Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Martín Gaite. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Martín Gaite. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de septiembre de 2026

De hija a madre, de madre a hija (Carmen Martín Gaite)

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos


Este libro reúne dos textos donde Carmen Martín Gaite ensaya modos de interlocución con quienes ya no pueden contestarle, funcionando ambos textos como un movimiento de ida y vuelta dentro de la misma estructura afectiva. En “De su ventana a la mía”, Martín Gaite escribe desde la posición de hija que comprende retrospectivamente a la madre; en “El otoño de Poughkeepsie”, su hija permanece en un cuaderno que la madre teme terminar. Primero se mira hacia arriba, hacia la madre; después hacia abajo, hacia la hija. Y en ambos casos la literatura aparece como una herramienta íntima de comunicación con lo ausente.


El texto De su ventana a la mía no es solo una evocación autobiográfica de la madre, es también una pieza metaliteraria: el sueño, la ventana, la carta, la comunicación cifrada y el acto de interpretar lo recibido funcionan como una imagen del propio acto de escribir y leer.  


Martín Gaite parte de un sueño y lo convierte en una teoría íntima de la lectura. La hija escribe a la madre mediante señales de luz, dedos, reflejos, ventanas lejanas. Lo importante no es la rareza del mecanismo, sino lo que revela: la madre había enseñado sin explicar, había transmitido un modo de mirar antes de que la hija supiera qué estaba recibiendo. Por eso el texto no es solo una evocación sentimental de la madre, es sobre todo un desciframiento. La hija no “recupera” a la madre: entiende tarde un gesto suyo. Comprende que aquella mujer mirando por la ventana no estaba simplemente distraída, triste o ausente, sino elaborando una forma silenciosa de evasión, pensamiento y vida interior.


El símbolo de la ventana permite estar dentro y no pertenecer del todo al dentro: mirar fuera sin salir, sostener una intimidad no sometida por la casa. Martín Gaite sabía mucho de eso: de mujeres a quienes se les concedía poco espacio exterior y que, sin embargo, desarrollaban una vida mental intensa en los márgenes de lo permitido.


El otoño de Poughkeepsie es uno de los textos más personales de Martín Gaite. Se sitúa en Nueva York/Vassar después de la muerte de su hija; lo describe como una mezcla de testimonio personal y ficción donde, en medio de la desolación, vuelve a brotar el impulso de escribir, desembocando en “Caperucita en Manhattan” (es una paradoja muy “martingaitiana”: de un fondo de devastación puede salir una fábula de libertad)


No es solo un texto sobre la muerte de su hija Marta, sino sobre el extraño, casi indecente, regreso de la escritura después de esa muerte. Indecente no porque escribir esté mal, sino porque toda vuelta a la vida después de una pérdida así tiene algo de traición íntima. El hecho de que la imaginación vuelva a moverse no anula el dolor, lo vuelve todavía más complejo. Una parte de una quiere quedarse en el sitio exacto de la pérdida; otra parte, por puro mecanismo de supervivencia, empieza a mirar, asociar, inventar. A moverse.


Gaite desconfiaba del diario como registro obediente del tiempo, por eso usa el cuaderno de su hija sin obligación cronológica. No quería demostrar que los hechos ocurrieron en un orden exacto: quería permanecer cerca de algo que todavía puede tocar. Por eso es tan impactante que a veces no siga escribiendo por miedo a terminarlo. El final del cuaderno no sería el final del duelo, sino el agotamiento de una forma concreta de contacto.


Estos no son textos sobre el amor entre madres e hijas en sentido amable. Hablan de la asimetría, el retraso, la imposibilidad de decir a tiempo, la extraña supervivencia de ciertos gestos. La hija comprende a la madre cuando la madre ya no puede recibir esa comprensión. La madre escribe en el cuaderno de la hija cuando la hija ya no puede usarlo. Todo llega tarde. Pero llegar tarde no significa llegar inútilmente. La literatura de Martín Gaite se apoyaba mucho en eso: en lo que ya no puede modificar la vida, pero todavía puede modificar la comprensión.


Gaite no era una autora melodramática. Su inteligencia trabajaba de otro modo: escucha, rodea, anota, deja pasar una luz lateral, busca interlocutor, arma una conversación donde quizá ya no puede haberla. Tenía algo que en la literatura española no abunda tanto como debería: una mezcla de claridad, oído, ironía, pensamiento narrativo y sensibilidad hacia las formas concretas de la vida. No teoriza desde una torre, pero no es costumbrista en un sentido menor: lo cotidiano en ella está lleno de pasadizos. Parece que está hablando de una visita, una habitación, un cuaderno, una amiga, una ventana, y de pronto te ha llevado al centro mismo de la soledad, del deseo de ser escuchada, de la imaginación como supervivencia.


Gracias, Carmen Martín Gaite


©AnaBlasfuemia



martes, 8 de agosto de 2017

Lo raro es vivir (Carmen Martín Gaite)


Páginas: 232
Publicación: 1997
Editorial: Anagrama
Sinopsis: La protagonista y narradora es una chica de 35 años que acaba de perder a su madre y que tras una etapa en la que cultivó el rock y se enfrascó en amores tempestuosos, se entrega ahora, para huir de sus propios enigmas, a investigar los de un extravagante aventurero dieciochesco, pesquisa a la que se une otra más íntima sobre su infancia, sus padres y los sentimientos que la unen al arquitecto con el que convive.


No soy objetiva ni imparcial con Carmen Martín Gaite, una autora que, como ya comenté aquí, está unida de una forma indeleble a una ciudad que llevo en el corazón: Salamanca. Y una autora más de las que me hizo lectora y casi que hasta persona, que me ha puesto voz y me ha dado palabras y con la que estaba en deuda, y ya era hora de traer aquí, a mi cuarto propio, para que me acompañara en este viaje personal que llevo haciendo desde hace un tiempo. He acudido a una relectura, porque creo que hay pocos libros suyos que no haya leído ya. Y, otra vez, por el título. 
A mí no me extraña. Es que todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que lo que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y que de esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo más raro es que lo encontramos normal.
Cuando este libro llegó a mis manos, yo había abandonado hacía tiempo Salamanca y también a una persona a la que había amado de una forma que creí indestructible. Y lo era, por eso lo autodestruí. Me encontraba en una ciudad de La Mancha de cuyo nombre quiero olvidarme y de la que quiero huir. Por aquel entonces vivía perpleja, pensando que esto del vivir era muy raro, o que quizás yo lo era. Así que cuando Carmen Martín Gaite volvió a mí, con un libro que se titulaba Lo raro es vivir, no pude menos que leerlo con fruición, como si me rescatara de algo. Y ahora he vuelto a él, porque esto del vivir sigue siendo muy raro, y porque ya sé que nada ni nadie me rescatará. Es tan raro. Vivir.
Echaba de menos la luz, aunque fuera fugitiva, de un momento extraordinario.
Cualquier libro de Martín Gaite seguirá siendo actual, independientemente de cuándo lo haya escrito y de cuándo sea leído. Porque al fin y al cabo sus libros hablan de algo que no tiene fecha de caducidad: la existencia. El existirse.

Águeda, 35 años, acaba de perder a su madre. Pero los apegos feroces no terminan con el fallecimiento de una de las partes, así que a Águeda, propensa a las metáforas, la fantasía y las mentiras, no le quedará otra que enfrentarse al escenario interior del que siempre ha estado huyendo/esquivando. Los recuerdos son inevitables y con ellos vienen las verdades del barquero, una vez desprovistos de la ensoñación y las quimeras.
A veces pienso que se miente por incapacidad de pedir a gritos que los demás te acepten como eres. Cuando te resistes a confesar el desamparo de tu vida, ya te estás disfrazando de otra cosa, le coges el tranquillo al invento y de ahí en adelante es el puro extravío, no paras de dar tumbos con la careta puesta, alejándote del camino que podría llevar a saber quién eres.
El mundo de la fantasía siempre ha estado muy presente en toda la obra de Martín Gaite, por eso no es extraño que sus personajes tengan una imaginación desbordante y compartan sus sueños diluyendo la frontera entre la realidad y la irrealidad. Águeda no es una excepción, siendo una auténtica especialista en distraerse de sí misma con mentiras, improperios, alegorías y ensoñaciones. 

En ese evitarse a sí misma todo vale, incluso indagar en la vida de un aventurero del s. XVIII y su criado, sin saber que resolver enigmas ajenos no evitará, finalmente, tener que desentrañar los propios.
A mí, cuando viajo en metro, siempre me da por pensar mucho, pero además con chasquidos de alto voltaje, relámpagos que generan preguntas sin respuesta y desembocan en la propia pérdida, en los tramos umbríos de ese viaje interior donde se acentúa la desconexión entre la lógica y los terrores.
[…] Yo a esos viajes en metro los llamaba “bajar al bosque”, aunque no supe hasta más tarde que aquella metáfora, como todas, tenía poder para conquistar otros territorios.
Esta imagen de “bajar al bosque” me fascinó desde el primer momento que la vi. No me hacía falta viajar en metro, siempre he tenido mis espacios para descender al bosque, tantas veces que al final vivo en él. Pero le debo a Martín Gaite el concepto, como tantas otras cosas.

Y Águeda también tendrá que bajar al bosque, no podrá evitar más ese voltaje que supone enfrentarse a los propios terrores. Es tan inevitable como que los inviernos suceden.
Culpas no hay, además, sólo causas.
En todos los libros de Martín Gaite está ella, detrás, transmitiendo su fuerza y sus ganas de vivir (con mayúsculas y mayúsculamente), sus miedos e inseguridades, sí, pero también su pujanza, su arrolladora personalidad. Ante las adversidades nunca cedió, inquieta, inteligente y libre. Águeda tiene su porcentaje de su propia creadora (la autoficción no se inventó ahora, no), quizás por eso, pero sobre todo (creo) por las tremendas ansias de vida (por raro que sea esto del vivir) es porque finalmente Águeda sobrevive (porque siempre se hace) a sus propios fantasmas y sus propios apegos feroces. 
¿Verdad que cuando nos conocimos te gusté porque divagaba y cosía la verdad con hilos de mentira?
Escribía tan bonito Carmen Martín Gaite, con su ironía, su humor, su facilidad para mostrar confusiones, jeroglíficos personales, claves internas… Parecía imposible, pero encontré nuevos huecos que subrayar y en los que emocionarme y encontrarme.

Los libros se unen a mis momentos vitales con un hilo inexplicable pero inasequible a la puntada. Lo raro es vivir ya está cosido (con doble puntada además) a mi biografía. Siempre libero algún monstruo cuando leo a esta magnífica escritora.
Y cuando yo, totalmente desorientada, murmuré “no te entiendo”, me volvió a acompañar al sofá, me tapó con la manta y sonreía: “Yo a quien no entiendo”, dijo, “es a la gente parecida a mí. Buenas noches.”

miércoles, 30 de julio de 2014

Reto de Escritoras Únicas: Carmen Martín Gaite



Carmen Martín Gaite necesita poca presentación, siendo como es una de las escritoras más conocidas, reconocidas y leídas de nuestra literatura española.

Monumento a Carmen Martín Gaite en la Plaza de los Bandos, Salamanca

Nació en Salamanca en diciembre de 1925. Hija de un notario liberal, su educación inicial fue a cargo de profesores particulares, puesto que su padre no se fiaba mucho de la educación impartida por curas y monjas. Y en Salamanca, y en aquella época más aún, era difícil encontrar colegios laicos. Mientras que su hermana pudo ir a estudiar el bachillerato a Madrid, la guerra impidió que Carmen pudiera hacer lo propio, por lo que hizo el bachillerato en un instituto femenino de Salamanca. Este “encierro” involuntario en una ciudad de provincias como Salamanca le serviría de base para su novela Entre visillos. Salamanca le dio a Carmen Martín Gaite el amor a la literatura y también el escenario de sus primeras obras.

Aunque es de justicia decir que mucho de ese amor a la literatura se lo debía a su padre, gran amante también de la literatura y que tenía entre sus clientes a nada menos que Unamuno. Y también es de justicia decir que la ambientación de Galicia que aparece en muchas obras de Carmen Martín Gaite venía de la procedencia de su madre y de la aldea de Orense en la que pasó muchos veranos: San Lorenzo de Piñor.

Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio (Barcelona, 1957)

Se licenció en Filosofía y Letras y posteriormente hizo el doctorado ya en Madrid, donde conocería (entre otros) a Rafael Sánchez Ferlosio, con quien se casaría en 1953. Es curioso, porque he visto varias fechas del año en el que estos dos autores contrajeron matrimonio: 1953, 1954, 1958. La más fiable parece 1953. Donde hay acuerdo es en el año en el que se separaron: 1970. Aunque la separación fue amistosa, Carmen (que admiraba profundamente a Sánchez Ferlosio) sufrió mucho con la ruptura, nunca volvió a casarse ni a tener una relación larga. Tuvieron dos hijos en común. Un niño que nació en 1954 y falleció al año de meningitis. En 1956 tendrían una hija, Marta.

Quisiera ser delicada en este punto. Pero creo necesario entender que tal vez la vida de Carmen Martín Gaite no fue tan fácil como muchos puedan pensar. Acabo de comentar que la separación de Carmen con Rafael fue amistosa, pero tremendamente dolorosa para ella. Cuando se separaron, Carmen se quedó viviendo con su hija, con la que tenía una estrecha y especial relación. Marta, falleció en 1985. Sobre su muerte hay poca información. Digamos que un caballo cabrón y cuatro putas letras dieron un golpe brutal a Carmen Martín Gaite, arrebatándole a su hija.

Carmen Martín Gaite era única no sólo por ser una gran escritora, sino porque fue también una persona que tenía dudas, miedos, inseguridades, pero también una gran fortaleza, por ello siempre luchó y siempre quiso vivir, en el sentido pleno de la palabra: V-I-V-I-R. Después del fallecimiento de su hija siguió trabajando, más intensamente aún. Y Carmen no sólo fue escritora de novelas: traductora, guionista, ensayista, poeta, investigadora… Mujer inquieta e inteligente, viajar, escribir, aprender, buscar…, y luego contar, ese era su oficio.

La personalidad de Carmen era arrolladora: vital, desenfadada, divertida, simpática, apasionada. Quizá esa imagen ha escondido para muchos una búsqueda continua de sí misma y una mente inquieta, proclive a la intimidad y tremendamente independiente. Tanto, que renunció a ingresar en la Real Academia para no renunciar a su libertad a la hora de escribir, contar y narrar. Con la misma independencia y renuncia a ataduras que decidió dejar de ir a la peluquería, dijo no a la Real Academia de la Lengua…

La literatura para ella fue el filtro a través del cual veía (y creaba) la vida y los recuerdos. Y así concibe Carmen la literatura: no sólo ficción, sino también memoria.. Buscadora infatigable, lúcida y entusiasta, la realidad para ella no tenía límites: estaban los sueños y la fantasía para mirarse en el interior y enriquecer la vida y la escritura.

Carmen Martín Gaite falleció el 23 de Julio de 2000 de un cáncer que se la llevó con 74 años, dejándonos a los lectores, como lo ha hecho también la reciente muerte de Ana María Matute, un poco más huérfanos. Quizás nunca consiguió la felicidad del todo, pero sí nos ha hecho (nos hace) un poco más felices a sus lectores. En su libro Lo raro es vivir, el mensaje es claro: vivir es duro, pero la vida siempre merece la pena (vivir la vida, como contrapunto a vivirla dejándola pasar)

De los Cuadernos de todo (Carmen Martín Gaite)

En mi recuerdo muchas de sus obras (Entre visillos, Retahílas, El cuarto de atrás, Fragmentos del interior, Nubosidad variable, Caperucita en Manhattan, Lo raro es vivir…) están asociadas a su lectura en la misma ciudad en la que ella nació: Salamanca. Una ciudad que me conectó de forma especial e imperecedera a esta autora, no siendo este el único punto de conexión que ha hecho que Carmen Martín Gaite tenga un hueco muy importante en mi bagaje lector y también personal. Llegó a mi adolescencia casi como una revelación, y me ayudó a leer más, a leer mejor y a leer más lejos. En cierta forma, ha puesto su granito de arena en mi “autoconstrucción”. Incluso ha hecho la definición de “lector” con la que más identificada me siento: “Es una mezcla de drogadicto y de excursionista”. Sin duda, es la autora del Reto de Escritoras Únicas con la que me siento más en deuda. Gracias, Carmen Martín Gaite por ser la interlocutora de mi voz interior.
(©AnaBlasfuemia)