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jueves, 16 de julio de 2026

Lees raro (Blasfuemiada)


Hace unas semanas, unos amigos estaban mirando mi blog. Pasaban de una reseña a otra, se detenían en los títulos, preguntaban por algún autor o libro y seguían bajando por la pantalla con esa curiosidad un poco perpleja de quien ha entrado en una librería donde casi nada está colocado en los estantes que conoce. En algún momento, uno de ellos levantó la vista y dijo:

Lees raro”.


Me hizo gracia. No había en la frase juicio, desdén ni superioridad; apenas una constatación desconcertada, como si acabara de descubrir una costumbre mía de la que nunca le había hablado. Durante unos segundos pensé que ellos miraban mis lecturas como quien contempla un paisaje del que desconocen hasta los nombres de los árboles, mientras yo los miraba a ellos intentando comprender qué tenía de extraño aquel territorio en el que llevo años moviéndome con absoluta naturalidad.


Porque para mí esos libros ni son raros ni recuerdo haber decidido un día que iba a leer libros extraños. Nunca me levanté pensando: “A partir de ahora solo leeré novelas islandesas sobre la culpa traducidas del alemán por un poeta esloveno”.  Son los libros a los que he llegado siguiendo una ruta que nunca planeé. Un autor me llevó a otro, una nota en una reseña abrió una puerta, un traductor me presentó a un autor, un ensayo me empujó hacia un libro… Mi biblioteca se ha ido formando así, por afinidades, obsesiones, curiosidades y desvíos, hasta parecerse bastante a la persona que soy y a las preguntas que me acompañan.


Mis amigos leen de otra manera. Buscan otros asuntos, otros ritmos, otras formas de compañía. A veces necesitan que un libro les ofrezca descanso. Y comprendo perfectamente esa necesidad. Vivimos en una época que deja a mucha gente exhausta antes de que llegue la noche, de modo que la lectura puede ser una zona de confort, un lugar donde bajar la guardia y permanecer durante unas horas lejos de todo aquello que exige, aprieta o desborda. Sería absurdo despreciar ese refugio. Yo misma también necesito, según el momento, libros que no me obliguen a bajar a ningún sótano.


Lo que sentí aquella tarde fue una pequeña tristeza de otra clase. Pensé en todas las conversaciones que probablemente no tendríamos, en los libros que me han acompañado durante meses y que quizá nunca entrarían en nuestras sobremesas, en ciertos autores que han modificado mi manera de mirar el mundo y cuyos nombres para ellos apenas eran una sucesión de letras en una pantalla. No porque yo leyera mejor ni porque ellos leyeran peor. Esa jerarquía me resulta tan pobre como falsa. La tristeza nacía del deseo de compartir algo que para mí importa y de comprobar que, a veces, aquello que una persona querría ofrecer no despierta en los demás la misma llamada.


También comprendí que el desconcierto circulaba en las dos direcciones. Ellos se preguntaban por qué leía esos libros, y yo me preguntaba por qué no los leían. Ellos no reconocían mi territorio lector; yo echaba de menos que alguna vez entraran en él. Entre ambas perplejidades había cariño, curiosidad y una distancia pequeña, aunque imposible de negar. Quizá toda amistad convive con esas habitaciones a las que los otros nunca entran, incluso cuando saben que existen y se asoman un momento desde la puerta.


Por eso la frase terminó gustándome:  “Lees raro”.


Podía haberla escuchado como una etiqueta y habría sido fácil responder con una defensa de mis gustos, una reivindicación de la dificultad o cualquier otra solemnidad lectora. Preferí pensar que, dicha de aquella manera, contenía una pregunta todavía sin formular. Tal vez no conduzca a ninguna parte. Tal vez ninguno de ellos llegue a leer jamás esos libros que les resultan tan ajenos. Aun así, el desconcierto es un comienzo decente para la curiosidad. Y la curiosidad, cuando aparece entre amigos, ya abre una puerta.


No necesito que lean lo que yo ni que lean como yo. Me bastaría con que alguna vez paseáramos juntos por el mismo libro, aunque después cada cual regresara, felizmente, a su propio camino.


©AnaBlasfuemia






jueves, 17 de julio de 2025

Manual para enrollarse con dignidad

Alguien me ha recordado (con la mejor de las intenciones) que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Como si existiera un termómetro para saber cuándo el pensamiento empieza a ser sospechoso por no ir directamente al grano, como si escribir de lo que una lee no fuera ya en sí mismo una forma de resistencia contra esa manía de la síntesis que tan poco tiene que ver con los libros y tanto con la prisa.


No es culpa suya, no me lo ha dicho con mala intención, es un amigo y lo quiero. A mí lo que me ha encendido es recordar esa norma no escrita con la que tantos parecen coincidir: mejor breve, mejor rápido, mejor sencillo, mejor no cansar, mejor no pensar demasiado, mejor no escribir demasiado, porque el tiempo es escaso y la atención más todavía y nadie quiere perder ni una cosa ni la otra en algo tan poco rentable como leer a alguien que escribe sobre lo que ha leído.


No lo discuto. Hay cosas que agradecen la brevedad. Un semáforo, una llamada comercial, un dolor de muelas. Incluso algunos libros. Incluso algunas conversaciones. Pero yo no comparto para decir si algo me ha gustado o no, no es un veredicto sobre lo que se debe leer  o sobre cómo debe leerse. Para eso ya hay quien lo hace mejor y más breve. 


Lo que escribo es una forma de sostenerme, de conversar con lo que he leído aunque el libro ya se haya cerrado, de no soltar tan rápido lo que ha sido importante para mí aunque sea solo por un rato. Porque lo que leo también es mi forma de habitar y entender el mundo y de quedarme en él  un poco más.


Escribo porque necesito encontrar el ángulo correcto de lo leído, no por inseguridad ni por falta de síntesis, sino porque me gusta pensar despacio, sin atajos, sin prisas, sin obedecer a esa voz que dice basta cuando yo sé que todavía no he llegado donde quería llegar. Porque a veces no sé lo que pienso sobre lo leído hasta que lo escribo y a veces ni siquiera entonces. Es mi modo de prolongar la lectura hasta que se confunda con la memoria, con mi propia memoria, con esa autobiografía que voy escribiendo sin darme cuenta cada vez que hablo de lo leído. Como si contara algo que me hubiera pasado. Porque me ha pasado.


Cuando levanto la vista, sé que no estoy sola, me acompañan aunque no digan nada, porque en esta casa mía llena de libros hay presencias que no se han ido y que entienden por qué no quiero aprender a resumir lo que no se resume.


Virginia Woolf está ahí, paciente pero no complaciente, con su ironía intacta, y sé que me entiende porque ella también escribió para seguir pensando, para no dejar que el pensamiento se le muriera por falta de palabras, para no aceptar que lo breve fuera siempre mejor. Ella se habría encogido de hombros y habría seguido escribiendo a su ritmo, que no era breve ni pedía disculpas.


Kafka sigue en su sitio, con esa cara de quien espera siempre algo que nunca llega, como si temiera que si me alargo demasiado venga alguien a cerrarme la puerta, pero él no va a reprocharme nada, él entendía los rodeos, los pasillos largos, las frases que no acaban nunca de llegar a su destino porque si algo temía era lo definitivo, lo cerrado, lo que clausura sin dejar salida.Ninguno de los dos quiere escribir la última palabra tan pronto.


Pessoa escribe, o finge que escribe, o escribe a través de otro que escribe por él, Lisboa mediante. Eso da igual, porque con él siempre ha sido así, decir y no decir, escribir y no acabar nunca Me dice que a estas alturas no vamos a fingir prisa, que hay cosas que se dicen cuando se pueden y como se pueden y que lo breve o lo largo no son medidas, son accidentes.


Anne Carson levanta la cabeza como quien decide si intervenir o va a seguir a lo suyo. Ella sabe que lo fragmentario no es prisa disfrazada, que hay pausas que también escriben, que no todo cabe en tres líneas o 2000 caracteres, por mucho que Instagram insista.


Clarice Lispector me observa con esa mirada suya de no estar del todo conforme con nada  y con esa mezcla de asombro y desdén por las cosas demasiado claras, demasiado directas, demasiado fáciles.


Tolstói no se inmuta. Inmenso, intacto, sin prisa, sin disculpas. Nadie espera de él brevedad. Es un continente entero. Su sola existencia me absuelve.


Lobo Antunes remueve ideas que se resisten a asentarse, mascullando verdades repetidas mil veces: que no hay que explicar lo que no quiere entenderse, que quien no escucha no entenderá, que escribir largo no es un error si es la única forma que uno tiene de decir la verdad. Lo suyo nunca fue dar tregua ni pedirla.


Walser está en su esquina, pequeño, discreto, casi invisible, con sus papeles y sus caminatas lentas. Me recuerda que lo breve no es lo mismo que lo rápido, que lo pequeño puede contener lo infinito si se le mira de cerca, que la lentitud también es una forma de atención, que demorarse es un arte y una cortesía.


Bernhard refunfuña como siempre, repite lo que ha dicho y lo que volverá a decir, que todo está podrido, que no hace falta explicar, que el mundo no entiende ni entenderá, pero sigue escribiendo. Y eso es lo que cuenta, no la novedad ni la brevedad ni la eficacia, sino la obstinación de no callarse.


Y Carmen Martín Gaite sonríe desde su mesa, con esa complicidad suya que entendía que escribir sobre lo que una lee es prolongar la conversación cuando el libro se ha callado, que es otra forma de no estar sola, o inventarse un interlocutor que no tenga prisa.


Así que sigo. No por llevar la contraria, no porque me moleste lo breve, no porque crea que haya una forma mejor que otra. Sigo porque me gusta quedarme un rato más en lo leído, porque me ayuda a pensar y a entender, porque es mi manera de asentarme en el mundo, de no dejar que se mueva bajo mis pies, de no pedir permiso para ser quien soy, de no enmascararme en lo normativo para que me acepten. Porque no quiero cambiar el mundo, pero sí quiero quedarme en él como me da la gana, con mis parrafadas, mis rodeos, mis palabras que a veces tardan pero llegan. Y porque escribir sobre lo leído es, en el fondo, mi forma de querer, de cuidar, de decir aquí estoy, todavía, con mis libros, con mis palabras, con mi no saber ni querer sintetizar.


Si no te paras a leerme no me inquieta, no me ofende, no cambia nada. Yo seguiré aquí, rodeada de libros que no tienen prisa, escribiendo para no olvidar, para no olvidarme, para no perder la costumbre de pensar despacio lo que me importa. 


A mí me gusta enrollarme. Qué le voy a hacer. También las persianas se enrollan, y no por eso dejan de hacer su trabajo. No espero que nadie lea lo que escribo. Pero me alegra mucho cuando alguien lo hace. Y me alegra aún más si no tiene prisa.


©AnaBlasfuemia



domingo, 22 de junio de 2025

Conversaciones con una impresora o el arte de interrumpir lo sagrado por falta de tinta

 


Todo estaba listo. Había corregido el texto con ese tipo de atención que se parece más a una vigilia que a un trabajo: no era revisión, era exorcismo. Las frases habían pasado por sus crisis, sus renuncias, sus entusiasmos momentáneos y sus arrepentimientos a destiempo. Yo creía haber llegado al punto justo: el lugar donde por fin las palabras aceptaban ser dichas sin demasiado ruido, ni afectación, ni esa duda que suele perseguirme cuando algo me importa demasiado. Así que me dispuse a imprimirlo.


En mi cabeza, la escena tenía el aire de un rito menor, íntimo, casi mecánico. Nada grandioso, apenas la satisfacción de convertir lo escrito en materia: ver salir el texto en papel, tocarlo, incluso olerlo, de no ser por mi persistente anosmia. Confirmar que eso que durante horas había sido apenas vibración delante de una pantalla ahora era algo físico, tangible, sometido a gravedad. Le di al botón con esa seriedad doméstica que reservo solo para los gestos finales. Y la impresora, con un sigilo que ya debería conocerle, decidió no hacer nada.


Ni sonido. Ni queja mecánica. Ni siquiera esa respiración breve que antecede al zumbido. Solo un folio que asomaba a medias, detenido como un bostezo incompleto. La miré. Esperé. Y luego, claro, le hablé. Como si fuera una vieja conocida que, justo en el momento clave, ha optado por retirarse sin explicaciones. La llamé por su nombre (ese que no tiene, pero que invento cada vez que me traiciona), y le pregunté si de verdad iba a hacerme esto ahora, después de todo. No respondió. Se limitó a mostrarme esa luz intermitente, casi insultante, como un guiño pasivo-agresivo que, sin decir palabra, susurraba: ”yo ya he hecho bastante por hoy, cariño. Compra tinta”


Desde el sofá, Cuquín alzó la cabeza con desgana. Me observó en silencio, con ese aire entre paciente y escéptico que sólo los gatos saben sostener sin parecer condescendientes. Cleo ni siquiera se movió. Estaba encima de una torre de libros (los que esperan su destino como yo espero el mío cada vez que algo falla) y su cuerpo entero parecía decir que este drama ya lo conoce, que es mío, que lo repito con la obstinación de quien aún cree que imprimir es una forma de salvación.


Así que ahí estaba yo, de pie, con la hoja interrumpida en la mano, intentando razonar con una impresora muda. Había algo cómico en la escena, lo sé. Pero también algo profundamente íntimo. Porque no era solo el fallo técnico. Era el corte abrupto de una ceremonia. Era la imposibilidad de terminar lo que ya sentía concluido. Era (aunque suene excesivo) una forma diminuta del colapso. El reconocimiento de cómo lo nimio afecta cuando te rompe una rutina que te sostiene.


Me senté, escribí esto. Porque si no puedo imprimirlo, al menos puedo contarlo. Y ahora que he ido a comprar la tinta (ahora que todo podría seguir su curso como si nada), no sé si me atrevo a darle otra vez al botón. Me gustaría pensar que sí, que la máquina obedecerá, que la hoja saldrá completa y que esta historia quedará atrás como una anécdota más del archivo doméstico. Pero una parte de mí sospecha que la impresora me ha entendido. Y que ha querido recordarme, con su silencio, que incluso lo sagrado puede interrumpirse. Que todo texto es provisional. Y que a veces, justo cuando creemos que ya hemos dicho lo esencial, el papel se detiene a mitad de camino para recordarnos que aún falta algo. Que siempre falta algo incluso cuando lo tienes todo.


©AnaBlasfuemia

domingo, 15 de junio de 2025

Mitad (Julieta Valero)

 

(68)


“Mitad.


Qué de lo partido debe

conformarla.


El daño es

decidir, no poder

decidir así partida. Mitad.”


La mitad no es una medida,

es la forma de habitar el daño

No duele el desgarro 

sino tener que moverse como si no existiera.

¿Decidir desde la costura?

Caminar así es avanzar

ladeando el cuerpo, inclinada,

como si la mitad que falta 

pesara más que la que queda.


Te parten, y luego te piden que elijas.


(72)


“Atlántida la pérdida hacia dentro

se habita no se habita se

lleva siempre por delante lo que fuimos

en ella cabe nadar cabe

la explicación mayor pero el misterio

del amor y el desamor, que se adquiere”


La pérdida tiene un idioma

que te arrastra como una fuerte marea.

A veces creemos saber algo

solo porque estamos dentro.

Pero dentro no es saber,

es flotar entre restos

y tener la boca llena de agua 

cuando aún creemos que hablamos.


(92)


“Persiste, extrañeza

hasta que vuelva a inventar mi lugar”


Eres tú, extrañeza, la que no se retira.

Sabes que ya no puedo volver,

y que tampoco me has dejado ir.


Estoy a salvo de la costumbre.

Cuando vuelva a inventar mi lugar

tal vez ya no duela tener que llamarlo mío


(6)


“Del camino no me asusta la forma

me asusta que sea el mismo que emprendí.


Como nuestros cuerpos van por delante sé

que de verdad es un camino.


Tú lo haces por acompañarnos,

para mí existe como existen tu mano

y esta distancia por recorrer”


No me asusta el trayecto

sino el bucle.


Pero si tu mano sostiene,

si caminas a mi lado,

como si supieras que sin ti

el camino se borraría.

Entonces, volvería a existir.


Gracias, Julieta Valero.


©AnaBlasfuemia


lunes, 3 de agosto de 2020

El majestuoso libro de los animales marinos (Val Walerczuk y Tom Jackson)


Llevo la mar en las venas y sin embargo siempre he vivido lejos de ella. Muy yo esa poética del alejarse de aquello que amas. Soy como un salmón que remonta ríos desde el océano para morir en el lugar en el que nació, pero a la inversa: remonto por tierra en dirección hacia el mar abierto.

Con mi rosa de los vientos, cuyo único horizonte es el mar, doy vueltas en círculo esperando una liberación. Mientras, busco el mar en tierra de secano. Aprendo. Aprendo sobre el mar en la distancia. Respiro curiosidad e interés por cada poro, miro mi vida con la fe de quien siempre comienza, cada día.

Mientras todo sucede, a cada respiración, miro, toco, acaricio ilustraciones como las de “El majestuoso libro de los animales marinos”, aprendo como una niña pequeña, extasiada y dando palmas con la mirada. Y aprendo cosas como:

El corazón de una ballena azul puede pesar lo mismo que un coche (mi corazón pesará alrededor de los 200 gramos, siendo generosa conmigo misma)

Cada manada de ballenas tiene una “canción” propia que usan para llamarse unas a otras (mi banda sonora sigue siendo sólo mía)

Hace mucho tiempo, los marineros daneses vendían los colmillos del narval asegurando que eran cuernos de unicornio (yo perdí mi unicornio azul hace varias vidas).

El pariente vivo más cercano del manatí es el elefante (nuestro pariente vivo más cercano es el chimpancé…)

El tiburón ballena nunca deja de nadar (nunca dejes de creer, Ana Blasfuemia)

El caballito de mar es uno de los pocos animales macho que pueden dar a luz (…)

Todos los peces payaso jóvenes son machos. Los que al crecer se hacen más grandes se transforman en hembras (no pierden el tiempo en agrias polémicas transgénero)

La almeja ofrece protección a las algas, y estas le suministran azúcares (las redes de protección y cuidado mutuo que tanto nos cuesta a los humanos…)

Si una langosta pierde una pata, le vuelve a crecer otra (y así deberíamos hacer cuando nos rompen el corazón). ¡Ah! y se comunican entre ellas bombeando orina unas sobre otras (el caso es comunicarse)

Y todo así.