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domingo, 8 de septiembre de 2019

El bar de las grandes esperanzas (J.R. Moehringer)


«A veces yo me sentía tan solo que me habría gustado que existiera una palabra más larga, más grande, para decir “solo”»
Bares, qué lugares. ¿Quién no tiene una historia de bar que contar?
“El bar de las grandes esperanzas” es una mezcla de testosterona y ternura que, sorprendentemente, consigue un cordial equilibrio que convierte al libro en una lectura bastante agradable. Muy norteamericana y varonil, eso sí, pero también hay empatía e introspección, aderezado todo ello de humor. Y alcohol, mucho alcohol.
Es un libro cariñoso con el lector, no carente de calidad (Moehringer es un narrador ameno). Un libro que hace comunidad, camaradería, que establece redes emocionales y reconcilia con esa idea de los corazones buenos y la solidaridad, en este caso masculina y etílica. No le hace justicia a la figura de la madre, eso es verdad, pero no quiero entrar en ese tipo de debate, especialmente cuando buscaba una lectura ligera, una brisa veraniega para que los días simplemente transcurran. Ya habrá tiempo y espacio para otras batallas.

Lectura entretenida en un momento en el que el cuerpo me pedía mera distracción y un poco de cariño.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Me llamo Lucy Barton (Elizabeth Strout)

Título original: My Name Is Lucy Barton
Traductora: Flora Casas
Páginas: 224
Publicación: 2016
Editorial: Duomo
Sinopsis: En una habitación de hospital en pleno centro de Manhattan, delante del iluminado edificio Chrysler, cuyo perfil se recorta al otro lado de la ventana, dos mujeres hablan sin descanso durante cinco días y cinco noches. Hace muchos años que no se ven, pero el flujo de su conversación parece capaz de detener el tiempo y silenciar el ruido ensordecedor de todo lo que no se dice. En esa habitación de hospital, durante cinco días y cinco noches, las dos mujeres son en realidad algo muy antiguo, peligroso e intenso: una madre y una hija que recuerdan lo mucho que se aman.
Por favor, mamá, cuéntame algo. Cuéntame cualquier cosa.
Necesito poner cronología a esta lectura:

1) Empiezo a leer. Pasan las páginas. Estoy desconcertada. Tenía una deuda pendiente con Strout. ¿No iba a poder saldarla? Sabía que Strout quería contarme algo, y que no lo había conseguido captar en Olive Kitteridge. Me sentía frustrada. Algo se me estaba escapando.
Por otra parte, en ocasiones y sin venir a cuento, mis padres –por lo general mi madre y por lo general en presencia de mi padre- nos pegaban impulsiva  y vigorosamente.
2) Y de repente, zas. Leo una frase. No importa cuál (no la vais a ver aquí citada). Para otras personas puede ser otra frase la que provoque el mismo efecto, para mí fue una en concreto. ¿Qué hizo esa frase en mí? Entender. Atrapar. Saber qué me estaba contando y cómo. Se me encogió el alma a la altura del estómago. A partir de ahí yo era Lucy Barton. Hasta ese momento se me estaba atragantando porque me dolía y no quería más dolor. Estaba mirando a otro lado.

3) Seguí leyendo y terminé el libro en una curiosa situación. Necesitaba un lugar que me aportara paz. Tranquilidad. Alguien que me conoce y me quiere bien me lo puso fácil: una iglesia. No soy creyente. No es ese tipo de paz la que me transmiten las iglesias. Así que ahí estoy: un pueblo, una iglesia. El libro en la mochila. Busqué los rincones de esa iglesia que me transmiten cosas, empezando por el exterior y su campanario y continuando por esos rincones interiores que de repente te ponen los pelos como escarpias y la emoción a nivel del  lacrimógeno (tan susceptible él). Cuando comienza la ceremonia y aquello se llena de gente que me mira con extrañeza a mí y mis vaqueros rotos y nada emperifollados, me salgo fuera. Estoy hablando de Lucy Barton (también).
Pero no tardé mucho en darme cuenta de una cosa: que sufrir dos veces es una pérdida de tiempo. Lo digo solamente para demostrar cuántas cosas no puede hacer la mente, por mucho empeño que ponga.
4) Hace solecito. Me siento en un banco de piedra, debajo de un árbol pero dejando que el sol me abrace. Saco el libro y lo termino. Muy tocada. Le doy las gracias a Strout. A Lucy Barton. Por el qué y por el cómo.
Pero los libros me aportaban cosas. Eso es lo importante. Hacían que no me sintiera sola. Eso es lo importante para mí.
5) Termina la ceremonia en la iglesia. Nos invitan a un aperitivo que ofrece la hermandad de noséqué. Son las fiestas del pueblo. El aperitivo parece una boda. Hay que sentarse en una de las largas mesas que hay (apretujados, y para alguien que come con la zurda esto es un problema, chocando codo con codo todo el tiempo). Nos ponen unos embutidos (qué rico el queso, el jamón…). Sopa y frituras. No sé cocinar. Desde hace tiempo eso es un problema porque ya no vivo con alguien que sepa. No como sopa desde ya ni recuerdo. Y en esto soy muy poco Mafalda (en muchas cosas soy muy ella). Me encanta la sopa. Así que me la como si fuera pobre. La disfruto con ansias, emoción y como si me la fueran a robar. Como si fuera pobre, repito (no lo soy, en ese sentido). Como si fuera Lucy Barton rebuscando comida entre los contenedores con su primo…

6) Estoy en medio de dos personas en la larga mesa. A mi izquierda, quien bien me quiere y a quien quiero bien y mucho. A mi derecha, un desconocido. Hablan entre sí. Situación: cada vez que me inclino para comer mi cucharadita de sopa, ambas personas tienen que echarse hacia atrás para seguir hablando entre ellas por detrás de mi nuca. Cuando recupero posición entre cucharada y cucharada, ellos se reclinan hacia delante para seguir conversando. El señor de mi derecha hace dos comentarios que me hacen morder la cuchara. El segundo es con el que salto, aunque fue el primero el que más me cabreó. El segundo comentario tiene que ver con que este señor cree que para entender y educar a los niños tienes que ser padre/madre. Salté como un resorte. No soy madre. Trabajo con niños. Me llevo bien con los niños. En cualquier situación en la que haya niños allí estaré yo, pasando de adultos y divirtiéndome con los niños. Siendo niña. (“Me llamo Ana Blasfuemia”). Igual fui brusca. Pero es que venía quemada con su primer comentario.
Se refería a que yo no entendía que pudiera ser amada, que fuera amable.
7) Comentario que me crujió y callé porque tenía la cuchara en la boca (y porque callamos tantas veces…): El hombre comenta orgulloso que su hija se ha ido a Madrid a empezar la universidad. Hasta aquí todo bien. Es motivo de orgullo y satisfacción. A continuación: me llama 40 veces al día (también con orgullo), porque tengo que explicarle qué tren, metro, autobús, tiene que coger para ir de un sitio a otro. A mi hijo (15 años) le pasa lo mismo: tengo que llevarle todos los días al instituto, que está a cuatro calles de casa. Pero se ha creado esa costumbre. Se acostumbran (con tono sacrificado, condescendiente y sin dejar de sonreír).

No. Alto. Perdona. Tú les acostumbras. No ellos. Tú les has creado esa necesidad. A ambos. Esa dependencia. Tú les das el pescado en lugar de enseñarles a pescar. Porque así se hacen dependientes. Y además les transmites que es porque son unos inhábiles que no son capaces de hacerlo solos.

Hay micromachismos. Muchos y constantemente. Pero hay algo igualmente dañino. O más: los micromataautoestimas. Tan sibilinos. Tan invisibles y sutiles. Tan perniciosos. Tan frecuentes. Tan tremendo. Adiós autoestima.

Pues de esto (y más) habla Me llamo Lucy Barton.

Ya lo he dicho: me interesa cómo encontramos maneras de sentirnos superiores a otra persona, a otro grupo de personas. Pasa en todas partes, y todo el tiempo. Le pongamos el nombre que le pongamos, creo que es lo más rastrero que hay en nosotros, esa necesidad de encontrar a alguien a quien rebajar.
Este libro ES su título: Me llamo Lucy Barton. Lo pronuncio en voz alta con tono de “soy yo, soy yo, soy yo (I am, I am, I am)”. Ese grito de Sylvia Plath. Ese soy yo, soy yo, soy yo, (soy Lucy Barton) que somos todos. Tú también. Y yo. Muy yo. Reivindicarse.

Lo he comentado más veces. Los libros que no son nada explícitos, que se escriben entre líneas. Que el lector tiene que poner, mover, dejarse llevar, leerse a sí mismo por dentro. Amo estas lecturas. Esos escritores que saben moverse ahí como pez en el agua. Es un arte nada fácil y muy valiente. Porque muchos lectores pueden quedarse en las líneas y no entre ellas. Y entonces no verán.

Quizás se espere que se produzca una conversación melodramática entre madre e hija. Que alguna revelación nos sea contada. Y se pensará que no se hace. Pero sí. Ahí, entre líneas, en pequeños gestos, en grandes silencios, en frases (no tan) casuales… Esas cosas (conversación tremenda e impactante entre madre e hija, drama, reconciliación, revelación familiar al descubierto…) solo pasan en los libros y en las películas. En la vida, 999 de cada 1000 veces es como Strout nos lo cuenta. Me llamo Lucy Barton no es un libro. Es la vida. Tal cual.
Así debe de ser como nos manejamos la mayoría de nosotros en el mundo, medio a sabiendas, medio sin saber, asaltados por recuerdos que no pueden ser ciertos. Pero cuando veo a los demás andando con seguridad por la calle, como si estuvieran completamente libres del terror, me doy cuenta de que no sé cómo son los demás. Hay mucho en la vida que parece pura especulación.
Es muchísimo mejor libro de lo que pueda parecer, incluso de lo que nos parece a los que ya pensamos que es muy muy muy buen libro. 
(©AnaBlasfuemia)

viernes, 4 de diciembre de 2015

Elizabeth ha desaparecido (Emma Healey)

Título original: Elizabeth is missing
Traductor: Antonio Prometeo Moya
Páginas: 320
Publicación: 2014
Editorial: Duomo
ISBN: 9788415945185
Sinopsis: Maud está convencida de que su amiga Elizabeth ha desaparecido, pero nadie le cree. Tiene setenta años y su contacto con la realidad no es el mismo de antes. Se pierde constantemente e insiste en llevar con ella una nota que le recuerda que busque a Elizabeth, más allá de que quienes la rodean le aseguran que su amiga está bien. Intentar encontrarla se convierte entonces en una obsesión, que la llevará a rememorar un hecho olvidado: la desaparición de su hermana en Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Es bonito que se metan conmigo. Elizabeth lo hace a menudo. Hace que me sienta humana. Porque significa que otra persona me considera lo bastante inteligente para aceptar una broma.
Elizabeth es importante para Maud. Es su amiga. Alguien que le hace sentirse humana e inteligente, justo cuando todo el mundo piensa que está perdiendo la chaveta. Pero Elizabeth ha desaparecido. Así lo dice una de las múltiples notas que rodean a Maud. Su memoria de papel. Porque Maud tiene Alzheimer o simplemente tiene 82 años, senilidad, y sus recuerdos se disuelven como azucarillos, especialmente los recuerdos más inmediatos.

NO es una novela de suspense, un thriller. Si buscáis eso en este libro, iréis mal encaminados. Al final lo que ha pasado con Elizabeth, o con la hermana de Maud no es lo importante, no como misterio a resolver, aunque sí como piezas fundamentales en el caótico puzle mental de Maud. Lo que sostiene esta lectura, donde reside su atractivo, es en su protagonista, Maud, que en primera persona nos irá contando su preocupación respecto a su amiga y sus recuerdos con lo sucedido con su hermana.

Emma Healey ha escrito una muy buena primera novela. Quizás las tramas de la desaparición de Elizabeth o de Suckey (la hermana de Maud) puedan flojear, aunque en verdad están construidas con bastante coherencia. Pero es que Maud se gana el corazón del lector, no sólo por su ternura, sino por cómo nos lleva de la mano por la mente de una persona senil cuya memoria le traiciona. ¿Cómo se siente alguien a quien se le olvida que ha salido a la calle, o que acaba de comer tostadas, o que tiene la despensa llena de latas de melocotón porque no recuerda haberlas comprado… u olvida a su propia hija? Porque las personas que van perdiendo la memoria no pierden su capacidad de darse cuenta de ello. Ni su capacidad de sentir.
Las palabras no me salen bien perfiladas: es irritante, pero el sonido encaja de alguna manera con la textura de mis pensamientos, que son como una masa de hacer pan.
Healey hace buen recurso del lenguaje, sin algarabía consigue profundizar en la compleja mente de Maud y nos transmite tanto su pensamiento como su comportamiento y sus sentimientos. La lógica de la conducta de una persona que se comporta de manera incomprensible, porque está senil y entonces los demás ya no intentamos comprender el porqué de ciertas conductas. Lo achacamos todo a la senilidad, creemos que la persona afectada no se da cuenta (error). Si es que las etiquetas siempre son tan limitantes…

Podría pensarse que es un libro duro, y sin embargo no lo es, porque te ayuda a comprender, porque no hay dramatismo ni tampoco se endulza nada. No empalaga. Mantiene un equilibrio muy interesante y atractivo para abordar este tema sin que te incomode ni te hagas un drama. Sin embargo no está carente (ni mucho menos) de sensibilidad (incluso de humor), y a veces notas un inevitable pellizco en el estómago.
Quiero que Helen llegue. Quiero ver su coche estacionándose, oír el reconfortante chirrido de los neumáticos sobre el asfalto, delante de la casa. No necesito nada. Sólo a ella, a mi hija.
Pero quizá haya venido ya. Y lo he olvidado. Miro la calle vacía. Las lágrimas refractan las luces y levanto una mano para limpiarme los ojos.
Es importante recordar que en todo momento es Maud la que nos cuenta lo que sucede, sus recuerdos, su preocupación por Elizabeth. Eso provoca que a veces sea repetitiva, o que no se entienda que nadie le haya dicho lo que ha sucedido con Elizabeth. Pero es que la memoria de Maud es así: olvida las cosas, y por tanto vuelve a ellas como si fuera la primera vez. Y tal vez alguien le haya dicho lo que ha pasado con Elizabeth. Pero lo ha olvidado y por tanto tampoco nosotros, los lectores, no lo sabemos. Lo que nos cuenta Maud no es fiable porque su memoria tampoco lo es. Maud es vulnerable porque su memoria la deja indefensa.

Y aunque aparentemente son personajes secundarios, está Helen, la hija de Maud, y Katy, su nieta. Delicadamente retratadas también, la paciencia de Helen, su (justificada) irritabilidad en ocasiones, su amor. Y Katy, cuya relación con su abuela está llena de simpatía, cariño y ternura, aportando momentos muy divertidos en la lectura. Tanto Helen como Katy (y la propia Maud) se me antojaron muy reales y creíbles y seguramente muchas personas en su situación se verán reflejadas en su comportamiento.

No me parece nada fácil escribir una historia desde la mente de una persona que avanza hacia la demencia senil. Sin embargo Healey consigue hacerlo con muchísima lógica, sensibilidad, e incluso con humor. Una hermosa, conmovedora y (también) divertida forma de abordar un tema que puede resultar tan doloroso. Si no te enfrentas al libro como si fuera un thriller, disfrutarás (y aprenderás) de Elizabeth ha desaparecido, y las punzadas que en ocasiones sientes se verán compensadas también por la dignidad, la simpatía (y empatía), el humor y la exquisitez con la que Healey nos habla de la ancianidad.
Es como siempre creí que sería envejecer.

jueves, 29 de mayo de 2014

Noches insomnes (Elizabeth Hardwick)

Título original: Sleepless nights
Traductora: María Alcaraz
Páginas: 128
Publicación: 1979 (2009)
Editorial: Duomo
ISBN: 9788492723171
Sinopsis: En Noches insomnes una mujer repasa su vida -la galería de personajes, los variados telones de fondo de los lugares- y elabora un cuaderno de recuerdos, reflexiones, retratos, cartas y sueños. En una vivificante fusión de hechos y ficciones, este libro lírico, endurecido y perfectamente construido, no es sólo una de las mejores obras de Elizabeth Hardwick sino una de las grandes contribuciones a la literatura estadounidense de los últimos cincuenta años.
Podéis empezar a leer el libro AQUÍ.


Junio. Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso mejor momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy.
Novela, autobiografía, ensayo, experimento literario… No se sabe muy bien, incluso después de haberlo leído, dónde ubicar esta lectura. Sí, usa su propio nombre, sí, está escrito en primera persona. Pero no es muy confesional ni muestra mucho de sí misma, aunque sí de otros. Ella misma reconoce que muchas veces la tercera persona es un disfraz de la primera persona y que mucha ficción es autobiográfica, algo que muchos lectores son capaces de percibir. Así que directamente se quita el disfraz y lo hace en primera persona.

Una lectura inusual, ante la que mis ojos tuvieron que reajustarse a lo que estaba acostumbrada últimamente. Como estoy en plan esponja, absorbo muchas cosas de mi alrededor y, por supuesto, también de lo que leo, así que he sacado mucho de este libro, exigente para el lector, con una estructura aparentemente caótica, cartas, personas, reflexiones, idas y venidas, cambios de ubicación, personas que aparecen (¡Billie Holliday!!, impresionante el lúcido retrato que hace de ella), análisis de mentes y situaciones, sátira a un país, crítica descarada, cambios temporales, tal vez algún ajuste de cuentas, compromiso… No parece haber conexiones en lo que lees, aunque claro que la hay, la conexión es la memoria y quien recuerda.

No, no es una novela. Es un ejercicio literario, un esfuerzo para el lector, incluso un esfuerzo intelectual, que aprovechas y disfrutas si lo lees más como un ensayo y con un espíritu de apreciar el arte y la creatividad. Y si aceptas que hay que entender la literatura como un universo en el que ficción y realidad no tiene, en verdad, límites ni fronteras. Entonces ahí se amplía el prisma y, con él, la mirada.

El proceso de escritura es un misterio incluso para esta inteligentísima mujer, que tiene claro que un primer escrito decepcionante, que incluso debe de ser decepcionante, es sólo el principio de algo; incluso después de varios borradores decepcionantes, seguirá siendo el principio de algo que hay que continuar. Me ha gustado ese planteamiento, que debe de ser aleccionador para quien desee escribir. Incluso como filosofía vital: insistir, persistir, continuar. Nunca abandonar, todo son principios de algo que hay que continuar.

Como digo, no es una lectura fácil, ni por estructura ni por contenido. Hardwick recrea fragmentos de su memoria, una memoria que no es muy de fiar, porque es una memoria transformada, tamizada por una mente inteligente. Como muchos escritores, es una observadora analítica y casi obsesiva de lo que le rodea, y creo que principalmente en este libro se recogen muchas reflexiones que le surgen a partir de aquello que observa. A veces cruel, pero siempre inteligente. Seguir sus pensamientos muchas veces obligaba a los míos a expandirse, algo que siempre agradezco, ensanchar mi percepción de las cosas.

Un libro que leí casi del tirón, aunque en determinados momentos lo tuve que dejar descansar y reposar, porque sentía que no podía seguir expandiendo mi mente para alcanzar lo leído, una tiene los límites que tiene... Pero me pilló en buen momento y conseguí no alternarlo con otras lecturas. Un libro para mentes inquietas que quieran exigirse a sí mismos como lectores, no es una lectura que pueda recomendar salvo por inquietud y curiosidad intelectual o creativa.
El tormento de las relaciones personales. Nada nuevo ahí, excepto el disimulo y la huida a lomos de los adjetivos. Cuán dulce verse atravesada por los puñales al final de los párrafos. Por lo demás, me gusta que las personas a las que quiero me conozcan.
(©AnaBlasfuemia)

jueves, 3 de abril de 2014

Reseñas Express (5)




El hombre que plantaba árboles (Jean Giono)

Se trata de un pequeño texto que ahora se puede encontrar ilustrado gracias a la editorial Duomo. Y digo texto porque es tremendamente corto, 62 páginas en esta edición que os comento, que es ilustrada, así que ya imaginaréis que el texto es pues la mitad más o menos. El mérito está en contar con gran sensibilidad cómo un hombre decide dedicarse a una cosa: plantar árboles. Esa será su felicidad. Cada día plantar semillas. Algo aparentemente anodino e inútil, pero sólo aparentemente, porque no es necesario que os cuente la necesidad de reforestar montes y terrenos desérticos. Y esto es lo que nos cuenta Jean Giono, el encuentro del protagonista con Elzéard Bouffier, un personaje de ficción, pero necesario en la vida real. El texto se puede encontrar fácilmente por Internet. Y fácilmente es leído. Me gustó el personaje, Elzéard Bouffier, pero me supo a poco, muy a poco. Ahora si lo concibo como un cuento, un cuento para que los adultos compartamos con los niños, entonces ahí, sí.

El librero (Régis de Sá Moreira)


Este es un libro raro. Puede ser que yo sea rara. Deberíamos haber congeniado, que entre raros debería de haber afinidad, pero no. Tenía todos los ingredientes para que conectáramos. Un librero que abre los siete días a la semana porque le angustia que un cliente busque desesperadamente un libro y se encuentre la puerta cerrada. Un librero que no vende libros basura. Un librero que cuando en sus lecturas algo le recuerda a alguno de sus hermanos arranca la hoja y se la envía (aunque duele eso de arrancarle hojas a un libro ¿no es precioso saber qué libro y qué párrafo provoca que alguien se acuerde de ti, y que ese alguien te lo envíe?). Pues no hubo forma, el libro lo terminé, pero estuve a punto de abandonar la lectura varias veces. Está escrito de forma sencilla, casi diría infantil. Pero he tenido la sensación que era un microrrelato detrás de otro protagonizados todos ellos por el librero. Y no todos los microrrelatos me convencieron.

Maus. Relato de un superviviente (Art Spiegelman)

Esto ya son palabras mayores. Que yo le dedique un comentario breve no significa que no ocupe un lugar privilegiado de mi estantería, sección joya. De hecho es una obra maestra del género y la primera novela gráfica ganadora de un Pulitzer en 1992. Una autobiografía en la que el autor nos cuenta la experiencia de sus padres durante la II Guerra Mundial. No vamos a encontrarnos nada nuevo en el aspecto de las vivencias y sufrimiento de sus padres. Todos sabemos lo que ha sido el Holocausto y aquí está reflejado desde la experiencia directa de los padres de Spiegelman. Lo novedoso está, además de convertirlo en novela gráfica, en presentarnos a los personajes como animales. Literalmente, cada raza es un animal: ratones los judíos, gatos los alemanes, cerdos los polacos no judíos… etc. Una técnica tan alegórica como contundente. Otro aspecto llamativo y valioso es que asistimos al proceso creador de la propia novela, porque se alternan tanto los recuerdos del padre de Spiegelman con los momentos en que el autor se reúne con su padre para que le facilite la información de lo que será Maus, así como la relación entre ambos. Y esto último es lo que a mí especialmente me ha gustado: la relación de Spiegelman con su padre. No porque la relación fuera precisamente buena, sino porque es una radiografía muy atinada de la relación padres-hijos, con toda su complejidad, sus matices y su influencia. Con el matiz añadido de que sus padres han sobrevivido al Holocausto. Lo dicho, obra maestra. Recomendable.

Ver a una mujer (Annemarie Schwarzenbach)

Estamos ante otro texto corto, un manuscrito de 1929 recuperado del Archivo Suizo de Literatura en 2007 y que el sobrino nieto de Annemarie recompuso como pudo (las páginas del manuscrito no estaban numeradas). El valor de este libro es notable, escrito cuando la autora tenía 21 años, nos cuenta con una osadía impropia de aquella época, el encuentro entre dos mujeres. Un encuentro fortuito pero que genera en la protagonista la pasión de quien, con sólo una mirada, es capaz de activar toda la emoción de la exaltación desbocada e intensa del amor. No es un relato al uso, es una  mirada al interior de ese momento, el momento en que la protagonista acepta su destino y su pasión por otra mujer. Una lectura curiosa que me ha permitido acercarme a esta autora atípica (desconocida para mí) y buscar más obras suyas.

Aquí (Wislawa Szymborska)

Este libro no es una joya: es directamente la joya de la corona. Sí, poesía. Maravillosa, cercana. Se me caían lagrimones leyéndolo. No, no es poesía triste, al contrario, hay poemas muy divertidos e irónicos. Todos ellos lúcidos, soberbios y grandiosos. Si se me caían las lágrimas era de la emoción, de la belleza, de la conexión, de su sensibilidad (de la mía). Por eso, porque ha sido algo tan íntimo, es porque le dedico tan poco espacio aquí a este libro tan grande y a una inmensa Wislawa Szymboska, porque me lo quedo para mí, aunque comparta con vosotros la recomendación. De Wislawa lo leo todo, porque la quiero a ella ¿quién no va a querer a Wislawa después de leerla?.

Cuando me fui de vacaciones por Navidad, os dejé un poema de Wislawa Szymborska. El poema se llama Posibilidades y podéis verlo AQUÍEntre otros poemas, escribió este sobre la memoria (con 83 años)

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidos,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo ser peor.

Quiere que viva ya sola con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
Pues sabe que para mí también sería una condena.