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martes, 22 de diciembre de 2020

Las buenas intenciones (Amity Gaige)


Comenzaba a percibir que había una diferencia entre secretos y misterios, y que, por desgracia para él, la vida era un misterio y no un secreto, lo cual significaba que nadie la poseía y, por lo tanto, que nadie podría hacerla transparente para él, así que ninguna muerte ofrecería una respuesta

La diferencia entre misterio y secreto está en que el misterio no es susceptible de resolverse. La vida es misteriosa, no secreta. Y las intenciones pueden ser secretas, pero no misteriosas. También pueden ser buenas o malas, hay un dicho al respecto: que el infierno está lleno de buenas intenciones. Y eso ya nos dice mucho del contenido de este libro.

Gaige construye un personaje protagonista fascinante y complejo. Un protagonista manipulador y egocéntrico. Y es que cuando todo se construye en torno a una mentira, al final las intenciones nunca, jamás, son buenas. La verdad más pura siempre está en quien es capaz de conmoverse, pero no con y por uno mismo, no con autocompasión, sino conmoverse con el otro y por el otro.

Al final… al final nos pasarán la cuenta y todos tendremos que pagar y declarar el verdadero color de nuestros actos. Poca escapatoria hay, por mucha confusión que exista entre quienes creemos ser y quienes realmente somos, por mucho que construyamos una narrativa personal con relatos que se ajusten a nuestros intereses… nos pasarán la cuenta y habrá que pagar. Fin de la historia.

Esta es una novela inteligente y muy bien escrita sobre una personalidad narcisista, una personalidad profundamente manipuladora. Gaige profundiza sobre la paternidad y las identidades que adoptamos y lo hace a través de un personaje de esos que detestamos a la vez que nos atraen poderosamente. Algún nombre tendrá eso, pero mientras lo encuentro os digo que este libro me agarró con la pericia de una araña atrapando a una mosca. Tejiendo muy bien. Detestas al personaje pero lo comprendes y hasta a veces sientes ternura por él, una ternura del mismo calibre que el desprecio. Emocionalmente esto es inquietante y, a la vez, una virtud narrativa de Gaige. Una novela muy equilibrada sobre el desequilibrio.

Que alargada es la sombra de Nabokov y su “Lolita”... 

©AnaBlasfuemia

sábado, 16 de mayo de 2020

Entre cielo y tierra (Jón Kalman Stefánsson)


Pero la realidad nunca se aleja mucho de ti, nunca consigues huir de ella más que un momento, vivos y muertos están sometidos a ella y por eso es una cuestión de salud del alma, de cielo o infierno, convertir la realidad en un lugar mejor

Entre cielo y tierra, el mar. Entre cielo y tierra, quienes la habitan. Entre cielo y tierra, la naturaleza. Entre cielo y tierra, la realidad. La realidad con su hielo y su lava, su blanco y su negro, su frío y su calor, sus múltiples versiones de ella misma. La realidad es una miscelánea poliédrica. Y desconcertante. Pero es el lugar que habitamos. Lo que hay entre cielo y tierra es el espacio en el que nuestro destino se cumple mientras intentamos comprender lo inabarcable: la vida.

Stefansson nos habla de una época y un mundo perdido en el que el sufrimiento, una vez más, ejerce de poderosa metáfora sobre la vida, la muerte y la existencia. Con una prosa robusta y revestida hábilmente de un potente y atractivo tono poético, no esconde la luz ni el consuelo, pero tampoco la oscuridad, las tormentas, el olvido y los silencios.

La búsqueda espiritual requiere de una energía que es absorbida por la necesidad que requiere una realidad más tangible y menos mística: hay que trabajar, comer, tener un techo. No podemos abarcar toda la vida y muchos aspectos ineludibles de la misma pueden ser un doloroso aprendizaje. Doloroso y necesario.

Con una voz coral, colectiva, la voz de quienes ya no están y con una memoria frágil que deambula entre lo olvidado y lo recordado, “Entre cielo y tierra” tiene espacio también para la belleza, la amistad y la compasión, como una flor obstinada que nace en el asfalto y no escatima un ápice de su majestuosidad, rebelde y atractiva en medio de un entorno hostil gritando al mundo con su presencia que “es estupendo existir.

Por fin, mi reconciliación con la literatura islandesa.

El infierno es tener brazos y nadie a quien abrazar

miércoles, 29 de mayo de 2019

El archipiélago del perro (Philippe Claudel)


Codiciáis oro y sembráis ceniza. Ensuciáis la belleza, destruís la inocencia […] Vuestras emociones son efímeras, como mariposas calcinadas por la luz del día cuando apenas ha salido del capullo […] La soledad os devora. El egoísmo os engorda […] ¿Cómo juzgarán vuestra época los siglos futuros
El arranque del libro es tremendo, Claudel nos echa una bronca que consigue que el libro te dé calambre. Sabes que te la mereces, pero también es cierto que luego consigue el efecto contrario del pretendido: te distancia ligeramente de la culpa. Quiero intentar explicarlo.

Claudel es un escritor exquisito que maneja los ardides de las tramas como pocos. Admiro el espacio en el que se mueve, con una escritura ágil, envolvente, capaz de llegar a muchos lectores con su lenguaje cercano. Su prosa cinematográfica, directa, kinestésica, el toque de intriga con el que envuelve sus narraciones, consigue que devores el libro en un pis pás, con esa forma de thriller social y psicológico que este autor maneja con precisión.

La técnica de Claudel es la que llamo “huevo Kinder”: Su apariencia externa te promete una sorpresa en su interior. La sorpresa está dentro de un sabroso y reconocible huevo de chocolate que engulles con fruición, es una sorpresa que intuyes pero no sabes exactamente cuál será. Claudel normalmente guarda una sorpresa dentro de otra sorpresa que consigue enriquecer notablemente la historia que nos transmite. Pero en este libro va a saco y se le olvida sacar un conejo de la chistera. Así que la sorpresa del huevo Kinder resulta previsible. Y la previsibilidad distancia del compromiso que quiere arrancarnos.
Claudel escribe una fábula sobre el drama de la inmigración que pretende no dejarnos indiferentes, señalando algunas de las razones de nuestra indiferencia: “no es mi culpa”, “tengo mis problemas”, “no puedo cambiar nada”. Razones varias que nos alejan de la responsabilidad y aligera el peso de nuestra conciencia. La realidad está ahí y si querías esquivarla Claudel te la pone delante sin tapujos y, en mi opinión, de una forma demasiado explícita y no quiero pensar que oportunista. Pero hay que leerlo, esto es así y allá cada cual con su conciencia.

martes, 26 de junio de 2018

Toda una vida (Robert Seethaler)

Título original: Ein Ganzes Leben 
Traductora: Ana Guelbenzu
Páginas: 144
Publicación: 2014 (2017)
Editorial: Salamandra
Sinopsis: A principios del siglo XX, llega a una pequeña aldea perdida en los Alpes el pequeño Andreas Egger, tras ser abandonado por su madre con apenas cuatro años. El niño crece sometido a la férrea disciplina de su tío, y su horizonte se agota en la cadena de enormes montañas que rodean el valle. Así, entre esas cimas de nieves perpetuas y esas paredes rocosas de fiereza salvaje que en su juventud laceraron su corazón con gélida impiedad, la vida de Andreas discurre entre la rudeza del entorno y una forzosa adaptación a los cambios que impone el progreso. Y aunque la construcción del teleférico y la irrupción del turismo de masas, con el consiguiente aluvión de excursionistas y esquiadores, desfiguran el microcosmos mudando las costumbres ancestrales, al final de sus días el octogenario Andreas permanece fiel a su naturaleza, contemplando una puesta de sol o bebiendo leche recién ordeñada con el mismo arrobo con que cincuenta años antes observaba embobado a la única mujer que le fue dado amar.

De repente tengo este libro en mis estanterías y no recuerdo desde cuándo ni cómo ni dónde ni porqué. Me flipo más todavía cuando veo que es un libro reciente, de mesa de novedades, vaya. Haz memoria, Ana, me digo. Nada, no recuerdo. En estos últimos meses he comprado muchos libros en distintos sitios, pero los recuerdo todos ¿por qué tengo este? ¿por qué no me acuerdo de él? No sé, miro la sinopsis, veo que ha recibido premios varios y pienso que aunque no recuerde nada podría ser de ese tipo de libros que me gusten: personajes fieles a sí mismos, naturaleza, montañas e incluso un amor.

Así que me acomodo en el sofá, dispuesta a lo que parecía sería una lectura deslumbrante, casi reveladora, una vibración, un aleteo en alguna vena paralizada… Y desde luego que mi sofá vibró: no hacía más que rebullir en mi asiento, atónita. 

Y ¿por dónde empiezo? Porque además al comprobar que este libro está arrasando en redes sociales y que es maravilloso, deslumbrante, impresionante, recomendable… pues empiezo a inquietarme. Me pregunto si no he sabido leerlo. Pero sé que no es eso. Sé exactamente qué es. En cualquier caso es de las lecturas más decepcionantes que he tenido en años. Y tengo que explicarlo, no porque necesite justificarlo, sino porque lo que leo… lo cuento.

Sigo en mi sofá. No encuentro acomodo. Avanzo páginas, vuelvo hacia atrás ¿me estoy perdiendo algo? Lo leo, lo releo, lo miro del derecho, del revés y lo único que se me viene a la mente es ¿pero esto qué es? ¿el Paulo Coelho austríaco?
Se pueden comprar las horas de un hombre, robarle los días o arrebatarle toda su vida. Pero nadie puede quitarle a un hombre ni un solo instante.
Leo una y otra vez la cita anterior. La única subrayable. Pero después de una segunda lectura me pregunto ¿qué significa? Me viene el eco de frases conocidísimas como Nos pueden quitar la vida pero jamás nos quitarán la libertad. Nos pueden quitar el sueño pero no la capacidad de soñar. Podrán cortar todas las flores pero no detendrán la primavera… Y así hasta el infinito. Pero es que además no le encuentro el sentido a la frase, por muchas vueltas que le dé, solo percibo el envoltorio.

Vamos a ver, de este libro se valora su sencillez. Y es que lo sencillo es muy complicado. Más aún cuando se pretende contar toda la vida de un hombre. De un hombre sencillo por supuesto. Sí, claro, eso ya está contado: ahí está Stoner. Pero eso no impide que se sigan escribiendo muy buenos libros, desde la sencillez de la escritura y desde la sencillez de lo que narran o de sus personajes. Eso lo han hecho ya autores como Ginzburg, Gogol, Flaubert… 

Pero no, ahí no está Seethaler. ¿Es que escribe complicado, utiliza metáforas, tropos, prosa poética, imágenes deslumbrantes?… No. Es cierto: es sencillo. Yo diría básico. No hay florituras ni complicaciones. Tan es así que hay un montón de lugares comunes y de previsibilidad, tanto en el ¿estilo? narrativo como en la ¿trama? A lo largo de las 144 páginas nos encontramos con clichés de primero de taller de escritura del nivel: Las noches son oscuras como boca de lobo, o de un negro azabache; la muerte forma parte de la vida, igual que el moho del pan. Y, por supuesto, la muerte es la Dama Fría; el corazón siente un gélido escalofrío, o las gotas de agua en las briznas de hierba parecen perlas de cristal…

Bien, aceptamos sencillo, simple, en el estilo narrativo. Incapaz, al menos en mí, de generarme una imagen, un impacto, un asombro, una admiración. Así que tenemos el protagonista, Andreas Egger. ¿Conseguirá conquistarme? Pues no. Rotundamente no. Me es ajeno totalmente. Poco creíble. Previsible (como todo en este libro, plagado de clichés y lugares comunes). Un protagonista que no se enfrenta a nada de lo que le rodea, ni siquiera a lo que le sucede por dentro, simplemente se desliza por todo lo bueno y malo que le ocurre. Que no está mal y no es criticable, pero que provoca que yo también me deslice por las páginas con la misma superficialidad e indiferencia.

Entiendo la intención de Seethaler: trazar el recorrido de un hombre sencillo, que prefiere escuchar a hablar, solitario pero no tanto como para no amar al menos una vez en su vida, amante de la naturaleza. Nada dramático. Nada espectacular. Nada inhabitual. Como tantas otras vidas. Una vida que se acepta de forma natural, lo bueno, lo malo, lo regular, los cambios… Pero ¿por qué Seethaler no es capaz de poner profundidad a su protagonista? No lo sé, pero me aburrió. Mucho. 

¿Recomiendo Toda una vida? No me gusta recomendar ni no recomendar libros. No suelo hacerlo, solo a quienes conozco personalmente y conozco además bien qué y cómo leen me atrevo a decirles de algún libro que les pueda interesar y que le echen un vistazo. Creo que cada lector tiene su propio criterio y que, aunque busquemos información y leamos sobre las lecturas de otros, sabemos perfectamente con qué sensibilidades lectoras conectamos y coincidimos. Me parece importante buscar información, saber, aprender, pero también que cada cual tenga su propio juicio y opinión.

¿Es Toda una vida un mal libro? No, qué duda cabe, conmoverá a muchos lectores, sabrán apreciarlo otros y a algunos, como a mí, le parecerá un truño. Pero no puedo decir que es un mal libro porque todo libro tiene su lector. Es solo un libro que a mí no me ha gustado nada, que he leído percibiendo todas las tretas del escritor/guionista y que me ha dejado con una indiferencia absoluta. Quizás el que lo haya leído entre Banville y Pierre Michon haya tenido mucho que ver con mi valoración y con recordar qué tipo de libros y de literatura busco en este momento de mi vida.

La sombra de Stoner es demasiado alargada y mi luz anda demasiado corta.

viernes, 1 de diciembre de 2017

La joven de azul jacinto (Susan Vreeland)


Título original: Girl in hyacinth blue
Traductor: Fernando Garí Puig
Páginas: 216
Publicación: 1999 (2001)
Editorial: Salamandra
Sinopsis: Se sabe que algunas obras de Jan Vermeer, el famoso pintor holandés del siglo XVII, se extraviaron para siempre en los meandros de la historia. Escogiendo uno de estos cuadros perdidos como pieza central de la narración, la autora traza un itinerario desde el presente hasta el momento en que Vermeer concibió el óleo, que se convierte así en testigo directo de las historias de sus sucesivos propietarios.
Al final, se dijo, solo nos quedan los momentos.
A la desconexión del mundo virtual que me impuse en su momento no podía menos que seguirle una especie de desconexión lectora. No dejar de leer, pero sí salirme de forma deliberada del camino lector que transito últimamente: leer algo diferente, que no me atraviese la piel. Cómodo. Intranscendente.

Y así llegué a este libro, del que presentía no habría arañazos, conmociones ni intensidades, sino una lectura fácil, despejada, con un tema que me interesa como es el de la pintura.

A un libro también hay que agradecerle que te de lo que buscas en ese momento, aunque luego no lo coloques en la categoría de imprescindibles o libros necesarios. Por ahí, agradezco esta lectura que me dio un par de tardes plácidas, distraídas de todo lo que me carcome.

Cada vez que veo una obra pictórica, la contemplo como si fuera un libro, alguien o algo que quiere contarme una historia. No soy experta, no entiendo de técnicas pictóricas, confío en lo que me transmite, sin percibir tal vez que la luz de los cuadros de Vermeer (por ejemplo) tiene que ver con el uso que hace de los colores, el equilibrio en la colocación de los objetos, la borrosidad marginal y puntos de luz, etc. No lo percibo de una forma técnica, pero sí sensitiva. Quiero saber qué me transmite, qué me hace detenerme más tiempo en un cuadro que otro, desentrañar el imán que me mantiene absorta en una imagen, aquello que me seduce.

Dicho esto, me atraía lo que este libro me proponía: a través de un cuadro (que realmente no existe) de Vermeer, atravesar la historia de los Países Bajos y las distintas historias de aquellos que poseyeron dicho cuadro. Yendo hacia atrás en el tiempo, hasta llegar al propio Vermeer, conocemos los acontecimientos que afectan a cada persona que tuvo en su poder el lienzo, así como también su propia mirada respecto a la pintura.

La construcción narrativa que propone Vreeland permite que contemplemos este libro bien como un libro de relatos independientes, bien como una novela (que ha sido mi opción), puesto que cada capítulo supone un propietario del cuadro, una historia en torno a él y sus protagonistas y las sensaciones que el cuadro transmite a sus poseedores. Cada poseedor del cuadro tiene sus razones para desprenderse de él, y su propia narración de cómo ha conseguido obtenerlo, su conexión personal con lo que ven/perciben en la joven de azul jacinto.

Las historias de los distintos protagonistas están bien contadas, algunas más interesantes, divertidas, tiernas y predecibles que otras, ambientadas históricamente con gran pulcritud y corrección, siempre bien narradas, y siempre con el hilo común del cuadro y su poder seductor, que a cada protagonista provoca sensaciones distintas, pero complementarias: belleza, tranquilidad, elegancia, silencio, delicadeza, paz, sosiego, inocencia… Una obra pictórica transmitiendo su carácter intemporal, más allá de las distintas impresiones que provoque a quien la contempla. Ese carácter intemporal de las obras artísticas es una de los aspectos que más me estremecen del arte en general.

En definitiva, un libro de fácil lectura, bien escrito, sin más transcendencia. Ni menos.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Para acabar con Eddy Bellegueule (Édouard Louis)

Título original: En finir avec Eddy Bellegueule
Traductora: María Teresa Gallego Urrutia
Páginas: 192
Publicación: 2014 (2015)
Editorial: Salamandra
Sinopsis: Cuando el 6 de enero salió a la venta, se sabía que el autor era un estudiante de sociología en la École Normale Supérieure, homosexual, de 21 años, que narraba su martirio de adolescencia en la atmósfera asfixiante de un pueblo del norte y su cambio de identidad ante la Administración, de Eddy Bellegueule a Edouard Louis. El resentimiento guía la toma de conciencia del protagonista de su feminidad entre palizas, humillaciones, alcoholismo, machismo y pobreza. En el pasillo del colegio un escupitajo, amarillo y espeso, desciende lentamente por su cara. Es el afeminado. En casa, el padre mete a unos gatos recién nacidos en una bolsa y los estampa contra un ribete de hormigón repetidamente mientras se apagan maullidos de socorro y unos hilos de sangre abren el plástico.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ

He leídos unos cuantos libros últimamente que no he comentado ni lo haré. Por razones varias: unos porque ya se ha dicho mucho, todo, de ellos (El papel pintado de amarillo, de Charlotte Perkins Gilman) y poco más podría aportar o añadir. Otros porque va a ser una buena y lacrimógena película pero como lectura no deja de ser un libro de autoayuda para niños, con bastantes clichés y moralina (Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness). Otros porque no sé muy bien qué comentar de ellos, algo me faltó en la lectura que no consigo concretar (El fanal azul, de Colette; Entre culebras y extraños, de Celso Castro), lecturas que se quedan en una especie de nebulosa, atrapados en un limbo de mi memoria en el que no terminan de ascender a los cielos (Colette) ni descender a los infiernos (Celso Castro). Y otros, como Dos vidas necesito: Las verdades de Chavela, de Chavela Vargas y María Cortina, que contiene tantas claves personales, tantas astillas punzantes, que prefiero encerrar esas sensaciones en la campana íntima, solitaria y hermética de mi silencio. De Chavela y Colette, eso sí puedo decirlo, me quedo con ese saber transitar por la ancianidad con una elegancia y una serenidad realmente envidiable. Ambas me transmitieron calma.

Y luego hay otros, como Para acabar con Eddy Bellegueule, que quizás no debería de comentar, pero que me siento extrañamente obligada a hacerlo. ¿Por qué no debería de comentarlo? Porque la verdad que no es un libro que me haya encantado precisamente. Diría que incluso me ha cabreado. ¿Por qué, sin embargo, vengo aquí a decir que he pinchado con este libro? Porque es un libro que considero sobrevalorado y, sin embargo, tiene su valor. Y como explicar esto es un reto y los retos me provocan sobremanera, pues aquí estoy, dispuesta a enredarme comentando esta lectura.
De mi infancia no me queda ningún recuerdo feliz. No quiero decir que no haya tenido nunca, en esos años, ningún sentimiento feliz o alegre. Lo que pasa es que el sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no entre en su sistema.
Desde luego el arranque es espectacular: repudiar tu propia infancia desde el primer párrafo es toda una bofetada que golpea las entrañas del lector. Vale, es un acierto como inicio de un libro. Le concedo eso y más, porque en este párrafo está la clave de lo que me ha incomodado de esta lectura: el victimismo. Y curiosamente es algo que no parezco compartir con nadie, porque uno de los méritos que se le supone a este libro, a tenor de las críticas, es la ausencia de victimismo. Vaya por Melpómene, ya estoy yo con mi mirada rara de las cosas sintiéndome una extraña. ¿Veis? Yo también victimizo a base de bien. Pero no lo niego.

¿Por qué creo que hay victimismo en ese primer párrafo? No sé si sabré explicarlo, pero tengo el firme convencimiento (lo cual no lo convierte en verdad universal, pero sí en mi verdad) de que hasta en las infancias más terribles hay, siempre, momentos de felicidad. Va en la genética de la humanidad, hay un código no escrito, pero grabado a fuego, que viene a decir que “todos los niños tienen capacidad para no perder la sonrisa y el juego, aun en medio de una guerra, cualquier tipo de guerra”. Que no quita que luego haya sufrimiento, y mucho, incluso inhumano pero ¿ningún recuerdo feliz? Imposible. El auténtico valor de la infancia está en esa fuerza innata que impide que el dolor contamine todos los minutos del día. Esa capacidad de respirar en medio del sufrimiento. Así que lo traduzco como victimismo. También podría decir exageración. Y ese tono que me incomodó/cabreó no hizo más que alimentarse y crecer según iba leyendo.

Sé perfectamente, y no hace falta que nadie me lo diga, porque acabo de decir “sé perfectamente”, que hechos traumáticos en la infancia pueden marcar toda tu vida. Pero esto no es incompatible con que no haya ni un puto recuerdo feliz. Aunque sea de aquel día que te bañaste en el rio por primera vez, descubriste los libros, aprendiste a ordeñar una vaca, te subiste a una bicicleta y pedaleaste sin ayuda, una mariposa no te esquivó, corrías libre por el campo, un balón era juego y felicidadPosiblemente esos recuerdos (felices) no marquen tanto tu vida posterior y sí lo hagan otras vivencias que ningún niño debería de vivir. Pero eso también pasó, no puedes borrar esos momentos en los que la mirada de un niño supo ser feliz en medio de la incomprensión, la indiferencia, la crueldad…

Tal vez no lo estoy explicando bien. Pero yo me entiendo. Que puede sonar egoísta (que  me conforme con solo enterarme yo), pero también es supervivencia entenderse a una misma (más que el ser capaz de explicarlo a los demás).

Como este libro es de esos que tuvo mucho boom mediático por las redes, muchos elogios y demás, era inevitable que comenzara la lectura sabiendo de qué iba. Pero si tenía alguna duda en la página 30 ya sabía todo lo que me iba a contar. Y cómo. Podría haber terminado la lectura ahí y no me hubiera perdido nada, incluso es posible que hubiera conseguido detener la incomodidad y la decepción. Pero lo leí hasta el final, y ese es uno de los valores de este libro, que es fácil de leer. Aunque no estoy muy segura de si decir de un libro que “se lee fácil” sea un elogio.

El mérito de Édouard Louis está en contar algo que le sucedió, que le está sucediendo, que está pasando ahora, aquí, allí, no lejos de ti, de mí. Que nos habrá pasado, que seguirá pasando. Édouard lo cuenta directo, con un lenguaje asequible, cercano y reconocible. Demasiado asequible, cercano, reconocible y no sé si decir que recatado. Podría haber aullado, gritado, golpeado. Pero no. La barbarie está ahí, no se puede detener: la homofobia, el machismo, el racismo, la pobreza, la incultura, la violencia, el rechazo… En ese contexto, sólo queda embrutecerte o rebelarte. Y una de las formas más comunes de la rebeldía es… huir. Irte, alejarte, empezar de cero.

Édouard Louis sufrió. Sufrió su homosexualidad, sufrió su pobreza, la incultura, una sociedad machista, su familia, la miseria humana y todo lo que ello provoca. Pero estudió y pudo ir a la universidad. Huyó. Fin. ¿Fin?

El problema de Édouard es que lo cuenta demasiado pronto, demasiado joven. No está hecho aún como escritor, ni veo ahí a un autor al que seguir y que me vaya a deslumbrar con su obra futura. Le falta profundidad y de alguna manera el libro parece escrito para adolescentes, jóvenes lectores. Que no está mal, pero no es, para mí, el éxito literario que parece ser. Me pareció un libro incompleto, no muy bien contado y seguramente más cosas que prefiero no decir porque serían fruto del cabreo, más que de la objetividad. Aunque la objetividad lo mismo me haría ser más tajante. Pero soy terriblemente subjetiva cuando leo porque lo soy también cuando vivo.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Si nadie habla de las cosas que importan (Jon McGregor)

Título original: If nobody speaks of remarkable things
Traductores: Libertad Aguilera y Gabriel Dols
Páginas: 285
Publicación: 2002 (2006)
Editorial: Salamandra
Sinopsis: Una calle cualquiera de una ciudad del norte de Inglaterra el último domingo de verano. Las escenas se suceden como si fuesen polaroids pegadas sobre una cartulina: estudiantes que hacen las maletas sin saber qué les depara el futuro; niños que entran y salen corriendo de sus casas; jóvenes que empiezan a despertar tras pasar la noche de fiesta; un hombre que pinta de azul pálido las ventanas de su casa; un matrimonio que se encierra en su dormitorio para hacer el amor; una pareja de ancianos que se prepara para celebrar su aniversario...


Si nadie habla de las cosas que importan, ¿cómo pueden llamarse importantes?
Hay libros cuyo título suponen páginas y páginas de pensamientos en tu cabeza. Leo el título de este libro, “Si nadie habla de las cosas que importan”, y veo una invitación, unos puntos suspensivos que inevitablemente recorro dando saltitos de uno a otro hasta llegar al último y saltar al vacío. Antes de leer el libro, mi mente ya ha escrito otro sobre qué sucede si nadie habla de las cosas que importan y por qué no hablamos de las cosas que importan. Y qué es lo importante y qué no. Y qué sucede cuando hablas de las cosas que importan.
Ella le dijo cuéntame nuestra historia, cuéntamela como se la contarás a nuestros hijos cuando te pregunten.
Historias. Somos historias, sumas (y restas) de historias, propias y ajenas, que nos hacen. ¿Las contamos? Algunas sí, otras no. ¿Por qué callamos algunas cosas? ¿Por qué necesitamos hablar de otras? Probablemente muchas veces esperamos que alguien nos tienda un puente sin necesidad de pedirlo, que alguien note (sienta), por ejemplo, que algo no va bien sin que haya necesidad de palabras por medio, como si bastara con escuchar que el corazón se ha detenido, como si fuera posible que alguien escuchara realmente los latidos (o su ausencia) de tu corazón. Y tendiera el puente. Y tú lo atravesaras. (¿De verdad pasan estas cosas?)

A veces parece que poner palabras a lo que sentimos o pensamos lo convierte en algo real. Y sin embargo la verdad suele estar en lo que se calla, en los silencios, en los microgestos que suelen pasar desapercibidos, aunque supongan la clave que desentraña nuestro enigma interior. Los hechos cuentan (Facta, non verba) pero lo que callamos dice tanto de quienes somos... Estar hecha de muchos silencios da qué pensar. Algo no puede ir bien. Algo acabará por no ir bien.

Nada cambia. Divago. Pero estoy hablando del libro. De su contenido, o al menos de lo que yo vi (que a lo mejor ni siquiera es el contenido).

Una vez atravesado el desierto generado únicamente por el título, empiezo a leer. Y me bastan pocos párrafos para saber que estoy ante un libro diferente, no convencional, y una forma de contar diferente. Que escribe bien Jon McGregor. Muy bien. Prosa lírica le dicen. Un inicio espectacular, sensorial, escuchando el despertar de una ciudad de la mano de McGregor, que da otra dimensión (más relevante) a cada sonido que una ciudad genera, hasta llegar a un silencio cuya fugacidad lo convierte casi en inexistente.

Es una historia de conexiones. De cómo no somos ajenos a los ajenos. De alguna forma algo nos conecta con propios y extraños. Pasos necesarios que nos llevan de un lugar a otro y a personas anónimas, de las que no conoces el nombre siquiera, pero que han pasado por tu vida, fugazmente tal vez o de forma más constante (¿conocemos el nombre de todos nuestros vecinos, de los trabajadores del supermercado al que vamos habitualmente…?) y, quién sabe, algo que hicieron o no hicieron, dijeron o no dijeron, ha provocado una sombra o una luz en nuestras vidas. Y nosotros sin saberlo. Es casi magia.

Es como si McGregor hubiera cogido una fotografía, una imagen fija, estática, de una calle cualquiera. Un momento, una postal, una calle, la gente, los vecinos, los coches, los niños, el mobiliario urbano habitual, las casas, sus puertas y ventanas. Y a partir de ahí, hacia delante y hacia atrás, se desmigaja lo que sucede hasta llegar a ese momento, y lo que sucede tiempo después. El tan conocido efecto mariposa. Al que si añadimos la fascinante hipótesis de los seis grados de separación ya tenemos material en el que pensar. Añadimos los ingredientes de las historias de los personajes (lo que ven, lo que son, sus vidas, lo que hablan, lo que callan), los silencios que construimos y que a veces nos destruyen, y tenemos Si nadie habla de las cosas que importan. Y más cosas, claro, porque cada libro dice algo al lector que es único y es personal. Miradas, formas de mirar. Puedes ver. O no.

No habla de esas cosas con la gente, allí no hay nadie con quien hablar de ellas, nadie que las sepa. Si le preguntaban, decía bien en general, en general estoy bien, va bien. Pero hay veces en que siente demasiado, en que si pudiera contárselo a alguien, diría no puedo soportarlo más quiero arrancar el papel de las paredes e hincarme de rodillas y machacar el suelo con mis puños inútiles y destrozados.
La lectura deja cierto poso de tristeza. O tal vez ese poso lo tenga incrustado en mí como una lapa. Es un libro magnífico al que únicamente puedo reprochar ciertos círculos concéntricos hacia mitad de la lectura y un exceso de dicen y digo que en algún momento me chirriaban innecesariamente. Pero McGregor pone el acento en los detalles, en lo cotidiano, en lo que omitimos y silenciamos, también en lo que ninguneamos. En lo invisible. Y eso, a mí, siempre me hechiza.
(©AnaBlasfuemia)


viernes, 10 de abril de 2015

Astrid y Veronika (Linda Olsson)

Título original: Astrid and Veronika
Traductora: Gemma Moral Bartolomé
Páginas: 224
Publicación: 2005 (2009)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498382433
Sinopsis: Para enfrentarse en soledad a una pérdida reciente, Veronika, una joven escritora, se instala en una casita de campo en una zona boscosa del interior de Suecia. En ese enclave donde reinan la paz y el silencio, su único contacto con el mundo es Astrid, una mujer taciturna que habita la única casa de los alrededores y con quien apenas intercambia un saludo de vez en cuando. En apariencia, las dos mujeres tienen poco en común: Veronika ronda la treintena, ha recorrido medio mundo y ahora busca la reclusión; Astrid, por el contrario, es anciana, nunca ha salido de su pueblo y no tiene quien la visite. Y sin embargo, a partir de una circunstancia imprevista, ambas inician una frágil relación que, a medida que el invierno deja paso a la primavera, va creando entre ellas un espacio de intimidad que les permite hablar de su pasado y sus recuerdos. Con la llegada de las primeras fresas silvestres, los secretos que atormentan a cada una de ellas saldrán a la luz, y su profunda y sincera amistad dará nuevo sentido a sus vidas.

Verte llegar fue como esa primera luz tras una larga oscuridad. Observé tu esbelta silueta en el haz de los faros del coche mientras descargabas tu equipaje. Me quedé junto a la ventana hasta mucho después de que hubieras cerrado la puerta. Vi apagarse las luces una tras otra. Y creo que supe que la vida había regresado.

El libro estaba en casa. Necesitaba de lecturas menos viscerales, más amables con mis heridas, que necesitan cicatrizarse a la luz mientras mi sangre puede seguir su alocado caudal, sin salirse de las venas por algún orificio. Además me llaman la atención los autores nórdicos, especialmente si abordan historias alejadas de la novela negra. Le había llegado el momento a Astrid y Veronika.

Y a ver cómo cuento. Porque este libro gustará a mucha gente. Es una lectura agradable, tranquila, cómoda, bondadosa… Un buen refugio para la mayoría de lectores.

Pero. Pero llega Ana Blasfuemia y saca su repertorio de porompomperos. Pero.

Y es que me ha gustado mucho, muchísimo, lo que Olsson quiere contar. Lo que pretende contar, la intención. Pero la ejecución. El cómo. Ay.

Me encanta, repito, me encanta, la historia que pone en la mesa Olsson. Un encuentro de dos mujeres heridas, una joven y una anciana, y que ambas se cuenten la una a la otra, ahuyentando la soledad y el dolor a través del mágico conjuro de la amistad. Contarse. ¿Hay algo más bonito en la vida que contarse a otra persona y que se te cuenten a ti? Pocas. La idea me parecía atractiva. Mucho.

¿Dónde está el problema? Que hay que hilar fino, sensible, preciso, para poder tejer bien el entramado emocional de un encuentro entre dos personas que parecían destinadas a mostrarse el alma la una a la otra desde mucho antes de conocerse. Y por ahí, como que no. Le falta solidez y argumento a ese andamio emocional, a la construcción de una amistad en la que te desnudas por dentro, sin red y a tumba abierta.

¿Lo hacen? ¿Se cuentan? ¿Desnudan su alma? Sí. Pero de una manera… artificial. Se cuentan sus historias como si no se hubieran escuchado mutuamente, una especie de “ahora tú, ahora yo” en la que se deja de lado lo que siente una al escuchar a la otra. Como si tuvieran tantas ganas de contarse que no se escucharan. Y así, es difícil de entender ese lazo afectivo que les une. Se supone, se da por hecho, pero no se transmite. Eso es, no transmite cómo se construye la relación entre Astrid y Veronika.

En El Powerbook leí: “Un desconocido es un lugar seguro. A un desconocido puedes contarle lo que quieras”. Pues ese lugar seguro, cómo se construye, es lo que nos roba Olsson. Convierte a dos desconocidas en dos amigas, con una amistad profunda, honesta, especial, pero nos deja huérfanos del cómo se produce. Lo intenta, sí, pero lo da por hecho muy pronto, en su afán de que ambas se cuenten, privándonos de lo más bonito de una relación (la que sea): su cimentación, sus inicios, su confección. Ese entramado es precioso, siempre. Y es por eso que muchas veces no percibía diálogo entre Astrid y Veronika, sino monólogos que se sucedían en riguroso turno.

No todo va a ser candela. Además de ese contarse mutuamente, también me ha gustado mucho la idea de las casas como seres vivos, más allá de cuatro paredes que nos acogen. La casa como un hogar que respira al unísono de quienes la habitan. Una piel de quienes viven en su interior, transmutándose a la vez que sus habitantes.

Es un libro tranquilo y agradable, sin sobresaltos, que se lee con sosiego y una ligera emoción en sus últimas páginas (en la carta de Astrid a Veronika), lo que evita una última sensación lectora cercana a la decepción. Como he comentado, gustará (más) a muchos lectores. Conmigo no se ha portado mal, ha sido una lectura relajada, pero ya puestos a contar una historia bonita, hubiera preferido que me la contara mejor, que no me mantuviera tan alejada. Que me atravesara la piel, que me agitara. No lo hizo. Pero no me tengáis en cuenta. Leed lo que os plazca, no dejéis de leer. Nunca.
Me gustaría que pensaras en mí de esa manera, sabiendo que siempre estaré contigo, aunque quizá no te sea posible recordar mi cara.

martes, 11 de noviembre de 2014

Suite Francesa (Irène Némirovsky)

Título original: Suite Française
Traductor: José Antonio Soriano Marco
Páginas: 480
Publicación: 2004 (2005)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788478889822
Sinopsis: Novela excepcional escrita en condiciones excepcionales, Suite francesa retrata con maestría una época fundamental de la Europa del siglo XX. Imbuida de un claro componente autobiográfico, Suite francesa se inicia en París los días previos a la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad. Enseguida, tras las primeras bombas, miles de familias se lanzan a las carreteras en coche, en bicicleta o a pie. Némirovsky dibuja con precisión las escenas, unas conmovedoras y otras grotescas, que se suceden en el camino: ricos burgueses angustiados, amantes abandonadas, ancianos olvidados en el viaje, los bombardeos sobre la población indefensa, las artimañas para conseguir agua, comida y gasolina. A medida que los alemanes van tomando posesión del país, se vislumbra un desmoronamiento del orden social imperante y el nacimiento de una nueva época. La presencia de los invasores despertará odios, pero también historias de amor clandestinas y públicas muestras de colaboracionismo.

¿Por dónde empezar? Por el principio, Ana. Irène Némirovsky es una de las autoras del Reto de Escritoras Únicas, concretamente está en la lista de Marilú. Quería acercarme a Némirovsky con este libro, por la historia especial que le rodea y que todo el mundo conoce: Se trata de una obra que fue concebida inicialmente como una composición en cinco partes, de las que Némirovsky sólo consiguió escribir dos antes de ser llevada al campo de exterminio de Birkenau, donde sería asesinada el 17 de agosto de 1942. Las dos partes que consiguió escribir son Tempestad en junio y Dolce. Se completa Suite Francesa con Notas manuscritas de Irène Némirovsky y Correspondencia 1936-1945.

De entrada nos encontramos con un Prólogo de Myriam Anissimon que, aleluya, es realmente un prólogo, no destripa nada, pero cumple magníficamente su función de ubicarnos en cuanto a la espeluznante situación que convirtió esta Suite Francesa en una obra inconclusa. Por un lado hace una breve pero atinada biografía de Irène Némirovsky, con atinadas reflexiones de en qué situación emocional fue escrita esta Suite Francesa; y por otro, conocemos también las no menos excepcionales circunstancias que provocaron que este libro no fuera publicado hasta 2004.

El Prólogo tiene la gran virtud de, con brevedad y precisión, conseguir ponernos la piel de gallina y empezar a leer con el espíritu necesario para que esta lectura sea excepcionalmente cercana y emotiva. Crea el clima adecuado para adentrarte en el libro.

Tempestad en junio es fundamentalmente un lienzo, con diversas imágenes de la huida de los franceses de los bombardeos alemanes, el retrato de un éxodo, pinceladas de una huida caótica, una crónica probablemente sesgada y parcial (porque al fin y al cabo sólo tenemos una visión parcial de aquello que vivimos) en la que Némirovsky pone en marcha su ironía y no escatima nada al mostrarnos la miserable naturaleza humana haciendo aparecer la frivolidad en medio del drama, vanidad fruto del egoísmo y del “sálvese quien pueda”. Podría habernos mostrado el lado más solidario, empático y valiente, la imagen del luchador y del resistente, pero decide hacerlo del más mezquino, posiblemente porque es lo que había a su alrededor.

En Dolce nos encontramos en una Francia ocupada en la que vencederos y vencidos, alemanes y franceses, tienen que convivir. La narración en este caso transcurre en un orden más cronológico en cuanto a personajes y acción, con una estructura narrativa con principio y (casi) final. Bien es verdad que el final se produciría a lo largo de las otras tres partes de esta suite inconclusa, aun así gracias a las notas del manuscrito y a que Dolce era un apartado ya concluido, no da tanto la sensación de quedarse incompleto.

En Dolce se aprecia la maestría de Némirovsky para trazar el perfil psicológico de los personajes, fundamentalmente a través de sus reacciones. La línea que debería de separar a vencedores y vencidos se difumina ante todo aquello que iguala a los seres humanos: amor, miedo, soledad, belleza, deseo… Si fue decisión de Irène Némirovsky hacerlo así porque narrativamente le interesaba más, mostrando el lado humano de los soldados alemanes, o si realmente es así como se vivió es algo que no alcanzo a saber. Se me hace evidente que algunos soldados nazis fueran humanos e incluso hasta buenas personas, pero que Némirovsky decidiera mostrar más la egoísta crueldad y banalidad de los propios franceses es algo que no conseguí entender.

Porque si algo me ha inquietado ligeramente a lo largo de toda la lectura es la distancia que Némirovsky mantiene respecto a lo que nos cuenta. Sólo se me ocurren dos razones para que esa distancia, ese relato casi periodístico de lo sucedido, esté tan presente: por pura supervivencia, la distancia como una muleta que te sostiene y permite sobrevivir; o por pura ignorancia de lo que realmente estaba sucediendo, un desconocimiento cruel de lo que sucedía en los campos de concentración y una ignorancia absoluta de la existencia de los campos de exterminio. De la existencia de los primeros era consciente Némirovsky, puesto que los menciona, aunque tal vez no tuviera un conocimiento real de lo que sucedía en ellos. Y me temo que de los campos de exterminio supo cuando ella misma perdió la vida en uno de ellos.

Suite francesa se completa con unos Apéndices que incluyen una Correspondencia 1936-1945 y unas impresionantes Notas manuscritas de Irène Nemirovsky. Estas notas manuscritas sí que me pusieron los pelos como escarpias, porque nos hacen a Irène terriblemente cercana, especialmente en cuanto a la construcción del proyecto de las cinco partes que debieran de haber compuesto esta Suite francesa. Escalofriante comprobar que esa distancia también está presente en estas notas manuscritas, aunque igualmente transpira miedo, incertidumbre, tanto por su propio porvenir como el de, principalmente, sus hijas.

Además de esa inquietante distancia respecto a lo relatado (no olvidemos que es una ficción a medias, puesto que estaba contando casi en tiempo real sus propias vivencias y aquello de lo que tenía noticia), no cabe duda que la técnica narrativa de Némirovsky era impecable: ambientación, personajes, descripciones, estructura, ritmo… no sobra ni falta nada, todo está donde debe estar y como debe estar. Quizás me ha faltado algo de alma, un relato más sentido y menos testimonial, una distancia más cercana entre lo que Némirovsky cuenta y lo que estaba, realmente, viviendo. Pero también es un testimonio que nos ayuda a entender más y mejor cómo sucedió todo, cómo se vivió, cómo a veces no ves (no quieres ver) las orejas al lobo hasta que te da la dentellada mortal. Las consecuencias de mirar al otro lado, de actuar como si la realidad fuera otra, más benévola y menos cruel… No se puede huir de la realidad por mucho que la disfracemos o metamos la cabeza en un agujero. Es más, esa realidad que quieres evitar escondiéndote, se hace más grande y poderosa cuando se decide ignorarla o dulcificarla.

Una lectura en definitiva impresionante por todo lo que rodea a esta obra inconclusa, por la técnica de Némirovsky como escritora, su agudeza y su ironía. Sin duda, el valor de este libro está en ser en sí mismo un documento histórico de una época, en la que nos muestra no tanto el lado cruel del Holocausto, sino más bien esas historias dentro de la Historia que son claves para entender cómo y porqué sucedió lo que sucedió. E incluso porqué podría volver a ocurrir.



lunes, 6 de octubre de 2014

Aromas (Philippe Claudel)


Título original: Parfums
Traductor: José Antonio Soriano
Páginas: 160
Publicación: 2012 (2013)
Editorial: Salamandra
ISBN: 9788498385045
Sinopsis: El perfume intenso de la tierra negra, de los ríos oscuros y los bosques de abetos de su Lorena natal; la fragancia de la loción de su padre, en contraste con su ausencia en la casa inodora y vacía tras su muerte: tan sólo una muestra de la infinita variedad de olores asociados a los objetos, lugares y gentes que jalonan una vida. Aromas del hogar familiar, de la adolescencia, del internado, de los primeros amores. Olores que fascinan, que incomodan, que hacen soñar, y que van conformando la identidad de un ser humano, cada uno de ellos convertido, mediante la prosa traslúcida y elegante de Claudel, en un elixir mágico que fascina por la fuerza de su pureza y sencillez. Más allá de un mero ejercicio de introspección intimista, estos textos son un homenaje a la tierra que lo vio nacer, a las personas relevantes de su vida, así como una celebración de todos aquellos instantes de plenitud con que suele regalarnos la existencia.
Cada letra tiene un aroma, cada verbo, una fragancia. Cada palabra trae al recuerdo un lugar y sus olores. Y el texto que tejemos poco a poco, al azar duplicado del alfabeto y la memoria, se convierte en el maravilloso y perfumado río, mil veces ramificado, de nuestra vida soñada, de nuestra vida vivida, de nuestra vida por vivir, que nos lleva y al mismo tiempo nos revela.

Supongo que muchos de vosotros habréis oído hablar de la magdalena de Proust. Hace referencia a un fragmento que aparece en Por el camino de Swan, el primer tomo de En busca del tiempo perdido, en el que podemos leer:
En el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente… Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…
Y así, “la magdalena de Proust” pasó a simbolizar ese fenómeno que consiste en que una experiencia sensorial desencadene nuestros recuerdos. El poder evocador de los sentidos, concretamente el del olfato, algo de lo que ya hablamos a propósito de mi anosmia. Porque más allá de la pérdida de la belleza aromática de algunos olores, si algo realmente me duele de esta dichosa anosmia, es ese agujero negro en mi memoria, la imposibilidad de hincarle el diente a esa magdalena de Proust que me haga evocar personas, lugares, momentos… Una vía de acceso a mi propio pasado. Y si el pasado nos construye, mi identidad está tambaleante sin esa puerta que me permita acceder a lo que soy a través de lo que fui y viví.

Que quiero a Philippe Claudel ya lo dije cuando hablé de La nieta del señor Linh. Que cada uno de sus libros va a ser para mí un seguir queriéndole más es algo de lo que no tenía ninguna duda. Ya me gustaba antes de leerle. Una rara habilidad la suya, o una inusitada intuición la mía.

Cuando me propuse leer Aromas, hubo quien pensó que quizás pudiera ser un libro algo doloroso para mí. Nada más lejos de la realidad. Me lo tomé como una especie de terapia. Confío ciegamente en Claudel, porque conecto con su sensibilidad como si fuera un espejo que me devuelve la mía. Confiaba en que me daría una especie de muleta olfativa, una nariz imaginaria por la que volvería aspirar, incluso esnifar, recuerdos a mansalva.

Ha sido brutal. De una forma que no sé, no puedo, transmitir. La memoria olfativa de Claudel, deliciosamente desgranada en 63 breves capítulos, ha reactivado la mía con dulzura, precisión y delicadeza. Nostalgia rescatada con manos de alquimista por parte de Claudel, en un mosaico de olores y memoria convocada.

Claudel nos trae un diccionario de recuerdos, un abecedario de aromas, desde la A a la V, un recorrido de personas, objetos, lugares y momentos vividos (principalmente de su infancia y adolescencia) a partir de los olores a los que están asociados. Y es inevitable, absolutamente inevitable, que en ese recorrido al pasado de Claudel, tú no hagas tu propio inventario, que sus recuerdos te traigan los tuyos, que su abecedario olfativo reconstruya tus propios aromas alojados en algún rincón de la memoria. Un sendero de fragancias y recuerdos que recorres trazando la geografía de tu propia existencia.

Y así, mi olfato, mi nariz abandonada, derrotada, ausente… cobra vida entre sus palabras, página a página, recuerdo tras recuerdo. Un olor, un recuerdo. Un capítulo, un reencuentro. O varios. Vuelven a mí la resina de los pinos, Old Spice, truchas, hogueras, porros y otras drogas, queso cabrales, paja, cocina, boñiga, río, lágrimas, sudor, leche, garbanzos, chapapote (galipote), lluvia, hierba, carbón, chaquetas y jerséis, piernas, moras, sexo, gasolina, risas, pelo, casa, padre, hermano, abuelas, mar, chuches, madre, libros, manos, cementerio, hermana, menta, viajes... Mis recuerdos se entremezclan con los de Claudel, cada olor que menciona me trae otro, o el mismo, a mí. Cada fragancia vuelve a mi nariz hasta abofetearme, acariciarme, emocionarme, transportarme y, en ocasiones, hacerme tambalear.

Quiso la vida que entre medias de esta lectura transcurriera un día que fue un regalo para mí y que me trajo, entre otras muchas cosas, unos jabones artesanos que provocaron, concretamente uno de ellos, la firme determinación de no renunciar a mi olfato, al que le había asignado valor cero (de cien) y del que me he dado cuenta, gracias a ese jabón, que tal vez haya al menos un uno o dos (de cien). Podría ser nada, pero no voy a renunciar a reaprender, a rehabilitar mi olfato, porque me niego a seguir desdibujándome y a que mis recuerdos sean imprecisos. Recordar es (re)vivir.

¿Cómo no te voy a querer, Claudel?
Déjame aspirar largo, largo rato, el olor de tus cabellos, hundir en ellos el rostro, como un hombre sediento en el agua de una fuente, y agitarlos con la mano cual pañuelo perfumado, para esparcir recuerdos en el aire (Charles Baudelaire, Un hemisferio en una cabellera)

A la niña de los jabones