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lunes, 6 de julio de 2026

Ansia y otros cuentos (Ingeborg Bachmann)


"Como todas las lenguas, unas veces está divorciada de la realidad de las cosas y otras habita el lugar exacto del que brota la poesía"


Leer a Bachmann es desconcertante, esto es así. Te remueves en el asiento con cierta incomodidad, intentando descifrar las poderosas imágenes que Bachmann es capaz de crear. No es fácil, más aún considerando que de los trece cuentos reunidos en este libro, cinco al menos (entre ellos el que da título al libro) están incompletos, son únicamente fragmentos que quedaron inconclusos al fallecer la autora. Y alguno de ellos son cuentos aún tempranos y titubeantes en los que Bachmann está, quizás, encontrando su voz, su pulso, su andamiaje estilístico.


Conocedora de la carga que cada palabra arrastra, consciente tanto de la solidez del lenguaje como de su inexactitud, Ingeborg mide mucho el uso que hace de ellas y no las malgasta. Les da cuerpo: las recubre de metáforas, les impone un ritmo que en ocasiones se torna trepidante y, en otras, contenidamente sobrio, combinando ritmos e imágenes muy concretas con otras fuertemente abstractas.


Muchos de los personajes de Bachmann caminan incesantemente sin saber la razón ni hacia dónde se dirigen, caminan como forma de perderse, como forma de durar: metáforas del tiempo, el espacio y la vida; otros están confinados en relaciones que las convierte en víctimas de hombres inseguros e inestables que intentan exorcizar su fragilidad proyectándola sobre las mujeres e intentando dominarlas. Y ahí tenemos uno de los ejes de Bachmann: esas mujeres que, bajo un barniz de valores tradicionales, ocultan una llama inextinguible de libertad personal.


Aunque ardua, esta lectura no ha estado exenta de gozo ni carente de hallazgos: algunos de los relatos, concretamente "El soldador" y "Vendrá la muerte" son de una contundencia que cala bien dentro. Y aunque algunos de los relatos tienen un carácter fragmentario y son ejercicios incompletos e iniciales de Bachmann, sin duda nos ofrecen una rendija a su laboratorio escritural y a la gestación de temas que fueron centrales en su obra, y nos permiten la posibilidad de observar su evolución estilística, que la convirtió en una de las voces más incisivas y poéticas de la literatura europea del siglo XX y que además desafió las convenciones de su época.


No tengo certeza de en qué momento ni bajo qué circunstancias se escribieron estos textos (es una edición póstuma, una miscelánea no diseñada ni ordenada por la propia Bachmann). Hay relatos que parecen proceder de distintas épocas de su vida (algunos de juventud, otros más próximos a “Malina”), pero en su trazo interrumpido, en su irregular respiración narrativa, se adivina una búsqueda que no es solo literaria.


No elegiría este libro para adentrarme en Bachmann aunque nos ayude a comprender su universo literario. Para entrar en él quizá sea mejor hacerlo por los senderos más depurados de su obra: su poesía o la novela "Tres senderos hacia el lago". Su libro más conocido es "Malina", que de momento me reservo para saborear despacio, como se saborean los libros delicados y de calidad tan exquisita como compleja.


Gracias, Ingeborg Bachmann. Gracias, Ana María de la Fuente (traductora)


©AnaBlasfuemia



lunes, 7 de septiembre de 2020

El rostro ajeno (Kôbô Abe)


Sin duda la belleza es algo así como la fuerza con que los sentimientos humanos rechazan la posibilidad de destrucción, y se oponen a ella

Tengo la sensación de que últimamente nos estamos autodestruyendo mientras nos miramos el ombligo, repartimos selfies y sonrisas a diestro y siniestro, nos creemos influyentes, las opiniones son dogmas inexpugnables e incluso inentendibles, se miente, se manipula y se falsea sin rubor, se promueve el individualismo más brutal… Dudo mucho que la belleza sobreviva a tanto despropósito y que, en verdad, estemos rechazando con firmeza la posibilidad de destrucción.

¿De dónde nos viene este afán por autodestruirnos (individual y colectivamente)? No lo sé. Soy incapaz de comprender la falta de empatía, la extraña distorsión cognitiva que nos impide ver, comprender, aceptar y cuidar al otro (sin el otro no sería posible mi propia existencia individual). Yo sólo observo, entre atónita y paralizada, lo cual no deja de ser otra curiosa manera de participar de esta paulatina e impecable autodestrucción.

Y así, atónita, he leído este libro de Kôbô Abe, autor al que llego por primera vez y del que voy a leer todo lo que llegue a mis manos. La única explicación que tengo para no haberlo leído antes es que, a poco que quieras vivir la vida, el tiempo no te alcanza para acceder a tanta literatura que está a nuestra disposición y que deberíamos preservar como uno de los pocos lugares habitables que nos quedan. Todo lo demás es tierra inhóspita.

Vamos al meollo: el protagonista tiene la cara desfigurada debido a un accidente en el laboratorio en el que trabaja. Cubre su rostro con vendas. Qué horror, pensaremos. Y sin embargo ¿qué importancia le damos a la cara? Mucha más de la que aceptamos. A la nuestra y a la de los demás. ¿Qué papel juegan las caras en la interacción, en la comunicación con los demás? ¿Es en la cara, en la piel, donde está el alma? ¿Es la cara el espejo del alma? Así lo piensa nuestro protagonista, por lo que decide construirse una máscara, un rostro, para poder tener una cara que restaure el pasadizo de comunicación con los demás.

Con el rostro desfigurado, el protagonista es objeto de prejuicios que le golpean individualmente, puesto que no puede coaligarse a otros “sin rostro”, ¿cómo rebelarse contra unos prejuicios que sólo te afectan a ti? Con la máscara puede exponerse a los demás, pero a la vez constituye una barrera para ocultar su propia individualidad. Con la máscara nace (o más bien asoma sin obstáculos) otro nuevo “yo”, provocando una inevitable disgregación de la persona. El “yo” con máscara, el “yo” sin máscara. La apariencia construyendo una identidad.

Estamos ante un libro introspectivo y denso, una densidad de textura gelatinosa, elástica y fuerte, a la que te vas adaptando despacio. No es un libro para impacientes, es de degustación lenta. Cuando superas el desconcierto inicial y cierto tedio provocado por la detallada descripción del proceso de elaboración de la máscara, caes de lleno en el asombro de la admiración.

El largo monólogo del protagonista está plagado de reflexiones filosóficas y psicológicas de gran calado y profundidad que habría enmarcado y puesto en la pared. Sin duda la máscara es una gran metáfora sobre la identidad, la otredad, la soledad… que, en estos tiempos de mascarillas, resulta especialmente inquietante.

Estos son los cargos de que se les acusa: el pecado de haber perdido la cara, el pecado de haber obstruido el pasadizo de comunicación con los demás, el pecado de haber perdido la comprensión hacia la pena y la alegría ajenas, el pecado de haber perdido el temor y el gozo inherentes a descubrir lo desconocido de los demás, el pecado de haber olvidado la obligación de crear algo en favor de los otros, el pecado de habernos perdido esa música que pudimos escuchar juntos…

jueves, 13 de agosto de 2020

La rosa (Robert Walser)


Jamás se vengaba de una injusticia padecida, y tal vez así se vengaba suficientemente

Robert Walser siempre mantuvo intacta su capacidad de desconcierto y asombro, de contar cada detalle de aquello que observaba con la mirada profunda de quien tiene la paciencia y el matiz para descifrar todas las posibilidades que ofrece la vida y siempre elige sorprenderse.

No hay nada trivial en Walser porque nada lo era para él, con su inmensa capacidad para transformar en poesía lo banal y para concebir la felicidad bajo otras formas que no sean únicamente las del buen humor y el buenrollismo

Walser, “melancólico, aunque también alegre, desprejuiciado y a la vez tímido”, mira a su alrededor y parece no comprender comprendiéndolo todo. Noble de mirada triste, triste de mirada noble, deliberadamente torpe, intentando escabullirse del terrible sobresalto que provoca ser capaz de descifrar palabras y señales. Alma sensible abierta al azar y el detalle, el plácido prodigio de la fatalidad y la escritura destilada que perpetúa lo volátil.

Leer a Walser y su literatura improvisada es dejarte llevar por su mente errante, observadora y clarividente en el detalle y con capacidad para detectar multiversos en las cosas pequeñas.

No me asusta el ruido ni el silencio. Solo hay que temer los temores

viernes, 10 de julio de 2020

El hombre jazmín (Unica Zürn)


Pero ella ya empieza a caer en el abismo de una nueva y profunda depresión, como si ésta fuera la ley de su enfermedad. Unos cuantos días fabulosos, unas cuantas noches con las estremecedoras experiencias de la alucinación, una breve euforia, la sensación de ser extraordinaria, y después, la caída, la realidad, el desengaño

Vuelvo a Zürn seis años después, en una especie de círculo imposible de cerrar porque si lo cierro me atrapa dentro. Dentro es afuera, fuera de la vida. Zürn me cruje como un oso aplastando las costillas de un bebé con un abrazo tan lleno de amor como de exceso. Intento encontrar las palabras y no las tengo, me desborda la lucidez de su locura que me deja sin aliento y llena de dolor, comprensión y compasión.

Leer a Zürn es sentir el grito subiendo y bajando en la garganta, no encontrando un lugar en el que hacerse voz ni palabra, un torrente en los ojos impelidos al desbordamiento. Quizás habrá quien haya escrito sobre su propia esquizofrenia con más lucidez, que lo dudo, pero nadie me conmueve y sacude con tanta ternura como ella.

Vuelan las palabras en la voz de Zürn buscando lo perdido, como ave de paso que anida en el aire y no encuentra lugar donde reposar. Tan grande para este mundo. Sus descripciones afiladas, virtuosas, intensas. La memoria de Zürn era un rio de basura que no calmaba ni curaba. Cómo iba a encontrar el principio si solo veía el final y sus delirios eran una adicción, agua que saciaba su sed.

Sometida a la imposición de ser ella misma, perdida en la frontera entre realidad y alucinación, oyendo recitar a un poeta en su vientre, pariendo una Alemania sin muros, viendo todo, en conflicto constante con la sociedad, aturdida por la vida, creyendo en milagros con la intensidad de los niños, queriendo plantar árboles de pan para acabar con el hambre…

No me gusta ver la locura como algo bello, pero la mirada de Zürn lo era porque su alma era pura y cristalina, niña herida por la vida que se mató por querer vivir. Esa gran contradicción ¿no?: morir por querer vivir, tanto. Tanto. Tanta vida.

Escondo sensaciones y este remolino que siempre me provoca Zürn porque elijo vida viva una y otra vez.

martes, 28 de abril de 2020

El infinito en un junco (Irene Vallejo)


En el fondo, lo que las comunidades humanas tienen en común es aquello que inevitablemente las enfrenta: la tendencia a creerse mejores

Y resulta que la primera lectura que quiero comentar en realidad es la última “antes de”. Después, la nada más absoluta. Y maldije hasta la extenuación haberlo leído porque habría sido la lectura perfecta para que no se produjera en mí esta incapacidad de leer que me ha durado casi 50 días. Quién me iba a decir a mí que el junco del Nilo, que posibilitó la materia prima del libro (después de intentarlo con tablillas, telas, maderas…) y le dio su perdurabilidad, iba a entrelazarse con ese “soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie. Resistiré” al que he cogido, he de confesar, un poco de manía. El junco no sólo nos dice que resistimos todo lo que nos echen y más, sino también que en él cabe el infinito en forma de libros.

Quizás los ensayos no sean el género literario que más se comenta por redes sociales dedicadas a los libros. Tal vez se piense que es un tipo de lectura sesuda, compleja y que, en los tiempos que corren, con la capacidad de concentración tambaleante y pocas ganas de pensar (pero mucha necesidad de reflexionar), no se contempla que sea algo ameno, entretenido, que exista la posibilidad de disfrutar de un ensayo desde el esparcimiento y la fiesta que supone una lectura divertida, grata y muy instructiva.

Irene Vallejo combina de forma delicada y nada casual imaginación, hechos contrastados e hipótesis, con la convicción de que la historia es tan frágil como lo son los propios libros. Consigue sortear con habilidad el exceso de datos y las ideas repetidas gracias a una exposición entretenida y ágil, repleta de anécdotas, especulaciones y curiosidades.

Este recorrido por la invención de los libros en el mundo antiguo, volver a la cultura griega y romana que tantas lecturas provocaron en mi preadolescencia, ha sido un viaje inolvidable por una memoria del mundo que sigue mandándonos mensajes en la actualidad: el conocimiento nunca, jamás, es un lastre. Leamos.

Sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio

©AnaBlasfuemia

martes, 10 de diciembre de 2019

Clarice Lispector


El universo de Lispector es exacerbado, profundo e intensamente inquisitivo. Un universo en el que escribir era un pozo al que arrojarse, una cúpula sin límites y desordenada que requiere explorar y combinar rompiendo las reglas. El lenguaje para ella era como un nacimiento al que puedes traicionar para dar sentido a un nuevo idioma, el sentido lispectoriano de la vida y el universo. Lispector apostató del lenguaje común y normativo porque sabía que la vida es irreductible.

Estruendosa hasta en los saltos de línea, los silencios y los márgenes, Lispector tenía el poder de una diosa que se precipita a la escritura cavando abismos hacia los que luego se arroja como quien tira una piedra a la superficie del agua para solidificarla o como quien dispara rayos al firmamento para que en su desgarro alguna nube rompa a llorar o a suplicar un cielo que sea germen y colofón de su existencia.

Lispector era como el Agua viva que fluye muy Cerca del corazón salvaje, surcando los espacios intersticiales que hay entre latido y latido, el lugar Donde se enseñará a ser feliz Para no olvidar que La ciudad sitiada puede ser un encuentro tan revelador como devastador con una cucaracha o tal vez con La araña que teje en Silencio El libro de los placeres y Todos los cuentos a los que las almas inquietas acudimos buscando la Revelación de un mundo que nos aporte Un soplo de vida, una respiración más, necesaria para no olvidar los Descubrimientos que nos precipitan hacia el frío de la madrugada.

Porque, Queridas mías, siempre estamos Aprendiendo a vivir, y la vida es una búsqueda de La lámpara que ilumine La manzana en la oscuridad para poder morderla con el ansia de quien sabe que ya es La hora de la estrella. Clarice es como una religión para la cual no necesito más fe que la de acudir a sus páginas para que me salve dándome el misterio de la vida: el Por qué este mundo.

Hoy Clarice Lispector cumpliría 99 años.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La pasión según G.H. (Clarice Lispector)


Vivir es una gran bondad para con los demás. Basta vivir, y por sí mismo esto se convierte en gran bondad

No hay guía para leer a Lispector. Es un viaje que inicias siempre a ciegas, buceando hacia una fosa abisal, un agujero negro de cuyo campo gravitatorio no podrás escapar. Pero quién va a querer escapar de esa singularidad llamada Clarice Lispector, que crea significados, que crea un lenguaje propio y único a partir del existente y lo lleva a límites inimaginables, una entropía que conduce al equilibrio a partir del caos. O tal vez nos lleva al caos a partir del equilibrio, una especie de epifanía reveladora en donde, desde el desorden y lo incontrolable, se llega a la raíz de todas las raíces, la cosmología inalcanzable, el big bang de lo humano que es lo no humano. Lo neutro.

No pasa nada, solo es la vida, me digo mientras leo atónita, rendida y bendecida por la comprensión. No huyas, usa la indefensión, abísmate en ella, coge la mano de Lispector como si fuera tu propia mano. La verdad asusta porque no existe, no tal y como la concibes. Déjate desorganizar, el caos es el origen.

Déjate remorir una vez más.

Confía, confía en Lispector, es la creación de todo. Pierde lo esencial sin miedo y desmonta las mentiras. Hay que comprenderlo todo para vivir, el destino solo es una probabilidad y para encontrar tienes que perderte en ti misma.

Soledad es tener solamente el destino humano

Inventa una mano, Ana, no para que te sostenga sino para comprender. Es Lispector, lo sabes, ese torrente que hace aflorar todos los arroyos subterráneos. ¿Lloras? No pasa nada, es la comprensión. Es duro aceptar esta conmoción, Clarice es pura fantasía semántica, ella tiene el lenguaje para contarlo, aunque tú no tengas un nombre que usar. Buscaba un “yo” y Lispector me dio el “no yo”, la esencia pura de lo inenarrable, la repetición del enigma, la puerta abierta a lo que creía infranqueable.

Me encontré con una cucaracha. Cuatro veces. O tal vez fueran cuatro cucarachas. No sé narrarlo ni nombrarlo. Sucedió. Y Lispector ya lo había escrito todo y yo solo sé explicar lo sucedido con una evidencia: Dios es mujer y se llama Clarice Lispector.

Prescindir de la esperanza significa que tengo que pasar a vivir, y no solo a prometerme la vida. Y este es el mayor miedo que puedo sentir

“Permite que te diga que Dios no es bello. Y esto porque Él no es ni un resultado ni una conclusión, y todo lo que la gente considera bello es generalmente solo porque ya está terminado”

«La humanidad está impregnada de humanización, como si fuese necesario; y esa falsa humanización estorba al hombre y a su humanidad. Existe algo que es más ancho, más sordo, más profundo, menos bueno, menos ruin, menos bello. Aunque también ese algo corra el peligro de llegar a transformarse, en nuestras manos groseras, en “pureza”, nuestras manos, que son groseras y están llenas de palabras»

jueves, 1 de agosto de 2019

Tres senderos hacia el lago (Ingeborg Bachmann)


En algún momento hay que parar, todo el mundo tiende la mano a los demás alguna vez, pero eso no significa que, cuando esa situación evoluciona, ahora que recorres tu propio camino tú sola, aún debas sentirte encadenada a una deuda que dejó de existir hace mucho
Ingeborg Bachmann delinea escrupulosa y delicadamente la geografía de las contradicciones y del existir(se). Pasa el dedo por los relieves de los paisajes de su infancia y su vida, delimitando y señalando los pliegues, las curvaturas, los límites y espacios que configuran a la protagonista.
En “Tres senderos hacia el lago”, Bachmann no malgasta ni una palabra y sin embargo consigue múltiples interpretaciones y significados, sinuosos paseos por su lectura. Elisabeth Matrei, la protagonista de esta breve novela, intenta llegar al lago que tan bien conoce pero no encuentra los senderos que siempre le han llevado a él o no consigue finalizar su recorrido. Como un espejo, un reflejo de la propia memoria, tampoco encuentra con facilidad los caminos que la lleven a ella misma, por lo que es necesario volver a la búsqueda y la exploración una y otra vez. En esa búsqueda de un tiempo que fue y que le ayude a configurar el presente y le proporcione un espacio que sea conquistado casi como un refugio, Elisabeth muestra la pérdida de un mundo al que ya no pertenece.
Al igual que los propios recuerdos transcurren en nuestro interior, la estructura narrativa de “Tres senderos en el lago” es un fluir a base de saltos en el tiempo, un acercarse y alejarse de los recuerdos entretejiendo culpas, luchas inútiles, deseos, identidad…
Elegante, muy elegante Ingeborg Bachmann, con una narrativa valiente, sutil, ingeniosa y muy potente. No es la trama, es sus meditadas y sabias observaciones sobre la identidad, la pertenencia, el tiempo y los recuerdos. No podemos volver a la infancia porque todos los mapas se nos quedan obsoletos. Pero un futuro más humano es posible si tenemos la suficiente habilidad moral y ética. Magnífica y espléndida Ingeborg Bachmann.
No te aferres a nadie

domingo, 2 de junio de 2019

La salvación por las palabras (Iris Murdoch)


Porque lo que elegimos, y los motivos que tenemos para elegirlo, revelan qué valores tenemos
¿Cuál es el gran arte, ese arte pleno de lucidez y que carece de fingimiento y pretensión? Murdoch no tiene dudas: la literatura, porque “las palabras son la textura y la materia últimas del ser moral que somos”.
Me fascinan las mentes inteligentes, rescatan e insuflan oxígeno a mi curiosidad, mi rebeldía sin causa, mi capacidad de aprender, de asombrarme y emocionarme, pero sobre todo me ofrecen esperanza. ¿Qué esperanza nos ofrece Murdoch?: la del arte, la de las palabras, la de la literatura. Consciente de que el arte es clarividencia y que los dictadores y opresores lo temen Murdoch aboga por el arte, el bien, la literatura y la belleza como salvación.

Preguntarnos sobre qué es el arte implica ir a lo concreto y para Murdoch la respuesta es clara: el arte debe comprometer tanto nuestra moral como nuestro intelecto y la esencia del arte y la moral no es otra que el amor. Y vuelve a inquirirnos ¿qué es el amor?: “El amor es caer en la cuenta, no sin dificultad, de que algo ajeno a uno mismo es real” o sea, el reconocimiento y el respeto de esa otredad. Dadle vueltas a la cita, se lo merece.
No voy a decir que sea una lectura fácil, es filosofía erudita, pero en eso reside (también) su atractivo: vuelves hacia atrás, relees, buscas las conexiones, la comprensión, retrocedes, avanzas. Pese a la densidad intelectual de alguno de los textos, no me cabe duda de que son necesarias más mentes sensatas y lúcidas en el siglo XXI como las de Murdoch y rescatar el centro de su moral: el desinterés (“unselfing”), la necesidad de salir de nuestro propio ego, ver a las otras personas y tenerlas en cuenta. Si Murdoch levantara la cabeza se entristecería al comprobar que el siglo XXI es el siglo del… selfie.
Libertad es conocer, comprender y respetar cosas totalmente ajenas a nosotros mismos

jueves, 16 de mayo de 2019

El paseo (Robert Walser)


Al diablo con el ansia miserable de parecer más de lo que se es

Paseante compulsivo, Walser nos pasea con él y su suave ironía pero fuerte perspicacia. Donde aparentemente no ocurre nada saltan las alarmas. Es todo tan jovial y festivo, todo tan propicio y delicado en este paseo que inevitablemente produce el vértigo de la duda ¿qué hay detrás de un paseo tan cándido?
Hay búsqueda, hay curiosidad, nostalgia, hay melancolía, libertad y vida intelectual. Hay mucha elegancia en Walser en este inquietante paseo, inquietante porque el idílico paseo, que se desliza como desaliñado, volátil y anticuado, se torna a cada paso más sombrío, más grave, sin renunciar en ningún momento a la belleza.

Paseos, deleitarse con lo sublime de la naturaleza, conectar con ella de forma casi sagrada. Encuentros que son de todo menos triviales y con una carga simbólica importante. Walser paseaba por el mismo motivo que escribía: por supervivencia y desamparo. Walser huyendo del miedo, paseando para escapar pero inevitablemente encontrando aquello de lo que huye al final del paseo.

Una pequeña y delicada joya de un Walser siempre exuberante, frágil y sagaz.
Yo ya no era yo, era otro, y precisamente por eso otra vez yo

lunes, 17 de septiembre de 2018

Agua viva (Clarice Lispector)

Título original: Agua viva
Traductora: Elena Losada
Páginas: 114
Publicación: 1973 (2013)
Editorial: Siruela
Sinopsis: ¿Dónde están los límites del lenguaje? Agua viva es una vivencia –no una reflexión– sobre esos límites. Para avanzar más allá, en busca de la «entrelínea», la voz femenina que nos habla deberá pedir auxilio a la música y sobre todo a la pintura para acercarse al it, ese punto central de lo vivo que Clarice Lispector persiguió en todas sus obras. Vaga epístola a un destinatario mudo, Agua viva supera en todo momento las fronteras de esa amplia familia de las cartas de desamor a la que en parte pertenece. Más allá de la pasión, el texto apunta –con todas las armas: palabra, color y nota– al centro de la vida y desafía a la muerte con su defensa de la alegría.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
Confío en mi incomprensión que me ha dado una vida libre del entendimiento, he perdido amigos, no entiendo la muerte. Horrible deber es el de ir hasta el fin. Y no contar con nadie. Vivirse a uno mismo. Y para sufrir menos embotarme un poco. Porque no puedo cargar más con los dolores del mundo. ¿Qué hacer cuando siento totalmente lo que otros son y sienten? Los vivo pero ya no tengo fuerzas.
¿Por qué leo? Por momentos como este: vuelve Clarice Lispector, me clava el cuchillo de Agua viva en el centro de mi corazón, me abre en canal y por ese desgarro se escapan como duendes liberados todo lo enclaustrado, lo silenciado, lo no pronunciado, lo sintiente, lo doliente. Y Lispector atrapa todo lo que emana de mí y le va dando forma, palabras, poniéndome voz, vocablo, imágenes, entrelíneas, sentido. Y yo, os lo juro, lloro hasta la extenuación de agradecimiento. De amor. Por eso leo.

Habla Lispector en este libro del soplo de vida, ese boca a boca que se hace a alguien que ha dejado de respirar. Se une boca con boca, se sopla y esa boca respira. Un soplo de vida. Y dice que ese intercambio de respiración es lo más bello y deslumbrante que conoce. Pues bien, desde ya lo digo: eso hace Lispector conmigo, ese soplo de vida. Me mata y me revive. Muerte y resurrección. Belleza y deslumbramiento. 
Yo soy antes, yo soy casi, yo soy nunca. Y todo eso lo he obtenido al dejar de amarte.
La parte sencilla sería decir que Agua viva es una carta que una mujer, tal vez Lispector, escribe a un alguien que amó, pero que también la dañó. Pero eso no solo sería sencillo: sería también un embuste. Esa es la apariencia, digamos el hilo conductor. Un intento de trama para un libro destramado. Es la excusa, la excusa para liberar a Lispector, para captarse a sí misma, para fijar el it (la esencia de las cosas), el núcleo de los instantes-ya, lo inasible del tiempo, el presente que se escabulle constantemente, sin dejarse atrapar, sin poder retenerlo.

Lispector profundiza en las palabras, las quiere, las esboza, las mira, las experimenta y respeta, se deja poseer por ellas. No juega con las palabras sino que se es (a sí misma) a través de ellas. Se encarna y libera en las frases, en las entrelíneas, entrechocando sílabas, palabras y frases.
Antes de organizarme tengo que desorganizarme del todo. Para experimentar el primer y pasajero estado primario de libertad. De la libertad de errar, caer y levantarme.
Escribir como lo hacía Lispector es un milagro y Agua viva, al igual que Un soplo de vida, son de una generosidad que estremece, pues en ella despliega su paisaje interior, una acuarela íntima, delicada, profunda y cicatrizante que acaricia por dentro al lector.

En Agua viva Lispector quiere captar el presente, el instante-ya, el it (eso) que es la esencia de la vida. Pero como el agua, esa que está viva y en continuo fluir, no puedes asirla con las manos, es inaprensible. Inasible como la vida, por movimiento y flujo constante. Pero ella es maga y la moldea con palabras. Crea una cuarta dimensión. Está la incapacidad humana para experimentar esa cuarta dimensión, pero está la magia de Lispector para recrearla, hasta abrir con palabras una puerta tetradimensional. Bienvenidos/as al universo único de Clarice Lispector.
La vida difícilmente se me escapa, aunque me asalte la certeza de que la vida es otra y tiene un estilo oculto.
Lispector rompe todos los cánones habituales en la literatura, así que no se puede esperar (ni desear) una estructura narrativa tradicional, ni siquiera lineal. Agua viva es una deriva exploratoria en donde la palabra adquiere toda su resonancia y magnitud, también su certeza. No hay más trama que la de un alma sintiendo, observándose, y plasmándolo todo en un fluir de párrafos y espacios en blanco en donde todo es exacto y refulgente. Escribe tan poderosamente…, es palabra y su eco, luz y reverberación. 

Aunque pueda resultar extraño, esa desestructura que propone, en la que se desdibujan todas las fronteras posibles e incluso las imposibles, convierte Agua viva en una lectura tan indefinible como deslumbrante. Sus reflexiones y descripciones de las flores son para llorar de belleza, al igual que cuando habla de los animales, el ropero, el espejo. Brillante y deslumbrante como el sol reflejado en el mar.

Puede desconcertar a muchos lectores la salvaje e insólita creatividad de Lispector, pero en pocos libros como en los suyos te sumerges en un mundo de percepciones, sensaciones, emociones, revelaciones. Visceral, intensa y sensible, Lispector siempre reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre una misma y los demás. En su búsqueda de sí misma, yo me encuentro una y otra vez en Lispector.
No voy a morir, ¿me oyes, Dios? No tengo valor, ¿me oyes? No me mates, ¿me oyes? Porque es una infamia nacer para morir no se sabe cuándo ni dónde. Voy a estar muy alegre, ¿me oyes? Como respuesta, como insulto. Una cosa te garantizo: nosotros no tenemos la culpa. Es necesario entender mientras estoy viva, ¿me oyes?, porque después será demasiado tarde.
Y si alguien se pierde a la hora de leer a Lispector, concretamente este Agua viva, ella misma nos dice cómo hacerlo: no de cerca, sino sobrevolando por sus líneas y entrelíneas y silencios y espacios en blanco para poder percibir el juego de las islas y los canales y mares. No como un libro con principio y final, sino como una continuación. Lo que te estoy escribiendo no es para leer; es para ser. Desprovista de trama y convenciones, Agua viva es libertad.

Decía Lispector que era una persona muy ocupada porque cuidaba del mundo y que era responsable de todo lo que existe. Ojalá más personas cuidaran del mundo. Ojalá más Lispector en este mundo y su increíble capacidad de introspección hacia ella misma y todo lo que le rodeaba. Es mi diosa, con ella mi ceguera se cura, me recuerda lo importante, el alma se vuelve evanescente y todo es más liviano y bello. Nunca he visto unos textos tan vivos como todo lo escrito por Lispector. Vida, muerte, resurrección, nacer y renacer, sufrir y vivir, alegría e intensidad. La multivida: vida creando vida a cada instante-ya.
Voy a hablar de lo que se llama la experiencia. Es la experiencia de pedir socorro y de que el socorro nos sea dado. Tal vez valga la pena haber nacido para implorar un día calladamente y calladamente recibir.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Nadando a casa (Deborah Levy)


Título original: Swimming Home
Traductora: Susana de la Higuera Glynne-Jones
Páginas: 164
Publicación: 2011 (2015)
Editorial: Siruela
Sinopsis: Nada más llegar con su familia a una casa en las colinas con vistas a Niza, Joe descubre el cuerpo de una chica en la piscina. Pero Kitty Finch está viva, sale del agua desnuda con las uñas pintadas de verde y se presenta como botánica... ¿Qué hace ahí? ¿Qué quiere de ellos? Y ¿por qué la esposa de Joe le permite quedarse? Nadando a casa es un libro subversivo y trepidante, una mirada implacable sobre el insidioso efecto de la depresión en personas aparentemente estables y distinguidas. Con una estructura muy ajustada, la historia se desarrolla en una casa de veraneo a lo largo de una semana en la que un grupo de atractivos e imperfectos turistas en la Riviera son llevados al límite.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.


La vida solo merece la pena porque tenemos la esperanza de que irá a mejor y de que todos llegaremos a casa sanos y salvos.
Quiero detenerme en el título, porque últimamente los títulos de algunos libros me dejan prendida de ellos y me sugieren numerosas imágenes en mi hiperactiva cabeza. Nadando a casa me sugiere retorno, volver, mar, isla, avanzar, acoger y muchas más cosas intraducibles en palabras. Supongo que no fue casualidad que escogiera este libro no mucho después de que intentara plasmar lo que es casa para mí. Quizás porque intento ser casa a la vez que busco una para mí, quizás porque el agua es un elemento muy potente y simbólico, porque me encanta nadar y meter la cabeza dentro del agua, escuchar y sentir los sonidos acuáticos (nadar y sumergirse es como meterse debajo de una campana de agua, te aísla a la vez que te protege)… el caso es que este título, que aúna dos conceptos que tienen mucha profundidad y arraigo en mi vida, era como un tobogán por el que dejarme deslizar sin la brusquedad de un mal aterrizaje.
Siempre llueve cuando te sientes triste.
Ella sabía lo que hacía la lluvia. Ablandaba las cosas duras.
El agua me hace recordar muchas cosas, a Virginia Woolf y Sylvia Plath por ejemplo, en cuyas obras encuentro con frecuencia este elemento. Y la lluvia… soy de Asturias, nací con la lluvia dentro. Soy lluvia. Lluevo y me lluevo. Me atrae la luz,  necesito la luz, la que ilumina sin deslumbrar, la que guía sin aturdir, la que tienen los amaneceres o los faros encendidos. Pero, ay, la lluvia… De niña creía (lo sigo creyendo) que si en verano llovía era porque alguien había matado una mariposa. Un verano unos niños mataron varias mariposas para burlarse de mí y hacerme llorar y gritar que “¡¡ahora lloverá, lloverá!!”. Y llovió. Varios días. Hasta hizo frío. Yo no quería que lloviera en verano.

Ya lo dice Deborah Levy: la lluvia ablanda las “cosas” duras. Lo mala noticia es que reblandece en exceso aquello que ya era blando de serie, con lo que al final obtenemos un barro inconsistente y moldeable. Y pesado, muy pesado. Porque el barro se acumula y pesa, pesa mucho, más aún cuando se seca y se endurece, y entonces vuelve a necesitar de la lluvia que dulcifica, mitiga y apacigua. Eso es la lluvia para mí (Nota a quien corresponda: o cómo responder una pregunta antes de que te la hagan).

Dame tu historia y yo te daré algo que la aleje de ti.
Hay historias que mantenemos alejadas de nosotros mismos, como si la distancia difuminara su existencia. Hay otras que debiéramos alejar, pero se aferran a ti desesperadamente aunque las apartemos una y otra vez. Al final la distancia estalla por los aires y las historias vuelven a ti como un bofetón inesperado. Y, en el aturdimiento del golpe traicionero, empieza a perfilarse una palabra, no menos traicionera: depresión.

¿Aparece de repente o ya estaba ahí? Voy a recular: en realidad Nadando a casa no habla de depresión, sino de tristeza. Esa tristeza que está detrás del telón, entre bambalinas, amenazando con salir al escenario a hacer su espectáculo y a la que impides su protagonismo montando tu propio espectáculo, más o menos real, más o menos falso, pero que mantiene los focos alejados de aquello que hay detrás del escenario, oculto. Hasta que alguien, por ejemplo, aparece desnudo en la piscina. Kitty Finch mismamente, que le gusta el agua, y las plantas, y estar desnuda. Desnuda, no hay nada que ocultar. La libertad de ir desnuda, por dentro y por fuera. ¿Qué sucede? Que entonces las luces cambian de escenario, y lo que había detrás del telón empieza a formar parte del espectáculo. La luz propia y desnuda de Kitty acentúa las sombras ajenas. O cuando una desnudez te desnuda a ti. O la tuya desnuda a los demás. Y huyen. El nudismo no es tan natural, después de todo,  parece. Desnudarse tiene un precio muy alto.

Porque la vida siempre debe recuperarnos.
Hay una lucha sorda, invisible y encarnizada contra la tristeza. La aparcamos a nuestros suburbios interiores. La negamos con el mismo mecanismo que nos hace sensibilizarnos ante el atentado en Niza pero ignorar fríamente otro más atroz en Pakistan. No pondré nombre a ese “mecanismo” que nos ha invadido y poseído y asumimos con una pasmosa naturalidad. Cada cual que le ponga el nombre que quiera.

Nadando a casa es como una crisálida: sutil y bella. Hay una inactividad aparente en su interior, pero detrás de esa engañosa inacción hay un movimiento leve, ligero, casi invisible pero persistente en el que se va desarrollando una metamorfosis hasta llegar a la inevitable eclosión final.

Anoto en mi lista de autoras a las que seguir: Deborah Levy.

Y me voy a nadar. Desnuda.

 
(©AnaBlasfuemia)

lunes, 27 de junio de 2016

Un soplo de vida (Clarice Lispector)

Título original: Um sopro de vida: pulsações
Traductor: Mario Merlino Tornini
Páginas: 160
Publicación: 1978 (2011)
Editorial: Siruela
Sinopsis: Escrita poco antes de morir e inédita en castellano, Un soplo de vida es la última indagación literaria de Clarice Lispector y, quizá, su más intensa meditación sobre el sentido de la vida y del acto de escribir libre de toda atadura. Para todos aquellos lectores de esta gran escritora brasileña, esta obra póstuma arrojará, sin duda, una nueva luz sobre lo más íntimo de su escritura.
Podéis empezar a leer las primeras páginas AQUÍ
Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. En este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él saco sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras, ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada en lo hondo del pozo.
De vueltas con la vida, era inevitable llegar a Lispector. Sus pulsaciones. Las mías. Si hay pulsaciones, hay vida. Pero entre pulsación y pulsación ¿qué hay? ¿La ausencia de pulsaciones es ausencia de vida? ¿O es precisamente en ese momento efímero entre pulsación y pulsación cuando realmente la hay? Si algo hace Lispector es buscar, interrogarse. Se interroga y tú con ella. Te arrolla, te arrasa, te rasga. No hay nada que escape de su indagación, de su búsqueda, de su mirada. Nada. Y nada es nada, porque la vida lo es todo y todo es vida.

¿Qué hago yo aquí hablando de Lispector? Ella es de otra galaxia, de otra dimensión. Su prosa es poesía irreductible. Intento ordenar ideas y sensaciones, pero no se dejan, son inaprensibles. Y leer a Lispector es estremecimiento. Leer siempre es personal. Constantemente lo que lees te dice algo a ti. No a uno ni al otro ni al de más allá. No. A ti. Da igual lo que lea. Sé que me va a arañar. Y llega Lispector. Del tirón. Sin respirar. Y lo cotidiano, lo insignificante, transciende.
Vivir es mi código y es mi enigma.
Desarmada completamente (es una elección). Mi única “arma” para enfrentarme a este soplo de vida es mi alma inquieta y un lápiz. Subrayo sin parar. Cada párrafo. Cada línea. No hay respiro. Hasta los espacios en blanco entre párrafo y párrafo están llenos de sacudidas. Todo es transversal en Un soplo de vida: atraviesa, cruza, corta. Ramifica y expande. No hay línea en la que no te detengas, párrafo en el que no reflexiones, sombra en la que Lispector no ponga luz ni luz en la que no ponga sombra. Es campana y vibración. Absolutamente sublime.

Introspección. Pulsación. Movimiento. Vida. Si alguien ha sido capaz de escudriñar todas las caras poliédricas de la realidad, esa es Lispector, consciente de que no hay una sola realidad ni una verdad única y que las palabras encierran, acotan, limitan, son insuficientes. ¿Cómo apresar la percepción, el pensamiento, el sentimiento, la marea interior, las intimas sensaciones, el desgarro? ¿Cómo apresar la VIDA? No se puede.

Qué crujido.
Este libro es una paloma mensajera. Escribo para nada y para nadie. Si alguien me lee será por su propia cuenta y riesgo. No hago literatura: sólo vivo el paso del tiempo. El resultado fatal de que yo viva es el acto de escribir. Hace tantos años que me perdí de vista que vacilo en intentar encontrarme. Me da miedo comenzar. Existir me da a veces taquicardia. Me da tanto miedo ser yo. Soy tan peligroso.
Marisma, ciénaga, miasma… Es lodo. Y a partir del barro se origina la vida. Eso es Lispector y eso hace: Abiogénesis, el proceso natural por el que se origina la vida a partir de la no existencia de la misma, es decir, de la materia inerte. Lispector exprime las palabras hasta límites asombrosos para reflexionar sobre el proceso de creación, el lenguaje, la vida…
Cada libro es sangre, es pus, es excremento, es corazón recortado, es nervios fragmentados, es choque eléctrico, es sangre coagulada que se escurre después como lava hirviendo montaña abajo.
¿Qué es Un soplo de vida? Para cada lector será un libro distinto, muchos libros en un libro. Tenemos dos personajes: un escritor y su personaje (Ángela). Un yo y su otro yo. Una metaLispector. Una Lispector desdoblada que es a la vez maza y pájaro, puño y brisa, buitre y mariposa, la creadora y la creada. Un diálogo interior brutal, una introspección feroz. Una reflexión magistral sobre la vida, la muerte, el lenguaje y la escritura. Es el canto de la moneda, ese que deja ver las dos caras al mismo tiempo. Tres, si pensamos que el canto es también otra cara de la moneda (y tres es el número: Lispector -1- creando al personaje llamado “autor” -2- que, a su vez, crea al personaje llamado Ángela -3-). Miento. El número es el cuatro: el lector (lectora -4- en este caso) es el cuarto personaje.
Siempre quise alcanzar un estado de paz y de no-lucha. Pensaba que era el estado ideal. Pero ocurre que... ¿qué soy yo sin mi lucha? No, no sé tener paz.
Una autora que crea a un autor que, a su vez, crea un personaje con el fin de concebir un espejo que devuelva una imagen nítida sobre la propia identidad. Imposible, los espejos siempre nos devuelven distorsión. Y los metaespejos una deformación de la distorsión. Y además la vida es aire, es oscilación y es movimiento, no hay una foto fija de nuestra alma y nuestra identidad, somos extranjeros de nosotros mismos. Somos nuestra propia lucha. Lo oculto. La única magia posible es aquella que derrote la incomunicación porque el lenguaje es imposible. Hacer esa magia es el reto, es la vida, es la conexión.

Contexto: Poniendo los pies en tierra (leve, breve y fugazmente) diré que Lispector escribió Un soplo de vida (que no llegó a ver publicado) a la vez que La hora de la estrella y que, según sus propias palabras, fue “escrito en agonía”. Un libro que no pudo detener. Necesitó escribirlo justo en ese momento, al final de su vida, aquejada de un cáncer de ovario. Y sé que estoy diciendo sin decir que si no has leído nada de esta autora mejor dejar Un soplo de vida para el postre.
El desierto es un modo de ser.
Termino el libro derrotada. Felizmente derrotada. ¿He dicho “termino”? Pues miento otra vez, este libro nunca se termina. Nunca. Despego los pies de la tierra, nuevamente (… ¿qué soy yo sin mi lucha?...)