Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo filosófico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo filosófico. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de diciembre de 2025

Extravíos (Emil Cioran)

 La única esperanza del hombre es encontrar la esperanza


Cioran es un autor poco leído, pero al que se le cita muchísimo. Lo entiendo, no es precisamente la alegría de la huerta; lo suyo es más bien un pozo de lucidez malsana y extrema que produce un tipo de alivio que no es exactamente felicidad, pero sí una especie de complicidad con la condición humana. Está en mi naturaleza, esa que no puedo evitar, dejarme arrastrar a ese tipo de pozos.


Extravíos” es un libro breve de aforismos y fragmentos, en el que la desolación es una condición natural del pensamiento. Un pensamiento con fogonazos de pesimismo, intuiciones corrosivas, a veces casi crueles, y otras de una belleza devastada.


Se diría que el hombre sólo sobrevive porque se adiestra en dudar de todo lo que toca, como quien frota con desinfectante cada objeto de la conciencia para no contagiarse de sus propias ilusiones. Si bajara la guardia un instante, si dejara de ponerle mordazas al fervor y a la credulidad, bastaría el primer gesto ingenuo para que la furia del mundo le arrastrara como aluvión. Por eso inventamos diques: formas, hábitos, ese pudor extraño de sostener la compostura incluso cuando nos despeñamos. Llamamos elegancia a la capacidad de sostener el gesto mientras se incendia la casa. 


Por eso Cioran formula un programa de supervivencia mental: sin la disciplina del escepticismo y la ironía, el mundo (por su mezcla de injusticia y estupidez) nos desbordaría hasta la furia. La respuesta no es el consuelo, sino el dominio de sí y el decoro: conservar “el viso discreto” incluso en la aflicción. O damos forma a la vida (“hacer un soneto”), o nos despeñamos (“ahorcarnos”). Es una regla práctica para no anegarse.


Lo cierto es que la vida no tiene ningún sentido, pero aún más cierto es que nosotros vivimos como si tuviera uno


Para Cioran la tonalidad de la existencia es una mezcla inseparable de vodevil y réquiem. Lo cómico y lo fúnebre no se alternan, se mezclan en una melodía imposible. La naturaleza misma se convierte en anomalía: cuando el asco hacia los otros se enquista, es como si el calendario aboliera las estaciones y dejara al cuerpo sin ciclos de renovación. Y en medio de ese clima enfermo, lo único continuo es la marea de la desesperación, porque las esperanzas, como islas, se forman y se hunden, mientras el mar de fondo permanece incólume.


Del tedio absoluto no nos rescata la razón ni la costumbre, sino la irrupción sin causa, la anomalía que no tiene explicación y que, para incomodidad de los ateos más severos, solemos llamar milagro. Pero un milagro sin liturgia, sin incienso, más bien un cortocircuito que apaga por un segundo la maquinaria del vacío. Es entonces cuando entendemos que la vida no es pertenencia sino malentendido, prejuicio transmitido de generación en generación, y que una no pisa la tierra por derecho, sino por imposibilidad de no pisarla.


Y así, entre el hastío y la ironía, se aprende a vivir de costado: por encima de las verdades, más allá de las convicciones, con la conciencia mirando su propio espectáculo desde la última fila, riéndose con discreción de su empeño en parecer seria. Cioran empuja la filosofía hasta la frontera de la ineficacia y del ridículo, como quien hincha un globo sólo para verlo explotar. Y una termina entendiendo que el secreto no está en salvarse ni en perderse, sino en saber caerse con estilo.


En definitiva, “Extravíos” es un laboratorio de formas de resistencia: unas veces el escepticismo, otras la ironía, otras la forma poética, otras el humor negro. El resultado es un estilo de supervivencia. No es un libro que se lea buscando “qué piensa Cioran”, sino cómo hace para no ahogarse en lo que piensa. 


Amar la ceniza, cual un ave fénix que despreciara la resurrección…”


Gracias, Emil Cioran. Gracias, Christian Santacroce (traductor)


©AnaBlasfuemia




martes, 7 de octubre de 2025

Autorretrato en el estudio (Giorgio Agamben)

Si pienso en los amigos y en las personas a las que he amado, me parece que todas tienen algo en común que sólo podría expresar con estas palabras: lo indestructible en ellas era su fragilidad, su infinita capacidad de ser destruidas. Y quizá sea esta la más justa definición de lo humano


Giorgio Agamben escribió “Autorretrato en el estudio como quien se detiene a mirar los objetos que han estado a su lado mientras pensaba. Como Sócrates en su última hora, Agamben se presenta como alguien que ha hecho de su estudio un campo de batalla contra el tiempo. No es una autobiografía sino una suerte de instantáneas de los espacios que ha habitado, de los libros, imágenes, objetos y personas que le han acompañado. Un autorretrato, sí, pero sin figura central.


El protagonista aquí no es el “yo”, sino el umbral entre el pensamiento y las cosas, entre la vida y su forma. Agamben convierte estos espacios (que son refugio, laboratorio, trinchera y santuario a la vez) en un espejo oblicuo de su forma de estar en el mundo. Cada objeto nombrado, cada estante, cada fragmento convocado, actúa como un disparador que enlaza lo cotidiano con lo conceptual, sin necesidad de argumentar nada. Simplemente mostrando, como si el pensamiento pudiera dejarse ver mejor cuando no se dice directamente. Porque si algo ha rechazado siempre Agamben es la espectacularización del pensamiento y ese gesto es el signo de una ética: la ética de la retirada (sin huir, pero sin exhibirse).


El libro se organiza como un atlas interior, dispuesto más por afinidades secretas que por lógica discursiva. Agamben lo ha dicho de muchas formas, y en este libro lo reitera sin subrayarlo: un filósofo no es alguien que impone su voz, sino alguien que escucha. Alguien que trabaja con palabras ajenas, con imágenes prestadas, con conceptos que ha heredado y a los que intenta, apenas, dar forma. Para él la filosofía es escribir entre la lengua y el silencio, entre la palabra y aquello que la excede.


"Autorretrato en el estudio" podría leerse como una forma bartlebyana de narrarse: rehusando a la narración misma, prefiriendo no contar, pero dejando que las cosas hablen por él. El libro no se abre fácilmente: hay que entrar en él como quien cruza el umbral de una habitación en penumbra, sin saber muy bien qué se busca. Esa opacidad puede resultar excluyente, también lo digo.


Es evidente el tono contenido, elegíaco, sin desgarro: Agamben despliega una erudición vastísima (una constelación erudita que recorre siglos, disciplinas, lenguas, nombres), pero evita el quiebre emocional. No hay confesión ni sentimentalismo, sino que elige la gravedad serena, la evocación y afinidad, frente a la intimidad desgarrada. Esa sujeción es parte de su compromiso con el pensamiento y el lenguaje.


Es una escritura que se mueve entre la memoria intelectual y el gesto litúrgico, pero que rara vez baja a lo afectivo o a lo íntimo como desbordamiento. Agamben convoca a sus muertos, pero no los llora; los nombra con la gravedad de quien prolonga una voz, no con la fragilidad de quien se derrumba ante la pérdida. Incluso sus elogios más intensos están medidos, casi ceremoniales. No cede nunca a la sentimentalidad exhibicionista. Es una manera de mantener la dignidad del pensamiento, de oponerle al flujo emocional constante una forma de gravedad antigua, casi monástica.


En este autorretrato melancólico, un mundo cultural desaparecido vuelve a hablar y al hacerlo deja al descubierto la intemperie de nuestro presente. Así, a través de un lenguaje literario y filosófico, Agamben consigue dos cosas: retratar una comunidad en extinción y, al mismo tiempo, lanzar una crítica poética a la pobreza espiritual de la época actual. Leer este libro exige atención, paciencia,  la voluntad de quedarse en lo no evidente. No es una lectura que se ofrezca, hay que ir a su encuentro. Y la pobreza humanística y cultural de nuestros tiempos requiere (urge) ir a ese encuentro.


Gracias, Giorgio Agamben. Gracias, Rodrigo Molina-Zavalia y Mª Teresa D’Meza (traductores)


©AnaBlasfuemia

viernes, 12 de septiembre de 2025

El arte de ser feliz (Arthur Schopenhauer)

Lo que uno representa, es decir, la opinión de los demás sobre nosotros, no parece, ya a primera vista, algo esencial para nuestra felicidad; por eso se llama vanidad, vanitas


¿Y qué hacía Schopenhauer (que pensaba que vivir es un error) escribiendo un manual con cincuenta reglas para la felicidad? Pues eso: no lo hacía. El título se lo pusieron otros, él lo llamó Eudemonología (que ya suena como suena, a filosofía para no volverse loco en esta vida absurda).


No es un libro para leer del tirón. Es un libro de cucharada y marcha atrás, que se lee de la misma manera que se aprende a vivir: ensayo, torpeza, retorno. Algunas reglas te obligan a pensar, parar, dejar el libro, mirar por la ventana, incluso ponerte a silbar. O volver a empezar porque lo que parecía simple resultó ser un nudo.


Sin decirlo del todo, el libro se articula en torno a una estructura clásica: lo que se es, lo que se tiene, lo que se representa. Y ahí siguen algunas reglas funcionando como relojes sin pila: sin hacer ruido, pero exactos.


Evitar compararse. No envidiar lo que no ves por dentro. No esperar que tu estado de ánimo dependa de la atención ajena… Parecen consejos de sentido común, y lo son. Schopenhauer  lo resume: evita la envidia, cuida tu salud mental porque sin ella da igual lo demás, aprende a sostenerte solo, pero no por orgullo sino porque puede que no siempre haya nadie cerca. Todo esto sin cursivas, sin emoji, sin TikTok.


Hay aquí algo extraño: un señor que hace más de un siglo nos dijo que te conozcas sin drama, que cuides lo que piensas cuando estás solo y que no te fustigues más de lo necesario. Que no compres felicidad en cuotas. Arrasaría hoy en día, menudo coaching espiritual sería Schopenhauer ¿verdad?


El mero querer, y también poder, por sí mismos aún no bastan, sino que una también debe saber lo que quiere, y debe saber lo que puede hacer


Basta esa frase para dejar en el suelo toda la industria del “si quieres, puedes”: mensajes motivacionales, agendas con frases inspiradoras, vídeos de sonrisas profesionales y metas en tres pasos.


Schopenhauer tenía claro que poseer no es acumular. Que el tener de verdad no pasa por la cuenta bancaria ni por la estantería de libros leídos. Hoy en día el tener se ha vuelto una identidad escurridiza: tengo tiempo, tengo estrés, tengo seguidores, tengo ansiedad. Él, en cambio, hablaba de otra cosa: se tiene lo que nadie puede darte ni quitarte.


Cada vez más, lo que una representa se convierte en mercancía: número de seguidores, marca personal, visibilidad, estética emocional. Y todo eso entra en colisión directa con lo que propone este libro: todo eso no es esencial, es espuma, humo. Vanitas.


No todas las reglas de Schopenhauer han envejecido igual. Algunas piden una lectura más alerta, y otras cierta distancia irónica. Algunas reglas, si se aplican sin respirar, te pueden llevar a la trampa opuesta: la renuncia disfrazada de sabiduría, la soledad elevada a principio, la desconfianza como refugio. Si el coaching moderno vende ilusión hueca, aquí el riesgo es confundir lucidez con retraimiento sin salida. Una cosa es no esperar demasiado y otra no esperarlo nunca. Como todo manual, este también exige leer entre líneas, no para desmentirlo, sino para no convertirlo en evangelio.


Así que no: este no es un libro que puedas transformar en reels motivacionales. No hay promesas, lo que hay son advertencias. Y si las escuchas con atención, valen más que cien cursos de “liderazgo emocional con propósito consciente”. Lo que en el siglo XIX era vanidad, en el XXI es sistema. Por eso leer a Schopenhauer es como beber agua del grifo después de horas tomando bebidas energéticas: de pronto recuerdas cómo sabía lo real.


Cuando piensas cuántos se te adelantan, ten en cuenta cuántos te siguen.”


Y si un día descubres que no hay nadie ni delante ni detrás, quizás sea buen momento para dejar de correr. Porque, a veces, no avanzar también es una forma de saber dónde estás.


Gracias, Arthur Schopenhauer. Gracias, Angela Ackermann Pilári (traductora)


©AnaBlasfuemia



domingo, 24 de agosto de 2025

La sociedad del cansancio (Byung-Chul Han)


El mundo ha perdido la voz y el habla; es más, ha perdido el sonido. El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio


Lo sé, Byung-Chul Han es un filósofo muy reconocido, premiado, reseñado y convertido en autor de cabecera del malestar moderno. Pero a mí me rechinaba. Sospeché que mi intuición (extraña y anárquica) podía estar haciendo de las suyas, así que leí este libro para darle una oportunidad razonable a mis prejuicios.


En mis lecturas suelo buscar una especie de mapa que me oriente en medio de la confusión y las dudas. Por eso elegí “La sociedad del cansancio”, porque a veces me siento cansada. La propuesta de Han parece cristalina y seductora: la enfermedad de nuestro tiempo es neuronal. No sufrimos por exceso de negatividad, sino por un exceso de positividad que nos termina por derrumbar. 


Bien, hasta aquí compro: la fatiga de ser una misma, la dispersión de la atención, la muerte del aburrimiento fértil, la incapacidad de escuchar, la hipertrofia de discursos, la gratificación inmediata, la pérdida del otro y, con ella, del pensamiento profundo. Todo eso lo reconocemos, lo padecemos y hasta lo hemos dicho en voz alta alguna vez. Lo compro, pero como quien compra pan: porque es lo que hay. No por sorpresa ni por iluminación. Lo compro por solidaridad, no por descubrimiento


Ahí empieza mi problema (lectora subjetiva donde las haya). Han es clarísimo, pero más que pensar parece estar dando una lección magistral. Creo que le falta voz propia. Tengo la sensación de estar en una clase en la que se encadenan citas ilustres, como si temiera mancharse de experiencia. Sus páginas me suenan a lo ya oído, a diagnóstico ya formulado, a teoría sin riesgo. Byung-Chul Han es, en el fondo, un ventrílocuo de citas: lo que dice, ya lo dijeron otros.


Y no es que yo le exija una escritura confesional, faltaría más. Pero hay pensamientos que, de tan desinfectados, ni se desangran. Me basta comparar con Mark Fisher. Ambos critican la maquinaria neoliberal que nos convierte en empresas de nosotros mismos, ambos diagnostican un malestar contemporáneo. Pero Fisher escribe desde dentro de la herida. Su lenguaje no es neutro ni aséptico. Teoriza la depresión desde la depresión, el colapso desde el colapso. No se refugia en la teoría: la sacude, la rompe y la arriesga. Por eso, aunque Han suene más pulido, Fisher va más hondo. Fisher te tambalea; Han te informa.


Tampoco es menor que, en su brevedad, Han renuncie a los matices que más incomodan. La positividad no es solo violencia, a veces es refugio. El rendimiento no es siempre autoexplotación, a veces también es supervivencia. El aburrimiento no desaparece igual en todas las clases sociales. El pensamiento de Han se parece a lo que denuncia: es una forma brillante de agotamiento.


Lo que causa la depresión es más bien una relación excesivamente tensa, sobreexcitada y narcisista consigo mismo que acaba asumiendo rasgos destructivos


Y aquí una de esas perlas que ilustran lo que intento decir. O sea, que la depresión es una relación narcisista con una misma. Como si fuera una elección estética, un exceso de rendimiento mal gestionado. Vaya. Esto hasta me ofende. Como me ofendió cuando se refiere a que un ordenador posee un “egocentrismo autista”, obviamente no me ofendí por el ordenador. Cuando Han utiliza la expresión “egocentrismo autista” para describir el repliegue extremo del sujeto contemporáneo, lo hace desde una retórica que me resulta cuestionable, por su uso impreciso y potencialmente estigmatizante.


Concluyo con la sensación de que sobran filósofos “diagnosticadores” y que faltan más pensadores que sean menos teóricos del diagnóstico y más practicantes de lo vivible. Y que en lugar de decirnos cómo vivimos, se atrevan a preguntarse si todavía es posible hacerlo.


Gracias, Byung-Chul Han. Gracias, Arantzazu Saratxaga Arregi y Alberto Ciria (traductores)


©AnaBlasfuemia