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domingo, 23 de agosto de 2026

El acompañamiento compasivo del lector (Blasfuemiada)


Empiezo a sospechar que una parte nada desdeñable de los “Me gusta” que reciben mis reseñas pertenece a un género afectivo muy concreto: el del cariño perfectamente compatible con no haber leído una sola línea. Un gesto que vendría a decir: te veo, valoro tu esfuerzo, admiro tu tesón y dejo aquí constancia de mi apoyo. En cuanto al contenido, no voy a leer este mamotreto ni aunque me ofrezcas agua, sombra y una edición anotada.


En versión menos diplomática: “Te apoyo, criatura, aunque ni de coña pienso acompañarte hasta el párrafo once”


Esto me hace gracia y también me preocupa. Quizá le pedimos demasiado a un corazón rojo. Tiene que significar “me gusta lo que has escrito”, “me gusta que sigas escribiendo”, “me caes bien” y “he pasado por aquí mientras esperaba el autobús”. Después una mira la cifra y comete el error estadístico de imaginar lectores donde quizá solo había transeúntes.


Tampoco puedo inquietarme demasiado. Tenéis cansancio, vida, móvil, gatos, facturas, mensajes sin contestar y una atención bastante apaleada por internet. Yo misma, que me paso la vida defendiendo la lectura lenta, he mirado textos ajenos con esa mezcla de respeto y fatiga con que se mira una cordillera desde abajo. No todos los días consigo las reservas espirituales necesarias para escalar dos mil palabras sobre una novela búlgara del duelo.


Aquí hay autocrítica para repartir. A veces escribo más de lo necesario. A veces una idea llega al papel con toda su parentela: primos, tías, un vecino del quinto, dos citas, tres matices, una asociación lateral y una sospecha teórica que habría vivido estupendamente en una nota al margen o en una conversación con cerveza. Una reseña larga tampoco adquiere valor por mera extensión. El número de palabras no garantiza inteligencia. 


Y ahí aparece la paradoja que de verdad me interesa: para escribir una reseña más corta necesito pensar muchísimo más antes de escribirla. La buena brevedad exige una cantidad obscena de trabajo previo.


Antes de que esas 3000 palabras existan, puede haber lecturas, búsquedas, entrevistas, desvíos, conversaciones, asociaciones inesperadas, dudas, ideas descartadas y discusiones enteras que jamás aparecerán en el texto final. Desde fuera se ven 3000 palabras. Por debajo hay excavaciones arqueológicas.


Esa parte invisible me fascina y me agota. Una frase que parece sencilla puede haber costado una tarde entera de vacilaciones, una discusión conmigo misma y tres párrafos que estaban bien escritos. Ese es el verdadero fastidio: estaban bien escritos y sobraban. Si hubieran sido malos, borrarlos habría dado hasta gusto. Una conversación puede haber sido esencial para pensar y acabar fuera de la reseña. Ha cumplido ya su función: permitir que después una frase sea más precisa.


Por eso me pregunto si quiero realmente escribir menos o escribir con mayor densidad. Reducir por miedo a que el lector abandone me dejaría escribiendo a las órdenes del posible bostezo de alguien que todavía ni ha llegado. Me interesa mucho más aprender a distinguir qué necesita entrar en la reseña y qué puede quedarse en las notas, en las conversaciones o en mi cabeza.


Claro que luego llega alguien, mira la reseña durante unos segundos, pulsa el corazoncito y sigue su camino.


❤️ Me gusta


Y ahí me quedo yo, oscilando entre la ternura, la risa y una vaga perplejidad estadística. Tiempo estimado de lectura: siete minutos. Tiempo empleado por el visitante: siete segundos.


Y una, que tampoco nació ayer, sabe perfectamente en qué época vive. Habrá quien lea, quien abandone a mitad, quien guarde la reseña para luego y quien resuelva toda su relación con el texto mediante un corazón administrado en siete segundos. Está bien. Yo intentaré hacer mi parte: quitar lo que sobra sin adelgazar lo que pienso. Y confiar en que alguien, por pura temeridad lectora, alcance el párrafo once.


©AnaBlasfuemia



domingo, 2 de agosto de 2026

Bibliotecas personales

Algunos lectores acumulan libros como quien levanta un dique contra el olvido. Compran uno, dos, cincuenta, quinientos. Los colocan en las estanterías con la satisfacción de quien acaba de ampliar el territorio de su vida: una balda más de literatura rusa, varias de poesía, tres tomos de filosofía y ensayos que algún día, cuando el cerebro se muestre colaborador, serán leídos con lápiz, concentración y una taza de té.


Hasta que una mañana descubren una verdad bastante menos romántica: creían poseer una biblioteca y resulta que la biblioteca los poseía a ellos. Dicta qué muebles pueden comprar, qué paredes deben quedar libres y cuánto peso puede soportar el suelo antes de que el vecino de abajo reciba, junto con el techo del salón, las obras completas de Thomas Mann.


Yo también he pasado por ahí. Durante años pensé que cada libro que entraba en casa había firmado un contrato de alquiler indefinido. Algunos ocupaban las mejores zonas y otros llevaban décadas sin pagar renta y sin que nadie recordara exactamente cuándo habían llegado. Si se me ocurría regalar uno, donarlo o reconocer que nunca iba a leerlo, aparecía de inmediato una voz interior escandalizada: “¿Y si dentro de ocho años te apetece leer ese libro sobre una relación demasiado romántica como para que me la crea?”


Los lectores somos especialistas en imaginar futuros improbables para justificar estanterías muy reales. Confiamos en que llegará una versión futura de nosotros mismos, más culta, más disciplinada y misteriosamente liberada de todas sus obligaciones, que leerá a Proust por las mañanas, a Hegel después de comer y ese libro sobre la revolución rusa antes de acostarse. Conservamos ciertos libros por si algún día nos convertimos en la persona capaz de leerlos. 


También guardamos los que ya leímos y apenas recordamos, lo que recordamos tanto que queremos volver a ellos, los que abandonamos en la página cuarenta y siete, los que nos regalaron personas queridas y los que compramos durante una breve fiebre temática que además, en mi caso, suele volverse crónica: una larga temporada dedicada al duelo, varias recaídas en la depresión y la enfermedad, una perseverante atracción por las familias disfuncionales, la memoria herida, la autoficción y los personajes que intentan seguir viviendo después de que la vida haya decidido ponerles dificultades. A estas alturas, más que una biblioteca personal, algunos estantes parecen la sala de espera de una consulta psiquiátrica.


Con el tiempo he descubierto que una biblioteca personal deja de ser el lugar donde se amontonan todos los libros que alguna vez hemos querido y se convierte en la casa de aquellos que todavía mantienen alguna conversación con nosotros. Permanecen los que deseamos releer, los que contienen una parte de nuestra memoria, los que siguen haciéndonos preguntas y también esos pocos cuyo lomo basta para devolvernos a una habitación, una edad o una persona.


Los demás tampoco representan un fracaso. Son viajeros que han terminado su estancia. Algunos encontrarán una casa mejor en la biblioteca del barrio. Otros llegarán a las manos de un amigo que los necesitaba más que nosotros. Unos cuantos se marcharán discretamente, como esas visitas cuya compañía resultó agradable y cuya despedida permite, por fin, abrir las ventanas.


Desprenderse de un libro cuesta porque rara vez expulsamos únicamente un objeto. A veces despedimos a la persona que pensábamos ser cuando lo compramos. La mujer que iba a estudiar biología. La que aprendería latín. La que se leería (y recordaría) toda la mitología griega. La que leería todos los premios Nobel antes de morir y todavía encontraría tiempo para repasar las notas al margen. Admitir que algunas de esas mujeres jamás llegarán puede producir una melancolía pequeña y algo ridícula. También produce alivio.


Hay quien mide una biblioteca por el número de libros. Yo empiezo a sospechar que también convendría medirla por la inteligencia de sus renuncias. Elegir qué permanece exige conocerse mejor que comprar indiscriminadamente. Comprar permite fantasear, pero descartar obliga a mirar de frente la vida disponible y elegir con cuidado con cuáles queremos vivir.


©AnaBlasfuemia



jueves, 16 de julio de 2026

Lees raro (Blasfuemiada)


Hace unas semanas, unos amigos estaban mirando mi blog. Pasaban de una reseña a otra, se detenían en los títulos, preguntaban por algún autor o libro y seguían bajando por la pantalla con esa curiosidad un poco perpleja de quien ha entrado en una librería donde casi nada está colocado en los estantes que conoce. En algún momento, uno de ellos levantó la vista y dijo:

Lees raro”.


Me hizo gracia. No había en la frase juicio, desdén ni superioridad; apenas una constatación desconcertada, como si acabara de descubrir una costumbre mía de la que nunca le había hablado. Durante unos segundos pensé que ellos miraban mis lecturas como quien contempla un paisaje del que desconocen hasta los nombres de los árboles, mientras yo los miraba a ellos intentando comprender qué tenía de extraño aquel territorio en el que llevo años moviéndome con absoluta naturalidad.


Porque para mí esos libros ni son raros ni recuerdo haber decidido un día que iba a leer libros extraños. Nunca me levanté pensando: “A partir de ahora solo leeré novelas islandesas sobre la culpa traducidas del alemán por un poeta esloveno”.  Son los libros a los que he llegado siguiendo una ruta que nunca planeé. Un autor me llevó a otro, una nota en una reseña abrió una puerta, un traductor me presentó a un autor, un ensayo me empujó hacia un libro… Mi biblioteca se ha ido formando así, por afinidades, obsesiones, curiosidades y desvíos, hasta parecerse bastante a la persona que soy y a las preguntas que me acompañan.


Mis amigos leen de otra manera. Buscan otros asuntos, otros ritmos, otras formas de compañía. A veces necesitan que un libro les ofrezca descanso. Y comprendo perfectamente esa necesidad. Vivimos en una época que deja a mucha gente exhausta antes de que llegue la noche, de modo que la lectura puede ser una zona de confort, un lugar donde bajar la guardia y permanecer durante unas horas lejos de todo aquello que exige, aprieta o desborda. Sería absurdo despreciar ese refugio. Yo misma también necesito, según el momento, libros que no me obliguen a bajar a ningún sótano.


Lo que sentí aquella tarde fue una pequeña tristeza de otra clase. Pensé en todas las conversaciones que probablemente no tendríamos, en los libros que me han acompañado durante meses y que quizá nunca entrarían en nuestras sobremesas, en ciertos autores que han modificado mi manera de mirar el mundo y cuyos nombres para ellos apenas eran una sucesión de letras en una pantalla. No porque yo leyera mejor ni porque ellos leyeran peor. Esa jerarquía me resulta tan pobre como falsa. La tristeza nacía del deseo de compartir algo que para mí importa y de comprobar que, a veces, aquello que una persona querría ofrecer no despierta en los demás la misma llamada.


También comprendí que el desconcierto circulaba en las dos direcciones. Ellos se preguntaban por qué leía esos libros, y yo me preguntaba por qué no los leían. Ellos no reconocían mi territorio lector; yo echaba de menos que alguna vez entraran en él. Entre ambas perplejidades había cariño, curiosidad y una distancia pequeña, aunque imposible de negar. Quizá toda amistad convive con esas habitaciones a las que los otros nunca entran, incluso cuando saben que existen y se asoman un momento desde la puerta.


Por eso la frase terminó gustándome:  “Lees raro”.


Podía haberla escuchado como una etiqueta y habría sido fácil responder con una defensa de mis gustos, una reivindicación de la dificultad o cualquier otra solemnidad lectora. Preferí pensar que, dicha de aquella manera, contenía una pregunta todavía sin formular. Tal vez no conduzca a ninguna parte. Tal vez ninguno de ellos llegue a leer jamás esos libros que les resultan tan ajenos. Aun así, el desconcierto es un comienzo decente para la curiosidad. Y la curiosidad, cuando aparece entre amigos, ya abre una puerta.


No necesito que lean lo que yo ni que lean como yo. Me bastaría con que alguna vez paseáramos juntos por el mismo libro, aunque después cada cual regresara, felizmente, a su propio camino.


©AnaBlasfuemia






jueves, 17 de julio de 2025

Manual para enrollarse con dignidad

Alguien me ha recordado (con la mejor de las intenciones) que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Como si existiera un termómetro para saber cuándo el pensamiento empieza a ser sospechoso por no ir directamente al grano, como si escribir de lo que una lee no fuera ya en sí mismo una forma de resistencia contra esa manía de la síntesis que tan poco tiene que ver con los libros y tanto con la prisa.


No es culpa suya, no me lo ha dicho con mala intención, es un amigo y lo quiero. A mí lo que me ha encendido es recordar esa norma no escrita con la que tantos parecen coincidir: mejor breve, mejor rápido, mejor sencillo, mejor no cansar, mejor no pensar demasiado, mejor no escribir demasiado, porque el tiempo es escaso y la atención más todavía y nadie quiere perder ni una cosa ni la otra en algo tan poco rentable como leer a alguien que escribe sobre lo que ha leído.


No lo discuto. Hay cosas que agradecen la brevedad. Un semáforo, una llamada comercial, un dolor de muelas. Incluso algunos libros. Incluso algunas conversaciones. Pero yo no comparto para decir si algo me ha gustado o no, no es un veredicto sobre lo que se debe leer  o sobre cómo debe leerse. Para eso ya hay quien lo hace mejor y más breve. 


Lo que escribo es una forma de sostenerme, de conversar con lo que he leído aunque el libro ya se haya cerrado, de no soltar tan rápido lo que ha sido importante para mí aunque sea solo por un rato. Porque lo que leo también es mi forma de habitar y entender el mundo y de quedarme en él  un poco más.


Escribo porque necesito encontrar el ángulo correcto de lo leído, no por inseguridad ni por falta de síntesis, sino porque me gusta pensar despacio, sin atajos, sin prisas, sin obedecer a esa voz que dice basta cuando yo sé que todavía no he llegado donde quería llegar. Porque a veces no sé lo que pienso sobre lo leído hasta que lo escribo y a veces ni siquiera entonces. Es mi modo de prolongar la lectura hasta que se confunda con la memoria, con mi propia memoria, con esa autobiografía que voy escribiendo sin darme cuenta cada vez que hablo de lo leído. Como si contara algo que me hubiera pasado. Porque me ha pasado.


Cuando levanto la vista, sé que no estoy sola, me acompañan aunque no digan nada, porque en esta casa mía llena de libros hay presencias que no se han ido y que entienden por qué no quiero aprender a resumir lo que no se resume.


Virginia Woolf está ahí, paciente pero no complaciente, con su ironía intacta, y sé que me entiende porque ella también escribió para seguir pensando, para no dejar que el pensamiento se le muriera por falta de palabras, para no aceptar que lo breve fuera siempre mejor. Ella se habría encogido de hombros y habría seguido escribiendo a su ritmo, que no era breve ni pedía disculpas.


Kafka sigue en su sitio, con esa cara de quien espera siempre algo que nunca llega, como si temiera que si me alargo demasiado venga alguien a cerrarme la puerta, pero él no va a reprocharme nada, él entendía los rodeos, los pasillos largos, las frases que no acaban nunca de llegar a su destino porque si algo temía era lo definitivo, lo cerrado, lo que clausura sin dejar salida.Ninguno de los dos quiere escribir la última palabra tan pronto.


Pessoa escribe, o finge que escribe, o escribe a través de otro que escribe por él, Lisboa mediante. Eso da igual, porque con él siempre ha sido así, decir y no decir, escribir y no acabar nunca Me dice que a estas alturas no vamos a fingir prisa, que hay cosas que se dicen cuando se pueden y como se pueden y que lo breve o lo largo no son medidas, son accidentes.


Anne Carson levanta la cabeza como quien decide si intervenir o va a seguir a lo suyo. Ella sabe que lo fragmentario no es prisa disfrazada, que hay pausas que también escriben, que no todo cabe en tres líneas o 2000 caracteres, por mucho que Instagram insista.


Clarice Lispector me observa con esa mirada suya de no estar del todo conforme con nada  y con esa mezcla de asombro y desdén por las cosas demasiado claras, demasiado directas, demasiado fáciles.


Tolstói no se inmuta. Inmenso, intacto, sin prisa, sin disculpas. Nadie espera de él brevedad. Es un continente entero. Su sola existencia me absuelve.


Lobo Antunes remueve ideas que se resisten a asentarse, mascullando verdades repetidas mil veces: que no hay que explicar lo que no quiere entenderse, que quien no escucha no entenderá, que escribir largo no es un error si es la única forma que uno tiene de decir la verdad. Lo suyo nunca fue dar tregua ni pedirla.


Walser está en su esquina, pequeño, discreto, casi invisible, con sus papeles y sus caminatas lentas. Me recuerda que lo breve no es lo mismo que lo rápido, que lo pequeño puede contener lo infinito si se le mira de cerca, que la lentitud también es una forma de atención, que demorarse es un arte y una cortesía.


Bernhard refunfuña como siempre, repite lo que ha dicho y lo que volverá a decir, que todo está podrido, que no hace falta explicar, que el mundo no entiende ni entenderá, pero sigue escribiendo. Y eso es lo que cuenta, no la novedad ni la brevedad ni la eficacia, sino la obstinación de no callarse.


Y Carmen Martín Gaite sonríe desde su mesa, con esa complicidad suya que entendía que escribir sobre lo que una lee es prolongar la conversación cuando el libro se ha callado, que es otra forma de no estar sola, o inventarse un interlocutor que no tenga prisa.


Así que sigo. No por llevar la contraria, no porque me moleste lo breve, no porque crea que haya una forma mejor que otra. Sigo porque me gusta quedarme un rato más en lo leído, porque me ayuda a pensar y a entender, porque es mi manera de asentarme en el mundo, de no dejar que se mueva bajo mis pies, de no pedir permiso para ser quien soy, de no enmascararme en lo normativo para que me acepten. Porque no quiero cambiar el mundo, pero sí quiero quedarme en él como me da la gana, con mis parrafadas, mis rodeos, mis palabras que a veces tardan pero llegan. Y porque escribir sobre lo leído es, en el fondo, mi forma de querer, de cuidar, de decir aquí estoy, todavía, con mis libros, con mis palabras, con mi no saber ni querer sintetizar.


Si no te paras a leerme no me inquieta, no me ofende, no cambia nada. Yo seguiré aquí, rodeada de libros que no tienen prisa, escribiendo para no olvidar, para no olvidarme, para no perder la costumbre de pensar despacio lo que me importa. 


A mí me gusta enrollarme. Qué le voy a hacer. También las persianas se enrollan, y no por eso dejan de hacer su trabajo. No espero que nadie lea lo que escribo. Pero me alegra mucho cuando alguien lo hace. Y me alegra aún más si no tiene prisa.


©AnaBlasfuemia



domingo, 22 de junio de 2025

Conversaciones con una impresora o el arte de interrumpir lo sagrado por falta de tinta

 


Todo estaba listo. Había corregido el texto con ese tipo de atención que se parece más a una vigilia que a un trabajo: no era revisión, era exorcismo. Las frases habían pasado por sus crisis, sus renuncias, sus entusiasmos momentáneos y sus arrepentimientos a destiempo. Yo creía haber llegado al punto justo: el lugar donde por fin las palabras aceptaban ser dichas sin demasiado ruido, ni afectación, ni esa duda que suele perseguirme cuando algo me importa demasiado. Así que me dispuse a imprimirlo.


En mi cabeza, la escena tenía el aire de un rito menor, íntimo, casi mecánico. Nada grandioso, apenas la satisfacción de convertir lo escrito en materia: ver salir el texto en papel, tocarlo, incluso olerlo, de no ser por mi persistente anosmia. Confirmar que eso que durante horas había sido apenas vibración delante de una pantalla ahora era algo físico, tangible, sometido a gravedad. Le di al botón con esa seriedad doméstica que reservo solo para los gestos finales. Y la impresora, con un sigilo que ya debería conocerle, decidió no hacer nada.


Ni sonido. Ni queja mecánica. Ni siquiera esa respiración breve que antecede al zumbido. Solo un folio que asomaba a medias, detenido como un bostezo incompleto. La miré. Esperé. Y luego, claro, le hablé. Como si fuera una vieja conocida que, justo en el momento clave, ha optado por retirarse sin explicaciones. La llamé por su nombre (ese que no tiene, pero que invento cada vez que me traiciona), y le pregunté si de verdad iba a hacerme esto ahora, después de todo. No respondió. Se limitó a mostrarme esa luz intermitente, casi insultante, como un guiño pasivo-agresivo que, sin decir palabra, susurraba: ”yo ya he hecho bastante por hoy, cariño. Compra tinta”


Desde el sofá, Cuquín alzó la cabeza con desgana. Me observó en silencio, con ese aire entre paciente y escéptico que sólo los gatos saben sostener sin parecer condescendientes. Cleo ni siquiera se movió. Estaba encima de una torre de libros (los que esperan su destino como yo espero el mío cada vez que algo falla) y su cuerpo entero parecía decir que este drama ya lo conoce, que es mío, que lo repito con la obstinación de quien aún cree que imprimir es una forma de salvación.


Así que ahí estaba yo, de pie, con la hoja interrumpida en la mano, intentando razonar con una impresora muda. Había algo cómico en la escena, lo sé. Pero también algo profundamente íntimo. Porque no era solo el fallo técnico. Era el corte abrupto de una ceremonia. Era la imposibilidad de terminar lo que ya sentía concluido. Era (aunque suene excesivo) una forma diminuta del colapso. El reconocimiento de cómo lo nimio afecta cuando te rompe una rutina que te sostiene.


Me senté, escribí esto. Porque si no puedo imprimirlo, al menos puedo contarlo. Y ahora que he ido a comprar la tinta (ahora que todo podría seguir su curso como si nada), no sé si me atrevo a darle otra vez al botón. Me gustaría pensar que sí, que la máquina obedecerá, que la hoja saldrá completa y que esta historia quedará atrás como una anécdota más del archivo doméstico. Pero una parte de mí sospecha que la impresora me ha entendido. Y que ha querido recordarme, con su silencio, que incluso lo sagrado puede interrumpirse. Que todo texto es provisional. Y que a veces, justo cuando creemos que ya hemos dicho lo esencial, el papel se detiene a mitad de camino para recordarnos que aún falta algo. Que siempre falta algo incluso cuando lo tienes todo.


©AnaBlasfuemia

domingo, 15 de junio de 2025

Mitad (Julieta Valero)

 

(68)


“Mitad.


Qué de lo partido debe

conformarla.


El daño es

decidir, no poder

decidir así partida. Mitad.”


La mitad no es una medida,

es la forma de habitar el daño

No duele el desgarro 

sino tener que moverse como si no existiera.

¿Decidir desde la costura?

Caminar así es avanzar

ladeando el cuerpo, inclinada,

como si la mitad que falta 

pesara más que la que queda.


Te parten, y luego te piden que elijas.


(72)


“Atlántida la pérdida hacia dentro

se habita no se habita se

lleva siempre por delante lo que fuimos

en ella cabe nadar cabe

la explicación mayor pero el misterio

del amor y el desamor, que se adquiere”


La pérdida tiene un idioma

que te arrastra como una fuerte marea.

A veces creemos saber algo

solo porque estamos dentro.

Pero dentro no es saber,

es flotar entre restos

y tener la boca llena de agua 

cuando aún creemos que hablamos.


(92)


“Persiste, extrañeza

hasta que vuelva a inventar mi lugar”


Eres tú, extrañeza, la que no se retira.

Sabes que ya no puedo volver,

y que tampoco me has dejado ir.


Estoy a salvo de la costumbre.

Cuando vuelva a inventar mi lugar

tal vez ya no duela tener que llamarlo mío


(6)


“Del camino no me asusta la forma

me asusta que sea el mismo que emprendí.


Como nuestros cuerpos van por delante sé

que de verdad es un camino.


Tú lo haces por acompañarnos,

para mí existe como existen tu mano

y esta distancia por recorrer”


No me asusta el trayecto

sino el bucle.


Pero si tu mano sostiene,

si caminas a mi lado,

como si supieras que sin ti

el camino se borraría.

Entonces, volvería a existir.


Gracias, Julieta Valero.


©AnaBlasfuemia