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viernes, 30 de junio de 2017

Brooklyn Follies (Paul Auster)

Título original: The Brooklyn Follies
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
Páginas: 320
Publicación: 2005 (2006)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Nathan Glass ha sobrevivido a un cáncer de pulmón y a un divorcio después de tres décadas de matrimonio, y ha vuelto a Brooklyn, el lugar donde pasó su infancia. Comienza a frecuentar el bar del barrio y está casi enamorado de la camarera. Y va también a la librería de segunda mano de Harry Brightman, un homosexual culto que no es quien dice ser. Y allí se encuentra con Tom, su sobrino, el hijo de su amada hermana muerta. El joven había sido un universitario brillante. Y ahora, solitario, conduce un taxi y ayuda a Brightman a clasificar sus libros... Poco a poco, Nathan irá descubriendo que no ha venido a Brooklyn a morir, sino a vivir.
Estaba buscando un sitio tranquilo para morir.
Si un libro comienza así coges oxígeno pensando que lo vas a necesitar para seguir avanzando por un mar de melancolía. Pero no, en esa frase empieza y termina toda la tristeza que crees vas a encontrar. Vale, hay algún momento de desconsuelo, pero a esas alturas ya estoy tan en la superficie de la lectura que no me atañe. 
Quiero hablar de la felicidad y bienestar, de esos raros e inesperados momentos en que enmudece la voz interior y uno se siente en paz con el mundo.
Pues la cita anterior parece ser la razón de este extraño libro de Auster. Quiso escribir algo amable, supongo. Y le puso toneladas de amabilidad, vaya que sí. Tanta como he tenido que poner yo para llegar a la última página de este libro. Pero creo que ahora voy a tener tenebrosas pesadillas en las que Paul Auster es poseído por el endemoniado espíritu de Paulo Coelho. 

Porque a ver ¿qué le ha pasado a Auster? No creo que el hecho de que me haya enamorado de su mujer, Siri Husdvedt, me ciegue hasta la ofuscación o hasta el punto de olvidar que a mí, Paul Auster, era un autor que me interesaba, me atraía esa fascinación suya por el azar, el destino, las encrucijadas, las historias anecdóticas...
Ya sabes cómo son estas aventuras clandestinas. Tantas mentiras que decir, tantos apaños que hacer.
Y este libro que tanto gusta, que tanto quiere la gente, porque es agradable, optimista, da tan buen rollo… Pues a mí me ha dejado fría. Con la ola de calor que está cayendo y yo gélida de página en página. Debería de agradecérselo, supongo. Quería acercar distancias con los personajes y la historia y no fue hasta casi la mitad del libro, cuando aparece la pequeña Lucy, que salgo ligeramente de mi adormecimiento. Fue un espejismo. Seguí sesteando durante el resto de la lectura.

Que sí, que están esos temas tan austerianos, el azar, las casualidades y demás, pero imbuido por el espíritu de Mrs. Wonderful, que ya a estas alturas todo el mundo sabe que me produce una urticaria galopante. Y así no consigo creerme la historia, los personajes me parecen demasiado al servicio de esa amabilidad, bondad y destino feliz que quiere transmitir Paul Auster, y hasta las conversaciones me suenan sentenciosas y teledirigidas. Y, coño, Auster, que eres un buen escritor, pero no malgastes ese arte… así.
¿De qué vale el conocimiento si no se utiliza para impedir que los amigos se precipiten a la destrucción?
Y no voy a ser yo quien diga que este libro está sobrevalorado, porque yo también sobrevaloro algunos libros: muchos de los que me pellizcan la piel, la córnea y las entrañas, los sobrevaloro. By the face. Me dejo llevar por la convulsión del impacto, pongo la lectura a la altura de la estratosfera y lo grito a los cuatro costados, porque a mí también me apetece contagiar esas alegrías que nos dan los libros. Pero, con las mismas, si un libro me deja en el epicentro del estoicismo y la apatía, me dan ganas de ponerme a refunfuñar cual gruñona con máster en quejas y descontentos varios.

Refunfuñado queda.
Nunca debe subestimarse el poder de los libros.
Pues mire, señor de Siri, en eso estamos de acuerdo. Por lo demás ¿me presta una temporada a su mujer?

domingo, 24 de noviembre de 2013

Diario de invierno (Paul Auster)



Título original: Winter journal
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
Páginas: 248
Publicación: 2012 (2012)
Editorial: Anagrama
Categoría: Biografías y Memorias
ISBN: 9788433933478
Sinopsis: Auster vuelve la mirada sobre sí mismo y parte de la llegada de las primeras señales de la vejez para rememorar episodios de su vida. Y así, se suceden las historias: un accidente infantil mientras jugaba al béisbol, el descubrimiento del sexo, las masturbaciones adolescentes y la primera experiencia sexual con una prostituta, la rememoración de sus padres, un accidente de coche en el que su mujer resulta herida, una presentación en Arles acompañado por su admirado Jean-Louis Trintignant, la estancia en París, una larga lista comentada de las 21 habitaciones en las que ha vivido a lo largo de su vida hasta llegar a su actual residencia en Park Slope, sus ataques de pánico, los viajes, los paseos, la presencia de la nieve, el paso y la herida del tiempo.
 “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro
Primer párrafo y ya estás enganchada. Porque es un pensamiento tan común pensar que “esas cosas” nunca nos van a pasar y, zas, nos pasan... ¿Cómo, que no os habéis enganchado todavía? Un saltito y vamos al tercer párrafo.
“Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de todo, se acaba el tiempo
Si hubiera subrayado este libro habría armado una escabechina de tomo y lomo. Cada poco tenía que pararme, dejar que aposentaran todas las sensaciones y recuerdos que la lectura removía dentro de mí. Y me hubiera puesto a escribir como una posesa si no fuera porque necesitaba seguir leyendo, también como una posesa.

Es curioso, pero el libro más auténtico, el libro más Paul Auster, es el menos “austeriano” de todos.  Auster hablando de Auster, una mirada hacia sí mismo, que es una mirada hacia nosotros mismos, pluralizando y universalizando ese gesto íntimo de verse por dentro, no las vísceras y el intestino, sino la vida vivida y sentida. 

El acento está en cosas cotidianas, esas que nos ocurren a todos: las cicatrices (físicas) de una infancia feliz, las cicatrices (emocionales) que nos va dejando la vida, el amor a las personas con luz interior, la tos del fumador, la fascinación por las hormigas, el despertar a ese placer llamado sexo… Y Auster va desgranando todos sus recuerdos con descripciones tan visuales y sensoriales como emotivas. Las vemos y sentimos con él.

Inevitablemente los recuerdos no son lineales, sino que unos llevan a otros sin ton ni son, sin orden ni concierto, ahora traigo un recuerdo de cuando era niño, luego describo el accidente de coche (con mujer e hija), luego relato un encuentro con Jean-Louis Trintignant… Porque así son los recuerdos, se encadenan y llaman unos a otros con una lógica irracional, absolutamente personal y puramente emocional. Pero en este libro todo este desparrame de recuerdos están pasados por el tamiz de la lucidez y el brillo de Paul Auster y unidos por el tenso hilo de la piel y lo emocional.

En esos recuerdos que comparte con nosotros, me ha extrañado que no describa muchos respecto a sus hijos (a su primer hijo apenas lo menciona) y a su hermana, sí aparecen, pero parecen hacerlo de pasada, como que "estaban por ahí". Pero lo mismo que los recuerdos son libres y van y vienen a su antojo, tampoco están exentos de que deliberadamente algunos queden silenciados y ocultos detrás de un cartel que diga Territorio íntimo: estrictamente personal".

Pero a cambio, el striptease emocional de Auster es avasallador: sus miedos (a la muerte, a la enfermedad..), sus ataques de pánico, sus inseguridades, sus torpezas… todo lo desvela y lo desmenuza con oficio casi poético en muchas ocasiones.

Sí habla Paul Auster de su mujer, la también escritora Siri Hustvedt, con quien lleva más de treinta años. No es que le dedique muchísimas páginas, pero sí que transmite mucho amor y complicidad hacia su pareja. Y posiblemente también necesidad y algo de dependencia (de ella) 
Te presentaron a la única, a la mujer que ha estado contigo desde aquella noche de hace treinta años, tu esposa, el gran amor que te asaltó por sorpresa cuando menos lo esperabas.. Porque siempre habláis, eso es lo que en cierto modo os define, y durante todos estos años habéis estado viviendo dentro de la larga e ininterrumpida conversación que se inició el día que os conocisteis
Ella no quiere que seas de otra manera. Tu mujer tolera tus debilidades y no te riñe ni te suelta sermones, y si se preocupa, es sólo porque quiere que vivas eternamente
El arranque de Diario de invierno es espectacular, así como la mayoría de las páginas, pero no sería honesta si no comentara también que al final termina por hacerse un pelín largo. Lo que en general ha sido un transcurrir agradable y emotivo se empinó como si fuera el Angliru (L’Angliru) en un par de ocasiones: cuando detalla una a una todas las casas en las que ha vivido (y han sido unas cuantas: 21) y cuando, de forma inexplicable, nos describe de forma tan detallada como innecesaria la película “Con las horas contadas”, de Rudolph Maté.

Y si el arranque de Diario de invierno es espectacular, el final es enternecedor y también tremendamente honesto y digno:
Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas ¿Cuántas mañanas quedan?

Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto.

Has entrado en el invierno de tu vida!
Auster, Auster… me pongo de pie, qué digo, me subo en una banqueta…, no, mejor en una escalera infinita y te aplaudo. 

lunes, 9 de julio de 2012

Ciudad de cristal (Paul Auster)

Serie: La trilogía de Nueva York 01
Título original: City of Glass
Traductor: Maribel De Juan
Páginas: 160
Publicación: 1985 (2010)
Editorial: Anagrama
Categoría: Narrativa
ISBN: 9788433975485
Sinopsis: Quinn, que en otros tiempos fuera poeta y cuya mujer e hijo han muerto, vive en la más absoluta soledad, escribiendo novelas policíacas, despojado de toda ambición literaria y lejos de los fastos del mundo. Alguien lo llama varias veces por teléfono en medio de la noche, tomándolo por un detective llamado Paul Auster, y solicitando con desesperación su ayuda. Quinn, entre curioso y conmovido, decide al fin personificar al desconocido Paul Auster y concierta una cita. Conoce entonces a otro pálido poeta, que cuenta una historia aterradora: cuando nació, su padre, una combinación de místico y lingüista demente, lo encerró y aisló del mundo durante años para que pudiera hablar «la verdadera lengua de los hombres», aquella que olvidaron tras la construcción de la torre de Babel. Pero el niño fue rescatado y el padre recluido en una institución un manicomio, o quizás una cárcel, de la que ahora está a punto de salir. Y el hijo, que teme por su vida, desea que el detective Paul Auster o Quinn lo proteja.

“Ciudad de cristal” es el primer relato de los tres que componen "La trilogía de Nueva York".

Puede parecer una novela policiaca, pero no. A mí me sorprendió el libro; me enganchó al principio, me fue sorprendiendo después y finalmente me desconcertó.

Es un libro desconcertante, pero atractivo. Las frecuentes referencias literarias son un extra para quienes nos gusta la literatura. Una escritura rica, lúdica, intuitiva, experimental, transgresora… que seduce, pero sólo si aceptas entrar en el mundo Paul Auster.

A Paul Auster le gusta jugar con las palabras y con los personajes (y, por tanto, con el lector), pero va cargando la situación de tanto simbolismo que el relato (o más bien el interés) va perdiendo fuelle. El juego que propone Auster, con paralelismos, dualidades, reflejos, simetrías, juegos de palabras, realidades alternativas, laberintos, mezclando realidad y ficción.. es inteligente y atractivo, aunque la sensación final es que el propio Auster se acaba perdiendo en el juego o al menos lo “carga” tanto que te desconcierta. Pero es un libro arriesgado, valiente, que requiere que el lector no sea una figura pasiva y que adopte un papel de cómplice. Si aceptas la propuesta de Paul Auster no te arrepentiras. Pero si no entras en su juego será fácil que la trilogía de Nueva York la empieces y la termines aquí.

Me aventuraré más adelante con “Fantasmas” y “La habitación cerrada” porque personalmente me ha enganchado la propuesta de Auster.