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miércoles, 1 de junio de 2016

Solo (August Strindberg)

Título original: Ensam
Traductor: Manuel Abella
Páginas: 176
Publicación: 1903 (2015)
Editorial: Mármara
Sinopsis: «Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual. No tengo que ver a mis enemigos en mi propia casa, sentados a mi mesa, ni escuchar en silencio mientras alguien se burla de lo que yo más estimo; no tengo que escuchar, dentro de mi casa, la música que aborrezco; evito ver periódicos, tirados por ahí, con caricaturas de mis amigos y de mí mismo; me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías. No he sido nunca un tirano, lo único que he pretendido es dejar de ser tiranizado, cosa que no soportan las personas tiránicas. Al contrario, siempre he odiado a los tiranos, y esto es algo que los tiranos no perdonan».


Si hay un estado que provoque en las personas múltiples contradicciones, ese es el de la soledad. La tememos y la buscamos, nos paraliza y nos impulsa, nos duele y nos cura, es obstáculo y ayuda, encuentro y huida, fuga y refugio… Es, en sí misma, un compendio de negatividad y positividad, todo en uno. También es muy dada a que hagamos alguna que otra fullería: la provocamos e invocamos cuando estamos en compañía, la evitamos cuando no hay nadie alrededor… Es cómoda la soledad cuando hay donde o a quien volver. Hay que haber vivido mucho o no haber vivido nada para buscar la soledad y hacer de ella una opción de vida. Escoger soledad es opción de valientes.

August Strindberg fue un reconocido autor y dramaturgo sueco. Un personaje inadaptado de esos que tanto me atraen. Inquieto, autodestructivo, esquizofrénico, inestable, propenso a relaciones sentimentales conflictivas. Una persona rabiosa, compleja, vehemente e hipersensible. Y también uno de los mejores escritores suecos de todos los tiempos. Y un misógino de cuidado que no podía vivir sin las mujeres.

Sabiendo lo anterior, cuando vi que la editorial Mármara publicaba este libro supe que tenía que hacerme con él, adentrarme en sus páginas y leer a un autor que me provocaba tanta admiración como repulsión.
Se daban cuenta de que en los últimos diez años habían ido surgiendo silenciosamente nuevos vínculos en cada uno de nosotros, que nuevos intereses desconocidos se habían interpuesto entre unos y otros, y que quienes habían hablado libremente habían chocado contra arrecifes sumergidos, habían roto hilos, habían pisado campos recién labrados.
Esperaba encontrar a un Strindberg irascible, atormentado, desquiciado, paranoico… Y me encontré a un Strindberg pausado, reflexivo, poético. Y sobre todo, encontré a un Strindberg observador. Solo es una novela autobiográfica, en la que Strindberg describe su regreso a Estocolmo, después de una ruptura sentimental. No comienza solo, sino intentando recuperar la compañía de sus viejos amigos. Un reencuentro imposible, en el que describe cómo hay vínculos irrecuperables y cómo el paso del tiempo puede desgastar pilares que se creían indestructibles. Y así es como se queda solo.
Así fue como, poco a poco, dejé de acudir al café y empecé a ejercitarme en la soledad. En ocasiones cedía a la tentación, pero cada vez que esto ocurría salía más curado que antes, hasta que finalmente encontré un gran placer en oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse.
¿Y qué hace Strindberg? Extrañamente (dado su carácter) decide convertir la soledad en su aliada, la soledad como algo esencial para convertir la realidad en poesía. ¿Y cómo lo hace? Observando. Pausadamente. Todo lo que le rodea. Lo que ve por su ventana, cuando pasea, cuando lee, cuando intenta dormir, cuando escribe… Es una observación en doble dirección, hacia dentro y hacia fuera, un ejercicio de introspección y a la vez de contemplación del exterior. Se convierte en testigo de la realidad. Una soledad que no encierra, sino que abre. Una oportunidad para reencontrarse consigo mismo.

Ha sido una lectura acorde a lo que Strindberg proponía: pausada, recreada, observando al observador. Tardé más de lo que su extensión me habría llevado porque, al igual que Strindberg, me paseé por sus páginas con la mirada atenta y reflexiva, absorbiendo lo que me sugería, eludiendo los desencuentros (misoginia y religiosidad), enriqueciendo el concepto de soledad y la forma de mirar. Ha sido una sorpresa agradable, tranquila, relajada. Brisa fresca para mi alma fogosa.
Hay una soledad necesaria en la que se libran mil batallas. Y otra deseada en la que solo ha de despuntar la belleza de lo que nos rodea. Esas pequeñas cosas que se hacen hermosas con la mirada íntima y privilegiada de la soledad. Entre batallas y deseos, así nos transcurre la vida. Más en soledad que en compañía. Quizás elegir soledad no sea una opción descabellada. E incluso puede ser una opción que salve. La contemplo como un aprendizaje y un paso necesario. Una especie de red, esa que no uso nunca pero que se me antoja necesaria. Antes de que me escoja ella, la elijo yo. Si entras dentro, quiéreme bien.