Traductor: Jesús Zulaika Goicochea
Páginas: 192
Publicación: 1963 (1980)
Editorial: Bruguera
Sinopsis: Mishima retrata en esta breve novela a través de su protagonista, Noboru, el abismo insalvable que se abre como una herida entre el desesperado intento de un clan de adolescentes de hallar su ubicación en el mundo mediante un código de conducta fuera de uso, y una sociedad ya irremediablemente convulsionada y despojada de su armonía tras la traumática derrota en la Segunda Guerra Mundial.
Si yo fuera una ameba -pensaba- con un cuerpo infinitesimal, podría derrotar a la fealdad, pero el hombre no es lo suficientemente diminuto ni gigante para vencer a nada.
Tanto por leer… pero qué seguridad dan las relecturas. Es volver a zona segura, a los libros que te hicieron lectora, recordar dónde está la literatura y, en el fondo, dónde estás tú, ahí donde encontraste un camino bajo unos pasos inciertos.
Recuerdo que lo primero que conocí de Mishima fue su vida (y su muerte). Así que comencé a leerle sabiendo de sus obsesiones, todas ellas presentes en sus libros: la muerte, el mar, la exacerbación del cuerpo, la ética samurái, la belleza, los valores tradicionales, la homosexualidad, la violencia, la tragedia…
Era un gemido de oscura, infinita, imperiosa pesadumbre; negro como boca de lobo y liso como lomo de ballena, cargado con todas las pasiones de las mareas, con la memoria de los viajes sin cuento, con los júbilos, con las humillaciones… Era el grito del mar.
Escogido al azar (podría haber sido cualquier otro libro de Mishima) a El marino que perdió la Gracia del mar le llegó su turno de relectura. Encontrarme con subrayados antiguos, mantenerlos y añadir más. Leo ahora traduciendo mi mirada de hace años, aumento mi comprensión ante lo que leo y ante mi propia evolución personal. Percibo que he tenido suerte en mis lecturas, que escogí el camino correcto. No es mi lectura preferida de Yukio (aunque todas las suyas son de altura), pero sin duda es un libro ideal para conocer a este autor y doblar el espinazo ante su escritura.
Pero su pureza era tan frágil como una luna nueva.
Si algo se ha movido en mí al leer a Mishima ha sido siempre admiración por su forma lírica de escribir, más allá de la historia que cuente hay en su obra una belleza casi pictórica, sensual, tremendamente erótica y sensorial, algo que siempre me ha fascinado de este autor japonés.
Cuando un libro es atemporal, traspasa épocas y se acomoda a la actualidad como si hubiera sido escrito, ya no hoy, sino mañana, sabes que estás ante un libro que transciende y que está en ese remoto lugar llamado literatura, en el olimpo de la literatura. No tengo dudas: El marino que perdió la Gracia del mar refleja, hoy en día, muchas de las brechas de nuestra sociedad enferma. Estremece pensarlo porque los adolescentes son de una fragilidad asombrosa. Eso es lo que hacemos con ellos: nuestra hipocresía les vuelve insensibles, hace saltar por los aires la delgada línea que nos separa de la violencia y la maldad, y arrasa con la no menos frágil línea entre lo subjetivo y lo objetivo.
Cuando coja sus pechos, se acurrucarán contra mis palmas con pesadez sudorosa y magnífica. Me siento responsable de la carne de esta mujer, que me desgarra dulcemente como lo hacen otras cosas que son mías. Me estremece la dulzura de su presencia: cuando me sienta temblar se volcará como la hoja de un árbol sacudido por el viento y dejará que yo vea el lado vacío de sus ojos.
Pese a la violencia soterrada que estalla con frialdad y aparente indiferencia, pese a la desesperanza y la sensación de que algo diabólico se está infiltrando en la humanidad, siempre en Mishima encuentro una belleza y una musicalidad que me convence y me vence. Quizás porque tiene el don de mantenerme a una distancia en la que mi alma no convulsiona, porque Mishima se aleja del sensacionalismo y la proximidad emocional para construir un relato en el que el ritmo, la estructura, la afinación, todo se ajusta como la mar al horizonte.
