domingo, 16 de agosto de 2026
De la misma madera (Marion Fayolle)
De Ana Blasfuemia
“No siempre es fácil ser un peque, tener dentro de sí tantas historias, tantas personas, lograr acallarlas para inventar otra cosa pequeña y personal”
No es fácil ser un peque, no, a veces los niños son recipientes saturados de historias y personas que le preceden, unos depósitos que contienen las voces, gestos, recuerdos, también lo heredado, lo contado, lo inventado. Es difícil silenciar todas esas voces con las que ya nacemos y generar algo propio, aunque sea pequeño, que no reniegue del origen pero tampoco quede aplastado por él. De todo eso está hecho “De la misma madera”: pertenecer a una casa, a un oficio, a una estirpe… y al mismo tiempo buscar el modo de no ser únicamente la repetición de una cadena.
Empieza el libro con una casa alargada y una distribución que parece sacada de un catecismo rural: a la izquierda los jóvenes que sostienen la granja, a la derecha los viejos que ya no cruzan más que el aire, en el centro el establo como una especie de corazón que late con leche tibia, heno, estiércol y un ruido que acompasa los días. No es una metáfora, es arquitectura: en ese corredor se nace en una cama de la izquierda y se muere, cuando toque, en una cama de la derecha. Y entre ambas se atraviesa el establo como quien cruza un patio interior donde los animales ordenan la jornada. Ese plano (“trabajan, se agotan, y un día se mudan al otro lado”) condensa una lógica que elimina cualquier posibilidad de azar y basta para entender el libro: no es cuestión de cuándo, sino de que siempre sucede. El traslado de la izquierda a la derecha no es elección, es destino.
La comunidad familiar se mantiene porque el sistema de habitaciones y tareas así lo dicta y porque, en el centro, los animales obligan a levantarse, a volver, a repetir, a sostener. Ese ritmo produce una especie de dignidad que no necesita gran discurso y una forma de cuidado sin espectáculo.
Ser “de la misma madera” quiere decir compartir materia y procedencia, que la madera da carácter y que la resistencia se aprende a fuerza de faena y estaciones, pero también significa cargar con las vetas menos visibles, con esas irregularidades que guían el corte. La niña atraviesa ese espacio como una hebra tensa; corre entre un lado y otro, puentea edades, pero su cuerpo introduce una disonancia que no se explica con el repertorio de tareas. Dentro de “la misma madera” hay nudos que no se lijan con facilidad.
Capítulos cortos, frases que no buscan subrayados, escenas que entran y salen. No hay nombres propios; hay posiciones y funciones (la niña, los abuelos, el cuñado, los tíos, los jóvenes), lo cual vuelve a los personajes una especie de figuras que encarnan roles reconocibles y, al mismo tiempo, los blinda contra la curiosidad indiscreta de lo biográfico.
La prosa se construye con hábitos de dibujante (Fayolle es ilustradora): cortes nítidos, omisiones, un sentido del encuadre que omite con precisión aquello que en otro libros se explicitaría. El resultado no es un “álbum sin dibujos”, sino un texto que parece escrito sobre la sombra de imágenes ya desaparecidas, como si todavía se notara la presión del lápiz bajo el papel.
Resulta fácil leer el libro como la crónica de un mundo que se estrecha. Lo rural aquí se describe (sin embellecerlo, pero también sin degradarlo) por alguien que conoce el peso de cada objeto y las palabras justas de cada labor. La vaca que rechaza a su cría rompe una cadena que parecía natural, y ese gesto actúa como premonición de otras interrupciones menos visibles: la transmisión del oficio, el paso de una generación que quizá no se quedará a la izquierda el tiempo suficiente como para mudarse, cuando toque, a la derecha.
Hay una herida central que el libro va haciendo visible sin lamentos: el mundo rural pierde continuidad. Se sigue siendo “de la misma madera”, pero la madera ya no trabaja a diario; queda como materia identitaria y, con el tiempo, como decorado de regreso vacacional. El techo único que ordenaba nacer, trabajar y morir se transforma en techo intermitente: fines de semana, veranos, visitas. La vida de todos los días (ordeñar, reparar, madrugar) se vuelve memoria; lo que era tarea se vuelve relato.
La madera aguanta, pero el uso se extingue.
Gracias, Marion Fayolle. Gracias, Iñigo Jáuregui (traductor)
jueves, 13 de noviembre de 2025
Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest (Gonçalo M. Tavares)
De Ana Blasfuemia
“El desmoronamiento de la voluntad; qué extraño: es de lo más silencioso”
Este libro contiene tres relatos y una nota final en los que Tavares compone una interesante constelación. Las ciudades que dan título a cada sección no son simplemente escenarios: son espacios simbólicos, contornos difusos donde se desdibujan las coordenadas. Tavares escribe desde los márgenes de la historia, desde los bordes del lenguaje, desde la materia ambigua de lo que no encaja.
Aquí no hay certezas ni destinos claros, lo que hay son desplazamientos. No sólo físicos, sino también éticos, estéticos, incluso ontológicos. Los personajes son figuras desgarradas por lo real, obligadas a actuar en un mundo que ya no responde a los viejos códigos. Tavares no representa el caos: lo organiza con la precisión de quien sabe que en la fragmentación también hay lógica.
En el primer relato (que da título al libro) dos vehículos recorren la misma carretera. Uno transporta la estatua de Lenin. Otro, el cadáver de una madre. Entre ellos, una distancia simbólica inmensa: la distancia entre lo monumental y lo íntimo, entre el espectáculo de la historia y el silencio del duelo. Pero ambos se mueven en paralelo, como si Tavares quisiera forzarnos a ver que esas dos realidades (la ideológica y la humana) no se excluyen, sino que se contaminan.
Bajo la superficie de una prosa ponderada, late una emoción profunda: la del hijo que insiste en llevar a su madre muerta hasta casa, en un gesto que no puede cambiar nada, pero que se niega a ser inútil. La estatua, por su parte, es arrastrada como un peso sin sentido, como si la historia ya no tuviera convicciones, sólo inercias.
El contraste no es banal. No se trata de oponer lo bueno a lo malo, lo humano a lo político. Tavares lo plantea de forma más compleja: en un mundo donde las ideas han perdido su fuerza simbólica, sólo queda el acto (ínfimo, privado, desesperado) que afirma lo humano sin necesidad de explicarlo. La verdadera resistencia no está en oponerse al poder, sino en seguir sosteniendo lo que el poder ignora: la fragilidad, el duelo, el cuerpo.
El segundo relato (“La fotografía. Historia del vampiro de Belgrado”) introduce otro plano de descomposición: el de la mirada. Aquí el foco está en la imagen, en la fotografía como documento ambiguo y como prueba imposible. Tavares no nos da un relato de vampiros. Nos da un relato sobre la imposibilidad de mirar, sobre la impotencia de la imagen para contener la violencia que representa. El horror no es sobrenatural: es radicalmente humano. Y lo más inquietante es que esa violencia ha sido absorbida por la normalidad. La fotografía, en lugar de denunciar, encubre, también documenta, sí, pero no transforma. La imagen queda suspendida, como una prueba muda de una verdad que nadie quiere o puede asumir.
Este relato traslada el eje narrativo del cuerpo al ojo. No se trata de enterrar a los muertos, sino de enfrentarse al acto de ver. ¿Qué vemos cuando miramos? ¿Qué elige mostrar la historia? ¿Y qué queda fuera del encuadre? La respuesta de Tavares es demoledora: lo esencial casi nunca aparece en la imagen. El mal se esconde en la trivialidad, en los gestos cotidianos, en los huecos del relato.
En el tercer relato (“Episodios de la vida de Martha, Berlín”), Berlín aparece como escenario de una soledad radical, la soledad como forma de existencia. Martha, la protagonista, vive una rutina de extrañamiento y desconexión. Nada parece excesivo, ni trágico, ni delirante, pero todo es desolador. El relato está compuesto de pequeñas escenas, mínimos desplazamientos, gestos casi imperceptibles, pero en ellos se va construyendo una figura humana cercada por la repetición, por la falta de sentido, por la imposibilidad de habitar un lugar.
Este texto, el más minimalista de todos, funciona como contrapunto íntimo a los anteriores. Lo que hay una mujer sola en una ciudad demasiado grande, demasiado quieta, demasiado indiferente. Su vida no se escribe con mayúsculas, pero su obstinación es tan valiosa como la del hijo que transporta a su madre. Martha no huye ni actúa: simplemente está, y esa forma de estar (sin pertenencia, sin relato, sin recompensa) es ya, en sí misma, una forma de insumisión.
Berlín aquí es el reflejo de una Europa en la que el pasado se adhiere como el moho y el presente no ofrece refugios. Y es en ese margen donde Martha se convierte en figura universal: la de quienes habitan el mundo sin encontrar su lugar.
El epílogo final (“Notas sobre el proyecto de Las ciudades”) aclara la lógica del proyecto de Tavares. Lo que se propone es “alcanzar cierta ciencia narrativa de las ciudades” porque son el escenario donde la humanidad revela sus formas más extremas. Leídas a la luz de esta nota final, las tres historias anteriores se revelan como experimentos éticos. Bucarest, Belgrado, Berlín: tres escenarios, tres modos de enfrentarse a la disolución del sentido. Y sin embargo, en todos hay una constante: la persistencia del gesto humano. No como refugio, sino como afirmación. No para aliviar, sino como ejercicio mínimo de dignidad.
“Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest” no es un libro sobre ciudades, ni sobre política, ni siquiera sobre historia. Es un libro sobre lo que permanece cuando todo eso falla, lo que persiste cuando las estructuras simbólicas se derrumban. Tavares nos propone reconocer una forma de perseverancia.
Que no haya (o no se vea) luz al final del camino no quiere decir que no haya camino. Y hay quien lo recorre cargando a su madre muerta, transportando una estatua de Lenin, o mirando una foto que no puede olvidar, o simplemente observando Berlín como quien observa un museo. Ese es el corazón del libro. El resto es literatura.
Gracias, Gonçalo M. Tavares. Gracias, Rita da Costa (traductora)
miércoles, 14 de mayo de 2025
El librero (Roald Dahl)
De Ana Blasfuemia
“En este mundo no se trata de quién eres, mi niña. Ni siquiera se trata de a quién conoces. Lo que cuenta es lo que tienes”
No habiendo sido yo lectora de Dahl, aunque sí he visionado (y disfrutado) varias de las películas que se han adaptado de algunas de sus obras, tenía curiosidad por leer algo de este reconocido y controvertido autor. Este relato, ilustrado por Federico Delicado, titulado “El librero” me parecía buena opción, por su escueta extensión y porque me gustan las novelas gráficas.
Tal vez no haya sido la mejor decisión, también lo digo, porque si bien llego tarde para su reconocida literatura infantil y juvenil, tenía esperanza en sus cuentos para adultos. “El librero” resultó no ser la mejor elección si pretendía conocer la fantasía y la magia característica de su literatura. Sí es cierto que hay cierto humor irónico y cierta irreverencia, características que parece definían a este escritor, pero en este caso nos encontramos delante de un relato más “mundano”, más alejado de la imaginación y la fantasía. Que tampoco es que lo mundano y terrenal sea un hándicap.
Pero vamos a ubicarnos: “El librero” nos sitúa en un lugar en el que muchos lectores tenemos un trozo de corazoncito: Charing Cross Road. En una librería. Pero aunque comparte calle, no es nuestra querida librería del nº 84, es otra de las muchas que pueblan tan reconocida calle londinense.
Así pues, rápidamente nos situamos en una librería especializada en libros raros y de segunda mano. El dueño de la librería es regentada por el señor Buggage, junto con la señorita Tottle. Lo de señor y señorita son etiquetas de cortesía que les quedan grandes a ambos, como pronto el lector va a descubrir. Porque enseguida vamos a tener claro que esta librería es un tanto rara y el señor Buggage y la señorita Tottle unos libreros con los que no nos vamos a encariñar porque ambos son moralmente cuestionables. Ya hay que tener mala baba para retratarnos a unos libreros con los que los lectores no vamos a simpatizar…
En esta librería lo que importa no son los libros ni su venta, ni el intercambio, ni la literatura. Lo importante es lo que se cuece en la trastienda, la actividad que ahí desarrollan el señor y la señorita. En fin, de esa actividad que utiliza la vulnerabilidad (y la hipocresía) de los demás es de lo que va “El librero”. Y también de cómo termina dicha actividad, que era uno de mis intereses con esta lectura (la resolución del relato), puesto que Dahl se caracterizaba por dar un final inesperado a sus cuentos para adultos. Tampoco me dejó así como boquiabierta, la verdad. A mí me pareció bastante previsible, además de deseable, qué le voy a hacer. Al menos hay que reconocerle a Dahl que reparta justicia.
Un relato que leí con agrado, además es cortito y se lee de una sentada porque la narrativa de Dahl dota de buen ritmo la lectura, ya con pocos trazos sitúa personajes e historia. Hay un claro humor negro y una aguda critica social para retratar a los personajes. Pero el final me ha dejado bastante indiferente y especialmente decepcionada (porque esperaba un giro más inesperado y sorprendente). Mi reconocimiento se dirige más a las ilustraciones de Federico Delicado, que realmente impulsan el atractivo del relato. A mí modesto entender, lo eleva (en el sentido de que se me hizo más interesante gracias a dichas ilustraciones): los dibujos estilizados y desgarbados, el fuerte colorido, intensifican el desprecio hacia los personajes de Buggage y la señorita Tottle.
Gracias, Roald Dahl. Gracias, Federico Delicado.
sábado, 5 de agosto de 2023
Ítaca (C. P. Cavafis)
De Ana Blasfuemia
pide que sea largo tu camino,
lleno de aventuras, pleno de saberes.
A los lestrigones y los cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
nunca se cruzarán en tu camino,
si es alto tu pensar, si una emoción
delicada en tu espíritu y tu cuerpo anida.
ni al fiero Poseidón encontrarás,
si no los llevas tú dentro del alma,
si tu alma no los levanta a tu paso.
Pide que sea largo tu camino,
y muchas las mañanas de verano
en que -con qué placer, con qué alegría-
entres en puertos nunca vistos;
detente en los emporios fenicios,
y hazte con sus preciadas mercancías,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y aromas sensuales de todas las clases,
cuantos más aromas sensuales puedas;
a muchas ciudades egipcias ve,
a aprender y aprender de quienes saben.
Ten siempre a Ítaca en la mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero sin prisa alguna en el viaje.
Más vale que se alargue muchos años;
y ya en la vejez recales en la isla,
con toda la riqueza ganada en el camino,
sin esperar que te enriquezca Ítaca.
Ítaca te brindó el espléndido viaje.
Sin ella no te habrías puesto en camino.
No puede ya ofrecerte nada más.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Con la sabiduría que has alcanzado, con tu experiencia,
ya habrás comprendido qué significan las Ítacas."
(Ítaca, Cavafis)
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jueves, 6 de julio de 2023
Siete plantas (Dino Buzzati)
De Ana Blasfuemia
lunes, 15 de junio de 2020
El Tercer Policía (Flann O`Brien)
De Ana Blasfuemia
jueves, 31 de octubre de 2019
No soy así (Kjell Askildsen)
De Ana Blasfuemia
martes, 25 de junio de 2019
Tainaron (Leena Krohn)
De Ana Blasfuemia
martes, 11 de septiembre de 2018
Persona (Ingmar Bergman)
De Ana Blasfuemia
¿Crees que no lo entiendo? El absurdo sueño de ser. No parecer, sino ser. Consciente, alerta cada instante. Y, al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres ante los demás y lo que eres ante ti misma. La sensación de vértigo y la sed constante del desenmascaramiento. De verte por fin descubierta, reducida, quizá aniquilada. Cada tono una mentira y una traición. Cada gesto una falsedad. Cada sonrisa una mueca.
Puedes enmudecer. Así no mientes. Puedes amurallarte, encerrarte. Así no tienes que representar ningún papel, mostrar un rostro, exhibir gestos falsos. O eso crees. Pero la realidad es un incordio. Tu escondite no es lo bastante hermético. Por todas partes se filtran signos de vida. Y te ves obligada a reaccionar.
Tener algo en lo que creer. Llevar a cabo algo, poder pensar que la vida de uno tiene sentido. Eso es lo que a mí me gusta. Mantenerse fiel a algo de forma inquebrantable, pase lo que pase. Eso es lo que pienso que hay que hacer. Significar algo para otras personas.
¿Puede una ser personas totalmente distintas, una al lado de la otra, simultáneamente?
¿No crees que podemos ser algo mejores si nos permitimos ser como somos?O quizás sea que queramos pensar que realmente somos quienes parecemos ser. Una forma de autoengañarnos como otra cualquiera. O que el miedo nos impide ver que realmente lo que parecemos no es mejor que quienes somos. Quizás permitirnos ser nosotros mismos nos hará menos populares, pero más honestos.
lunes, 2 de julio de 2018
Correo literario (Wislawa Szymborska)
De Ana Blasfuemia
Suelo iniciar mis comentarios con una cita del libro, en esta ocasión quiero hacerlo con la fotografía de Wislawa Szymborska que más me fascina. Ahí está ella el día que le dieron el premio Nobel. Fumándose un cigarro. En el centro y a la vez en el margen de lo que le rodea. Es tan ella esta foto… Independiente, en la periferia de lo normativo, irónica, segura de sí misma, original, ingeniosa, fascinada por lo efímero; tan brillante, tan tierna, tan empática y escéptica a la vez…
«Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?». Pensamos que es usted efectivamente una chica muy guapa.
Nos apena que considere usted el verso libre como una liberación de todo tipo de reglas. Escribe usted frases sueltas que corta como le viene en gana y coloca algunas palabras a la derecha, y después otras a la izquierda. La poesía (independientemente de las consideraciones que podamos hacer sobre ella) es, ha sido y será siempre un juego y no existe un juego sin reglas. Es algo que los niños saben perfectamente. ¿Por qué lo olvidan los adultos?
La falta de talento literario no es ninguna deshonra. Es algo que sucede con muchas personas inteligentes, ilustradas, nobles y extraordinariamente dotadas en otros campos. Cuando decimos que un texto es malo, no pretendemos ofender a nadie ni quitarle la fe en el sentido de la existencia.
Los principiantes lo tienen difícil en este mundo. Tienen que impresionar al lector con una obra que en su conjunto sea buena y que mantenga ese mismo nivel todo el tiempo, es decir, el poema completo y no solo que haya una metáfora lograda, el relato entero y no solo un fragmento.
No somos partidarios de la cría en invernaderos de retoños literarios. Es necesario que crezcan en un ambiente natural y que se vayan adaptando desde un principio a sus condiciones. A veces, el retoño cree que va a ser roble y nosotros vemos que no es más que una brizna de hierba.
