, cuidarnos de quienes no. Pero cuidas a los corderos y vives con el enemigo. Si el honor no tiene nombre de mujer ¿quién nos cuidará si lo humano es tan escaso? Tantas mujeres cárdenas y sin palabras donde solo hay el sonido primitivo de la violencia escrita y tallada por las manos de los hombres.

Golpe, a golpe, golpe, a golpe… Y la luz al otro lado de las montañas, la posibilidad de bañarse en el rio, las letras, los números, todo está al otro lado. Lejos. Aquí, las puertas son paredes que no puedes atravesar y el miedo una piel imposible de mudar. Las fiestas son siempre ajenas y el dolor cercano No te rías, no te rías, hasta la risa le pertenece. No supliques, no anheles más golpes, no anheles caricias. Todo se arreglará. Todo se arreglará. Ponte unos vaqueros y busca la casa que te salve, tú eres la casa.

Cuánto y qué fuerte he querido que lo que leía fuera ficción, ciencia ficción, o novela histórica. Pero no. Y leo y lloro, y grito, lloro, leo. Una aldea turca donde la violencia no se cuestiona, es tan habitual como los silencios. Normalizar la cosificación y deshumanización de la mujer, la mujer como un objeto que pertenece al hombre, la mujer como esclava del hombre. La intensidad de la violencia se me hace insoportable, me obligo a no soltar, a no mirar a otro lado. Sucede. Sucede.

Golpe, a golpe, golpe, a golpe. Quiero detenerlos con una fuerza inusitada y una rabia ciclónica, detenerlos, absorberlos todos y vomitarlos en un océano. Cada golpe. Hacerlo pasado, pasado lejano, historia añeja y anticuada.

Es tan difícil lo que has hecho, Winkler, poetizar el dolor. Terminé la lectura agotada, perturbada, sacudida. Aterrada. La violencia nunca, jamás, ha de ser normal ni las mujeres ni los niños propiedad privada de nadie.