Título original: Disgrace
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Páginas: 264
Publicación: 1999 (2000)
Editorial: Mondadori
Categoría: Narrativa
ISBN: 9788439706076
Sinopsis: A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, en una sociedad donde los códigos de comportamiento, sean de blancos o de negros, han cambiado; donde el idioma es una herramienta viciada que no sirve a este mundo naciente, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable.
Un libro tan duro como maravilloso. De esos que te dan fuerzas renovadas para seguir amando la literatura, de los que te hacen sentir el peso de la conciencia, la sangre correr en las venas y renuevan latidos adormecidos. Coetzee en este relato nos da razones (si es que hacían falta) para saber porqué es un justo ganador del Premio Nobel de Literatura.
Durante todo el relato nos va a llevar de la mano. Una mano firme y decidida (mucho más firme y decidida la mano de Coetzee que la de David Lurie). Y confiamos en él, aunque en un momento dado esa mano que nos guía se meta directamente en nuestras entrañas y nos la retuerza. Aun así nuestra confianza es incorruptible, porque Coetzee es bueno (muy bueno) escribiendo y manejando las emociones de los lectores; por tanto, seguimos confiando en esa mano que nos dirige por terrenos dolorosos, reales, tremendos.
Coetzee coge nuestro rostro y nos dice “¡mira!”, y no nos deja que cerremos los ojos (bendito sea) a la realidad, especialmente a la realidad de Sudáfrica, pero sobre todo a la realidad humana, esa que nos hace sentir una cosa y la contraria en centésimas de segundo, la que hace que acabemos aborreciendo aquello que hemos estado defendiendo a ultranza hasta hace un suspiro, o que nos lancemos a abrazar misericordiosamente a aquella persona que hubiéramos estrangulado ayer mismo sin ir más lejos.
No, esto no es un libro, es un puñetazo a nuestras conciencias, un meneo necesario para no adormecernos en nuestra cómoda, atolondrada y aletargada sociedad. No es una lectura fácil. Pero no lo es únicamente por su crudeza, lo es también por la complejidad de lo que nos cuenta Coetzee y cómo lo cuenta, de una forma exquisita, pero llena de matices, símbolos, mensajes (y los perros, la música, incluso las descripciones, no permanecen ajenos a esta complejidad, que en realidad es inherente a nuestra naturaleza).
Y pese a todo, no es un autor que de rodeos, es directo, contundente y muy poco hipócrita. No necesita dramatizar innecesariamente. No engaña al lector, al contrario: nos enriquece. Ante el conflicto, nos allana el camino para poder mostrárnoslo con claridad y sin tapujos. No deja que nuestra mirada se centre en un único elemento, sino que nos dota de una mirada calidoscópica para que podamos captar todos los matices, todas las razones, todos los prismas, todas las aristas. Nada parece suficiente para comprender del todo el alma humana, salvo el sano y complicado ejercicio de ponernos en el lugar del otro. En el alma del otro.
Y es que en las contradicciones que conforman nuestra manera esencial de ser es en lo que Coetzee pone el acento, y quizás nuestra redención esté en aceptar esos conflictos, en abrirnos a ellos, en no cerrarnos en lo que somos, inamovibles, y darle una oportunidad al cambio, aunque sea un cambio entre opuestos.
Y Coetzee, después de este paseo por lo humano, nos suelta de la mano. Y me vuelvo y le pregunto “pero… ¿y ahora?”. Me sonríe y me deja ir, ya llevo el libro dentro, terminada la lectura todo sigue ahí, no tengo respuestas pero, en cierta forma, he crecido y me he expandido. Algo ha cambiado en mí.
Un libro excepcional, inmenso, que nadie que ame la literatura debe dejar de leer. No hay excusas.