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lunes, 14 de abril de 2014

Una madre (Alejandro Palomas)



Páginas: 248
Publicación: 2014
Editorial: Siruela
Categoría: Narrativa Contemporánea
ISBN: 9788416120437
Sinopsis: Faltan unas horas para la medianoche. Por fin, después de varias tentativas, Amalia ha logrado a sus 65 años ver cumplido su sueño: reunir a toda la familia para cenar en Nochevieja. Una madre cuenta la historia de cómo Amalia entreteje con su humor y su entrega particular una red de hilos invisibles con la que une y protege a los suyos, zurciendo los silencios de unos y encauzando el futuro de los otros. Sabe que va a ser una noche intensa, llena de secretos y mentiras, de mucha risa y de confesiones largo tiempo contenidas que por fin estallan para descubrir lo que queda por vivir. Sabe que es el momento de actuar y no está dispuesta a que nada la aparte de su cometido.  Un cartel luminoso que emite mensajes desde una azotea junto al puerto, una silla en la que desde hace años jamás se sienta nadie, una Barcelona de cielos añiles que conspira para que vuelva una luz que parecía apagada, unos ojos como bosques alemanes y una libreta que aclara los porqués de una vida entera…

Puedes leer un fragmento AQUÍ



  No se puede encontrar paz evitando la vida, Leonard (Virginia Woolf en la película Las horas, basada en la novela homónima de Michael Cunningham) Cita del Libro primero de Una madre
Sigo a Alejandro Palomas en las redes sociales desde hace tiempo. Me gusta leerle así, escondida entre sus muchos seguidores, en sus píldoras diarias, algunas amargas, otras desternillantes, preocupadas, rebeldes, emocionadas, cercanas, divertidas, también reivindicativas, pero siempre tiernas y entrañables. Así que cuando por fin consiguió parir a su propia madre en forma de libro, no lo dudé. Madre y Alejandro Palomas conjugaban en mi sensibilidad de forma perfecta. Si tantas veces he sentido una conexión invisible con la ternura y el sentimiento de Alejandro, estando una madre por medio (la suya, la mía) esto sólo podía terminar en boda o con Una madre en mis manos, como un hogar al que volver. Lo de la boda está descartado por su parte y por la mía, pero el libro podría ser un lugar de encuentro incluso más íntimo y personal que una noche de bodas.

porque algunas familias son así -somos así-, así de intensas, así de imprevisibles y arrebatadas.

Hay que ser muy valiente, y muy Alejandro Palomas, para comenzar una novela con una familia cenando en Nochevieja. Que todos sabemos cómo nos las gastamos en las cenas navideñas. Al menos ha tenido la prudencia de situar la historia en la cena de Nochevieja y no en la de Nochebuena, donde las cenas familiares dan su sentido máximo a la expresión de liarla parda.

Lo dice con esa voz de mujer mayor que no sabe defenderse de los ataques de la gente a la que quiere, porque desde siempre prefiere dolerse a dañar.
Nuestra madre, esta madre, es una madre divertida y algo alocada, que parece negarse a madurar. Cuando su matrimonio se rompe, ella se encuentra. Porque en el fondo es sabia y conoce los secretos de la vida: no dejar que la edad (ni las personas) nos roben la infancia, la alegría, la (auto)estima, la inocencia, la mirada limpia, la transparencia, el humor, lo que importa, lo que se quiere… Una mujer confiada en un mundo en el que todos miramos de reojo, con mirada turbia y barreras a lo alto, defendiéndonos de no se sabe qué fantasmas o presuntos daños. Después de tantos años de silencio su decisión es vivir y proteger. El cariño, la confianza, la seguridad en el otro, no se necesitan más armas. Pero las madres tienen muchos recovecos y la ingenuidad tal vez sólo sea un disfraz, un quiebro, un espejo, un trampolín, una roca, pared o muro.

    ¿Por qué será que en esta familia nunca nos decimos las cosas que realmente importan?
Leer a Alejandro es cabalgar entre la carcajada y la lágrima, entre lo estrambótico y lo reflexivo, lo surrealista y el cariño, entre el abandono y el regocijo. Entre la alegría de vivir y el retorcijón de corazón. Un abanico amplio que despeja aires saturados y provoca brisas acogedoras como abrazos y torbellinos internos tamaño ciclogénesis explosiva. Hacía tiempo que no me reía tanto con un libro y Una madre me ha arrancado hasta carcajadas. Y todo ello salpicado de frases que te arropan el corazón y te hacen reflexionar, frases a las que volver como si fueran un faro o ese rincón que te resguarda mientras miras hacia dentro. Porque hacía también mucho que no lloraba tanto con un libro.

Una madre es de ese tipo de libros en el que te buscas en los personajes, porque sabes que te vas a encontrar. Eres este, o aquel, tal vez ella, tal vez él, o ahora uno y luego un poco de la otra. Te metes dentro de la historia porque en realidad ya estabas dentro antes de abrir el libro. No hay distancia, ni física ni emocional, entre tú y lo que lees. Es todo piel.

Alejandro Palomas tiene una mirada visceral y muy sentida de la realidad, las personas y las familias. Cada gesto, cada palabra, cada silencio, esconde una clave ante la que no puede permanecer ignorante ni ciego, la interpreta desde las entrañas con una lucidez impropia de quien vive continuamente con esa turbadora y vital intensidad. Creo que es justo ahí donde me solapo y entronco con él y que por eso le espío desde fuera, porque al mirarle a él, tantas veces me veo a mí. Buscando detrás de la tramoya lo importante.

Desconozco si Alejandro tiene dos hermanas, como Fernando, el protagonista del libro. Madre pongo la mano en el fuego que tiene, pero no sé si tiene hermano (la madre). Y lo que quiero decir con esto es que no sé si Alejandro hace un desnudo parcial o total en este libro, y que no me extraña que enferme y se quede sin energía al terminar de escribir una novela (los lectores le devolveremos la energía multiplicada por el infinito y más allá), pero en cualquier caso sé qué es lo que le deseo: que no deje de buscar, mirar y perseguir, nunca, pero también que sea un buen dibujante. Ser equilibrista sin equilibrio es arriesgado.


    Creíamos cosas que se creen porque alguien, en un rincón de nuestras historias, nos dibuja mapas del tesoro con pistas falsas. Luego, cuando esos mapas nos llevan al cofre prometido, saltan los candados y con ellos la sorpresa. Con el tiempo aprendemos que los mapas son de quien los dibuja, no de quien los persigue, y que en la vida sonríe más quien mejor dibuja, no quien más empeño pone en la búsqueda.
El lenguaje no sólo describe la realidad, sino que también la genera. Hay muchos abismos detrás de detalles insignificantes, Alejandro Palomas lo sabe y por eso amortigua nuestra lectura con ironía, sarcasmo y mucho humor socarrón pero también incisivo. Da tanto de sí mismo que ni siquiera se reserva el derecho a despreocuparse del lector, renuncia a él y nos tiene en cuenta y, a su manera, nos protege. Nos da la mano para sujetar. Tal vez también para sujetarse.

Carcajadas, complicidad, guiños, ternura, sensibilidad y silenciosas cargas de profundidad en la línea de flotación. Así ha sido mi lectura. Así de especial. Feliz, tocada y hundida. Touché.


    Yo no tenía mucha gente con quien compartirme.
(©AnaBlasfuemia)