Título original: Il y a quarante ans
Traductor: Regina López
Páginas: 88
Publicación: 1936 (2012)
Editorial: Errata Naturae
Categoría: Narrativa
ISBN: 9788415217312
Sinopsis: Estamos a finales del siglo XIX, en una playa del Mar del Norte donde nacerá una pasión absoluta y singular entre Émile y Maria. Será ésta quien nos cuente, cuarenta años después, cómo fue aquel breve y fascinante amor hecho a medias de exaltación y de sumisión. Lo fugaz y lo eterno, así como lo imposible —pues ambos están casados—, marcan esta poderosa historia que nos recuerda en ocasiones a Stendhal y a Flaubert y que se anticipa a las novelas de Marguerite Duras o a las películas de Ingmar Bergman.
Epílogo de Natalia Zarco
Aviso para navegantes: Esta es una entrada… vamos a decir rara. E incluso puede que aburrida para muchos. No os sintáis obligados a seguir leyendo ni a comentar. Podéis dejarlo estar. Seguramente además será larga, no lo sé todavía porque la voy a escribir sobre la marcha. Voy a escribir para mí, quien quiera y se atreva a seguir que sepa que puede perderse en divagaciones varias.
Creo que fue en el blog de Rusta donde vi este libro por primera vez, una de las reseñas más personales que le he visto. Luego Mientras Leo me dio otra perspectiva que a la vez supuso una especie de reto para mí. Dos amigas que no tienen blogs pero tienen un buen gusto lector que agradezco y del que me aprovecho me empujaron definitivamente a esta lectura.
No dejaros engañar: este libro no es narrativa. Es poesía. No puedo leerlo ni concebirlo de otra manera. Y ya sabéis que para mí la poesía es ese espacio de la literatura donde lo íntimo y lo personal se dan la mano para llevarte a un viaje interior. Y soy viajera de varios mundos: externos e internos. Es un campo de minas plagado de metáforas que estallan en cuanto las pisas. En ese sentido introspectivo es como concibo este libro como un largo poema.
Una (preciosa) nota de los editores nos advierte al inicio: estamos ante una novela autobiográfica. Así que mi primera etapa en este viaje es conocer más de Maria Van Rysselberghe, a la que no tenía el gusto de conocer. ¿Quién es Maria Van Rysselberghe?. En la editorial Errata Naturae la describen como “una de las más fascinantes escritoras «secretas» de todos los tiempos”. Fascinante, escritora y secreta ¡¡todo junto!!. Vaya, eso sí que es provocar. Un dato más: casada con el pintor Théo van Rysselberghe, también fue una amiga muy cercana de André Gide. Pero, obviamente, no es André Gide el Hubert de esta historia, sino Émile Verhaeren. Así que tenemos que Émile es Hubert y Theo es Antoine en esta historia. Vale, ya estoy ubicada. Puedo ir a la siguiente etapa.
No va a ser un viaje fácil, desde el principio recorro esta lectura entre el desconcierto y la fascinación, reconociéndome en mis propias contradicciones. Una especie de vaivén que provoca que me dé cuenta que no estoy caminando, sino más bien navegando y de ahí ese oscilar que se debate entre la ola que acaricia y la que embate en plena ciclogénesis explosiva. En este momento de mi viaje necesito hacer un alto en el camino y preguntarme ¿quién soy yo: la que se aleja mientras observa esta historia desde la descreencia o la que se acerca viviéndola como si amar fuera tantas cosas más allá y más acá del amor?. Quizá al final de este viaje encuentre la respuesta.
Conviene en este punto informar al viajero: Maria Van Rysselberghe en esta novela autobiográfica nos cuenta, o más bien nos recuerda (40 años después), los días pasados junto a su amante (amado) Émile Verhaeren en una casa en la playa. Pero no hablamos de un amor pasional, donde los cuerpos necesitan fundirse para resolverlo, escenificarlo o hacerlo placer real y físico. Es este un amor platónico (Ya Maria nos advierte al principio: “No me decía a mí misma que lo amaba”), fogoso en sensaciones y nulo en tocamientos. Pero hablamos de recuerdos, recuerdos que la memoria siempre embellece y dulcifica, y posiblemente también magnifica.
En este punto del viaje necesito música. Elijo a Again and again, versión Noa (así, sin ninguna razón) y continúo la travesía.
Émile, perdón, quería decir Hubert es la mano sólida que mece esta relación. No sé el motivo, pero eso me incomoda. No tengo claro si lo que me llega es una María sumisa o una María embelesada, pero quiero e inquiero que aligere el paso. Que rompa ese ritmo marcado por poemas en voz alta, lecturas compartidas y paseos por el mar.
Hablábamos poco; expresábamos la alegría a través de nuestro andar, que coincidía de forma espontánea.
Me pregunto si esa es la clave: No hablar con palabras, acallar su confusa sonoridad y escuchar otros lenguajes, menos evidentes, más privados. Puede ser. Aún estoy en el camino y no tengo respuestas.
Yo atribuía todos sus gestos a una libertad suprema que nada espera a cambio, pero al mismo tiempo nacía en mí un vértigo sin misterio
Me falta la esencia, algún tipo de alimento que me permita digerir tanta voluptuosidad ajena, sobre todo que me permita descifrarla. Algo se me está escapando. Sigo:
Sentía como una explosión interna que proyectara todo alrededor con un ruido tal que ensordecía la conciencia; era una unión absoluta que franqueaba todos los límites personales. Me mantenía en un equilibrio precario. ¿De dónde sacaría fuerzas para resistir, donde hallaría la astucia que me permitiría aguantar? Lo que aguardaba, aún estaba naciendo.
Vale, esto es un parto: estoy ante el nacimiento de algo. Del amor. De un amor ¿de un amor?. ¿Por qué me sigue pareciendo Émile un manipulador y Maria una cándida? O tal vez no es amor, es la poesía, ora Baudelaire, ora Flaubert, lo que les une. O la casa en las dunas, las cuatro paredes que encierran todas esas sensaciones y que les hace reverberar y estremecerse de una forma que deja fuera al resto del mundo. Incluso a veces dejando fuera al lector.
Tengo el corazón tan lleno que apenas consigo soportarlo
En el camino observo que he llegado a una cima, ahí en lo alto quizás pueda ver con más claridad. La inmensidad de una mirada al horizonte. Quizás suspire, aliviada. Se confrontan al fin: el amor fiel y el amor infiel. Hay que decidir, de repente urge poner márgenes a lo platónico, orillas que delimiten el lugar en el que se está.
Empiezo a vislumbrar algo. Quizá alguna respuesta. Deciden ser fieles en la infidelidad. ¿Dónde están los límites? ¿Se es fiel amando a dos personas pero renunciando a una de ellas?. En este punto del viaje algo en mí se niega a aceptarlo. Me rebelo, va en mi naturaleza.
-¡Qué poderosa es la obligación de ser quien se espera que seas!
Y esta frase me empuja aún más a la rebeldía. ¿Quién quiere las ataduras de ser lo que los demás esperan? ¿por qué tanto miedo? Cuánta vida se nos lleva el miedo...
Sí, me ha gustado la lectura de este pequeño libro. Terminas de leerlo y sabes que vas a volver a la casa de las dunas, y que captaré nuevos matices, otra luz, el rescoldo de una sutileza. Reconoces (sin envidia, yo también he amado) esas sensaciones, los gestos, los silencios, las miradas… Maria Van Rysselberghe lo cuenta de una forma tan hermosa, rozando a veces la subida de azúcar, es cierto, pero me ha gustado su forma de escribir, dulce, sensitiva, íntima y precisa. Hermosa.
Algunas cosas me han disgustado, cierta complacencia, la falta de rebeldía, incluso en ocasiones una ligera prepotencia, propia de quien ama como si no hubiera un más allá. Hubert me ha caído mal, ególatra y soberbio. Manipulador (ya lo he dicho). Y Maria, hechizada, embriagada y enamorada, maniatada por sí misma y sus sentimientos. Una lectura en la que caben muchas cosas y de la que apetece conversar con calma, quizás a la luz de una chimenea o mirando el mar.
El epílogo final de Natalia Zarco enriquece el abanico emocional que nos proporciona el relato de Maria van Rysselberghe. Por cierto, muy buen trabajo de la traductora, Regina López, reconocido por los propios editores en su nota inicial. Exquisita, delicada y precisa traducción.
Y ya en el final de este viaje, que continuaré ya con las manos alejadas del teclado, puedo responder a la pregunta anterior: ¿quién soy yo: la que se aleja mientras observa esta historia desde la descreencia o la que se acerca viviéndola como si amar fuera tantas cosas más allá y más acá del amor?.
Soy las dos, la que reconoce en los gestos la complicidad de quien encuentra un igual, la que prescinde de palabras que distraen para escuchar otros compases, la que en comportamientos cotidianos puede ver múltiples lecturas y captar distintas intensidades… Pero también la que no entiende ciertas convenciones, los sometimientos al otro, el ritmo marcado, las barreras que no se tiran, las puertas que no se abren, las renuncias sometidas a convenciones… La que se niega a que el amor sea sufrimiento. Conformarse nunca debe ser un camino ni una meta.
Ella: Si amas a dos personas a la vez, traicionas a las dos.Él: Si piensas que sólo puedes amar a una persona, te traicionas a ti mismo.
Y si has llegado hasta aquí, no me has leído, me has escudriñado…
Es a ti a quien debo evocar en primer lugar, casita de la duna. Todos tus sonidos han quedado dentro de mí como el del mar en las caracolas; tu escalera de madera gemía bajo los pasos más ligeros, el viento marino hacía temblar todos tus aparejos, el molino de enfrente daba vueltas con crujidos de carruaje y, en las noches de luna, sus aspas rayaban tu blancura con amplias sombras que oscilaban. Te confundo a ti, frágil refugio vibrante como una criatura sobresaltada, conmigo misma: somos el melancólico espacio de esta historia, la historia de un breve instante, de un acorde cuya resonancia se ha prolongado a lo largo de toda una vida.
Y aquí algunos retratos de Maria realizados por su marido Théo van Rysselberghe
