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viernes, 24 de julio de 2026

Sońka (Ignacy Karpowicz)


Las palabras no pronunciadas también son palabras y la mierda no cagada, mierda. Tal es la naturaleza de las cosas

¿Qué es “Sońka”? ¿Una historia de guerra? No exactamente. Es más bien la reverberación de una historia que nadie quiso seguir oyendo y es también el lugar donde ese silencio rebota como el eco devuelve el grito. Un campo, una mujer, un cuerpo que recuerda. Un hombre, una libreta, una puesta en escena.

Sońka no es la heroína de su propia historia, ni siquiera es su dueña. Un joven dramaturgo (urbano, nervioso, un poco ajeno a todo salvo a sí mismo) aparece en su vida como quien pisa una tumba sin saberlo. No tiene derecho a esa historia, pero ahí está: escuchando, tomando nota, contaminando. Se llama Igor, pero podría llamarse Oportunidad.

Igor no es un oyente devoto, es una especie de ladrón con sensibilidad: convierte el dolor ajeno en escenografía. Pero, ojo, que tampoco es un canalla, es más complejo que eso: es un parásito con dudas, un artista sin coartada. Vaya, que es un personaje interesante (o al menos, una interferencia útil).

Hay un amor imposible: una campesina polaca y un soldado alemán. Y luego, pérdida. Y luego, otra pérdida. El relato se organiza con piezas sueltas: lo que Sońka recuerda, lo que Igor reordena, lo que el narrador descompone. Y un teatro: el que escribe Igor, el que el lector imagina, el que nadie puede representar del todo.

Sońka” es un libro formalmente valiente, narrativamente modesto y éticamente incómodo:


Valiente porque Karpowicz no se conforma con contar una historia difícil, se obliga a construir una estructura que resista la tentación de hacerla más limpia, más armónica, más digerible. Cada vez que el relato podría avanzar hacia un cierre narrativo, se fragmenta. Cada vez que parece que hay una figura central fuerte (la voz de Sońka, por ejemplo), entra en escena otra capa: la teatralización, la mirada de Igor, la tensión con el lector. Es un libro que sabe lo que tiene entre manos y se niega a envolverlo bien. Riesgo que Karpowicz asume.


Narrativamente modesto porque en el fondo, lo que pasa en “Sońka” es casi nada. Dos personas se encuentran. Una cuenta algo. El otro la escucha. El resto es composición. El drama que atraviesa la historia no se convierte en materia legendaria. No hay gestos de gran intensidad ni hay figuras heroicas ni malvadas. Karpowicz confía en que contar con sordina también puede tener densidad.


Ético e incómodo porque el libro no se posiciona ni nos dice qué debemos sentir. La estructura fragmentada, el recurso a lo teatral, el juego de planos entre narración, escena y recuerdo, no sirven para embellecer ni para potenciar la emoción. Sirven, en cambio, para interrumpir la lectura moral, emocional o simbólica inmediata. No nos deja que nos instalemos.


Lo que valoro en el libro no es su historia (que en otros contextos habría dado pie a sentimentalismo), ni siquiera sus personajes (cuya ambigüedad es más funcional que psicológica), sino su negativa a traducir la experiencia traumática a un lenguaje fácil.


En el fondo, “Sońka” no es una historia sobre lo que pasó. Es sobre lo que alguien hizo con lo que otra persona dijo que pasó. Tal es la naturaleza de las cosas.


Gracias, Ignacy Karpowicz. Gracias, F. J. Villaverde González (traducción)


©AnaBlasfuemia



domingo, 19 de julio de 2026

Curso de filosofía en seis horas y cuarto (Witold Gombrowicz)

Este no es un libro de filosofía al uso, de esos que hacen bostezar a muchos lectores. Es breve, apasionado y profundamente personal. Gombrowicz está enfermo y lo sabe. El cuerpo le avisa que queda poco, y en lugar de sentarse a escribir un libro solemne para cerrar su obra, acepta dar unas clases privadas de filosofía a su mujer y a su joven amigo Dominique de Roux. Esas conversaciones se graban. Lo que surge de ahí no es un tratado, ni una síntesis académica, ni siquiera un curso con estructura reconocible. Es, más bien, una conversación sin red, un repaso lúcido y fragmentario por las grandes ideas de la filosofía moderna, y también, sin proponérselo del todo, una provocación.


Lo que busca no es darte la chapa con fechas y teorías, sino más bien que te cuestiones la filosofía en sí, cómo nos afecta y cómo la usamos (o la mal usamos) en nuestro día a día. Lo que le interesa es el momento en que el pensamiento gira hacia el sujeto, hacia la conciencia, hacia la pregunta de cómo conocemos y qué significa vivir.


Cuando habla de Descartes, dice que todo empieza con la duda: si no puedes confiar en nada, confía en tu conciencia. Ese es el punto de partida moderno. Sobre Kant, apunta que el orden es importante, pero también puede matar la frescura; no vemos el mundo tal cual es, sino solo lo que nuestra mente nos deja ver.


Con Schopenhauer se entiende bien: el dolor como estructura, la voluntad como fuerza ciega que nos arrastra. Gombrowicz explora cómo esta visión, aunque dura, puede ser liberadora al despojarnos de ilusiones.


Y cuando llega a Nietzsche, se lo pasa en grande. No lo idolatra, pero se entusiasma con su invitación a crear nuestros propios valores, a vivir desde la autenticidad y el desafío, más allá de la obediencia gregaria. La “voluntad de poder”, el “Superhombre”, son para Gombrowicz pretextos para pensar la libertad individual con ironía y sin solemnidad.


Pero lo importante no es qué filósofos menciona, sino cómo los lee. Gombrowicz no los trata como vacas sagradas. No los reverencia, pero tampoco los parodia. Lo que hace es pensar con ellos, y a veces contra ellos, desde una posición muy clara: para él, la filosofía solo tiene sentido si sirve para vivir. No quiere teorías despegadas de la experiencia, ni sistemas abstractos que se olvidan del cuerpo, del deseo, del miedo. La filosofía no está en los libros, sino en cómo se sobrevive, se desea, se piensa con los dientes apretados.


El libro está atravesado por observaciones personales, críticas al pensamiento dogmático, al nacionalismo, a cualquier forma de identidad impuesta. En sus reflexiones emerge un énfasis en la formación de pensadores independientes capaces de forjar su propio sentido, en vez de obedecer ciegamente dogmas o autoridades. 


Nos invita a pensar que la filosofía no es solo para unos pocos elegidos, sino que todos "hacemos" filosofía a nuestra manera, aunque no seamos conscientes. Cada decisión, cada incomodidad, cada intento de entender por qué hacemos lo que hacemos ya es filosofía, solo que sin aula ni pedestal.


El estilo del libro es deliberadamente fragmentario y a veces abrupto, reflejo de su estado físico y anímico en el momento de la escritura, pero esa brevedad y esa falta de pulido formal transmiten la urgencia y la honestidad con que afronta las grandes preguntas


En resumen, "Curso de Filosofía en Seis Horas y Cuarto" es una invitación a desacralizar la filosofía, a verla como un juego, como una conversación, como algo que nos pertenece a todos. Devuelve la filosofía al barro. Gombrowicz no nos va a dar respuestas, pero sí nos dice: "Mira, esto es lo que pienso yo, ¿y tú qué piensas?”


(Pues pienso demasiado, la verdad, a veces hasta sobrepienso)


Gracias, Witold Gombrowicz.  Gracias, Josep Maria Ventosa (traducción)


©AnaBlasfuemia

domingo, 20 de julio de 2025

El invencible (Stanislaw Lem)

 

No todo, ni en todas partes, es para nosotros


No todas las frases necesitan explicación, solo asentimiento. Todo el libro sostiene esa verdad: hay formas de vida y mundos (reales o inventados, humanos o inanimados, íntimos o externos) que no esperan ser comprendidos. Ni por la ciencia, ni por el lenguaje, ni por la voluntad. Simplemente no nos incluyen.


Desde las primeras páginas, Lem desactiva cualquier tentación de pensar el universo como una extensión colonizable de la razón humana. No hay líderes carismáticos, conquistas gloriosas ni victorias triunfales: solo fracaso y límites. Hay un paisaje que se impone por su ajenidad y su absoluto desinterés hacia lo humano.


La fuerza de este libro no está (que también) en la creación de tecnologías futuristas ni en la construcción de un mundo extraterrestre, sino en cómo nos confronta con nuestra impotencia. El conocimiento humano, el lenguaje, la voluntad y la lógica quedan anulados. No por una violencia más poderosa, sino por algo más sutil y devastador: una forma de vida que no nos ve ni nos teme, simplemente nos anula.


El verdadero conflicto no es entre especies, sino entre formas de existencia inconmensurables. Ahí es donde Lem roza una veta de pensamiento filosófico casi oriental: no hay confrontación posible porque no hay plano compartido. No hay lucha, sino desactivación; no hay victoria, sino desconcierto.


Lem escribe como un ingeniero del pensamiento: por eso su estilo rehúye la metáfora, la sorpresa verbal o el quiebre formal. Su lenguaje es visual y preciso, levanta desde cero lo que no tiene referentes humanos. No describe lo que existe, sino que construye estructuras mentales (casi arquitectónicas, casi cinematográficas) para nombrar lo que aún no sabemos ver. Fabrica escenarios lo bastante sólidos para soportar preguntas radicales: ¿Qué es la conciencia? ¿Qué ocurre cuando nos enfrentamos a lo que no podemos codificar?


No construye personajes para que los comprendamos, sino para que pensemos a través de ellos. No le interesa lo individual, sino lo que nos define como especie. Y, sin embargo, hay algo profundamente conmovedor en el personaje de Rohan, no por su complejidad emocional, sino por su forma de resistir sin sentido, sin drama, sin testigos. En su marcha absurda y sin gloria, ajena a la victoria o la derrota, se adivina un tipo de dignidad que no necesita espectador. 


Rohan podría haber salido de “El innombrable” de Beckett con su paso arrastrado y su resistencia sin fe. “No puedo seguir. Seguiré”. Porque “El invencible” es también el relato de un hombre que avanza incluso cuando ya no hay sentido, que no necesita comprender para seguir. Una marcha que, precisamente por su absurdo y su falta de lógica, es lo más humano que queda. En ese gesto, tan desnudo, tan terco, tan sin aplauso, tal vez se cifra la única dignidad posible.


El invencible” es también una crítica brutal al antropocentrismo tecnológico. Las máquinas humanas, por sofisticadas que sean, fracasan ante lo que no pueden entender; la tecnología no es garantía de supervivencia, sino a veces su propia trampa. Lem no propone soluciones, solo deja interrogantes: ¿y si la inteligencia más desarrollada no fuera consciente? ¿y si la evolución ya no necesitara un yo? ¿y si lo más eficiente fuera no preguntar nada?


Con una claridad inquietante, Lem sugiere que no todo está hecho para ser entendido por nosotros. Nuestra inteligencia no es un modelo, es una rareza. Y lo humano, lejos de ocupar el centro, apenas cuenta como nota secundaria. Lem no solo trata de imaginar futuros posibles, sino de exponer los límites de nuestro presente mental.


Lem era un filósofo disfrazado de escritor de ciencia ficción, por eso no daba respuestas, sino el vértigo de saber que quizás nunca las tendremos. Lo que tenemos, al final, es una forma serena de retirada: aceptar que hay mundos donde no tenemos lugar y que eso también está bien. Algunas inteligencias no buscan diálogo y su silencio no es amenaza, sino otra manera de estar. Tal vez lo más humano sea eso: no hay que dominar ni conquistar, sino seguir observando con asombro.


Gracias, Stanislaw Lem. Gracias Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz (traductores)


©AnaBlasfuemia